Capítulo 12 – Apagón
“Cuando se va la luz, mamona, la verdadera estrella eres tú con tu abanico fosfo.”
La Candela esa noche no era el mismo club de siempre.
Era una caldera. Desde la entrada, el callejón ya estaba saturado de gente que hacía fila entre risas, humo de cigarro y flashes de celulares.
El letrero de neón vibraba con un zumbido eléctrico, prometiendo fuego.
Adentro, el bar estaba al máximo: las mesas repletas, los meseros navegando como barcos en mar picado, el hielo chocando en vasos que se llenaban sin descanso.
La música del DJ subía y bajaba como marea, calentando el ambiente antes de la primera salida.
Esa noche había mezcla de fauna: clientela habitual de Candela, con su brillo descarado y su jerga ruidosa; grupitos de amigas universitarias con glitter en las mejillas; empresarios de San Pedro en camisas entalladas, tratando de fingir comodidad en un lugar que les resultaba tan ajeno como magnético; reporteros con libretas y celulares, buscando la nota fresca.
Había quien grababa desde el inicio, convencido de que esta noche sería titular; había quien ya estaba en modo fiesta, cantando con el DJ como si no hubiera mañana.
Todo era ruido y expectación. Se respiraba la sensación de que algo importante estaba por suceder.
En el camerino, Alma se preparaba como si fuera a entrar a una guerra.
El maquillaje estaba ya en su punto: cejas trazadas con precisión quirúrgica, sombras doradas que le abrían la mirada, labios en un rojo profundo que parecía recién pintado con vino.
El corset negro, el mismo que le mordía las costillas, estaba ajustado al máximo; la falda vino caía en ondas suaves y se abría en la pierna derecha para insinuar poder.
Los guantes de malla plateada brillaban como escamas bajo la luz del camerino.
El abanico rojo descansaba sobre la mesa, cerrado, esperando en silencio como un arma lista.
En el suelo, los tacones rojos reflejaban el resplandor de las bombillas.
Alma los tomó y, antes de ponérselos, los golpeó suavemente contra el marco de la puerta.
Su superstición: un recordatorio de que el camino debía reconocerla.
Luego se los calzó con la calma de quien se ata a su destino.
La Vane entró justo entonces, como general que inspecciona tropas.
Llevaba un caftán de lentejuelas azules y el abanico negro en mano.
Su sombra llenó el camerino. —Niña, hoy no hay ensayo.
Hoy no hay segundas oportunidades. —Le acomodó un mechón de peluca—.
Hoy o brillas como reina o te comen viva.
Alma sostuvo su mirada en el espejo. —Ya sé, madre. No vine a rezar, vine a gobernar.
La Vane sonrió de lado, satisfecha. —Así me gusta. Acuérdate: hambre, no miedo. El miedo huele feo.
En la sala, Mauricio había logrado colocarse cerca del escenario, en una mesa lateral.
Había pagado más de lo que imaginaba por estar ahí, pero no le importó.
Desde ese ángulo, veía el telón de cerca, casi podía oír a los técnicos correr detrás.
Estaba rodeado de gente que no era su mundo: un grupo de chicos con glitter en el cabello, dos mujeres que compartían un cigarro como si fuera secreto, un señor mayor que no dejaba de tomar notas en una libreta pequeña.
Mauricio pidió una cerveza, aunque no tenía sed.
Quería ocupar las manos. Sentía que todos podían notar su incomodidad: su camisa planchada, sus zapatos limpios, su forma rígida de sentarse.
Pero nadie lo miraba. Todos tenían los ojos puestos en el escenario, esperando.
Lo tranquilizó darse cuenta de que, en ese lugar, él no era protagonista de nada.
Y, sin embargo, estaba ahí por alguien que sí lo era. Aquí estoy, pensó. No me voy a mover.
El murmullo bajó de golpe cuando se apagaron las luces de sala. Una respiración colectiva recorrió el club. En la penumbra, solo brillaban los celulares, como luciérnagas dispersas. Entonces, la voz de La Vane surgió desde el escenario, amplificada por el micrófono:
—Buenas noches, Candela babies. —El público gritó. Ella esperó a que bajara el ruido, y continuó—. Esta noche no es cualquier noche. Esta noche es prueba de fuego, y ustedes son testigos. ¿Están listas para ver a la reina que arde y no se quema?
El rugido del público fue respuesta. Abanicos golpearon mesas, vasos tintinearon como campanas, un coro improvisado gritó el nombre de “¡Alma!”.
La Vane levantó el brazo, hizo una pausa dramática y anunció: —Con ustedes… ¡la llama de este escenario, la dueña del tacón rojo… Alma!
El telón se abrió como párpado. El humo bajo se deslizó desde los cañones, azul y rojo mezclados.
El primer golpe del remix retumbó en las paredes.
Y ahí estaba: Alma. Entrando con paso firme, abanico en mano, tacones como tambores, mirada como flecha.
La sala explotó en ovación. Mauricio se olvidó de respirar.
Era como verla nacer de nuevo, pero ahora ante todos.
El primer número avanzaba con precisión.
Alma marcaba cada pose como si hubiera ensayado toda la vida para ese instante.
Los empresarios miraban con la seriedad de quien evalúa una inversión, pero hasta ellos no pudieron evitar aplaudir a destiempo.
Las universitarias gritaban su nombre en coro.
Los periodistas tomaban fotos sin parar, tratando de atrapar en píxeles lo que la sala ya vivía como energía.
Manu en cabina lanzaba luces como bisturís, cortes rojos en cada giro, dorados en cada sonrisa.
El ritmo subía, el calor del club se volvía sofocante.
Todo parecía funcionar como un mecanismo perfecto.
Mauricio sentía el corazón en los labios.
Quiso aplaudir, pero no pudo. Se quedó inmóvil, con los ojos fijos en ella, como si todo lo demás no existiera.
Se dio cuenta de que jamás había mirado algo con tanta intensidad.
Ni reuniones, ni viajes, ni cenas elegantes: nada lo había tomado así de rehén.
Esto es, pensó, y el pensamiento lo asustó y lo calmó al mismo tiempo.
Y entonces ocurrió.
Un chasquido eléctrico, un parpadeo extraño en las luces. Un zumbido en las bocinas. Y de golpe, oscuridad. El sonido murió en seco. Las luces se apagaron. El humo se quedó flotando en la nada.
Un silencio brutal cayó sobre la sala. Apenas un segundo, pero eterno.
Los abanicos dejaron de moverse. El público contuvo la respiración.
En la penumbra, solo quedaron las pequeñas luces de los celulares, encendiéndose de a poco, como luciérnagas desconcertadas.
Hubo gritos sueltos, alguien dejó caer un vaso, otro rió nervioso.
La multitud quedó suspendida entre el miedo y la expectación.
En medio del escenario, Alma permaneció quieta, un brazo extendido, abanico abierto a medias. El telón de la ciudad se había caído sobre ella. Y en ese silencio, por primera vez, hasta su propio corazón pareció dejar de sonar.
El silencio, al principio, tuvo filo. Era tan absoluto que se podía escuchar el crujido del hielo derritiéndose en los vasos.
Luego vino la primera ola de ruido: un grito aislado, una risa nerviosa, el tintineo de un vaso que cayó al suelo y se rompió.
Después, como luciérnagas, docenas de celulares se encendieron, iluminando fragmentos del club: un rostro aquí, un abanico allá, la silueta de Alma en el escenario, congelada como estatua de humo.
La gente no sabía si aplaudir, reír o correr.
Algunos pensaron que era parte del show.
Una universitaria gritó: “¡Bravo!”, y el grupo entero la imitó, como si celebraran una ocurrencia teatral.
Pero más allá, en la mesa de empresarios, la incomodidad era evidente: fruncían el ceño, hablaban entre ellos, uno sacaba su reloj como si pudiera controlar la electricidad con la mirada; otro llamaba a alguien con tono de “esto no puede estar pasando”.
Los reporteros aprovecharon: las cámaras de los celulares parpadeaban, tratando de atrapar la rareza, y ya dictaban titulares a sus notas de voz.
En la barra, un cliente fiel de Candela encendió su linterna y la apuntó al escenario como si ofreciera un reflector improvisado.
Dos mesas más hicieron lo mismo. Poco a poco, un puñado de haces de luz fue dibujando a Alma en claroscuro.
Alma permaneció inmóvil unos segundos, el abanico abierto a medias. El corazón le golpeaba las costillas como tambor sin ritmo. Podía quedarse quieta y esperar, o podía hundirse. Eligió lo primero, pero a su manera.
Con un movimiento lento, teatral, cerró el abanico de golpe.
El chasquido seco resonó más fuerte de lo que nadie esperaba en ese silencio.
Unos cuantos gritaron por reflejo. Ella levantó la cabeza, sonrió apenas, y dijo con voz clara, sin micrófono: —¿Pues qué, Monterrey? ¿Ya se nos fue la luz o nomás el miedo?
El público rugió. La risa estalló en varias esquinas, algunos aplaudieron con fuerza.
Una drag en primera fila gritó: “¡Eso, perra!” y el eco se expandió.
Alma giró sobre sí misma, levantando el abanico como estandarte, dejando que la poca luz de los celulares la recortara como figura mitológica.
Un hombro subió, la cadera marcó un ocho lento, la silueta se volvió lenguaje.
Su sombra danzaba multiplicada en las paredes como si fueran espectadores fantasma.
—A ver, mis amores —continuó, ya con ritmo—, si no hay pista, la hacemos. Ustedes: palmas por aquí… —señaló el lado izquierdo—; ustedes: contratiempo… —señaló la derecha—; y los de atrás, ¡shhh, respiración dramática!