Capítulo 13 – Resaca #3
Dejó el teléfono en la mesa y abrió la ventana.
Olor a pollo asado y rumor eléctrico de lunes.
Apagó la hornilla, se quemó tantito la lengua, rió.
Volvió al teléfono. Escribió: “Respiré”.
Borró. “Estoy bien”. Borró. “Ven cuando quieras.” Borró.
Lo dejó boca abajo, como globo suelto dentro del cuarto.
En Fundidora, el globo rojo se le escapó a Mauricio y subió entre los árboles.
Lo siguió con la vista hasta perderlo. Sintió que algo se iba y algo volvía.
“Respirar lo mismo”, repitió. Tomó el coche.
Manejó sin prisa hacia Barrio Antiguo. No iba a entrar.
No todavía. Pero quería pasar por afuera, saludar la casa de los sueños.
Antes de salir, Diego metió los tacones en la bolsa de tela.
Les dio un beso rápido, supersticioso. Se puso chamarra ligera.
Escribió por fin: “Sí. Estaré en Candela a las siete. El aire afuera sabe a lo que toca.” Pulsó enviar.
Miedo y alivio. En el espejo, sin peluca, se vio y no se peleó.
—Vámonos, mana —se dijo. Tomó el abanico. Cerró la puerta.
Cuando dobló hacia la avenida, el cielo ya era azul decidido. En el retrovisor, la silueta del Cerro de la Silla hacía de testigo. Un letrero de neón se encendió con descaro: vitrales de noche, pensó. El celular vibró breve: “Recibido”. No había firma. No la necesitaba.
El tráfico siguió su liturgia. Un taxista cantaba, una señora cargaba bolsas de mandado, un chico le dejaba a su perro un vaso de agua.
Diego puso la mano sobre la bolsa de los tacones: peso y promesa.
Respiró. No estaba solo. Tampoco resuelto.
Pero había movimiento. Y a veces, moverse es toda la claridad que se tiene.
La Candela olía a resaca y a cables calientes.
Eran las siete en punto y el club estaba medio abierto, con las puertas todavía cerradas al público pero los ecos de la noche anterior flotando en el aire como humo atrapado.
Diego empujó la puerta lateral junto con Manu.
Adentro, el escenario estaba cubierto de manchas de luz amarilla que iban y venían mientras dos técnicos probaban reflectores nuevos.
Había un zumbido constante, como si el lugar todavía guardara electricidad sobrante.
Las sillas seguían chuecas, algunas con manchas de cerveza en los respaldos.
En el piso había servilletas arrugadas, brillos de lentejuela que parecían escamas y un abanico roto en una esquina, abandonado como víctima de guerra.
La barra tenía vasos de plástico apilados como testigos mudos. El club respiraba cansado, pero vivo.
—Ayer casi nos morimos, y hoy otra vez en pie —dijo Manu, con un cansancio orgulloso en la voz—. La planta ya aguantó la prueba de fuego.
Diego miró el escenario como si lo viera por primera vez. El piso aún tenía marcas de zapatos y un destello de glitter pegado a la madera como barniz. Sintió un escalofrío: esa tarima había sido altar y trinchera, y ahora volvía a recibirlo sin ceremonia.
En la barra, dos reinas jóvenes repasaban la noche a carcajadas. —Mana, yo juro que cuando se fue la luz pensé: “ya valimos gorro, me voy de hocico”. —Tú te caes hasta con todo encendido —replicó la otra, abanico en mano.
Otra se acercó con dramatismo, abanico enorme pintado de animal print. —Lo que pasa, manas, es que ustedes no saben improvisar. Yo ya estaba lista para cantar a capela Amor eterno y salvar la noche.
El comentario arrancó carcajadas generales. Diego pasó junto a ellas y sonrió con esa complicidad silenciosa de quienes saben que cada torpeza se convierte en anécdota inmortal. La Candela vivía de esas exageraciones.
La Vane apareció desde la bodega con una bata floreada y una taza de café que olía a canela. —Ayer se nos apagó el sol, pero hoy que no se apague el glamour, ¿eh? —dijo, dejando la taza en la mesa de mezclas. Su voz tenía el filo de siempre, pero los ojos cargaban ternura.
Se acercó a Diego y le tocó el hombro. —Te vi, comadre. La ciudad te vio. Y eso no se borra con agua micelar.
Diego no respondió. Bajó la mirada a los tacones que aún tenía guardados en la bolsa de tela. Los colocó sobre la repisa como quien pone velas en un altar. La Vane lo observó en silencio unos segundos, luego levantó la taza de café como brindis y se fue a revisar la lista del show.
Un fotógrafo local, con chaleco lleno de bolsitas, apareció preguntando por “la de los tacones rojos”. Cuando la encontró, sacó la cámara como si sacara una espada. —Necesito que me repitas la pose del abanico —pidió con sonrisa nerviosa—. Para prensa, ya sabes. “El momento”.
Diego dudó. Le parecía absurdo fingir otra vez algo que había nacido de la improvisación más pura. —La pose salió porque tenía que salir —dijo, bajito. —Pues repítela, reina, porque Monterrey quiere volverla póster —respondió él, medio suplicante.
Las demás reinas hicieron un coro de “¡ándale, mana, dales lo que piden!”. Diego suspiró. Abrió el abanico, dio dos pasos y marcó la pose. La cámara disparó con clics ansiosos. El fotógrafo lo hizo repetir, cambiar ángulo, mirar al techo, inclinarse. Cada chasquido le sonaba menos real.
—Eso, chingón. La ciudad quiere ver lo que no vio —dijo el fotógrafo, satisfecho.
Cuando terminó, Diego guardó el abanico en el bolso como si se tratara de un documento delicado. Sintió un vacío extraño: la foto robaba parte de la magia, pero también la multiplicaba. El mito empezaba a salirse de sus manos.
En el escenario, Manu probaba micrófonos. —Uno, dos, tres, ¿me oyen las luciérnagas? —bromeó, mientras ajustaba el ecualizador. El eco devolvió la voz con un retumbo que parecía carcajada.
Diego subió a la tarima. Probó un giro, un paso lento.
El piso seguía caliente bajo los zapatos.
Cerró los ojos y recordó el ruido de la noche anterior: los aplausos que no pedían permiso, la risa de La Vane, la vibración de estar vivo a oscuras.
Abrió los ojos y encontró a Manu mirándolo con media sonrisa.
—Mana —dijo Manu—, ese apagón nos puso en el mapa. Y cuando estás en el mapa, también llegas al radar. Prepárate: no todos los que te miren lo harán para aplaudir.
Diego asintió, tragando saliva. La advertencia era clara. Manu se acercó y le dio un golpecito en el brazo. —Pero si vamos a estar en radar, más vale sonar con orgullo. Tú nada de esconderte.
La Vane volvió con un fajo de papeles y un cigarro a medio encender. —Oigan, reinas, yo ya estoy harta de tanto reportero. Nos tratan como circo, pero sin darnos salario de circo. —Hizo una pausa dramática—. Aunque, eso sí, nunca pensé que me iba a tocar ser trending topic a mis cuarenta y tantos.
Las risas llenaron el backstage. Diego se dejó llevar, pero cuando todos callaron, La Vane se acercó a él en privado.
—Mira, Diego. Cuando la ciudad te ilumina, tienes que decidir qué cara das: la tuya o la que esperan.
Si das la tuya, te van a querer menos, pero mejor.
Si das la que esperan, te aplauden más, pero te quedas sola.
Diego sintió un golpe en el estómago. No respondió de inmediato. Se limitó a abrazarla fuerte, con una gratitud que no cupo en palabras. La Vane le devolvió el abrazo con una palmada seca. —No olvides: los tacones son arma, no disfraz.
El club seguía preparándose. Las luces parpadeaban como ensayo de tormenta.
Las voces de las reinas rebotaban entre bromas y quejas, cada una exagerando su versión del apagón.
El sonido de los abanicos practicando marcaba un ritmo que parecía oración.
Diego guardó silencio, mirando sus tacones como si fueran brújula.
Sabía que afuera la ciudad ya estaba levantando otra ola de rumores.
Sabía también que en alguna esquina, alguien podía estar pensando en entrar.
La Vane levantó la voz desde el escenario: —¡Ánimo, hijas! Que si ayer bailamos en tinieblas, hoy bailamos con sol prestado. Y que nos cobren la luz, pero nunca la dignidad.
Un aplauso espontáneo cerró la frase. Diego lo recibió como si fuera bendición. Y en su pecho, sin nombre escrito, un presentimiento empezó a encenderse.
Mauricio estacionó el coche a tres cuadras de Barrio Antiguo.
No quiso acercarse más; sentía que cada metro en dirección a La Candela era un metro de confesión.
Caminó despacio por la acera, con las manos en los bolsillos y el saco doblado sobre el brazo.
La tarde había cedido paso a la noche, y las luces de los bares empezaban a encenderse una por una, como si la ciudad recordara que también sabía sonreír.
Las paredes grafiteadas hablaban en idiomas que no entendía, pero que lo seducían.
Había rostros pintados, frases de protesta, corazones atravesados por flechas de neón.
En cada esquina, un grupo distinto: jóvenes con cerveza, turistas curiosos, parejas que buscaban perderse.
Mauricio sintió que todos lo miraban, aunque en realidad nadie reparaba en él.
El aire olía a cerveza derramada, a carne asada de puestos ambulantes y a perfume barato.
Un músico callejero tocaba acordeón en la banqueta, arrastrando una canción melancólica que contrastaba con las risas de los bares.
Mauricio caminaba lento, sintiendo que cada paso era una traición a la vida ordenada de San Pedro.