Capítulo 16 – Amanecer #2
Bajó a la sala sin prender luces. El piso reflejaba apenas la claridad gris que filtraban los ventanales.
En las paredes colgaban retratos: bodas, bautizos, inauguraciones, Mauricio con traje impecable al lado de empresarios y políticos; Paola con vestido de coctel, brillo preciso.
En la repisa, un cuadro de la familia de Paola en la playa, todos formados por altura, todos sonriendo con dientes blancos.
Mauricio pasó los dedos por el borde del portarretratos y pensó que esa vida estaba perfectamente enmarcada, y que él era una foto pegada encima de otra foto. Ya no sabía cuál.
Se dejó caer en el sofá, de tela gris clara.
La casa tenía esa acústica de museo: cada suspiro parecía una flauta.
En el techo, el compresor del clima zumbaba con obediencia monótona.
Mauricio apoyó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.
Las imágenes llegaron sin preguntar: el público agitando abanicos, la risa de La Vane, la canción que se partía en silencio para la frase final, el brillo del espejo en el rostro de Alma, el destello que le pegó en la frente como llamado.
Diego. Era Diego. Y no, no se había confundido.
Recordó, como una superposición luminosa, la vela azul de la peregrinación.
El olor a cera, la procesión lenta, el murmullo de rezos.
Y encima, las luces rojas del club, el humo, el coro profano.
Dos ceremonias, dos altares, dos lenguajes diciendo lo mismo: mírame, pertenezco.
Sintió que en su pecho se abría un pasillo donde podían caminar juntas la culpa y la alegría. No era amable, pero era honesto.
Se puso de pie y caminó hacia el espejo grande de la sala, un rectángulo que devolvía la mitad de su cuerpo.
Se vio impecable, incluso descalzo: pantalón oscuro, cinturón de piel, reloj delgado.
A la distancia, podría haber sido la foto de un catálogo de hombres correctos.
Acercó la cara al vidrio. El hombre que lo miró de vuelta tenía algo roto en los ojos.
No triste, no exactamente; abierto. Como si alguien hubiera empujado una ventana por dentro.
Abrió el cajón de la mesa lateral y sacó un rosario que le habían regalado en su confirmación.
No era especialmente devoto, pero la textura de las cuentas le tranquilizaba.
Las dejó correr entre los dedos, pensando en la palabra “pecado” como si fuera un mueble pesado que alguien le hubiera metido a la casa.
Se preguntó cuántos muebles cargados estaba dispuesto a seguir moviendo de cuarto en cuarto para que todo pareciera digno desde la calle.
Sonrió con cansancio. No quería volver a acomodar nada.
El celular vibró en su bolsa. Un mensaje de Paola, mandado horas antes: “llegas tarde? te guardo un lugar”.
Otro, media hora después: “ya en casa, avísame”.
Mauricio sintió una punzada. Le escribió: “Estoy, no te quise despertar. Hablamos mañana”.
Dudó con el “te quiero”. No lo puso. No por crueldad, sino porque la frase se le había vuelto granada sin seguro.
En la cocina, abrió la llave del filtro y se sirvió un vaso de agua fría.
El vidrio sudó al contacto con su mano. El refrigerador vibró con el zumbido de un animal manso.
En el centro de la isla de granito había un frutero con peras alineadas como si esperaran una inspección.
Pensó en los vasos pegajosos de La Candela, en las mesas cojas, en los charcos de neón.
Aquí todo estaba limpio, previsible, almidonado. Sí, era su casa. Y no, no lo era.
Se preparó un espresso por costumbre. Maquina reluciente, cápsula, chorro breve.
El aroma llenó la cocina y por un segundo sintió paz.
Luego, sin querer, recordó al mesero que le dejó un vaso con agua “para cuidar a los nuevos”.
El golpe en el pecho lo tomó por sorpresa.
¿Desde cuándo un gesto mínimo tenía el poder de hacerle llorar?
Aguantó la respiración hasta que pasó, como quien resiste un oleaje.
Apoyó la taza en la barra y vio su reflejo en el granito pulido. En él, su cara aparecía distorsionada, alargada por el brillo. Le gustó: se parecía más al que sentía en ese momento, una versión de sí mismo que no tenía que sostener la línea recta.
Subió a la recámara. Paola seguía dormida.
El vestido colgaba del respaldo de una silla, orden perfecto.
Había una bolsa con el programa del evento, tarjetas de “gracias por acompañarnos” y un prendido marchito.
Mauricio tomó el prendido y lo dejó en el basurero, con suavidad, como si tirara una hoja que ya se había leído.
Acarició el borde del cobertor y se acostó del lado contrario de la cama, sobre la colcha, sin arroparse.
El reloj digital del buró marcaba 4:17. Cerró los ojos. No logró dormir.
Cada vez que los cerraba, la veía entrar: los tacones rojos apareciendo antes que el cuerpo, la falda corta, el abanico rojo.
Vio a Alma besando el piso, vio el espejo, se vio a sí mismo aplaudiendo sobre la cabeza, cosa que jamás hacía.
También vio, como foto vieja, a Diego sirviéndole café aquella vez que se cruzaron sin mirarse, y a Diego con vela en mano, columna en la procesión.
Las imágenes se pegaron una encima de otra hasta formar un mosaico que no sabía leer todavía.
A las 6:03, cuando afuera ya clareaba, se levantó y fue de nuevo a la cocina.
El amanecer entró como una línea blanca por los ventanales altos y se estrelló en el piso de mármol.
Como si alguien hubiera tirado leche sobre la noche.
Mauricio abrió la puerta hacia el jardín.
El pasto se veía geométrico, recién cortado, con gotas de riego todavía colgando.
A lo lejos, la siembra de laureles formaba un muro ordenado.
Sintió un impulso infantil de cruzar ese muro, de salir corriendo hacia el cerro sin avisar a nadie.
El despertador del cuarto de Paola sonó a bajo volumen.
Lo apagó ella sin levantarse. Mauricio preparó otra taza de café, esta vez para los dos.
Como si ese gesto cotidiano pudiera ser puente sobre una grieta.
Se asomó a la recámara y dijo en voz baja: —Hay café en la cocina.
Paola abrió un ojo, sonrió con sueño. —Gracias.
¿Todo bien? Mauricio dudó algo más de lo que debería. —Sí. Luego te cuento.
En su boca, la palabra “luego” le supo a posponer. Se odió un poco por eso y, sin embargo, no encontró mejor palabra. Había algo que no cabía en la sintaxis de esa casa.
Se duchó rápido, agua tibia que le quitó el olor a humo.
En el espejo del baño se vio otra vez, ahora con el pelo húmedo y la piel limpia.
Pensó en llamarle a alguien, a nadie. Se imaginó marcando a Diego.
No tenía su número. Recorrió mentalmente las opciones de llegarle por Manu, por La Candela, por el café donde lo había visto primera vez.
Una parte de sí se alarmó por la simple idea de perseguir algo que no había nombrado.
Otra parte, silenciosa y obstinada, se sentó y esperó.
Se vistió con ropa de casa: pants, playera lisa.
Bajó con los pies todavía fríos y se sentó en la mesa del desayuno.
Afuera, los pajaritos hacían su concierto puntual.
Paola llegó con una coleta improvisada, una sudadera, y tomó la taza que él había servido.
Se sentó de frente, sin maquillaje, con la cara de los domingos.
—Te escribí anoche —dijo ella, sin reproche—.
¿Todo bien en la chamba? —Sí. Me tardé con unos pendientes.
—La mentira le salió suave, tanteada mil veces.
—Ok. —Bebió un sorbo—. Hoy voy a comer con mis papás.
¿Te vienes? —No sé. —Se rascó la ceja—. Tal vez paso al taller del coche. —Va. —Pausa—. Te ves cansado. —Un poco.
Se miraron un segundo, como quien mira a través de un vidrio grueso. Paola no insistió. Él no explicó. El pacto silencioso se reanudó: cada quien guardaba sus preguntas para que la superficie se mantuviera lisa. Mauricio pensó que esa lisura era su principal trampa.
El sol terminó de colarse por la ventana.
Los muebles tomaron su color natural, el jardín su verde sin teatralidad.
Mauricio sintió que el amanecer no tenía rumbo; que esa luz nueva, en vez de ordenar, hacía visible el polvo en los bordes, las marcas de vasos sobre la mesa, un hilo suelto en la alfombra.
La claridad no perdona, pensó, y se vio a sí mismo con honestidad cruel: un hombre amable, eficiente, puntualmente infeliz.
Terminó el café y se levantó. En el pasillo, frente al espejo largo, se detuvo. Se imaginó con los ojos cerrados en La Candela, el rugido entrando por la piel. Luego abrió los ojos, vio el reflejo domesticado y se dijo, en voz tan baja que apenas se oyó: —No puedo volver a lo de antes.
No era una promesa. Tampoco un plan. Era un diagnóstico.
Un enunciado que lo dejaba recargado en la pared, con la respiración un poco más honda.
Afuera, un camión de basura pasó a buena hora, rompiendo el silencio con un crujido de bolsas y una campanilla metálica.
La ciudad estaba despertando. El día, como siempre, exigía agenda, correos, logística.
Mauricio miró su celular y lo puso en modo silencio.
Abrió la puerta del jardín y dejó que el aire fresco le pegara en la cara unos segundos más.
Recordó los tacones rojos golpeando la madera como campanazos.
Recordó el beso de Alma al piso, y el propio impulso de aplaudir.
Había algo ahí que quería aprender, una obediencia nueva: no a una norma, sino al pulso que, por primera vez, le marcaba el pecho por dentro.
Se dio la vuelta, entró a la casa y cerró suave. El amanecer lo siguió hasta el pasillo, como si no estuviera dispuesto a perderlo de vista.