Chapter 1 La Tienda Que Morgana Me Dejó #2
Lo publiqué.
Ni siquiera me dio tiempo a guardar el móvil.
Las respuestas empezaron a aparecer.
«¿¿¿Estás en Salem???»
«Ve al museo de las brujas».
«Enséñalo todo».
«¿Has ido sola?»
«¿Qué problema familiar?»
Me detuve.
Sonreí.
Abrí la cámara otra vez.
—Vale. Contexto rápido porque sois extremadamente cotillas y respeto eso.
Empecé a caminar.
—Mi tía murió.
Hice una mueca.
—Esto ha empezado mucho más dramático de lo que quería.
Borré el vídeo.
Grabé otra vez.
—Contexto rápido. He heredado una tienda.
Me detuve.
—De una tía a la que apenas conocía.
Volví a detenerme.
—En Salem.
Miré a cámara.
—Ahora que lo he dicho en voz alta, entiendo un poco mejor por qué mi mejor amiga está preocupada.
Lo publiqué.
El número de respuestas se duplicó.
Un mensaje de Maya apareció en la parte superior de la pantalla.
«Maya: gracias»
Me reí.
Todavía tenía algo de tiempo antes de recoger las llaves, así que seguí el flujo de gente hacia el centro.
Cuanto más caminaba, más cosas aparecían.
Casas antiguas entre edificios comerciales.
Fachadas de ladrillo oscurecidas por el tiempo.
Puertas rojas, negras, azul oscuro.
Escalones cubiertos de calabazas.
Coronas de hojas secas.
Esqueletos sentados en bancos.
Cuervos falsos en las ventanas.
Telarañas artificiales enganchadas a verjas de hierro.
Los carteles anunciaban recorridos nocturnos y rutas de fantasmas.
Los escaparates estaban tan decorados que, en algunos, tuve que fijarme bien para descubrir qué vendía realmente la tienda.
Pero lo que más me sorprendió fue darme cuenta de que la ciudad seguía viviendo debajo de todo aquello.
No era un parque temático.
La gente vivía allí.
Trabajaba allí.
Una mujer vestida de oficina salió de una cafetería y pasó junto a un hombre que llevaba una enorme cabeza de calabaza sin mirarlo siquiera.
Un chico repartía cajas.
Una señora paseaba a su perro.
Un autobús intentaba avanzar entre el tráfico mientras un grupo de turistas cruzaba la calle haciendo fotos.
Giré la cámara.
—Llevo once minutos aquí y ya he descubierto algo importante: si vives en Salem, al parecer un hombre vestido de esqueleto puede pararse a tu lado en un semáforo y eso no afecta en absoluto a tu día.
Empezaron a llegar reacciones de risa.
Seguí caminando.
Llegué a Essex Street y entré en la zona peatonal.
Allí parecía que alguien hubiera subido el volumen de la ciudad.
Librerías.
Cafeterías.
Cristales.
Velas.
Tarots.
Joyas.
Camisetas.
Sombreros.
Galerías.
Librerías de segunda mano.
Una tienda tenía un caldero enorme en la entrada.
Otra había colocado un esqueleto sujetando un cartel con el horario de apertura.
Me detuve delante de un cartel que anunciaba «Haunted Happenings».
Era el nombre de la programación de Halloween que ocupaba Salem durante todo el mes de octubre.
Leí.
Volví atrás.
Lo leí otra vez.
—No.
Cogí el móvil y abrí un directo.
La gente empezó a entrar.
Cincuenta.
Ciento veinte.
Doscientas.
Más.
—Descubrimiento número uno —dije—. No he elegido simplemente octubre para venir a Salem.
Giré la cámara hacia el cartel.
—He elegido el primer día de la programación de Halloween de la ciudad.
Los comentarios empezaron a subir.
«Obvio, Sabrina».
«¿¿¿No investigaste antes???»
—Busqué el billete.
«Eso no es investigar».
—No estoy de acuerdo.
Seguí leyendo.
Había un desfile aquella noche.
Eventos durante todo el mes.
Recorridos.
Actividades históricas.
Ferias.
Programación cultural.
—Espera.
Vi otra información.
—¿Cuatrocientos años?
Miré a mi alrededor.
Había llegado pensando casi exclusivamente en brujas y Halloween.
Pero unos pasos más adelante encontré una placa histórica y me detuve delante de ella.
Salem existía desde hacía cuatro siglos.
Mucho antes de las tiendas esotéricas, los disfraces y la gente haciéndose fotos con escobas, había sido una ciudad ligada al mar, a los barcos y al comercio.
Giré el móvil hacia un edificio antiguo.
—Gente, yo pensaba que Salem era básicamente brujas, Halloween y ya está.
Un comentario apareció inmediatamente.
«¿Has ido a Salem sin conocer la historia de Salem?»
—Jennifer, he venido a recoger una llave.
Empezaron a aparecer más comentarios riéndose.
—Estoy aprendiendo sobre la marcha. Esto es periodismo en tiempo real.
Seguí caminando.
Fue solo unos minutos después, cuando pasé junto a otra referencia a los juicios de 1692, cuando la broma empezó a apagarse dentro de mí.
Había nombres.
Fechas.
Personas.
No personajes de una historia de terror.
Personas que habían tenido familia.
Casa.
Vecinos.
Vida.
Miré un escaparate lleno de pequeños sombreros de bruja al otro lado de la calle.
De repente, todo aquello pareció más complicado de lo que había imaginado.
Volví a enfocar mi cara.
—Creo que aquí hay dos ciudades.
Los comentarios disminuyeron.
—Está la Salem que convirtió octubre en una fiesta gigantesca...
Mostré la calle.
Calabazas.
Disfraces.
Un niño sujetando una escoba.
Después giré hacia una placa histórica.
—...y está la Salem que ocurrió de verdad.
Leí algunos comentarios.
«Haz una serie».
«Visita los lugares históricos».
«Investígalo».
«Quiero seguirlo».
Sonreí.
—Una semana, gente. Tranquilos.
«No te vas a ir en una semana».
—A mi madre le encantaría ese comentario.
Cerré el directo.
Más de cuatrocientas personas habían entrado en algún momento. Muchas más de las que solían aparecer una tarde cualquiera.
Guardé el móvil.
—Hoy te conviene elegir pronto dónde vas a colocarte esta noche.
Me giré.
Una mujer de unos sesenta años estaba detrás de mí, con dos bolsas en las manos y un pequeño broche de gato negro en el abrigo.
—¿Perdón?
—Para el desfile.
—Ah. Sí. Acabo de descubrir que hay uno.
Se rio.
—¿Primera vez en Salem?
—¿Se nota tanto?
—Todavía lo estás mirando todo.
Miré a mi alrededor.
—¿La gente deja de mirar?
—En noviembre.
Siguió caminando.
Me quedé quieta unos segundos.
Me cayó bien.
Me gustó la respuesta.
Me gustó la ciudad.
Y no llevaba allí ni media hora.
La inmobiliaria estaba a pocas manzanas del centro y era lo menos interesante que había visto desde que me bajé del tren.
Paredes claras.
Dos mesas.
Una planta que parecía seguir viva por obligación.
Una mujer llamada Carol Jennings me esperaba detrás del mostrador.
—¿Sabrina Bellamy?
—Soy yo.
Sonrió.
—Lo imaginaba.
—¿Por qué?
—El pelo.
Me pasé una mano por el cabello pelirrojo.
—Me pasa bastante.
Carol me pidió el documento de identidad, comprobó unos datos y sacó un sobre grande.
Mi apellido estaba escrito delante.
«BELLAMY».
Carol abrió la carpeta.
—El despacho encargado de la herencia nos ha enviado la autorización. Usted queda a cargo de los bienes que pertenecían a la señora Morgana Bellamy dentro del inmueble. El edificio sigue siendo propiedad del dueño.
—De acuerdo.
Dejó dos llaves sobre el mostrador.
Una más grande.
Otra más pequeña.
—Entrada principal. Puerta trasera.
Cogí las dos.
Tenían etiquetas antiguas sujetas a los aros.
—¿Y el alquiler?
Carol sacó una hoja.
—Está pagado hasta el treinta y uno de octubre.
Levanté la vista.
—¿Treinta y uno?
—Sí.
—¿De este mes?
Sonrió.
—Hoy es día uno.
—Lo sé. Solo quería asegurarme de que no lo había oído mal.
—Hasta el final del día treinta y uno. Después tendrá que decidir si quiere quedarse en el local o entregar las llaves.
Miré las llaves en mi mano.
Treinta días.
Yo había llevado ropa para siete.
—Perfecto. Me iré mucho antes.
—¿Piensa cerrar la tienda?
—Primero pienso descubrir qué hay dentro.
Carol hizo un pequeño sonido.
—Ah.
Incliné la cabeza.
—Ese ha sido un «ah» con opinión.
Se rio.
—No. Es solo que hay bastantes cosas.
—¿Cuánto es «bastantes»?
—Bastantes.
—Muy útil.
Carol buscó algo dentro del sobre.
—También dejaron esto para usted.
Era una tarjeta.
«Ruth Whitmore».
Debajo, un número de teléfono.
—¿Quién es Ruth?
—Trabajaba con Morgana algunas tardes a la semana.
—¿Haciendo qué?
—Ayudaba en la tienda. Atendía, organizaba, ese tipo de cosas.
—¿Todavía tiene llave?
—No. La entregó después de que muriera su tía.
Guardé la tarjeta.
—La llamaré.
Carol sonrió.
Firmé lo que tenía que firmar, guardé las llaves y salí.
Ya fuera, volví a sacar la tarjeta.
Ruth Whitmore.
Otra persona que conocía a mi tía mejor que yo.
La metí en el bolso.
Tardé veintitrés minutos en encontrar Bellamy Antiques & Curiosities.
Pasé de largo.
Volví.
Miré el mapa.
Después la fachada.
Después el mapa otra vez.
—No.
Era la misma tienda que había visto en las fotos de Google.
Solo que las fotos no mostraban bien lo estrecha que parecía.
La fachada de madera oscura ocupaba un pequeño espacio entre dos edificios más grandes.
Dos escaparates altos.
Letras doradas desgastadas por el tiempo.
«BELLAMY ANTIQUES & CURIOSITIES»
Me quedé unos segundos simplemente mirando.
En el escaparate de la izquierda había una lámpara de cristal de colores, tres libros apilados, una caja de madera y un reloj detenido a las cuatro y diecisiete.
En el otro, una silla tapizada en verde, un globo terráqueo, dos marcos vacíos y una muñeca de porcelana.
Miré a la muñeca.
Tenía los ojos demasiado claros.
—No me gustas.
Una mujer que pasaba volvió la cabeza hacia mí.
—Perdón. Estoy hablando con la muñeca.
Eso no mejoró la situación.
Aceleró el paso.
Cogí el móvil.
Empecé a grabar.
—Vale. Hemos llegado.
Mostré la fachada.
Después giré la cámara hacia mí.
—Esta es la tienda.
Me detuve.
Volví a mirarla.
—Mi tienda.
La frase sonó rara.
Mía.
Tenía veintiún años.
Hasta hacía unos días, lo más caro que poseía era mi portátil.
Ahora era la dueña de todo lo que había dentro de una tienda de antigüedades en Massachusetts.
—Esto todavía no parece una frase sobre mi vida.
Lo publiqué.
Empezaron a llegar mensajes.
«Entra».
«Enséñalo todo».
«He visto la muñeca».
«Sabrina, no cojas esa muñeca».
—Tenéis que madurar.
Metí la llave en la cerradura.
No giró.
Lo intenté otra vez.
Nada.
—Excelente.
Empujé la puerta y volví a probar.
La llave giró.
—Ah.
Empujé.
La puerta se abrió unos centímetros y se detuvo.
Algo la bloqueaba desde el otro lado.
—Morgana, échame una mano.
Empujé con el hombro.
La puerta cedió de repente.
Casi me fui con ella.
Una pequeña campanilla sonó sobre mi cabeza.