La Herencia Que Me Llevó A Salem (Secretos de Octubre 1)
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PRÓLOGO
Mi madre firmó la renuncia a la herencia antes de que el abogado llegara a explicar qué había dentro de la tienda.
—Señora Bellamy, quizá sería mejor que me dejara terminar.
—No hace falta. Ya lo he entendido.
Acercó el documento y cogió el bolígrafo.
Fue entonces cuando aparté la vista del móvil.
Hasta ese momento, había estado sentada en el sofá, contestando mensajes y esperando a que terminara la reunión.
Mi padre había insistido en que fuera, aunque nadie me había explicado por qué la lectura del testamento de una tía a la que apenas conocía se había convertido en un asunto familiar.
Morgana Bellamy era la hermana de mi madre.
Y, en nuestra casa, eso era prácticamente todo lo que se podía decir de ella.
El abogado mantuvo la carpeta abierta sobre la mesa.
—El local donde funciona el establecimiento es alquilado. Lo que Morgana dejó en herencia es todo lo que le pertenecía dentro del inmueble: existencias, muebles, objetos, documentos y el resto de la colección.
Mi madre ni siquiera lo miró.
—No quiero nada que haya pertenecido a mi hermana.
Hermana.
Fue la forma en que pronunció aquella palabra lo que hizo que me quedara con el detalle.
No sonaba a rabia.
Parecía algo mucho más antiguo.
El abogado sacó una hoja de la carpeta.
—En ese caso, necesito formalizar la renuncia.
Mi madre firmó.
Sin preguntar cuánto valía.
Sin preguntar qué había en la tienda.
Sin preguntar si Morgana había dejado algo personal.
Nada.
El bolígrafo se deslizó por el papel.
—Ya está.
Mi padre, sentado a su lado, apoyó una mano sobre su rodilla.
Mi madre no lo miró.
El abogado comprobó la firma.
Pasó una página.
Después otra.
—Bien. En ese caso, pasamos a la cláusula de sucesión.
Mi madre levantó la mirada.
—¿Qué cláusula?
Sus dedos se cerraron alrededor del asa del bolso.
El abogado recorrió unas líneas con la vista.
—Morgana dejó establecido quién recibiría los bienes en caso de que usted renunciara a la herencia.
Pasó la hoja.
—Sabrina Bellamy.
Mi dedo se quedó inmóvil sobre la pantalla.
Lo miré.
—¿Yo?
—Sí.
Me incorporé en el sofá.
—¿Estoy en el testamento?
—Sí.
Miré a mi madre.
—¿Tú lo sabías?
—Claro que no.
El abogado continuó:
—Con la renuncia de la señora Rowena Bellamy, los bienes pasan a Sabrina Bellamy, tal y como establece el testamento.
—¿Qué bienes?
Mi madre giró la cabeza hacia mí.
—Sabrina.
—Se lo estoy preguntando a él.
El abogado consultó el documento.
—Todo lo que pertenecía a la señora Morgana dentro del establecimiento comercial.
—¿Qué establecimiento?
—Bellamy Antiques & Curiosities.
Parpadeé.
—¿Una tienda de antigüedades?
—Sí.
—O sea… ¿cosas viejas?
Mi padre bajó la cabeza.
Vi cómo se le movía una comisura de los labios, intentando contener la risa.
El abogado consiguió mantener la seriedad.
—Muebles, libros, piezas decorativas, objetos antiguos y otros artículos de la colección.
—¿Y dónde están todas esas cosas?
Esta vez, mi madre me miró antes de que él pudiera responder.
—En Salem, Massachusetts.
Tardé un segundo en reaccionar.
—¿Salem en plan… la ciudad de las brujas?
El abogado esbozó una ligera sonrisa.
—Mi trabajo aquí consiste en explicarle lo que figura en el testamento.
Yo ya estaba buscando en Google.
«Bellamy Antiques & Curiosities».
—Sabrina.
La ignoré.
La tienda apareció entre los primeros resultados.
Una fachada estrecha.
Madera oscura.
Dos escaparates.
Letras doradas, ya desgastadas, sobre la puerta.
«BELLAMY ANTIQUES & CURIOSITIES»
Abrí las reseñas.
Cinco estrellas.
«Morgana me ayudó cuando nadie más pudo hacerlo».
Fruncí el ceño.
¿Ayudó con qué?
Seguí bajando.
Otra reseña.
Apenas unas palabras.
«No sé cómo lo sabía».
Me detuve.
La leí otra vez.
Mi madre extendió la mano.
—Dame el teléfono.
Levanté la mirada.
—¿Qué?
—El teléfono, Sabrina.
—¿Por qué?
—Porque te lo he pedido.
No se lo di.
Volví a mirar la pantalla.
—¿Quién era Morgana Bellamy?
—Tu tía.
—Eso ya lo sé.
Mi madre cogió el bolso.
—Entonces sabes suficiente.
—Prácticamente no sé nada de ella.
—Mejor.
La respuesta fue tan rápida que levanté los ojos.
El abogado observaba los documentos.
Mi padre ya no sonreía.
—Mi hija también va a renunciar.
La miré.
—No voy a hacerlo.
—Sabrina.
—¿Por qué debería rechazarla?
Ninguna respuesta.
—¿Qué pasó entre vosotras?
Mi madre guardó silencio.
Conocía todas sus expresiones.
Aquella no.
Bajé el móvil.
—¿Tienes miedo, mamá?
—Morgana está muerta.
La respuesta llegó de inmediato.
La miré.
—No te he preguntado si le tenías miedo a ella.
Silencio.
Mi padre volvió la cabeza hacia mi madre.
El abogado dejó de mover los papeles.
—Entonces, ¿de qué tienes miedo?
Nadie se movió.
Mi madre miró el documento que acababa de firmar.
Cuando respondió, su voz sonó más baja.
—De lo que hacía tu tía.
El móvil permaneció inmóvil en mi mano.
—¿Y qué hacía?
Silencio.
Mi madre me miró.
Durante unos segundos, pensé que por fin iba a contestarme.
—No lo sé.
Fruncí el ceño.
—¿Me estás pidiendo que renuncie a una herencia por algo que ni siquiera sabes qué es?
—Sí.
Aquello consiguió resultar más extraño que cualquier respuesta que pudiera haberme dado.
Mi padre se removió en el sillón.
—Rowena…
—Mamá, no veo ningún motivo para renunciar a todo sin saber siquiera qué dejó.
—Yo sí.
—Pues cuéntamelo.
Mi padre soltó el aire y se inclinó hacia delante.
—Quizá sea mejor dejar que Sabrina lo vea por sí misma. Tiene veintiún años. Si decide ir, encontrará la forma de hacerlo. Mejor que vaya sabiendo que puede volver a casa cuando quiera.
Mi madre cerró los ojos durante un instante.
Cuando volvió a abrirlos, me miró.
—¿De verdad piensas ir?
—Quiero saber qué he heredado.
El abogado acercó el documento de aceptación.
—En ese caso, puedo formalizarlo ahora mismo.
Mi madre dio un paso hacia mí.
—Sabrina.
Me detuve con la mano sobre el bolígrafo.
Me agarró de la muñeca.
No con fuerza.
Pero tampoco me soltó.
—Si algo de esa tienda hace que quieras marcharte…
Esperé.
Mi madre sostuvo mi mirada.
—Vete antes de averiguar el motivo.
Durante unos segundos, me quedé mirándola.
Después miré el papel.
Volví a mirar a mi madre.
—Vale.
Y firmé.
«Sabrina Bellamy».
El abogado acercó el documento.
Mi madre cogió el abrigo y salió de la sala.
Mi padre se quedó unos segundos más.
Me miró.
Después miró la puerta por la que ella había salido.
—Dale un poco de tiempo.
Asentí.
Me quedé sola con el abogado mientras ordenaba los documentos.
Cogí el móvil.
La página de Google seguía abierta.
Volví a las reseñas.
Deslicé el dedo una vez.
Una estrella.
Sin ninguna explicación.
Solo una frase.
«Debería haber escuchado a Morgana».
La leí otra vez.
Mi madre pronunció mi nombre desde el pasillo.
Bloqueé la pantalla.
Antes de salir, miré el documento que había sobre la mesa.
Mi firma ya estaba allí.
Y salí de aquella sala sabiendo una sola cosa sobre la mujer de la que acababa de heredarlo todo:
Algunas personas estaban agradecidas de haber conocido a Morgana Bellamy.
Otras parecían desear no haberse cruzado jamás en su camino.