La herencia del tacón rojo Capítulo 15 – La noche de las coronas #2
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Capítulo 15 – La noche de las coronas #2

El portero lo saludó con la cabeza, como si lo conociera desde siempre.

Mauricio asintió, inseguro, y caminó pegado a la pared.

Había aprendido, en cientos de recepciones en San Pedro, a moverse como fantasma con canapés.

Aquí, sin embargo, nadie temía verlo. Se permitió mirar de frente: una pareja se besaba sin apuro cerca de los baños, dos chicos bailaban una cumbia agarrados de la cintura, una chica trans se retocaba el labial en la pantalla negra de su celular.

La libertad le pesó y lo alivió al mismo tiempo.

Los posters de ALMA multiplicaban su presencia: en la columna junto a la pista, en la puerta del camerino, sobre la cabina del DJ.

No se fijó en los rasgos; solo en los tacones rojos como un par de llamas.

Sintió un escalofrío que no supo nombrar.

Respirar lo mismo, recordó. Se pasó los dedos por el cuello, como si buscara una corbata que ya no traía. Se rió, mínimo, de sí mismo.

Buscó una mesa al fondo, en la penumbra. El mesero llegó con eficacia. —¿Qué le sirvo, jefe? —Una cerveza, por favor. —La voz le salió más grave de lo normal. —Ahorita, ahorita —y el mesero desapareció con una pirueta de charola.

Mauricio se sentó. El asiento estaba tibio; alguien más había dejado el calor de su cuerpo hace un instante.

Desde ahí veía el escenario lateralmente: cortinas negras, luces montadas como una constelación doméstica, un atril con purpurina pegada.

Sobre el piso, una tira de cinta marcaba la línea que no debía cruzarse.

A él le encantaban las líneas: le decían dónde pararse para parecer correcto. Sonrió, nervioso.

La música subió un punto y el bar entró en ebullición.

Una mesa cercana gritó “¡Arriba La Candela!” y el brindis se contagió de isla en isla.

Un chico con camisa de flores levantó su vaso hacia Mauricio, porque sí, porque estaba ahí.

Mauricio respondió el gesto, tímido. El chico le guiñó un ojo, siguió su camino.

Esa naturalidad lo desarmó. Cuánta energía gastada en esconder gestos durante años.

La cerveza llegó. Estaba helada, esa primera frescura que parece abrir una ventana en el pecho.

Mauricio dio un trago largo y se dejó escuchar: el roce de las sillas, una carcajada que llegaba del bar, el tintinear de pulseras en una mesa cercana, el rumor de los baños detrás de la cortina.

Todo lo que normalmente molestaría en un salón elegante, aquí era música de fondo.

Algunos ojos lo miraron, sí, pero con curiosidad blanda, sin juicio.

Una chica de cejas perfectas le preguntó si era su primera vez.

—¿Se me nota? —bromeó Mauricio, sorprendiéndose de escuchar su propia voz jugar.

—Poquito —dijo ella—. Tranquilo, aquí nadie muerde.

Bueno… solo si tú quieres. Rieron los dos con pudor cómplice.

Ella le señaló el escenario. —Hoy se pone épico.

Viene Alma. Esa morra te levanta aun si llegas muerto.

—¿Alma? —repitió, tanteando el nombre como si fuera piedra en el río.

—Sí, Alma, mana —intervino un chico desde atrás, en automático—. La de los tacones rojos. Puro fuego.

La palabra “fuego” se le quedó en la lengua. Se imaginó una flama caminando. Miró el póster de nuevo. El dibujo no era una foto; quizá por eso no lo reconoció todavía. Agradeció, por un segundo, esa demora del destino.

La Vane cruzó la sala como un cometa con caftán, seguida por un técnico que llevaba cinta y tijeras en los bolsillos.

Se asomó a una mesa, besó a otra en el aire, afinó el abanico con un chasquido y se subió al escenario sin pedir permiso.

Hizo una señal al DJ. La música bajó. El murmullo subió primero, luego cayó, obediente. Tenía ese don: mandar sin gritar.

—Buenas noches, Monterrey —dijo, y el micrófono le devolvió la voz como un latigazo dulce—. ¿Están listas? “¡Sí!” rugió la sala. —¿Están listas? —repitió, más alto. “¡SÍÍÍ!”

La risa de La Vane llenó el techo. —Eso, mis reinas.

Hoy venimos a coronarnos todas, incluso las que no compiten.

Porque en esta ciudad que se cree tan seria, aquí sí se ríe con el cuerpo entero.

Así que acomódense, pidan otra ronda, suelten el chisme y guarden su shade para el momento correcto…

que esta noche La Candela es iglesia de neón. Amén, ¿o qué? “¡Amééén!”

Mauricio sonrió sin querer. La palabra “iglesia” clavada en el neón le pareció un puente secreto con la víspera. Vitrales y focos, coro y DJ, procesión y pasarela. El mismo anhelo de pertenecer, pero sin penitencia.

Una drag joven, con cuerpo de trapo fino, pasó vendiendo boletos para la rifa.

—Ándele, güero, le vendo el que gana —le dijo a Mauricio, cantadita.

—¿Qué se rifa? —Una cubeta de chelas, un beso mío y…

el privilegio de que La Vane te lea con cariño.

—¿Lo de “con cariño” es seguro? —preguntó él.

—Mmm… depende de tu signo. ¿Eres Leo? —No.

—Ni modo, te va a ir mal —remató, soltando una carcajada y dejándole el boleto en la mano.

El hielo del humor le aflojó la espalda.

Compró dos boletos, sin entender por qué un acto tan pequeño lo hacía sentir parte.

Observó que, a su alrededor, nadie dudaba de su derecho a estar.

Nadie pedía pruebas, credenciales o apellidos.

Bastaba con ocupar el espacio y respirar. Respirar lo mismo, pensó.

Un grupo de amigas entró como tromba. Traían abanicos con frases bordadas en lentejuela: “perris”, “mana”, “shade”.

Se acomodaron a la mesa de al lado y empezaron a apostar quién ganaría.

—Yo digo que la Pelona —dijo una. —Ay, no, la Pelona es pura carcajada, mija.

La que trae dolor bonito es Alma —dijo otra, tocándose el pecho—.

Te saca la lágrima y te deja parada. —A mí que me haga pedazos, pero con buen vestuario —remató la tercera, abanicándose.

Mauricio bebió otro trago. “Dolor bonito”. Conocía el dolor que se esconde; ese adjetivo, en cambio, le pareció una promesa de que el dolor podía brillar sin avergonzarlo todo.

Las luces del techo cambiaron a un azul profundo.

El DJ anunció una última canción de fondo y dejó caer un beat lento, sensual.

El mesero pasó del lado de Mauricio y, sin mirarlo, dejó un vaso con agua.

—Por si le pega el calor, jefe. Aquí cuidamos a los nuevos —susurró, y siguió su ruta.

El gesto le desacomodó el alma. ¿Desde cuándo lo cuidaban a él en un lugar público?

Se escuchó un bong grave, y luego otro. El murmullo se recogió poco a poco. Mauricio sintió cómo la piel se le erizaba, no por el frío sino por la expectativa. La Vane volvió a tomar el micrófono.

—Regias, regios y regies… —canturreó—. Bienvenidas a la Noche de las Coronas.

Esta pista ha visto de todo: caídas épicas, lips sincronizados que resucitan, y outfits que ni en París.

Pero hoy, además de brillar, vamos a decir.

Porque ser drag en Monterrey no es solo lentejuela; también es mensaje.

Y para abrir boca, les presento a nuestras reinas…

La lista de nombres salió con ritmo de tamborileo. La sala aplaudía, silbaba, gritaba sobrenombres, ofrecía chiflidos personalizados que parecían oraciones profanas. Mauricio se dejó llevar por la ola. Por primera vez en muchos años, su cuerpo respondió antes que su cabeza.

—Y por último —dijo La Vane, estirando la sílaba como alambre—… la que muchos vinieron a ver… la que usa los tacones como si fueran alas… ¡AL—MA!

El club rugió. No había aparecido aún, pero el nombre encendía.

Mauricio apretó el vaso entre las manos.

La palabra le vibró en la boca del estómago.

Se quedó mirando la cortina lateral, la misma que veía desde su mesa del fondo.

Pensó en la vela azul, en la procesión, en el aire de aquella tarde.

Sintió que, si Alma era la misma que vivía en ese recuerdo, la ciudad se le iba a juntar en un solo punto.

No lo sabía todavía. Pero estaba listo para reconocerlo.

Las luces bajaron un poco más. Un técnico corrió agachado, como sacerdote de backstage. La Vane sonrió de lado, dueña del tiempo. —¿Preparadas? —preguntó, en un susurro ampliado. El público respondió con un grito que parecía romper vasos.

Mauricio no parpadeó. Respiró hondo. La cortina se movió, apenas. El club entero contuvo el aire. La noche, por fin, estaba a punto de abrir su corona.

El escenario se encendió con una ráfaga de luces lilas.

La Vane, dueña del micrófono, giró sobre sí misma con un abanicazo y levantó el brazo.

El público rugió como si se hubiera abierto el telón de un estadio.

La madre drag no necesitaba presentación, pero igual se presentó con ironía: —Buenas noches, Monterrey, capital del calor, del shade y de las coronas que pesan más que los secretos. ¿Ya están listas para ver a sus reinas?

El público contestó con un “¡SÍÍÍ!” que sacudió las mesas.

—Eso, comadres. Aquí nadie se salva del chisme ni del glitter.

Así que pónganse cómodas, suelten el abanico y guarden los nervios para cuando llegue el momento de gritar.

Esta noche vamos a elegir a la que se lleva la corona, pero sobre todo vamos a recordar por qué estamos vivas.

La frase quedó flotando como un eco eléctrico. Luego, un beat de reguetón explotó y la primera participante salió.

La drag en turno llevaba un body plateado con hombreras gigantes, como si hubiera bajado de una nave espacial de bajo presupuesto.

Su lip-sync era rápido, exagerado, lleno de muecas cómicas.

El público reía, aplaudía, gritaba sus frases favoritas como si fuera karaoke colectivo.

Una mesa al frente la apoyaba con pancartas improvisadas en cartulina fluorescente.

La reina se tiró al suelo en split, y el bar se vino abajo en gritos.