Capítulo 14 – Peregrinación #2
La procesión inició en orden. Una cruz al frente, luego el estandarte con la Virgen, después las familias acomodadas en filas. Paola tomó a Mauricio del brazo, sonriendo para las cámaras de los fotógrafos. —Camina recto —le susurró—, que nos están viendo.
Mauricio obedeció, sintiendo que cada paso lo alejaba de sí mismo.
Repetía las oraciones que salían de los altavoces: “Dios te salve, María…”.
La voz le sonaba hueca en la boca. Recordó cuando era niño y su madre lo llevaba a misa: entonces sí creía, sí encontraba en las palabras un refugio.
Había mañanas en las que corría por la nave de la iglesia para alcanzar a sus primos, y su madre lo detenía con un coscorrón cariñoso.
Entonces, rezar era parte del juego. Ahora, en cambio, era parte del teatro.
Un niño pequeño, dos filas más adelante, tropezó con su vela. La madre lo reprendió con una sonrisa rígida, mientras lo reacomodaba para que no arruinara la solemnidad de la foto. Mauricio observó la escena y pensó: aquí todos interpretan un papel, como en un teatro sin escenario.
El calor de Monterrey apretaba, pero los asistentes se mantenían erguidos, sin mostrar incomodidad. Paola, siempre atenta, le murmuró: —Recuerda que después de la procesión hay recepción en casa de los Garza. Nada de caras largas.
Mauricio asintió, pero su mente estaba lejos. Imaginaba la procesión de Escobedo: velas envueltas en celofán azul, vecinas murmurando, niños corriendo entre las filas. Le parecía más auténtico, aunque no lo hubiera visto aún. Lo intuía.
El rezo continuaba: “Ruega por nosotros, pecadores…”.
Las voces se alzaban en coro, pero a Mauricio le sonaban a eco vacío.
Miró los vitrales altos que teñían el interior de la parroquia con rojo y azul.
Pensó en el neón de La Candela, en cómo esas luces también podían envolver a alguien hasta hacerlo sentir parte.
El contraste lo desarmó: en ambos lugares había color, había comunidad, pero solo en uno había sentido.
El desfile avanzaba lentamente por las calles limpias de San Pedro. Los vecinos sacaban sillas para mirar, algunos tomaban fotos con celulares de última generación. Un hombre comentaba: —Qué bonito que mantengamos las tradiciones. Y otro respondía: —Sí, claro, esto da identidad.
Mauricio escuchaba sin opinar. Cada frase le sonaba a eslogan vacío, repetido por costumbre.
Caminaba recto, con el brazo enganchado al de Paola, y por dentro deseaba romper el libreto.
Recordó el mensaje que nunca envió del todo, la frase “respirar lo mismo”.
Miró a Paola, impecable, y supo que con ella siempre respiraría un aire distinto al que buscaba.
Cerró los ojos un segundo mientras repetía otra oración.
El murmullo colectivo lo envolvía, pero él pensó en otra voz, en un chasquido de abanico que resonaba más real que todos esos rezos.
Sintió que la procesión era un desfile de máscaras, y que él también llevaba la suya: la de esposo ejemplar, la de profesionista serio, la de hombre correcto.
Esa máscara pesaba más que el calor del traje.
Cuando abrió los ojos, los vitrales de la iglesia reflejaban el sol como si fueran brasas. Mauricio bajó la mirada. Sintió que la procesión lo empujaba hacia adelante, pero cada paso lo alejaba más de lo que deseaba.
El bloque cerró con esa sensación: avanzar entre rezos solemnes y rostros impecables, mientras por dentro ardía la necesidad de quitarse la máscara. Todavía no podía. No ahí, no con Paola de su brazo. Pero la grieta ya estaba abierta.
El centro de Monterrey estaba tomado por la multitud.
Desde distintos rumbos, los barrios llegaban con sus estandartes, sus velas encendidas y sus cantos.
Las calles se habían convertido en un río de voces y luces: incienso que se mezclaba con el humo de cohetes, vendedores de elotes que ofrecían entre letanías, niños corriendo con globos, y señoras que avanzaban con rosarios en la mano.
Los balcones del Barrio Antiguo estaban llenos de gente que observaba, algunos aplaudiendo, otros tomando fotos con sus celulares.
El calor era espeso, como si el aire mismo hubiera decidido caminar junto a los peregrinos.
Desde Escobedo, Diego caminaba junto a Lupita.
Sostenía su vela con ambas manos, cuidando que la flama no se apagara con el viento que corría entre edificios.
El celofán azul proyectaba un resplandor extraño en su rostro, como si lo envolviera un aura improvisada.
A su lado, su madre rezaba con devoción, cada palabra dicha como puntada firme, y en su voz había una convicción que Diego envidiaba en silencio.
Miró alrededor: los vecinos entonaban cánticos con voces desafinadas pero llenas de fe, los niños correteaban de una fila a otra, y un señor repartía agua con un balde.
Diego se sentía fuera de lugar, pero al mismo tiempo, acompañando algo más grande que él.
Recordó los camerinos de La Candela: el olor a maquillaje, el peso de los tacones, el calor de las luces.
Aquí el calor era distinto: humano, colectivo, pegajoso.
El tambor al frente de la procesión marcaba el paso, y Diego obedecía más al ritmo del tambor que al de las oraciones.
Sus pensamientos brincaban de un recuerdo a otro: las palabras de La Vane, el consejo de Manu, los ojos de Lupita, siempre firmes. “Cada quien tiene su altar”, pensó.
Desde San Pedro, Mauricio avanzaba tomado del brazo de Paola.
El orden era impecable: filas derechas, cantos bien entonados, un coro que parecía ensayado.
Pero a Mauricio el sonido le pesaba como piedra.
Las velas largas se alzaban como antorchas blancas, y los perfumes caros flotaban en el aire.
Saludaba con la cabeza a conocidos, recibía sonrisas estudiadas, pero por dentro sentía un cansancio que no tenía que ver con el calor.
Al doblar en una avenida amplia, vio al fondo otras peregrinaciones que también llegaban: estandartes más sencillos, gente con ropa modesta, velas de celofán que brillaban como faroles azules.
Había risas en esas filas, pasos menos rígidos, niños que corrían con libertad sin que nadie los reprendiera.
Mauricio sintió que ahí había más vida, más verdad, aunque no podía explicarlo.
Paola, ajena a su distracción, seguía rezando con firmeza, apretando su brazo, como para recordarle a qué mundo pertenecía.
Las dos procesiones se encontraron frente a la Alameda.
El aire se llenó de humo de incienso, de olor a fritangas, de cantos que se mezclaban hasta volverse un murmullo único.
Los estandartes se saludaron con un cruce solemne, y la multitud se unió en un solo río.
El contraste era evidente: las velas blancas de San Pedro junto a los celofanes azules de Escobedo, los perfumes caros mezclados con el olor a sudor y a maíz asado.
Pero nadie parecía incomodarse. El fervor nivelaba a todos.
Diego levantó la vista, distraído por la vibración de tantas voces juntas.
En medio de la multitud, lo vio. Mauricio, impecable en su traje claro, avanzaba tomado del brazo de Paola.
El contraste lo golpeó: él con el celofán azul iluminándole la cara, el otro con el brillo dorado de los vitrales reflejados en la corbata.
Se encontraron con la mirada, y el ruido del mundo se apagó un segundo.
Mauricio sintió lo mismo. Entre el calor, los rezos y las cámaras que aún seguían tomando fotos, esos ojos lo atraparon.
Era el mismo rostro que había visto bajo las luces del club, solo que ahora sin lentejuelas, sosteniendo una vela que parecía demasiado pesada.
El corazón le golpeó el pecho con fuerza, como si quisiera escapar.
No dijo nada. No podía. Pero no apartó la mirada.
El río humano seguía avanzando, indiferente al pequeño huracán que había nacido entre ellos.
Un vecino empujó sin querer a Diego, y la flama de su vela tembló.
La protegió con la mano, sin soltar los ojos de Mauricio.
Paola hablaba al oído de su esposo, pero él no escuchaba.
Solo veía el celofán azul que brillaba en la penumbra, como un faro secreto en medio de la multitud.
Diego sintió un calor distinto al del ambiente: el calor de saberse visto.
No como espectáculo, sino como persona. Y en ese instante, el peso de la vela pareció más ligero.
Pensó en todo lo que había callado, en todo lo que había dejado sin escribir en ese mensaje borrador, y por un segundo imaginó dejar la procesión para acercarse. Pero no lo hizo.
Mauricio, en cambio, apretó la mandíbula, consciente de la mano de Paola aferrada a su brazo.
El contraste lo partía en dos: la pertenencia impuesta y la pertenencia deseada.
Esa mirada lo desnudaba, y él lo sabía. Había pasado años fingiendo no ver, no sentir, no elegir.
Ahora, frente a esa vela azul, ya no podía fingir.
Las campanas de la catedral comenzaron a sonar a lo lejos, marcando el destino de la peregrinación.
La multitud avanzó como río inevitable, arrastrando a todos por igual.
Diego bajó la mirada hacia su vela, respirando hondo, aferrándose a ella como si fuera la única verdad posible.
Mauricio siguió caminando, aún tomado del brazo de Paola, con los ojos fijos en el suelo, temiendo que su mirada lo traicionara.
Ambos siguieron el ritmo del tambor y de las oraciones, llevados por el mismo flujo colectivo, con la certeza de que se habían encontrado en medio del fervor, aunque el mundo no les concediera palabras.
El aire de Monterrey se llenó de luces y humo.
El Cerro de la Silla, a lo lejos, miraba como testigo.
Y en ese mar de fieles, dos hombres caminaban separados, pero ya no eran extraños.
La multitud los unía y los separaba a la vez, como si la ciudad misma decidiera que todavía no era tiempo de cruzar el umbral.