Capítulo 15 – La noche de las coronas
“En Monterrey todas quieren corona, pero no todas saben cargarla.”
El camerino de La Candela olía a laca, a sudor ansioso y a perfume barato derramado.
Era un cuarto pequeño con espejos enmarcados de bombillas que chisporroteaban de vez en cuando, como si también ellas estuvieran nerviosas.
Sobre las mesas se apilaban estuches de maquillaje abiertos, botes de glitter, brochas manchadas de tonos rosas y violetas, medias de red colgando como serpientes exhaustas.
Afuera, en el salón principal, se escuchaba el zumbido de la multitud que iba llegando, las pruebas de sonido, y la voz de La Vane dando instrucciones rápidas a los técnicos.
—Mana, esas luces no me las pongan tan frías, ¿eh? —ordenaba, y el eco se colaba hasta el camerino.
El calor del cuarto era sofocante; cada respiración levantaba olor a spray fijador y a telas recién planchadas.
Un ventilador viejo giraba con pereza en la esquina, moviendo apenas el aire cargado.
El suelo estaba sembrado de lentejuelas que habían caído como estrellas fugaces derrotadas.
Cada drag queen ocupaba su espacio como un soldado en su trinchera: una retocaba labios, otra planchaba su peluca con movimientos firmes, otra se reía a carcajadas mientras practicaba un “lip-sync” frente al espejo.
Diego estaba sentado frente al espejo. La camiseta sin mangas tenía manchas de base en el pecho; su cabello, recogido con pasadores, parecía un mapa caótico.
Tenía las cejas blanqueadas, listas para el nuevo trazo.
El corazón le latía como si fuera a salir a un ring más que a un escenario.
A su lado, otra participante se delineaba los labios con mano temblorosa.
El ritual del maquillaje lo calmaba. Frente a ese espejo, Diego desaparecía poco a poco y Alma iba emergiendo como un ave lenta, paciente.
Tomó el pincel más delgado y dibujó cejas altas, arqueadas como alas en vuelo.
Luego, sombra roja, difuminada hasta el párpado; delineador negro que alargaba la mirada hasta volverla fiera.
Las pestañas postizas pesaban más que su propio párpado, pero eran el peso de la corona anticipada.
—¿Lista para coronarte, muñeca? —preguntó una voz detrás. Era Manu, que había entrado con una botella de agua y la mirada cómplice de quien conoce todas las batallas. —Lista para que me coronen… o para incendiar el escenario —respondió Diego, sin levantar la vista.
Manu rió. —Eso, cabrona. No olvides que el público no viene solo por lentejuelas. Viene por verdad. Y la tuya quema.
La Vane entró al camerino con su andar de reina veterana, abanico en mano, chasqueándolo como un látigo.
Llevaba un caftán brillante color fucsia que parecía absorber la luz.
Su voz retumbó como campana. —A ver, mis niñas, ¿cómo vamos?
¡Que no quiero lloraderas de última hora, eh!
Hoy es noche de coronas, y las reinas se lloran después, nunca antes.
Se acercó a Diego, lo miró de pies a cabeza y sonrió con ironía. —Alma… esos tacones rojos van a ser tu espada. Que no se te olvide. El escenario es altar, y tú llevas la hostia consagrada.
Diego tragó saliva. Miró los tacones sobre la mesa: brillaban, pulidos a conciencia, con la correa ajustada. Cada vez que los veía, recordaba las palabras de La Vane: “caminar con ellos es cargar historia”. Se inclinó, los tocó con la punta de los dedos y sintió un escalofrío breve.
A su alrededor, el ruido del camerino era un carnaval. Una de las drags, con peluca rubia hasta la cintura, se quejaba en voz alta: —¡Manas, si me gana esta noche la pinche Ivana, les juro que renuncio! —Renuncia, pero renuncia bien perra —le contestó otra, provocando carcajadas.
El aire se volvió un coro de voces: “mana, pásame el fijador”, “comadre, qué peluca te vas a poner primero”, “esa lentejuela se te está despegando, bitch”.
El ambiente era tan cargado de nervios como de cariño.
Diego colocó la peluca: cabello negro, liso, con raya lateral marcada.
La acomodó con precisión, fijándola con pegamento y horquillas.
Miró el espejo. Alma lo devolvía la mirada: altiva, venenosa, lista.
—Eso es —murmuró Diego para sí mismo—. Ahora sí.
Un técnico asomó la cabeza por la puerta. —Diez minutos, chicas.
La frase cayó como campanazo. Algunas hicieron aspavientos, otras se persignaron en broma.
Diego respiró hondo. Tomó los tacones rojos, se los calzó, y al ponerse de pie sintió el cuerpo transformarse.
Ya no era Diego, barista de Escobedo. Era Alma, la reina que caminaba sobre brasas y no se quemaba.
El cuerpo adquirió otra geometría: hombros atrás, mentón elevado, cadera que aprendía a marcar la curva exacta. Los tacones no eran solo zapatos; eran la promesa de que al salir iba a ser vista, celebrada o crucificada, pero nunca ignorada.
En el pasillo, La Vane reunió a todas. El eco de la música de prueba vibraba en las paredes.
Ella alzó el abanico. —Escuchen, cabronas.
Allá afuera hay gente que vino a olvidarse de la semana, pero también hay quienes vienen a recordarnos que existimos.
Cada una de ustedes va a salir y va a ser altar, espejo y guerra.
No se me caigan. —¡Sí, madre! —contestaron varias, en coro.
Diego sintió la piel erizarse. La voz de La Vane era sermón y arenga. En su interior, pensó que esa noche no competía solo por la corona del club, sino por la confirmación de que Alma no era un disfraz: era una verdad.
El murmullo del público crecía. Se escuchaban risas, gritos, el golpeteo de vasos sobre mesas.
El humo de las máquinas de niebla se colaba bajo la puerta, trayendo el olor artificial de lo teatral.
Diego se inclinó sobre sus rodillas, cerró los ojos un segundo y escuchó su propia respiración.
La imaginó como un telón que se abría. Afuera, la ciudad esperaba.
Cuando La Vane abrió el pasillo con un chasquido de abanico, el grupo de drags salió en fila hacia el costado del escenario.
Diego, ahora Alma, se unió al río brillante de plumas, lentejuelas y nervios.
El sonido del público era ya un rugido. Sintió que cada paso lo elevaba un centímetro más sobre el suelo.
Los tacones rojos pesaban, sí, pero no como cadenas: como alas.
La noche de las coronas había comenzado.
La Candela vibraba como un corazón gigante.
El neón pintaba las paredes de fucsia y azul, y el humo de la máquina se mezclaba con el de los cigarros hasta formar nubes bajas que olían a noche.
Las mesas, redondas y cojas, estaban ya ocupadas por grupos que hablaban a gritos para vencer a la música de fondo: una lista de pop, cumbia y baladas dramáticas que parecían calentar el aire como antesala del rito.
Un mesero hacía malabares con una charola de cervezas que tintineaban como campanas paganas; otro repartía boletitos de apuesta, porque media comunidad ya tenía sus favoritas para la corona.
A la entrada, una mujer con abanico revisaba las muñecas en busca de la pulsera fluorescente.
“Pásele, comadre”, “pásele, mana”, decía sin mirar, como quien recita una letanía traviesa.
Junto a ella, un chico vendía frituras en bolsas grandes, bañadas con salsa y limón; el olor ácido se colaba hasta el escenario.
Dos turistas preguntaban si podían tomar fotos y el portero, sin levantar la vista, contestó:
“Con respeto, papi. Si te gritan, te aguantas”.
En la pared, a un lado del bar, había posters pegados con cinta: ALMA – Noche de coronas. Una ilustración de ojos alargados, labios en rojo sangre y un par de tacones rojos flotando como cometas. Nadie se detuvo a leer la letra chiquita. Bastaba el brillo del nombre para encender promesas.
Las mesas eran archipiélagos. En una, tres drags veteranas reían con carcajadas largas, fumando con boquilla, sus pelucas rubias hinchadas como nubes de tormenta.
En otra, un grupo de chicos bebía con ansiedad dulce, comentando quién haría lip-sync a qué canción.
Había parejas de manos entrelazadas, amigas con glitter en las mejillas, personas trans con ojos valientes, alguien muy joven que miraba todo con la mezcla de temor y fascinación de quien llega por primera vez a una iglesia propia.
La complicidad era palpable, un idioma compartido: saludos con besos al aire, halagos exagerados, shade juguetón.
“Te ves perrísima, comadre”, “no me robes público, bitch”, “a ver si esta vez no lloras, mija”.
En el bar, la cerveza salía sin descanso.
Las botellas sudaban, y la barra pegajosa acumulaba charcos que reflejaban la luz; parecían charquitos de neón.
Un DJ probaba transiciones y cortaba de pronto para dar paso a un micrófono que tronó con estática.
Los técnicos se movían como hormigas brillantes, cables en mano, cinta negra colgando del cinto.
Afuera, en la calle, Mauricio dudó unos segundos bajo el letrero.
Llevaba camisa clara doblada a los codos, jeans y tenis limpios; el look más normal que encontró para no llamar la atención.
Se pasó la mano por el cabello como si pudiera peinarse los nervios.
Miró a ambos lados, respiró, y empujó la puerta.
La primera bocanada de humo y música lo golpeó en la cara.
No era desagradable: era el olor de un lugar donde las cosas tenían permiso de ser intensas.
Avanzó un paso, otro. Era sábado, pero pudo haber sido martes o eclipse: el tiempo se quebraba ahí adentro.
Sintió que todos lo miraban, aunque en realidad nadie reparaba en él.
La gente seguía en lo suyo, felizmente ocupada en existir sin pedir permiso.