Capítulo 13 – Resaca #4
Cuando dobló por la calle del club, lo primero que vio fue el letrero recién colgado: “Resiliencia en tres actos”.
El cartel tenía letras rojas con brillo, y debajo, un abanico dibujado.
Se detuvo frente a la fachada. Desde adentro salían risas, voces probando micrófonos, un fragmento de canción cortada a la mitad.
El eco le golpeó el pecho como si hubiera cruzado frontera invisible.
Se quedó en la acera opuesta, junto a un puesto de tacos que humeaba. El taquero lo miró con indiferencia. —¿Le sirvo, jefe? —preguntó, levantando la espátula. —No, gracias —respondió Mauricio, con la voz más baja de lo normal.
Desde ahí, podía ver la fila corta de gente que esperaba entrar: dos parejas jóvenes, un grupo de amigas con abanicos de colores, un señor mayor con sombrero que parecía fuera de lugar.
Todos charlaban, fumaban, se acomodaban la ropa.
Parecían estar al tanto de que iban a presenciar algo más que un show.
Adentro, Diego estaba de pie en el escenario, probando el abanico contra la luz.
Lo abría y cerraba con un chasquido que resonaba como latido.
La Vane le daba indicaciones, Manu ajustaba cables.
Desde afuera, ese chasquido llegaba filtrado, pero nítido.
Mauricio lo reconoció al instante: el mismo que le había marcado el corazón en la oscuridad.
El sonido le recordó lo que había escrito en su mensaje: “respirar lo mismo”. No necesitaba verlo para saber que estaba ahí. Se apoyó contra la pared, sintiendo que el concreto le transmitía vibraciones del club.
Un par de chicos lo empujaron sin querer, camino a la puerta. Mauricio se apartó rápido. —Perdón, jefe —dijo uno de ellos. —Todo bien —respondió.
Los vio entrar con confianza, como quien llega a su propia casa. Mauricio, en cambio, se quedó estático. El olor del humo del cigarro, el murmullo de la fila, los anuncios pegados en la pared: todo lo invitaba, pero sus pies parecían clavados.
En su mente se imaginó cruzando el umbral. Se vio saludando al portero, caminando por el pasillo oscuro, viendo las luces abrirse sobre el escenario. Imaginó la mirada de Alma, directa, feroz, como en la noche del apagón. El deseo y el miedo se confundieron en un mismo temblor.
En el interior, Diego guardó los tacones en la bolsa de tela, los colocó sobre la mesa y respiró hondo. La Vane lo miró desde abajo. —¿Lista, hija? —preguntó, con ironía protectora. Diego sonrió apenas. —Lista. —Y abrió de nuevo el abanico.
La sala estaba medio vacía, pero los ecos de ensayo tenían la fuerza de un público imaginario.
Una de las reinas gritó desde el camerino: “¡Mana, que no se vaya la luz hoy porque traigo pestaña nueva!”.
Risas llenaron el backstage. Manu levantó la voz: “probando, uno, dos, tres”.
Cada eco parecía una promesa de que la noche sería distinta, más controlada, pero igual de peligrosa.
Diego ensayó un giro. Al hacerlo, sintió un escalofrío extraño, como si alguien lo estuviera observando desde afuera. Miró hacia las puertas cerradas, sin ver nada. Sonrió para sí. Había presentimientos que no pedían pruebas.
Afuera, Mauricio cruzó la calle hasta quedar frente a la puerta.
El portero lo saludó con la cabeza, como a cualquier otro.
Bastaba un paso, una palabra, para entrar.
Pero se quedó ahí. Escuchó a alguien dentro soltar una carcajada; le pareció reconocer la voz de La Vane.
Sonrió, breve, con nostalgia de lo que todavía no se atrevía a tener.
El taquero levantó la voz: —¡Tacos al pastor, calientitos! El humo viajó hasta Mauricio, mezclándose con la música que escapaba del club. Por un momento, la calle fue altar improvisado: tacos, humo, abanico, carcajadas. Todo en sincronía.
Una pareja lo rebasó. Ella llevaba vestido brillante, él una camisa sencilla.
Se tomaron de la mano antes de entrar, y Mauricio los siguió con la mirada como si fueran guías de un camino que no se atrevía a tomar.
Sintió una punzada de envidia limpia: la libertad de quienes cruzan sin pedir permiso.
La fila avanzaba. La música de dentro se volvía más clara. Mauricio cerró los ojos un instante. Recordó las cenas en San Pedro, el peso del apellido en las tarjetas de presentación, los silencios medidos en las comidas familiares. Recordó a Paola diciendo:
“hay cosas que marcan”. Y comprendió que estaba parado justo en el borde de una marca.
No cruzó la puerta. Dio un paso atrás y se quedó en la sombra de la acera. Desde allí, veía la entrada iluminada, veía las siluetas pasar, escuchaba el eco de un ensayo. Era frontera, y por ahora, solo podía habitar el borde.
Dentro, Diego volvió a abrir el abanico. El aire levantó polvo invisible que se iluminó con los focos nuevos. Fue como una constelación mínima, un cielo de camerino. Sintió que alguien lo esperaba, aunque no supiera quién. Respiró hondo y repitió en voz baja: “resiliencia en tres actos”.
La noche se levantó como telón. Monterrey volvió a encender sus luces, y La Candela palpitó como corazón nuevo. La noche quedó en suspenso, con dos hombres respirando el mismo aire, separados por un umbral que aún no se cruzaba.