Capítulo 16 – Amanecer #3
El día se abrió sin prisa, como persiana que sube a golpes. La ciudad bostezó por partes: primero los camiones, luego los perros, después los pregones y, por último, las cocinas. En dos casas distintas, dos silencios aprendían a decir otras cosas.
Diego puso agua a calentar en una olla que ya tenía el fondo manchado de tiempo.
La radio vieja persistía con un bolero lleno de estática, y el olor a café recién colado comenzó a empujar la noche hacia la puerta.
Sobre la mesa, la caja negra de los tacones aguantaba la mirada como un animal dormido.
Diego la miró sin tocarla, respiró hondo y siguió con lo suyo.
Lupita apareció en la entrada, envuelta en una bata con flores lavadas, el cabello amarrado con una liga que había perdido elasticidad.
—¿No dormiste, mijo? —preguntó en voz baja, como si no quisiera despertar a las paredes.
—Poquito —respondió él, ladeando la taza para no derramar.
Ella se acercó y, con el pulgar, le retiró de la mejilla un brillo solitario que sobrevivía a la madrugada.
—Traes lentejuela terca —dijo, medio sonriendo.
—Se pega de todo —bromeó Diego, y le sirvió café.
Se sentaron frente a frente. La mesa tenía golpes antiguos y manteles con quemaduras de plancha.
Lupita sopló su taza. —Hoy me toca entregar unas bastillas.
Si acabas temprano, me ayudas a llevarlas, ¿sí?
—Sí, mamá. —Bebió un trago—. ¿A dónde? —Con la señora Irma, por la Obrera.
Y luego me paso a la iglesia a prender una veladora por la vecina, que anda malita. Si quieres, me acompañas.
Diego asintió, pero la palabra iglesia se le quedó colgando como campanita. Vitrales y neón volvieron a cruzarse en su cabeza. Sintió una punzada de ternura por las dos vidas que llevaba a la vez. —Te acompaño —dijo, y lo dijo en serio.
En San Pedro, Mauricio se miraba la mano sosteniendo una taza de café que no se enfriaba nunca.
A través del ventanal, el jardín era una maqueta: pasto corto, sombra exacta de los laureles, piedra limpia.
La casa seguía oliendo a madera y a promesa de orden.
Paola entró con sudadera y peinado apresurado.
—¿Nos vemos al rato en casa de mis papás?
—preguntó con voz todavía dormida. Mauricio tardó medio segundo más en contestar.
—Mejor más tarde. Tengo que pasar por el taller, ya ves que la camioneta…
—Está bien —dijo ella, sin buscar pelea—. Te guardo postre.
Se besaron rápido, en la comisura. Él la miró irse con una mezcla de cariño y distancia. Cuando la puerta se cerró, la casa pareció ganar metros. Se quedó de pie, sin moverse, como si alguien le estuviera tomando medidas para otra vida.
Lupita se puso a tortear en el comal. El ruido húmedo de la masa golpeando la palma llenó la cocina.
—¿Cómo te fue anoche? —preguntó con naturalidad, sin mirar.
Diego pensó en el humo, en los gritos, en el espejo y en el beso a la madera del escenario.
Pensó en Mauricio, en la penumbra, aplaudiendo por encima de la cabeza.
—Bien —dijo—. Fue de esas noches que se quedan.
—Qué bueno. —Lupita volteó una tortilla—.
Cuando el día está feo, una guarda un poquito de lo que brilló ayer.
En el borde de la mesa, el hilo y la aguja esperaban.
Diego tomó una falda a medio ajustar y empezó a rematar la bastilla con puntadas cortas.
La costura lo tranquilizaba; era ritmo secreto.
Se pinchó el dedo y una gotita de sangre le coloreó la yema.
Sonrió por lo bajo: pequeñas mordidas de la realidad.
—¿Te queda pasta del rímel que te compraste?
—soltó Lupita, como quien pregunta por azúcar.
Diego alzó la vista, sorprendido. —¿Para qué?
—Pa’ mí, ¿para qué más? —sonrió ella—. Ya ves que el domingo les gusta a tus tías que me “arregle”, y ese tuyo deja las pestañas paradas, dicen.
Diego rió con ganas, la primera risa amplia de la mañana.
—Te lo paso. Nomás no me lo acabes. —Ándale —dijo Lupita, divertida—. Nomás no me lo regañes.
En la cocina blanca de San Pedro, Mauricio abrió el chat con Paola; leyó dos veces los mensajes de anoche y los cerró.
Abrió Instagram. Escribió “La Candela Monterrey” y empezó a deslizar con dedos que temblaban un poco.
Aparecieron fotos de neón, videos de lip-sync, risas capturadas.
En un clip de diez segundos, vio un destello rojo: tacones.
Le subió la temperatura. Subió el volumen.
Se escuchaba un grito colectivo: “¡AL—MA!”.
Pausó, retrocedió, puso de nuevo. El video terminaba justo cuando la figura entraba.
Sintió un hambre extraña por ver más y no ver nada. Guardó el celular como si quemara.
Caminó al estudio. Los títulos enmarcados de la pared —diplomas, certificaciones, seminarios— parecían mirarlo sobre el hombro.
Se vio sentado en todas esas fotos que años atrás había presumido.
Ahora, cada marco le parecía un molde. Abrió la laptop, la cerró sin tocar teclas, la volvió a abrir.
Escribió “Diego café Monterrey” y borró.
Tecló “Alma tacones rojos Candela” y borró otra vez.
Se masajeó el puente de la nariz. No era cobardía; era saber que un click podía mover paredes.
Lupita terminó de planchar una blusa y la colgó en un gancho de alambre.
—La señora Irma quiere corto “a la rodilla”, nada de que me la dejen “arriba” —dijo con un gesto teatral que imitaba a la clienta—.
Ya ves que es muy de su recato. —Le queda mejor arriba —respondió Diego, automático—.
Pero tú dale su gusto; para eso paga. Lupita lo miró con cariño y una chispa de ironía.
—Ay, mijo, si todos supieran que lo que mejor les queda es soltarse tantito.
Diego terminó la bastilla con un nudo limpio. Miró el reloj. El barrio estaba despertando de veras: se escuchó un niño pedir leche, una puerta metálica rodar, una moto arrancar. De fondo, el Cerro de la Silla comenzaba a dorarse, como si encendieran el foco desde adentro.
—¿Y tú? —preguntó Lupita con suavidad—. ¿Cuándo te sueltas tantito sin pedir permiso? Diego bajó la mirada y se acomodó la manga. —A veces… anoche, por ejemplo. —¿Y te gustó? —Sí —dijo él, sin adornos. —Entonces ya sabes por dónde —cerró ella, tersa, y puso otra tortilla en el comal.
Mauricio regresó a la cocina y vio que el jardín ya estaba totalmente despierto.
Un pájaro brincaba de una rama a otra. El riego automático se apagó con un silbido final.
Tomó un vaso de agua y, sin pensarlo demasiado, marcó un número que llevaba días evitando: el de su madre.
Contestó al tercer timbrazo. —¿Hijo? —Ma, buenos días.
—¿Todo bien? Hablas temprano. —Sí. Nomás…
quería saber si hoy vas a estar en casa.
—Voy a misa de once, pero regreso para la comida.
¿Pasas? —Tal vez. —Se le quebró una fibra diminuta—.
Ma, ¿tú alguna vez… sentiste que estabas viviendo una vida que no era la tuya?
Silencio en la línea. Un segundo largo. Dos.
—Todos, hijo —dijo ella al fin, con una serenidad que lo desarmó—.
Nomás que unos nos damos cuenta tarde. Ven a comer si puedes. Hago calabacitas.
Mauricio colgó con la garganta apretada. La honestidad de su madre se le metió como aire frío. Dejó el vaso, cerró los ojos y respiró. No era una respuesta. Era una puerta.
Lupita y Diego salieron a la calle con una bolsa de plástico llena de prendas dobladas.
El sol subía de a poco, pero ya calentaba.
En la esquina, el señor del pan dulce se despedía.
Dos señoras barrían la banqueta como quien barre preocupaciones.
Un perro dormía con el hocico sobre las patas, indiferente a la épica íntima de cada casa.
—Nos vamos caminando —dijo Lupita—. Está cerquita y luego agarramos la 223.
—Vamos —contestó Diego, y le ofreció cargar la bolsa.
—Oye —dijo ella, a medio camino—. Ayer te vi contento cuando llegaste, aunque traías los ojos cansados. Me gusta cuando llegas así. Diego sonrió con pudor. —Anoche… sentí que estaba en mi cuerpo de veras. —Pues ese cuerpo es tuyo, mijo. Nomás acuérdate de cuidarlo —respondió ella, sin sermón.
Pasaron frente a una tiendita. Un altavoz pequeño escupía cumbia vieja. Diego se miró de reojo en el cristal de una vitrina con chicles. Vio su cara lavada, el pelo desordenado, un resto de brillo en la sien. Se vio entero, por un segundo, en una versión diurna que también le gustó.
Mauricio, en San Pedro, se puso tenis y salió al jardín con una regadera manual.
Le pareció absurdo regar después del riego automático, pero el gesto le daba puntería al pensamiento.
Mojó una bugambilia pequeña que había plantado Paola.
Una gota resbaló por la hoja y le cayó en la muñeca.
Fría. Se recordó a sí mismo afuera de La Candela, cuando el aire de la madrugada le pegó en la cara y por primera vez en mucho tiempo no le dio miedo estar solo.
Se escuchó diciendo en voz bajita: —No puedo volver a lo de antes.
La frase sonó distinta al aire libre, como si la entendiera una lagartija que escapó entre las piedras.
El celular vibró en la mesa de la terraza. Un mensaje de un amigo: “¿Pádel a las 7? Hay lugar”. Respondió con un “no puedo”. Sintió que el no era a más cosas que al pádel. No al domingo volcado en el molde. No al piloto automático. No a la ventana cerrada por dentro.