Capítulo 16 – Amanecer #5
Se levantó al poco rato, con intención de volver al camino y darle una vuelta entera al parque.
Y entonces pasó: un papel se desprendió de la banca cercana, empujado por un golpe de aire, y vino a pegarle en el tobillo.
Mauricio bajó la vista. Era un volante con letras brillosas: “La noche de las coronas – Gracias”.
Le dio un chispazo en el estómago. Lo levantó con los dedos y lo alisó.
Tenía, en la esquina, un beso en carmín.
Lo miró de cerca como si fuera una prueba.
Levantó la vista instintivamente, buscando… ¿qué? ¿A quién?
En el horizonte cercano, una silueta con gorra y camisa de cuadros miraba el agua.
Podría haber sido cualquiera. El corazón, sin embargo, reconoció antes que la razón.
Mauricio no se movió. No llamó. Solo sostuvo el papel, respiró hondo y guardó el volante doblado en el bolsillo de la playera, cerca del pecho. Un amuleto de diez centímetros.
Diego, sin saber de volantes que se mudaban de banca, caminó hacia las chimeneas.
Le gustaba esa arquitectura de fábrica: acero recalentado convertido en memoria.
Subió a un mirador y dejó que el viento le despeinara el cabello.
Desde ahí, el parque era un tapiz de colores vivos.
Se puso a enumerar mentalmente vestuarios para Alma con telas industriales: un corsé de lona encerada, una falda con piezas que parecieran tornillos.
Pensó en La Vane riéndose del concepto: “Ay, mana, muy Horno3, pero que te deje mover las caderas”. Se le escapó una carcajada.
Una niña con patines lo miró divertido. —¿De qué te ríes, señor? —De que la ciudad a veces se pone bonita sin pedir permiso —respondió él. La niña asintió con seriedad, como si entendiera, y se fue zigzagueando.
Mauricio rodeó una explanada donde unos chavos practicaban breakdance.
Los veía con una envidia limpia, ajena al juicio.
Había cuerpos que sabían caer y levantarse como si la gravedad fuera una prima amable.
Se acercó a un puesto de aguas frescas. —Una de limón con chía, porfa.
—El vendedor le tendió el vaso sudado—. Gracias.
—Venga, guerrero —le dijo el señor, por decir algo—.
Está pegando el sol. Mauricio bebió y sintió el sabor ácido volverlo al presente.
Siguió por una vereda bordeada de naranjos pequeños.
El viento trajo risas y un ladrido. Se le cruzó por la cabeza la imagen de Diego con los ojos sin maquillaje, los mismos que había visto al final de la noche detrás de la peluca.
Se preguntó a qué sabrían los domingos de Diego, si a café de olla o a bolillo con frijoles.
Sonrió por lo bajo de sus ocurrencias, y en esa sonrisa había un permiso que empezó a saborear sin culpa.
Diego bajó del mirador y caminó hacia una sombra generosa.
Se sentó, sacó de la mochila el cuaderno de pedidos y anotó dos ideas de show, por si La Vane abría espacio la siguiente semana: “Balada con espejo chico — espejo se vuelve abanico”; “Mix cumbia + vogue con botas industriales (ver suela de seguridad)”.
Luego, sin planearlo, escribió un nombre solo: Mauricio.
Lo rodeó de un rectángulo con tinta azul, como si necesitara casa.
Sintió calor en la nuca, cerró el cuaderno rápido y se rió de sí mismo.
Una notificación vibró en su celular: Manu subió historias.
Abrió. Clips del show, risas de camerino, una foto borrosa de La Vane con coronita de plástico a las cinco de la mañana.
Deslizó. Una historia de la pista, en el clímax del número; al detenerla, el reflejo del espejo —el que Alma había sostenido— caía justo sobre una mesa del fondo.
Si ampliaba mucho, no se veía nada. Si no ampliaba, tampoco.
Como la vida, pensó. Sonrió con cierta melancolía contenta.
Mauricio caminó paralelo al canal hasta quedar a la altura de un puente peatonal.
Dudó si cruzarlo. Lo cruzó. A mitad, se detuvo.
Desde ahí, el agua parecía menos turbia.
Una brisa le revolvió la gorra, y supo que no podía explicar exactamente qué le pasaba, pero sí a dónde apuntaba el cuerpo: hacia adelante, hacia algo que no tenía nombre civil, pero que ya le estaba aprendiendo el pulso.
Sacó el celular. Abrió el chat con Manu.
El mensaje en borrador seguía ahí: “Hola, soy Mauricio… el de anoche, mesa del fondo. ¿Podemos hablar?”.
Lo releyó con pudor, con miedo, con ganas.
Esta vez, lo envió. El teléfono marcó “enviado” y luego “entregado”.
Guardó el aparato en la bolsa como si hubiera dejado caer una piedra al agua y necesitara ver las ondas sin distracciones.
Del otro lado del parque, casi al mismo tiempo, Diego cerraba el cuaderno cuando una bicicleta se detuvo frente a él.
Era un repartidor con una caja cuadrada en la espalda.
—Carnal, ¿sabes pa’ dónde está el museo del acero?
—Allá —dijo Diego, señalando con el mentón—.
Sigue el caminito y luego subes. —Gracias, mi rey.
—Y se fue. Diego se quedó escuchando la frase “mi rey” como si fuera un título que le quedaba grande y a la vez justito.
Pensó en la corona que no ganó y en la otra, la que quizá no se cuelga en la cabeza, sino en la espalda cuando caminas derecho.
Se frotó las palmas, espantando calor y nervios, y se asomó al agua otra vez.
El volante ya no estaba en la banca. No lo extrañó: el viento todo se lleva. Se levantó y siguió andando, ligero.
A media mañana, el parque empezaba a llenarse.
Una banda de guerra ensayaba al fondo, alguien soltó un dron que zumbó como mosco tecnológico, una pareja se tomaba fotos con matching outfits.
Mauricio, desde un claro, vio una figura con gorra y camisa de cuadros detenerse bajo un árbol.
Bajó la mirada. No era el momento, se dijo; no el lugar.
Y, sin embargo, sintió la certeza irracional de que la ciudad había encarrilado sus pasos.
No tenía prisa. A veces el encuentro no es una esquina, sino un pasillo largo.
El celular vibró. Manu: “¿Eres el ingeniero? Jajaja. Sí me acuerdo. Qué onda. ¿Qué necesitas?”. Mauricio se detuvo, el corazón por adelantado. Escribió: “Hablar. Bien. Sin ruido. Sobre anoche… y sobre mí.” Dudó y añadió: “Y sobre Alma.” Envió. Respiró. Sintió que el aire llegaba más lejos.
Diego salió del parque por otra puerta. Compró una agua de horchata en un carrito y se sentó en una banquita frente a una reja verde.
El azúcar le devolvió el cuerpo. Pensó si debía escribirle a Paola para cobrar un arreglo que le debía —la vida tiene cuentas mezcladas—, y si debía contarle a La Vane que quizá quería repetir el número, con ajustes.
Mientras pensaba, el teléfono vibró: mensaje de Manu, captura de pantalla borrosa, un cuadrito donde se leía “el de la mesa del fondo dice que quiere hablar”.
Diego sintió un golpe suave en el estómago.
No contestó. Guardó el celular. Prefirió escuchar a su cuerpo decir sí sin letra.
Se quedó un rato viendo a un señor alimentar palomas, por si el mundo todavía quería bajar un cambio.
El sol ya iba alto cuando Mauricio salió del parque por el acceso de Cintermex.
Caminó hasta el coche sintiendo que los pasos eran nuevos.
No porque el suelo cambiara, sino porque dentro de él algo se estaba acomodando distinto.
Antes de encender, sacó del bolsillo el volante de la noche.
Lo desdobló. Lo apoyó en el tablero, al lado del medidor de gasolina.
Quedó ahí, brillante y ridículo, como un recordatorio.
Sonrió. Encendió. No tenía claro a dónde iba.
Pero por primera vez en mucho tiempo no sintió culpa por no saber.
En el camión de regreso, Diego miraba por la ventana la ciudad en domingo.
Al pasar junto a un puente, vio su reflejo en el vidrio: no Alma, no Diego a secas, una mezcla que le gustó.
Se acomodó la gorra, se tocó la comisura de los labios —todavía quedaba un rastro mínimo de carmín que no había notado— y lo dejó ahí, como un guiño a la mañana.
Se bajó una parada antes, por mero capricho, para caminar un tramo extra.
En la esquina, un niño soltó un papalote que se elevó tantito, como tostándose al sol, y luego se vino abajo.
El niño lo volvió a intentar, tercamente.
El papalote se sostuvo por fin. Diego aplaudió con los dedos, en silencio.
La ciudad respiraba. Ellos también.
El sol ya estaba de lleno sobre Monterrey cuando Diego regresó a casa.
La colonia bullía con sonidos de domingo: niños gritando al jugar futbol en la calle, el pregón de un señor que ofrecía aguacates a veinte, el radio de una vecina con canciones rancheras.
Empujó la puerta de lámina y encontró a Lupita cosiendo con la lámpara encendida, a pesar de la claridad.
Ella levantó la vista, sonrió sin decir nada y le señaló la mesa donde había frijoles en un plato tapado con servilleta.