La herencia del tacón rojo Capítulo 11 – Ensayo general #5
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Capítulo 11 – Ensayo general #5

La secuencia culminó en un quiebre hacia adelante: un giro, un abanico que se cerró de golpe y un desplome calculado en pose felina, el muslo insinuado, el cabello vino cayendo como cascada.

Las luces bajaron un segundo y la ovación subió como incendio.

Hubo un par de vasos que cayeron, aplausos que parecían golpes de tambor, gritos agudos y graves mezclados.

La Vane golpeó la mesa con el abanico, gritando: “¡Eso es Candela, carajo!”.

Y Alma, aún en pose, dejó que la imagen se clavara en retinas antes de salir por el lateral.

El pasillo de backstage estaba más oscuro que antes.

El contraste con el escenario lo volvió casi íntimo, como si el ruido se hubiera quedado del otro lado del telón.

Alma respiraba a tirones: el corset era cárcel y corona.

Sentía cómo las varillas se le clavaban en las costillas y, aun así, sonrió.

Era dolor que valía la pena, porque era el precio de un altar.

Manu apareció de inmediato, con una toalla en la mano.

—Reina, la rompiste. Nomás cuida no matarte en el giro doble. El rojo te abraza, pero el humo te anda celando.

Alma sonrió, apenas. Tomó la toalla y se secó el cuello. —Si me muero, que sea en diagonal y con abanico, mi cielo.

—Ándale, mamona —rió Manu—. Nomás que mañana es el show de verdad. Lo de hoy fue calentamiento. Guarda aire.

Alma asintió. Sabía que mañana la presión sería otra: empresarios, prensa, público más feroz. Pero esa noche, en medio del ensayo general, algo había cambiado. No solo el escenario la había aceptado. Había ojos distintos viéndola. Ojos que pesaban más que cualquier reflector.

En el camerino, La Vane esperaba con el abanico cerrado como regla. —Ya sirves para reina, niña. —Le acomodó un mechón de peluca—. Pero no te emociones, que esto es ensayo. La corona se gana con sangre y glitter, no con sonrisas bonitas.

—Nunca es suficiente para ti, ¿verdad, madre? —respondió Alma, con media sonrisa.

—Exacto. Por eso seguimos aquí. —Le dio un golpecito en el hombro—. Ahora descansa, hidrátate y no me pierdas el foco. La pista huele tu miedo como perro.

Alma asintió otra vez, bajando la cabeza en señal de respeto.

La Vane salió del camerino, dejando tras de sí un aire de incienso falso y disciplina real.

Alma se miró en el espejo: el labial estaba intacto, pero en los ojos había un cansancio que no borraba maquillaje alguno.

Se inclinó hacia el cristal, se vio de cerca.

Susurró: —Hoy no me rompí. Mañana veremos.

Mauricio estaba en el pasillo, indeciso.

No se había atrevido a entrar del todo al camerino.

Se mantuvo en la sombra, cerca de una puerta lateral, escuchando el eco de las risas, el choque de abanicos, los pasos de tacón contra el mosaico.

Tenía la camisa pegada al cuerpo, la garganta seca.

Había visto el número desde la barra, había sentido la sala volverse un solo cuerpo, y aún así no estaba preparado para lo que le hacía sentir verla salir del escenario.

Recordó San Pedro, sus cenas en silencio, la mesa larga con cubiertos alineados.

Aquí, en este pasillo húmedo, el orden era otro: abanicos improvisados, voces que mezclaban español e inglés, carcajadas que no pedían permiso.

Y sin embargo, esa falta de orden lo tranquilizaba más que cualquier protocolo.

Había algo honesto en el caos. Algo que lo llamaba.

Diego/Alma apareció en el umbral. Llevaba la toalla sobre los hombros, el maquillaje intacto aunque el sudor le perlaba la frente. Los tacones lo elevaban como estatua viviente. Cuando lo vio, Mauricio contuvo el aire. El pasillo era demasiado estrecho para los dos.

Alma no se detuvo. Caminó hasta quedar frente a él, el abanico cerrado en la mano como arma ociosa. Lo miró sin mirarlo, ladeando apenas el rostro. El silencio fue un escenario propio.

—Si vas a quedarte en este mundo… —dijo ella, con voz baja y firme— …aprende a respirar en tacones.

Mauricio tragó saliva. Buscó palabras y no las encontró al principio. Finalmente, apenas un susurro: —Contigo, sí.

Alma arqueó la ceja, divertida. Dio un paso más cerca, tan cerca que el perfume barato y el olor a laca lo envolvieron. La sonrisa era un veneno dulce. —Cuidado, cariño. No todo el que entra a Candela sabe salir.

—Entonces no salgo —dijo Mauricio, de golpe, sorprendiéndose a sí mismo con la frase. Le tembló la voz, pero no retrocedió.

Alma sostuvo la mirada un segundo más. Luego se rió, una carcajada baja que sonó a desafío y a bendición. Le dio un golpecito en el pecho con el abanico cerrado. —Veremos si sobrevives, niño bonito.

Alma siguió al camerino. La puerta se cerró tras ella con un golpe seco.

Dentro, el bullicio continuó: risas, abanicos, ajustes de última hora.

Afuera, Mauricio se quedó solo en la penumbra del pasillo.

El ruido de la sala aún vibraba, mezclado con el olor a cerveza y humo.

Se apoyó contra la pared, cerró los ojos un instante.

En su mente, el eco del tacón rojo seguía resonando.

Alzó la vista y, por la ventana alta que daba al callejón, alcanzó a ver el Cerro de la Silla dibujado en sombra contra el cielo nocturno.

Testigo inevitable, eterno. Pensó que la montaña había visto guerras, incendios, funerales.

Ahora lo veía a él, perdido en un pasillo, fascinado por una reina con tacones rojos.

Sintió un estremecimiento: como si Monterrey entero lo hubiera escuchado decir “contigo, sí”.

El bullicio del club creció de nuevo con otro número. Mauricio no se movió. No podía. El aire mismo parecía sostenerlo en esa frontera: entre lo que debía ser y lo que acababa de empezar.

El ensayo general había terminado, pero la noche apenas se abría. Y en medio de ese ruido, entre abanicos, glitter y humo, el corazón de Mauricio aprendía un ritmo nuevo. Tacón, tacón, abanico. Y Alma, como un relámpago en la penumbra, seguía al mando.