La herencia del tacón rojo Capítulo 13 – Resaca #2
76%

Capítulo 13 – Resaca #2

Un cuarto, con sorna: —Pues que inviten a esas reinas a dar coaching en la planta, porque si logran levantar a un público a oscuras, imagínate qué harían con nuestros ingenieros dormidos.

Risas. Mauricio sonrió sin dientes, esa sonrisa que usa quien prefiere no sumar ni restar. El cliente entró y la charla murió en protocolo. Pero la idea quedó suspendida: “empresarios ahí metidos”. El traje de Mauricio le quedó más ajustado de pronto, como si la tela se hubiera enterado.

En el pasillo, oyó otra conversación suelta: —Ya viste que hasta periódicos lo sacaron. —Sí, lo vendieron como resistencia cultural. —Pues yo digo que fue puro relajo. Pero se ve que la raza se la pasó bien.

Mauricio caminó rápido, fingiendo revisar papeles, como si eso lo aislara del eco. Pero cada palabra parecía buscarlo con nombre propio.

En el comedor de empleados, el tema seguía. Una secretaria contó entre cucharadas de sopa: —Yo no fui, pero mi sobrina sí. Dice que hasta lloró, imagínense. Por un show.

Un ingeniero respondió: —Pues peor lloran en los estadios y nadie dice nada.

Las mesas rieron. Otro comentó: —Yo digo que hay que invitar a esa tal Alma a la posada de la empresa. A ver si prende igual.

El comentario arrancó carcajadas. Mauricio sonrió con cortesía, empujando con el tenedor un trozo de carne que no probó. Las voces se le mezclaban en un rumor que decía siempre lo mismo: “allí pasó algo que no se explica con lógica”.

Al mediodía, el teléfono vibró con un nombre conocido: Paola. Contestó con voz neutra, de oficina. —¿Bueno?

—Mauricio —dijo ella, con un tono que mezclaba cordialidad y bisturí—. Te llamo para confirmar la cena con los clientes de mi papá. Es el jueves, no se te olvide.

—Sí, claro. Jueves —anotó en una libreta, aunque ya lo sabía.

Hubo un silencio breve. Entonces Paola añadió, con ligereza fingida: —Por cierto… toda la ciudad amaneció hablando de un show en Barrio Antiguo. Un apagón que se volvió fiesta. Curioso, ¿no?

El corazón de Mauricio se detuvo un segundo. —Lo leí en los titulares —respondió, sin adornos.

—Imagínate… —ella soltó una risa seca—. Unos lo llaman arte, otros circo. Ya sabes cómo es la gente. —Pausa—. Aunque a veces uno se pregunta qué clase de personas se meten en esos lugares.

El comentario flotó como cuchillo sobre la línea. Mauricio tragó saliva. —Sí —dijo—. La gente habla mucho.

Paola continuó, con voz más suave pero igual de dirigida: —Yo digo que cada quien con sus gustos, ¿verdad? Solo que hay cosas que… marcan. Y a veces es mejor no exponerse.

—Claro —respondió él, con un nudo en la garganta.

—Ajá —respondió ella, y cambió de tema con precisión quirúrgica: horarios, listas de invitados, detalles de protocolo. Terminó con un “nos vemos en la noche” tan neutro que parecía dictado.

Colgó. El silencio de la oficina pesó más que el ruido. Mauricio cerró los ojos y apoyó la frente en la mano. El eco no era el de Paola. Era el de Alma: “estuvistes”. Una palabra torcida que, sin embargo, le sonaba más recta que todo lo que acababa de oír.

Se levantó y caminó al baño. Frente al espejo, se vio perfecto: cabello en su lugar, corbata ajustada, camisa impecable.

Pero el reflejo no coincidía con lo que llevaba dentro.

Recordó el momento en que Alma lo había mirado desde el escenario, apenas un guiño, y comprendió que ese reflejo del baño era solo un disfraz distinto.

Se preguntó qué rostro llevaba cuando la miraba ella.

Se mojó la cara con agua fría. La gota corrió por la barbilla, arruinando un instante la perfección. Le gustó. Cerró los ojos un segundo y se permitió pensar:

¿y si mi verdadera cara es esa, la que se ilumina solo cuando alguien la ve de verdad?

El eco del apagón volvió entero. El público gritando, La Vane haciendo chistes, Alma de pie en el centro, firme. Se vio a sí mismo allí, quieto, respirando como nunca había respirado en su vida. La oficina no podía competir con eso.

Cuando salió del baño, se cruzó con un colega que le dijo en tono ligero: —¿Todo bien, Mau? Te ves como desvelado.

Mauricio sonrió rápido. —Todo en orden. —Y siguió caminando.

Regresó a su escritorio. Encendió de nuevo la pantalla. Había un correo nuevo: “Confirmar agenda con clientes”. Lo abrió por inercia. Palabras, tablas, cifras. Todas le parecieron cartón.

El único sonido real en su memoria era el pam del abanico en la oscuridad. Y cada vez que lo recordaba, sentía que el cuerpo, aunque siguiera en traje y corbata, quería aplaudir a destiempo, como si todavía estuviera en La Candela.

A las cuatro de la tarde, la oficina tenía la luz plana de siempre, pero a Mauricio le pesaba como una cobija húmeda. Releyó el mismo correo tres veces; la tercera ya no veía letras, veía polvo cruzando el rayo del plafón. Abrió un documento:

“Buenas tardes, quedan confirmados los…”, y dejó de teclear. El cursor tiritó impaciente. Se levantó sin excusa.

En el elevador, el espejo le devolvió a un hombre impecable.

Pensó en los vitrales de la iglesia frente a su oficina: “neón de día”, se dijo, y sonrió solo.

Salió a la calle. El Cerro de la Silla se veía filoso, paciente.

Entró al atrio. No buscaba fe; buscaba silencio.

Dos velas, un señor dormitando, eco de pasos.

Se sentó en la penúltima fila. Recordó la frase de Paola:

“hay cosas que marcan”. Miró los vitrales rojo/azul, pensó en el vino del vestido de Alma y en el rojo de los tacones. Improvisó un credo breve: que no me falte valor para nombrarme. No lo dijo. Lo pensó. Salió antes de que el sacristán le ofreciera agua bendita.

En el celular, el borrador seguía ahí: “¿respiraste?” Lo guardó otra vez. No sabía si temía más enviarlo o no enviarlo.

En el centro, Diego tendió la falda vino sobre la cama. El paño con el que limpió los tacones olía a laca y colonia barata. Revisó etiquetas: había quien escribía Alma y quien “la de los tacones rojos”. Abrió chat con Manu:

“¿La Vane quiere fotos para prensa?” Respuesta inmediata: “Obvio, mana. Y si piden entrevista, di ‘resistencia con rímel’. A las 7 en Candela. Love u.”

Leyó el “love u” con gratitud de tribu. Decidió pasar antes por Escobedo a ver a Lupita. La punzada del empeine pedía descanso; el corazón pedía hilo y aguja.

En el camión, dos chicas veían el video del apagón. —“Mana, cuando abre el abanico grité como si me hubieran dado mi título.” —“Lo fue, comadre.” Diego sonrió con pudor. Sin peluca, nadie lo reconoció. El olor a comida y asfalto caliente lo recibió en la casa.

—Mijo —dijo Lupita, tijera en mano—, yo sabía que usted iba a venir. Traigo un cierre atorado que no quiere hacer su trabajo.

La casa olía a frijoles y jabón. Imágenes religiosas en la pared, la tele bajita, telas apiladas como montañas suaves. Lupita le alzó el mentón con la mano de aguja. —Te vi en un video. No te vi, pues. Pero supe. —Sonrió—. Aplauso sin luz. Eso es oficio.

Diego respiró. Se sentó junto a ella. —Ma, la ciudad se puso bonita en la oscuridad.

Coseron en silencio de cocina. Entre puntada y puntada, Diego le contó una versión de la noche: el apagón, la risa de La Vane, el coro del público, la mirada de alguien en una mesa lateral.

—¿Y esa mirada tiene nombre? —preguntó Lupita, sin malicia. —Ahorita es mejor que sea mirada, ma. Los nombres pesan más. —Está bien. Pero si un día lo trae a comer, avise para poner más tortillas.

A las seis, Mauricio no había resuelto nada. Entregó dos correos y un memo; todos le sonaron traducciones defectuosas. El sol entraba oblicuo a la oficina. Tomó las llaves y salió. Su coche olía a pino y promesas sin cumplir.

Manejó sin ruta y llegó a Fundidora por inercia. Se sentó en una banca frente al horno. Gente corriendo, niños, un vendedor de paletas. Se quitó el saco, aflojó la corbata. Abrió la conversación sin nombre:

“El aire de afuera sí sabe distinto”. Ya lo había mandado.

Sonrió. Escribió:

“¿Respiraste?” Borró. “Estoy aquí.” Borró. “Gracias por ayer.” Borró. Miró el lago planchado de viento.

Un chavo pasó en patineta con altavoz mini; sonaba una cumbia de amores tercos.

Mauricio dejó que la canción le ablandara la coraza.

Pensó en Paola, en las cenas correctas, en su padre, en las juntas donde “ser” es formato.

Pensó en Alma, en el abanico como semáforo. El atardecer le aflojó el pecho.

En Escobedo, Lupita guardó el hilo y trajo dos platos. —Come —ordenó—. El hambre también es puntada. Diego terminó el cierre rebelde y lo devolvió como quien entrega un animalito que ya no sufre.

—¿Y tú cuándo descansas? —preguntó ella. —En el camión. Y a veces entre pestaña y pestaña.

Lupita le acomodó un mechón que no existía. —Si te llegan mensajes que te mueven, no los dejes mucho en pausa. Se te enfría el café.

Diego no preguntó cómo sabía. Las madres leen notificaciones invisibles. Se despidió con beso en la frente y una bolsa de tortillas envuelta en trapo. “Para que no te olvides de comer.” De camino a la parada, el cielo cambiaba de color encima de las azoteas.

Atardecía en Fundidora. Mauricio caminó hasta el puente. El agua recogía luces nuevas como lentejuelas. Escribió: “Si esta noche estás en Candela, me quedo afuera. No hace falta vernos. Solo quiero respirar lo mismo.” Dejó el pulgar suspendido. Guardó el teléfono. No envió. Aún.

Un niño se acercó con un globo rojo. —Para usted. —¿Por qué? —Porque sí. El globo golpeó su saco con un “pac” pequeño. El sonido le recordó el pam del abanico. Se rió de sí mismo y no le importó.

Diego llegó a su departamento con la luz del anochecer colgada de la persiana. Los tacones rojos esperaban en su repisa. Les pasó los dedos por las cicatrices con cariño que nadie le enseñó. Puso agua para té. Entonces vibró el celular.

No era Manu ni La Vane. Era el número sin nombre: “El aire de afuera sí sabe distinto”, decía el primero; ahora: “Si esta noche estás en Candela, me quedo afuera. No hace falta vernos. Solo quiero respirar lo mismo.”