La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1) Chapter 1 La Tienda Que Morgana Me Dejó
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Chapter 1 La Tienda Que Morgana Me Dejó

Mi cara ocupaba casi toda la pantalla del aula cuando el profesor Grant pausó el vídeo.

Pésimo momento para hacerlo.

Tenía el pelo metido en la boca, los ojos un poco entrecerrados por culpa del viento y sujetaba el micrófono con las dos manos como si existiera el riesgo de que saliera volando por el campus.

Maya ahogó una risa a mi lado.

—No me mires.

—Estoy intentando no mirarte.

—Se te da fatal.

El profesor Grant se volvió hacia la clase.

—Bellamy, ¿cuál fue tu error?

Miré mi propia imagen congelada.

—¿Elegir un sitio donde claramente el viento me odia?

Algunos se rieron.

Maya Bennett fue la que más alto se rio.

Grant cogió el mando.

—Aparte de eso.

Pulsó el botón.

El vídeo volvió a reproducirse.

En la pantalla, aparecía delante del edificio principal de la universidad haciendo una entradilla de treinta segundos sobre la subida de las matrículas.

Hablaba mirando directamente a cámara.

Gesticulaba.

Cambiaba de posición.

Hacía una pregunta.

Terminaba.

Grant volvió a pausar el vídeo.

—Has hablado demasiado rápido.

—Tenía treinta segundos.

—Has hablado como si la cadena fuese a explotar en el segundo treinta y uno.

Crucé los brazos.

—A mí no me ha parecido tan rápido.

Grant me miró.

—Eso significa que tienes que aprender a respirar.

Retrocedió unos segundos.

—Aquí.

Mi imagen apareció haciéndole una pregunta a una estudiante a la que había entrevistado.

—Esto estuvo bien —dijo.

Me incorporé en la silla.

—Gracias.

Grant continuó:

—Hiciste la pregunta que estaba en el guion. Ella respondió algo distinto de lo que esperabas. Y no corriste a la siguiente pregunta. Te quedaste ahí.

Me miró.

—Eso es lo que quiero de ti.

Mi sonrisa se redujo un poco.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Estoy aprendiendo.

—¿Sigues queriendo trabajar en televisión?

—Sí.

—¿Dónde?

Ni siquiera tuve que pensarlo.

—Nueva York.

—¿Estudio?

—Calle.

Asintió como si ya lo supiera.

—Reportera.

—Reportera.

—Sabes que esa vida tiene mucho menos glamour de lo que parece.

—Mejor.

—Puedes pasarte seis horas en una acera esperando una información para salir en directo durante cuarenta segundos.

—Perfecto.

—Lluvia.

—Tengo paraguas.

—Nieve.

—Me compro un abrigo.

—Gente cerrándote la puerta en las narices.

—Vuelvo a llamar.

Maya levantó la mano.

—Profesor, de verdad que lo haría.

—Lo sé.

Grant me señaló con el mando.

—Eres buena delante de una cámara, Bellamy. Pero hacer periodismo no consiste en correr para llegar la primera.

Mi sonrisa desapareció.

—Consiste en saber dónde detenerse.

Dejó la frase flotando durante un instante y después volvió al frente del aula.

—Siguiente.

Maya se inclinó hacia mí.

—Acabas de recibir un consejo que vas a ignorar durante los próximos veinte años.

—No voy a ignorarlo.

—Has intentado responder antes de que terminara de darte el consejo.

—Eso no demuestra nada.

—Lo demuestra todo.

Cogí mi botella de agua.

—Cuando esté haciendo una conexión en directo desde Manhattan, se arrepentirá de todas las veces que me ha mandado hablar más despacio.

—Vas a estar cubriendo un incendio y vas a empezar diciendo: «Gente, no os vais a creer esto».

—Eso se llama lenguaje accesible.

Maya cerró los ojos.

—Cuando salgas en televisión, no voy a contarle a nadie que te conozco.

—Vas a producir mis reportajes.

—Prefiero trabajar con periodistas obedientes.

—Entonces vas a tener que cambiar de profesión.

Intentó seguir seria.

No pudo.

Conocí a Maya en el primer semestre de universidad.

Quería trabajar en producción y documentales, le gustaban los horarios, los archivos ordenados y las entrevistas concertadas con antelación.

A mí me gustaba llegar a los sitios y descubrir que la mejor pregunta no estaba en el guion.

Por algún motivo, funcionábamos muy bien juntas.

Tal vez porque Maya pensaba antes de actuar.

Y tal vez porque, según ella, yo actuaba suficiente por las dos.

Grant terminó de analizar los trabajos y apagó la pantalla.

—Para la semana que viene quiero el guion del reportaje de campo. Los que trabajéis por parejas tenéis que entregarme el reparto de funciones antes del martes.

Miré a Maya.

Ella me miró.

—Ah.

—¿Se lo has contado? —preguntó.

—Todavía no.

—Sabrina.

—Pensaba hacerlo.

—Te vas mañana.

—Todavía estoy a tiempo.

—¿En algún momento entre ahora y que te subas al tren?

—Ese era el plan.

Apoyó la frente en una mano.

La clase terminó unos minutos después.

Esperé a que saliera la mayor parte del grupo, guardé el portátil y fui hasta la mesa del profesor.

Maya vino conmigo.

Por supuesto.

Le gustaba estar presente siempre que yo tenía que demostrar responsabilidad.

—¿Profesor?

Grant levantó la vista.

—Bellamy.

—Tengo que resolver un asunto familiar en Massachusetts.

—¿Cuándo?

—Mañana.

Me miró.

—Y me lo cuentas ahora.

—Sabía que se daría cuenta de esa parte.

Maya soltó una risa.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó él.

—Una semana.

—¿Entera?

—Quizá menos. Quiero solucionarlo todo rápido y volver.

—¿Y si no lo solucionas?

—Si necesito algunos días más, aviso.

Grant se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa.

—Algunas clases puedes seguirlas online. La parte teórica, sí. Pero no voy a convertir todo el semestre en remoto porque hayas decidido viajar.

—Lo sé.

—El tema con Maya sigue adelante.

—Haré mi parte.

—¿Desde Massachusetts?

—Hay internet allí.

Me sostuvo la mirada.

—Excelente descubrimiento periodístico.

Maya se rio.

Señalé a Grant.

—Esa me la merecía.

—Y el guion sigue siendo para el martes.

—¿El martes?

Maya empezó a caminar hacia la puerta.

—Ni se te ocurra mirarme.

La miré.

—¿Tú lo sabías?

—Estaba sentada a tu lado cuando lo dijo.

—Podrías habérmelo recordado.

—Soy tu compañera, no tu agenda.

—Piénsalo como una ampliación de funciones.

—Piensa en abrir tu calendario.

Grant ya estaba sonriendo.

—Buen viaje, Bellamy.

—Gracias.

—Y vuelve.

—Esa es la idea.

Cogió las gafas.

—Con una buena historia, si puede ser.

Me detuve.

Durante un segundo, pensé en mi madre.

En el testamento.

En Morgana.

En la tienda de Salem.

—Creo que esa parte no va a ser difícil.

Maya me agarró del brazo en cuanto salimos del edificio.

El viento de finales de septiembre atravesaba el campus, arrancaba hojas de los árboles y me empujaba el pelo hacia la cara.

Aparté un mechón.

—Buen viaje.

—Gracias.

Tuve lista la mochila en diecisiete minutos.

Siete camisetas.

Dos vaqueros.

Un pantalón cómodo.

Ropa interior.

Neceser.

Unas zapatillas de repuesto.

Portátil.

Cargadores.

Una chaqueta que mi madre consideraba demasiado fina para Massachusetts y que yo consideraba más que suficiente.

A las seis y doce de la mañana del uno de octubre, salí de Nueva Jersey antes de que amaneciera.

Hice la primera parte del trayecto con demasiado café y demasiado poco sueño, crucé Nueva York cargando una mochila y un bolso que pesaba más con cada escalera y embarqué rumbo a Boston convencida de que mis siete camisetas se habían convertido en ladrillos durante la noche.

Abrí el portátil.

El guion que tenía que entregar el martes me estaba esperando.

Escribí tres líneas.

Borré dos.

Miré por la ventana.

Volví al archivo.

El mundo fue cambiando poco a poco al otro lado del cristal.

Los edificios dieron paso a las casas.

Puentes.

Tramos de agua.

Árboles que parecían haber decidido competir para ver cuál se volvía naranja primero.

Cuanto más avanzábamos hacia el norte, más dejaba el otoño de parecer una estación y empezaba a parecer un decorado.

Algunas hojas ya estaban amarillas.

Otras, rojas.

Muchas seguían verdes, como si no se hubieran enterado.

Cogí el móvil.

Grabé unos segundos por la ventana.

«Primer día de octubre. Massachusetts, allá voy».

Lo publiqué.

Las respuestas empezaron a llegar casi de inmediato.

Tenía algo más de treinta mil seguidores, conseguidos sobre todo gracias a vídeos de la universidad, entrevistas en el campus y pequeños reportajes sobre lugares e historias que encontraba por Nueva York.

Había empezado como práctica ante la cámara.

En algún momento, la gente empezó a volver para ver el siguiente.

Cuando llegué a Boston hacía suficiente frío como para admitir, solo para mí, que quizá mi madre tuviera razón con lo de la chaqueta.

Esa información murió conmigo.

Cambié de estación y fui hacia el tren que me llevaría a Salem.

Fue allí donde empezaron los sombreros.

El primero era negro y puntiagudo.

Lo miré.

Normal.

Quizá una persona excéntrica.

Entró otra mujer llevando uno.

Después una tercera.

Dejé de considerarlo una coincidencia.

Una niña de unos ocho años pasó por el pasillo con un vestido negro, medias de rayas moradas y una pequeña escoba enganchada a la mochila.

Cogí el móvil.

«Yo: creo que ha empezado»

«Maya: ¿el qué?»

Hice una foto solo de mis zapatillas y de la punta de la escoba que asomaba unos asientos más adelante.

«Yo: Salem»

Maya respondió con seis calaveras.

Guardé el móvil sonriendo.

Todavía sonreía cuando llegó el tren.

Bajé.

Y me detuve.

Salem no parecía una ciudad preparándose para Halloween.

Parecía una ciudad que hubiera esperado todo el año al uno de octubre.

El viento era más frío que en Nueva Jersey y empujaba hojas secas por la acera.

Una campana sonaba en algún lugar a lo lejos.

La gente salía de la estación en todas direcciones.

Familias.

Parejas.

Grupos de amigos.

Una mujer cruzó la calle con un vestido victoriano negro que casi rozaba el suelo.

Dos hombres con capas largas discutían mirando un mapa.

Una adolescente llevaba un sombrero de bruja tan ancho que tuvo que ponerse de lado para pasar entre dos personas.

Más adelante, alguien tocaba el violín.

Un guía hablaba en voz alta delante de un grupo reunido alrededor de un cartel.

El olor a café salía de una puerta abierta.

Unos pasos después, se convirtió en canela.

Después, en algo frito.

Salem parecía haber decidido atacar todos los sentidos a la vez.

Miré a mi alrededor.

—Mola.

Cogí el móvil.

Empecé a grabar.

—Hola, gente. Adivinad dónde estoy.

Giré la cámara.

Mostré la calle.

Los árboles.

Los edificios de ladrillo.

La gente disfrazada.

Volví a enfocarme.

—Salem. Sí. Esa Salem. No he venido aquí en mi vida y, por lo visto, he elegido octubre para resolver un problema familiar. Planificación impecable.