La herencia del tacón rojo Capítulo 16 – Amanecer #4
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Capítulo 16 – Amanecer #4

En la Obrera, Lupita entregó las bastillas a la señora Irma, que agradeció sin mirar el trabajo muy de cerca.

—A la rodilla, como yo dije —repitió, satisfecha.

—Como usted dijo —confirmó Lupita, y sonrió con paciencia.

De regreso, madre e hijo caminaron en silencio un par de cuadras.

Al pasar frente a una capilla pequeña, Lupita se detuvo.

Entró un minuto, encendió una veladora y no dijo nada.

Diego se quedó en la entrada, mirándola de perfil.

La luz amarilla le dibujaba en el rostro una paz antigua.

De pronto, sin miedo, entró también. No para pedir, no para arrepentirse.

Para respirar. Se quedó de pie, al fondo.

Una mujer rezaba por su cuenta; un niño jugaba con su tenis como trompo.

Nadie lo miró. Diego cerró los ojos y, por primera vez en una iglesia en años, no se sintió invasor.

Al salir, Lupita no preguntó nada. Le apretó el antebrazo, breve. Ese fue todo el diálogo.

Paola escribió: “Mis papás a la una. ¿Vas a ir?” Mauricio miró el mensaje como quien mira el clima.

Escribió: “Voy más tarde. Besos”. Luego abrió otro chat, el de Manu —lo tenía de un encuentro en el club, “contacto de luces”.

Escribió y borró tres veces. Al final dejó: “Hola, soy Mauricio… el de anoche, mesa del fondo. ¿Podemos hablar?” No mandó el mensaje.

Se lo dejó guardado, temblando dentro del globo gris.

Respiró por la nariz, hondo. Recordó el espejo en manos de Alma, volteando la luz hacia la cara de alguien en la oscuridad. Pensó que tal vez era eso lo que quería: que le voltearan el sol un instante, para ver qué quedaba.

Diego y Lupita volvieron a casa con pan de dulce en una bolsa de papel.

El patio olía a jabón y a hojas mojadas.

Mientras Lupita encendía el comal para calentar frijoles, Diego sacó la caja negra y la acercó a la mesa.

La abrió despacio, solo para mirar los tacones.

No para ponérselos; para confirmar que existían a la luz del día sin pedir perdón.

Cerró la caja con ternura. Se sintió menos dividido.

—Te vas a quedar dormido parado si no desayunas —dijo Lupita, sirviendo en platos de peltre. —Aquí estoy —respondió él, y se sentó.

Mauricio se puso una camisa sencilla y salió en el coche sin rumbo exacto.

Manejó por Calzada del Valle, pasó frente a corredores tempraneros, vio una pareja con bebé en carreola, una señora con visor.

Tomó Gonzalitos y subió hacia un punto donde el Cerro de la Silla se veía entero.

Se estacionó bajo la sombra de un árbol.

Apagó el motor. Se quedó mirando el cerro largo rato, como si esperara que le hablara.

Pensó en llamar a Paola para decirle la verdad; pensó en llamar a su madre para aceptar las calabacitas; pensó en llamar a Diego.

No hizo ninguna de las tres cosas. Apoyó la frente en el volante.

Sintió que, aunque no hiciera nada todavía, algo ya estaba pasando por dentro, una placa tectónica moviéndose con paciencia cruel.

Dos casas, dos cocinas, dos ventanas abiertas hacia distintos barrios.

A la misma hora, un mismo cerro mirándolos desde su espalda de piedra.

Diego mordió una concha y sintió que el azúcar le crujía con optimismo.

Mauricio bebió el último trago de café tibio y dejó el vaso en el portavasos con un clic.

Ninguno dijo el nombre del otro en voz alta.

Pero ambos pensaron, al mismo tiempo, la misma frase sin palabras: respirar lo mismo.

El amanecer siguió su curso, como si no supiera que acababa de juntar dos hilos debajo de la ciudad.

El domingo agarró aire y se echó a andar. La luz ya no era tímida: entraba desde los techos, se colaba por las rejitas de las ventanas, hacía brillar los charcos de la noche anterior. Monterrey se ponía el día como una camisa recién planchada, con alguna arruga insistente en el hombro.

Diego guardó la bolsa del pan en la alacena y se cambió a ropa de calle: tenis gastados pero limpios, jeans negros que ya conocían la forma de sus piernas, camiseta blanca con un cuello ligeramente vencido y una sobrecamisa de cuadros que todavía olía a suavizante.

En una mochilita metió hilos, cinta métrica, el cuaderno donde apuntaba pedidos y, en un compartimento secreto, el estuche con pegamento de pestañas y un delineador que no iba a usar, pero que le daba seguridad llevar.

—Me voy al centro a conseguir cierres —le dijo a Lupita—. Luego paso a lo de la señora que pidió ajuste. —Ándale, mijo. —Lupita le puso en la mano una monedita—. Pa’ que te compres un agua. No te me vayas a desmayar por andar de muy artista. Diego rió. —Te escribo cuando regrese.

Cerró la puerta y la calle le regresó un calor amable.

Tomó la 223 y se sentó junto a la ventana.

El camión olía a sol y a desinfectante barato; en el pasillo, un niño se entretenía contando postes.

Diego apoyó la frente en el vidrio frío.

El recorrido le gustaba: Escobedo pasaba a Guadalupe casi sin avisar, y de repente el Cerro de la Silla aparecía completo, como una foto que alguien no se cansa de mostrar.

Tenía sueño, sí, pero por debajo del cansancio corría una corriente limpia.

Noche de coronas, pensó. Y le nació una sonrisa que nadie en el camión tenía por qué explicarse.

Bajó por el centro y caminó hacia los puestos de tela.

Pidió cierres en una mercería estrecha donde olía a madera viejita y a bolsitas de lavanda.

Una señora detrás del mostrador lo atendió con paciencia y sin prisa; le dio el cambio en monedas que tintinearon felices dentro de su mochila.

Diego salió y el sol le pegó justo en los pómulos.

Se puso la gorra y cruzó hacia Barrio Antiguo.

Quería ver la calle aleta de La Candela de día, como si el lugar fuera una persona dormida.

Al llegar, el neón apagado se veía más frágil que en la noche.

En la puerta, dos carteles pegados con cinta: uno con la leyenda “Gracias por anoche” escrito con plumón, otro anunciando un kiki de domingo para recaudar ropa para una casa hogar.

La cortina metálica tenía restos de glitter, como si el viento hubiera decidido decorar el acero.

Diego apoyó la mano en la pared un momento.

Le llegó, como latido viejo, el rugido del público.

Sonrió con la timidez de los recuerdos buenos. Luego, sin más, caminó hacia Fundidora.

A la misma hora, Mauricio buscó tenis cómodos, una playera color arena y una gorra sin logo.

Dejó el reloj caro en la mesita y agarró una botella de agua.

Paola ya no estaba en la casa; había salido a su comida familiar.

La casa, sin voces, se convirtió en un hall vacío.

Mauricio cerró, bajó al coche, manejó un rato sin música, y, casi sin pensarlo, tomó rumbo a Parque Fundidora.

Había ido muchas veces a conciertos, a carreras, a eventos; hoy iba como quien busca un respiro.

Aparcó cerca de una entrada arbolada. Los guardias revisaban mochilas con rutina amable.

Adentro, el parque se movía a varias velocidades: patinadores practicando trucos, niñas con listones en las colas, parejas con termos de café, señores trotando con los hombros tensos.

De fondo, las chimeneas y estructuras de acero del horno viejo alzaban su esqueleto rojo contra el cielo azul, como si la ciudad recordara en voz alta de qué estaba hecha.

Mauricio caminó sin prisa por una vereda de grava.

El sol le tocaba los antebrazos con fibritas de calor.

A su izquierda, un grupo hacía yoga; a su derecha, un niño aprendía a andar en bici con casco de dinosaurio.

Pensó en la última noche: las luces rojas ahora eran de ladrillo; el humo del club era una brisa limpia; los gritos del público, pájaros.

Se le aflojaron los hombros sin permiso.

Diego cruzó el portón de Fundidora por el lado opuesto.

Había familias sentadas en el pasto con lonches envueltos en servilletas, un vendedor con paletas de hielo que brillaban de color chillón, y una paliacate enorme atado a un perro que caminaba con dignidad.

El olor a algodón de azúcar lo hizo reír.

Se metió la gorra un poco más, como si quisiera tapar el recuerdo de su peluca.

Pero el cuerpo, que tiene memoria propia, le pedía la postura exacta para caminar con tacones.

Se rió de sí mismo, enderezó la espalda y puso las manos en las bolsas, terrenal.

Se sentó en una banca frente al canal. Un remolino de hojas jugaba a pelearse con un papelito.

Cuando se acercó, vio lo que era: un volante arrugado que decía “La noche de las coronas – Gracias” con una letra cargada de diamantina.

La esquina tenía un labio de carmín, una marca errante, quizá de alguna reina que lo había usado de abanico improvisado.

Diego lo alisó un poco y lo puso sobre la banca, al lado, como quien deja una ofrenda.

Mauricio llegó al mismo canal desde otra vereda.

Se detuvo a estirar el tendón de Aquiles, apoyando el pie en el borde de un macetero.

Respiró, soltó, respiró otra vez. No corría desde hacía meses.

El sudor le tardó en salir. Se sentó en otra banca, miró el agua turbia pero apacible y se acordó de la frase: “No puedo volver a lo de antes”.

Se la repitió como un mantra ortopédico, todavía sin saber cómo se camina distinto.