Capítulo 13 – Resaca
“La neta, la cruda pega más en el alma que en el cuerpo.”
La ciudad despertó con un bostezo iluminado por pantallas. Antes del café ya había titulares: “La Candela: cuando la oscuridad fue fiesta”. Las fotos eran borrosas: humo como mar, celulares alzados, un abanico rojo en el aire. En los comentarios, pelea de bandos: sermón contra resistencia.
En los grupos de Facebook, las versiones se multiplicaban.
El video estrella duraba treinta y ocho segundos: Alma recortada por linternas de bolsillo marcaba con el abanico “uno, dos, tres… ¡pose!”, y la sala respondía en coro de palmas.
Se escuchaba el risotear de La Vane y un “¡C-F-E!” coreado como si fuera himno.
Debajo, una fila de “yo estuve ahí” competía con otra de “yo prendí mi cel”.
El orgullo era compartido, portátil, luminoso.
En la fonda de la esquina, dos señoras: “se les fue la CFE, pero la reina no se apagó”. En el camión, un estudiante: “mira, aquí entra el clic del tacón”. En la barbería, dictamen: “eso es tener tablas”. La ciudad se ensayaba a sí misma.
Barrio Antiguo presumió desde temprano. En los chats la frase más repetida fue “tú no estabas”, no para humillar, sino para nombrar una complicidad.
San Pedro, en cambio, murmuró: “que no salga nadie conocido”, “no es serio”.
La misma ciudad hablaba más de un idioma esa mañana, y ambos eran verdaderos a su modo.
En una cocina grande de San Pedro, Paola leyó los titulares con la impaciencia elegante de quien aparta una mosca sin usar las manos.
Su madre hojeó un periódico por nostalgia y señaló un párrafo sobre “bautizo de fuego” y “espíritu regiomontano que no se raja”.
Paola no se rió. Amplió una foto: una silueta con abanico, auréola de celulares.
Le molestó el dramatismo y, peor, el eco en el estómago.
—¿Qué ves? —preguntó la madre.
—Ruido —dijo Paola, dejando el teléfono boca abajo—. Y una ciudad con ganas de contarse cuentos.
Decidió no buscar nombres. Prometió no preguntar. El juramento se rompió: creyó reconocer un perfil en una mesa lateral. Cerró la galería con un golpe seco. Nada había pasado. O eso decidió.
En un departamento modesto del centro, Diego estaba pegado al colchón como si la cama lo reclamara por deudas antiguas.
La persiana dejaba pasar rayas de sol; el cuarto olía a fijador y sueño cortado.
Le dolían los pies como si en la planta le hubieran bordado un mapa.
Las pestañas seguían aferradas a media asta, guardianas valientes.
Había brillo en lugares donde no recordaba habérselo puesto.
Se rió en voz baja, risa de sobreviviente.
Se sentó despacio. Sobre la silla, la falda vino descansaba como animal dormido; el corset negro parecía un enemigo que ahora se dejaba mirar sin pelea; los tacones rojos, en el piso, guardaban la dignidad de dos soldados que no presumen.
Diego se miró en el espejo del clóset, sin peluca.
Los ojos delineados le daban cara de santo barroco.
Se pasó un cotonete por el contorno con torpeza amorosa.
—Buenos días, Monterrey —dijo ronco, probando la frase como si supiera a pan dulce.
Puso el café. El olor empujó recuerdos: el silencio, el primer “¡bravo!”, La Vane de salvavidas, el coro, la piel de gallina, el pam del abanico. Se acordó de Mauricio, de su mirada desde la mesa lateral, del “contigo, sí” que todavía le vibraba en algún pliegue del pecho. Sonrió sin testigos.
Se despegó las pestañas con paciencia, como quien abre cartas antiguas para no romper la tinta.
Empezó a quitarse el delineado con aceite de bebé.
La cara de Diego salió debajo en pedacitos, mapa revelado por el espejo.
No había pelea: Alma no se le oponía, lo contenía.
Habían cruzado otra noche juntas y, por raro que sonara, se querían. Eso alcanzaba para el lunes.
El primer sorbo de café fue alarma amable.
Encendió el celular. Decenas de notificaciones: etiquetas de desconocidos, mensajes de amigas, memes que celebraban “C-F-E: Cariño, Firmeza y Espectáculo”.
Un texto de Lupita: “mijo, salió en las noticias un club, ¿usted está bien?”.
Contestó: “Sí, ma. Luego te marco”. Dejó el teléfono boca abajo.
La ciudad seguía contándose a sí misma. En Fundidora, dos chicos repitieron la pose del abanico; en una oficina, alguien dijo “eso no es arte”, y otro respondió: “arte es lo que sobrevive al ridículo y a la falta de luz”. La frase quedó flotando.
En Barrio Antiguo, los bares compartieron el link como contraseña.
La mesera que casi pierde la charola recibió siete historias que la nombraban heroína.
Un señor mayor volvió al club solo para dejar una propina con nota: “gracias por el milagro”.
El barman alineó vasos y pensó: “anoche no fue accidente; fue ensayo de lo que sí somos”.
Paola cerró la laptop con la firmeza con que se cierran conversaciones.
Tenía que ir a la oficina, y el tráfico de la mañana es un animal que exige tacto.
En el elevador, un vecino le mostró, sin malicia, el video del apagón: “¿lo viste? Hasta me emocioné”.
Paola sonrió con educación. Cuando se abrieron las puertas, la sonrisa se quedó adentro.
Manejando hacia el centro, se detuvo en un semáforo largo.
La radio repetía el tema con tono festivo.
Paola apagó el estéreo. El silencio dejó entrar un pensamiento intruso: ¿y si él estuvo ahí?
Se regañó. “Importa lo que hacemos con lo que vivimos”, se dijo.
Aun así, algo se movió bajo la alfombra. No iba a levantarla todavía.
Diego, con café ya en sangre, escribió a Manu: “¿Cómo amaneció la planta?”.
Manu respondió de inmediato: “Roncando. Y el público también. Anoche ya es historia, mana”.
Adjuntó una foto: el escenario vacío con luz de barrido; en el suelo, un destello de glitter.
Diego sostuvo el teléfono como quien mira la playa después del huracán: la misma arena, otra memoria.
—Anoche ya es historia —repitió, tanteando el peso de la frase.
Se calzó unas chanclas, caminó hasta la ventana y la abrió.
El ruido de la calle entró: tamales, camiones, fruta, motores, risas.
Monterrey era otra y la misma. Diego respiró hondo.
Sintió el tirón en el muslo, la punzada leve del empeine, el descanso imposible del hombro.
Sonrió. A veces el cuerpo agradece el dolor porque le recuerda que estuvo vivo.
El celular vibró de nuevo. Un mensaje: “El aire de afuera sí sabe distinto”. No necesitaba nombre. No contestó. Sonrió contra el marco de la ventana.
La mañana siguió. En una redacción local, alguien tituló con ironía cariñosa: “Manual para bailar un apagón”.
En un grupo de WhatsApp de barrio circuló un flyer improvisado: “La Candela presenta: Resiliencia en tres actos”.
En la panadería, una niña dijo: “cuando se fue la luz, todos eran luciérnagas”. Su madre asintió.
Diego lavó su taza y la dejó escurrir. Colgó la falda vino con cuidado. Puso los tacones rojos sobre la repisa, alineados como dos pequeñas estatuas. No eran trofeos; eran herramientas. Les pasó un paño suave como quien pule recuerdos. Entonces sonó el teléfono.
—¿Lista para el recalentado? —dijo Manu—. Nos pidieron repetir el número del abanico en el cierre de mañana. Dice La Vane que “si la ciudad se apagó, se le cobra cover”.
—Estoy respirando —respondió Diego—. Repetimos. Pero sin apagón, por favor.
—Sin apagón —prometió Manu—. A lo mucho bajamos la luz para que el mito parezca verdad. —Pausa—. Buen mensaje el que te llegó.
Diego no preguntó cómo sabía. En La Candela, los secretos tenían la discreción justa de un abrazo fuerte.
—Sí —dijo—. Buen mensaje.
Colgó. Miró los tacones. Pensó en Lupita; en La Vane; en Manu; en Mauricio; en esa línea que unía su pecho al club como una luz que no se apaga.
La resaca, ese día, no era dolor de cabeza. Era claridad. Y, como todas las claridades, daba un poco de miedo y un poco de risa.
Mauricio llegó temprano a la oficina, puntual como siempre, con el nudo de la corbata alineado al milímetro.
El lobby olía a café y a aire acondicionado recién encendido.
Saludó al guardia con un gesto automático y al recepcionista con un “buenos días” medido.
Su andar no revelaba nada; solo quien lo conociera muy de cerca habría notado un leve retraso en el parpadeo, una desincronía mínima entre el saludo y la sonrisa.
Esa grieta era invisible en San Pedro, pero él la sentía expandirse como fisura en concreto.
Encendió la computadora. El zumbido de la cafetera en la sala contigua parecía metrónomo cruel.
El aire del clima le resecaba la garganta.
En la pantalla, los asuntos eran mecánicos: “cierre de contrato”, “presentación miércoles”, “viaje México DF”.
Nada que pidiera alma. Nada que explicara por qué, en el fondo de sus ojos, seguía brillando la media luz de un club en Barrio Antiguo.
Tomó el celular. Las notificaciones no habían cesado: grupos de WhatsApp con titulares, links a videos, memes con abanicos, chistes sobre la CFE.
Mauricio bajó el brillo de la pantalla como si así pudiera callar al mundo.
Alcanzó a leer un mensaje de un colega: “dicen que estuvo increíble; qué huevos esas reinas”.
Y otro, peor: “vi en las fotos a un tipo que se parecía a ti, jajaja”.
No respondió. Guardó el celular en el cajón como si fuera una pistola cargada.
A media mañana, el murmullo se volvió conversación abierta. En la sala de juntas, mientras esperaban a un cliente, dos compañeros comentaban: —Yo vi el video, güey, hasta me emocioné. —Sí, hasta pensé: Monterrey ya no se deja. —Dicen que hubo empresarios ahí metidos, ¿te imaginas?
Las risas flotaron como burbujas. Otro agregó: —Mi primo fue. Dice que nunca había visto tanto pinche celular junto. Parecía estadio.