Capítulo 15 – La noche de las coronas #3
Detrás de ella, otra participante entró con vestido negro de lentejuelas y capa larga.
Eligió una balada dolorosa, y cada gesto era un látigo al corazón.
Cuando fingió llorar frente al espejo que llevaba en la mano, varios en el público levantaron celulares para iluminarla como si fueran veladoras.
Su show terminó con ella arrastrándose por el escenario, y la gente coreó su nombre con reverencia burlona.
Una tercera apareció con un vestuario de plumas verdes que parecían devorarla entera. Su número era un baile frenético, cumbia y vogue mezclados sin pudor. La pista tembló bajo sus tacones. El público la siguió con palmas hasta el último paso.
Desde su mesa, Mauricio observaba con los ojos grandes.
Al principio había querido pasar desapercibido, pero el espectáculo lo desarmaba.
Nunca había visto algo así: tanto cuerpo libre, tanto gesto sin vergüenza, tanta intensidad que no pedía disculpas.
Se sorprendió riendo, aplaudiendo con timidez, dejándose arrastrar por la energía de la sala.
En su cabeza, los vitrales de la catedral se superpusieron con las luces de neón.
Recordó las voces en coro, las letanías, y ahora las comparaba con este público que gritaba frases igual de repetidas pero con otro sabor: “¡Eso, mana!”, “¡Perraaaa!”, “¡Snatch esa wig!”.
El contraste lo abrumaba, pero también lo seducía.
Se dio cuenta de que estaba respirando más hondo, como si los pulmones se abrieran.
La Vane volvió al micrófono para anunciar la siguiente. —Y ahora, mis cielas, la que trae en los pies un incendio y en la lengua veneno. Con ustedes… ¡la reina de los tacones rojos!
El público explotó en gritos antes de que apareciera. Los abanicos golpeaban el aire, las mesas retumbaban con los puños de quienes exigían verla. “¡Alma! ¡Alma! ¡Alma!”, coreaban como un mantra pagano.
Las luces bajaron a un rojo intenso. El humo se espesó. La cortina lateral se movió y apareció Alma.
Los tacones rojos entraron primero, brillando como carbones encendidos.
Luego el vestido: un conjunto ajustado de terciopelo vino con pedrería en los bordes, hombros descubiertos, falda que se abría en cola corta.
La peluca negra, lacia y brillante, caía como agua oscura sobre su espalda.
El maquillaje era geometría perfecta: cejas arqueadas como alas, labios delineados en carmín feroz, pestañas largas que hacían sombra a su propia sombra.
Alma caminó hasta el centro con pasos medidos.
Cada tacón golpeaba el piso como campanazo.
El público enloqueció, pero ella no sonrió.
La seriedad era parte del número: un altar de fuego que se abría.
Extendió los brazos, giró con lentitud, dejó que la falda mostrara la pedrería.
El DJ soltó los primeros acordes de una canción densa, mezcla de pop trágico y electrónica.
Diego, dentro de Alma, sentía que el aire era cuchillo. No estaba solo mostrando un look; estaba desnudando su propia biografía. Cada movimiento había sido ensayado, pero en ese instante se sentía nuevo, ardiente. El escenario era su confesionario, y los tacones, sus velas encendidas.
Desde la penumbra, Mauricio lo reconoció. Primero dudó: la luz roja, el maquillaje, la peluca. Pero entonces vio la mandíbula, el gesto leve en la comisura de los labios, la forma en que protegía el pecho al girar. Era Diego. Era él.
La cerveza se le detuvo en la garganta. Todo el ruido del club se hizo eco distante. La vela azul, la procesión, los rezos apagados… y ahora, Alma, brillando como si hubiera nacido de ese fuego. Sintió un golpe en el estómago. No podía apartar la mirada.
El público gritaba, pero Mauricio estaba en un silencio absoluto. El corazón le latía desbocado. Reconocer a Diego en Alma era como ver dos mundos chocar: la procesión y el escenario, la fe heredada y la fe inventada. Lo miraba, y lo único que podía pensar era que nunca lo había visto tan vivo.
Alma comenzó su número. Caminó hasta el borde del escenario, se inclinó, extendió la mano hacia el público como si bendijera con veneno.
Giró sobre sí misma, los tacones clavándose en el piso como puñales.
Cantó en playback, pero el gesto era tan real que parecía gritar de verdad.
“Resistir”, decían los labios. El público rugió con cada palabra, repitiéndola como un rezo.
Mauricio apretó el vaso con fuerza. Sentía que, si lo soltaba, todo el bar se le vendría encima. Y sin embargo, por primera vez en años, no quería huir. Quería quedarse ahí, en esa penumbra, respirando lo mismo que Alma.
La canción subió en intensidad. Luces blancas giraron, iluminando destellos de glitter en el aire.
Alma se quitó la capa de un tirón y quedó en corsé brillante, pedrería que atrapaba cada rayo.
El público gritó su nombre como si fuera conjuro.
Los abanicos golpeaban el aire, los pies marcaban ritmo en las mesas.
La Candela era un templo, y Alma, su sacerdotisa.
Mauricio sintió que respiraba con ella. Cada movimiento de los brazos le correspondía en el pecho. No sabía si era deseo, admiración o miedo, pero le quemaba en la boca del estómago. Reconocer a Diego en ese altar le partía en dos, pero también lo completaba.
El bloque cerró con Alma en el centro del escenario, brazos extendidos, flama roja rodeándola.
El público rugía. Mauricio, en la penumbra, no podía dejar de mirarla.
El ruido, las luces, todo se desdibujó. Solo existía ese instante: ella en el escenario, él en la sombra, los dos respirando lo mismo, aunque el mundo todavía no les diera permiso de decirlo.
El primer golpe de beat fue una campanada baja que hizo vibrar los vasos.
La luz roja viró a granate profundo, y una estela blanca recortó a Alma como si un vitral la estuviera eligiendo.
El DJ cortó la base y dejó un latido grave, casi cardíaco.
En esa oscuridad medida, Alma alzó el abanico negro.
No lo abrió de inmediato. Lo sostuvo en vertical, pegado al pecho, como si fuera una daga dispuesta a convertirse en ala.
—Buenas noches, Candela —se oyó en playback, su propia voz grabada con un filtro áspero—. Hoy vengo a hablar en alto... pero sin gritar.
El abanico tronó al abrirse; el sonido atravesó la sala como látigo de tela.
El público respondió con un corito rasposo: “¡Al-ma! ¡Al-ma!”.
Ella avanzó tres pasos y marcó el contorno de su rostro con el abanico, dibujo de geografía feroz: pómulo, boca, cuello.
Luego le dio la espalda al público y alzó la barbilla.
En la nuca, la peluca negra dibujaba una línea perfecta.
La base musical entró con un pulso oscuro.
Alma comenzó un lip-sync de palabras claras, no letras prestadas: —No me apagaron de niña...
solo aprendí a guardar la luz en las uñas.
—No me escondieron el pecho... solo me enseñaron a respirar hondo.
—Hoy no vengo a pedir permiso... vengo a pisar fuerte.
Cada frase caía al ritmo de los tacones rojos. Tac, tac. La pista devolvía un eco seco. La Vane, desde bambalinas, sonrió con la boca ladeada: sabía que ese texto era nuevo. El público leyó la intensidad y se quedó quieto, atento, como si una cuerda invisible les hubiera tocado en la coronilla.
Manu, en la consola de luces, dio la señal.
Un triángulo de focos se cerró sobre Alma, y la lentejuela del corsé estalló en puntos diminutos.
La reina dejó el abanico a un lado y sacó un espejo redondo, del tamaño de un plato.
Le rebotó una luz a la cara, luego al público.
Lo sostuvo al frente, temblor mínimo del brazo.
—Si te brilla, no es soberbia —decía el playback—. Es que por fin me da el sol.
El espejo giró y lanzó un destello hacia la mesa donde estaba Mauricio.
El reflejo le pegó en la frente y le desordenó la respiración.
Sintió que alguien lo llamaba por su nombre sin nombrarlo.
Los aplausos subieron de tono. Mauricio apretó el vaso con una mano y con la otra rozó la marca de agua que había dejado la cerveza anterior, como si tocara un amuleto.
La música rompió en percusión. Alma dejó el espejo en el suelo, a un lado del atril con purpurina, y tomó aire como quien bucea.
De un tirón, desabrochó la cola de la faldita de terciopelo y dejó que cayera con elegancia, revelando la estructura de un bodysuit vino que abrazaba la cintura con líneas de pedrería.
No había desnudez explícita; había arquitectura. Sus hombros brillaban como cúpulas.
Marcó un “eight-count”: hombro derecho, hombro izquierdo, pecho al frente, giro lento.
La sala siguió cada gesto como un rezo en idioma nuevo.
Las manos alzadas en el público eran velas sin fuego.
Una chica en primera fila lloró sin esconderse.
Cuando se secó la lágrima, dejó un rastro de glitter en la mejilla.
Alma se desplazó hasta el proscenio. Su sombra, alargada, tocó los pies de quienes estaban pegados al escenario.
Bajó el mentón, cerró los ojos un instante, y luego cayó de rodillas.
No fue desplome torpe; fue caída controlada, ritual.
El sonido de los tacones golpeando el piso saltó como una chispa.
Un murmullo entró en la sala y se acomodó en la nuca de todos.
—Me dijeron que caminara derechito —decía el playback—. Yo aprendí a caer mejor.
Con la rodilla izquierda en el suelo, apoyó las manos sobre el piso y besó la madera.
El beso no fue romántico; fue devoción. Una reverencia a la pista que la sostenía.
Al incorporarse, dejó marcado un beso en carmín sobre una astilla vieja del escenario.
Algún día, cuando lijaran la tabla, iban a encontrar esa marca como fósil de una noche.