La herencia del tacón rojo Capítulo 11 – Ensayo general #4
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Capítulo 11 – Ensayo general #4

—Buenas noches, Candela babies —canturreó, con ese filo que era cariño y autoridad—. Hoy se viene show digno de ustedes: sudor fino, veneno dulce y tacón con GPS directo al corazón. ¿Estamos listas?

La ovación fue respuesta y conjuro. La Vane guiñó un ojo, mandó un beso al aire y presentó con una reverencia ladeada: —Con ustedes, la reina que prende la mecha, la que camina y la pista tiembla… ¡Alma!

El telón respiró. No se abrió aún: era el segundo antes del estallido.

Detrás, Alma esperó con el abanico contra el pecho.

La mano le tembló un milímetro. No de miedo, sino de hambre.

En el camerino, antes de salir, había hecho un gesto mínimo: tocar con la punta del tacón derecho el marco de la puerta.

Su superstición. Para que el camino se acuerde de mí, se decía siempre.

—Cinco, cuatro, tres… —susurró Manu, sin micrófono.

La pista quedó en silencio por una décima de segundo.

Entonces, boom: el remix abrió como una flor eléctrica.

Azul frío desde arriba, rojo a la altura de cadera, humo rozando el piso.

Alma entró con un paso que no pedía permiso.

Tacón, tacón, abanico arriba, mentón alto.

El público soltó un ¡brava! que viajó desde la barra hasta la última mesa.

Mauricio sintió que algo en su pecho se hacía añicos y se acomodaba de nuevo, distinto.

El “paseo de reina” dibujó una diagonal perfecta.

Alma caminó como si domara la geometría; cada paso le limeaba una esquina al espacio.

El abanico se abrió con un latigazo; la risa invisible dibujó su firma en la comisura.

Cuando el bolero emergió entre el bajo, el club, por un instante, se convirtió en otro lugar: un salón con piso encerado, un recuerdo de domingo, una confesión bailada.

Desde la mesa, Mauricio dejó el vaso quieto.

No aplaudió; no pudo. Miró, simplemente.

Había estado en conciertos y en cenas de gala, había visto espectáculos caros en salones con candelabros.

Nunca había visto algo que le hablara tan directo sin decir su nombre.

El rojo de los tacones parecía una línea de fuga donde todo lo demás perdía importancia.

Pensó: si doy un paso aquí, la ciudad cambia.

El primer número terminó con un giro doble y una pose que cortó el aire.

La luz bajó como un párpado. La sala explotó en aplausos, chiflidos, abanicos golpeando mesas.

Alma se mantuvo quieta un latido más y luego desapareció por el lateral con una media sonrisa de promesa.

La Vane volvió al micrófono con un comentario ácido y tierno a la vez: —¿Ven?

Les dije que era veneno con caramelo. No se me mezan, que apenas estamos calentando.

Alma llegó al pasillo respirando por el costado, como quien guarda el aire en un bolsillo secreto.

Manu la recibió con una toalla en la mano y agua fría.

—Llevas al público en la palma, reina. Me están pidiendo rojo en dos poses más; te lo pongo en la segunda salida.

—Dámelo en la risa —pidió Alma—. Quiero que les quede tatuada.

—Hecho. —Manu sonrió—. Y cuidado en el quiebre: no te me vayas de punta.

Alma asintió, bajando los hombros. Escuchó, entre el rumor de la sala, el timbre de una risa conocida. No la buscó. Sabía dónde estaba esa risa. Sabía de quién era.

Antes de su segunda entrada, Alma caminó al borde de la cortina como quien se asoma a un acantilado.

La sala era una constelación: pantallas encendidas, ojos atentos, vasos alzados.

En una esquina cercana a la barra, lo vio: Mauricio, de perfil, con la camisa remangada y la mirada fija.

No sonreía. No hacía gestos. Solo estaba ahí. Eso bastó.

—No me lo mires como si fuera postre —susurró La Vane detrás de ella, sin mirar—.

Tú come de la pista. El resto viene solo.

—Sí, madre —dijo Alma, y la palabra madre le supo a gasolina.

—Y acuérdate —añadió La Vane—: sugieres.

Lo demás, que lo haga el cerebro de la audiencia.

—Como Dios manda —cerró Alma, con picardía.

El segundo número empezó con una caída de luz al dorado.

Alma apareció desde el lateral, arrastrando la falda un centímetro más, como si caminara sobre miel.

El bolero volvió, más desnudo. La voz en la pista decía palabras que el público no escuchaba con claridad, pero que el cuerpo de Alma traducía: me fui, volví, mírame ahora.

En el puente, la risa invisible recibió el acento rojo que Manu había prometido: un halo fugaz que enmarcó la comisura.

Hubo quien se llevó la mano al pecho. Hubo quien guardó el celular sin saber por qué y miró con los ojos, sin intermedios.

Mauricio sintió la garganta apretarse. No era celos, no era miedo.

Era la certeza de estar parado en el borde exacto de algo.

Por un segundo, la tentación de salir corriendo cruzó como sombra.

Se quedó. Apoyó la palma en la barra, como si necesitara un punto de gravedad.

El barman le preguntó algo, él no escuchó.

Solo vio a Alma levantar el abanico como un escudo y después bajarlo suficiente para dejar una rendija de mirada directa. Hubo chispa. No palabra, chispa.

La Candela vibraba. El público ya no conversaba: respondía.

Las mesas eran palcos de un teatro improvisado.

Manu, desde la cabina, se movía con precisión: subía y bajaba luces como quien respira con la performer.

La Vane, en una esquina, vigilaba cada gesto con orgullo y cálculo.

El humo bajo dibujaba caminos que Alma pisaba con puntería quirúrgica.

En la pausa entre números, Alma volvió al camerino un minuto en carrera.

Ajustó la liga de la media, retocó el contorno de labios, acomodó un mechón rebelde bajo la corona mínima.

De reojo, se vio en el espejo y vio también, dibujado detrás, el Cerro de la Silla en una foto pegada con cinta en la pared —alguien la había dejado ahí, como amuleto—.

Pensó que la montaña la miraba, igual que Mauricio, igual que La Vane, igual que su propia duda.

Se rió para sí: qué dramática, Alma. Y respiró.

—¡Entra en treinta! —gritó Manu desde el pasillo.

—Vuelo —respondió Alma, y tomó el abanico.

Antes de cruzar, una sombra se detuvo a su lado. Mauricio, discreto, como un secreto que aprende a caminar. No tan cerca como para tocarla, no tan lejos como para perderla. —Estoy aquí —dijo, bajo, apenas aire.

Alma no lo miró completo. Le bastó el filo de su perfil, la camisa remangada, la respiración apretada.

Levantó un centímetro el abanico, gesto mínimo.

—Ya te vi —respondió, sin volverse—. No parpadees.

—No puedo —dijo él, y sonó a verdad. —Bien.

—Alma sonrió con la comisura. No hubo más.

La Vane apareció como un timbre: —¡A escena!

El tercer número explotó con una base más rápida.

No era el clímax de la noche, pero sí el momento que marcaba si la reina conservaba el reino.

Alma salió con un arrastre más felino, con una paciencia más cruel.

El club era suyo: lo sabía por la manera en que el silencio obedecía cuando ella lo pedía con una pose.

Mauricio, pegado a su borde de mundo, siguió sin parpadear.

El bloque se cerró con Alma volviendo al lateral, el pecho subiendo y bajando en olas cortas, la piel húmeda bajo el corset.

Manu le pasó una toalla; La Vane le chocó el abanico a modo de bendición.

La sala rugía como motor afinado. El neon del letrero palpó al ritmo del bajo.

Alma apoyó la mano en el telón y cerró los ojos un instante.

No rezó. Recordó el tacón rozando el marco antes de salir. Para que el camino se acuerde de mí.

Abrió los ojos. En el borde del telón, una sombra conocida: la camisa remangada, quieta, atenta. —Respira —dijo él, apenas audible. —Estoy respirando —contestó Alma, sin mirar. —Eso veo. —Hubo una sonrisa en la voz de Mauricio.

El público pidió otra con un coro no del todo sincronizado, bello por eso mismo.

La Vane guiñó un ojo desde la esquina: tuyo es.

Alma enderezó el mentón, acomodó el abanico bajo el mentón como quien coloca una firma y dio un paso hacia la línea de luz.

La noche la esperaba, abierta. Y en esa abertura, los ojos de Mauricio y el latido de la ciudad hicieron de telón.

El aire de La Candela estaba tan cargado que parecía sudar junto a las paredes.

El público ya no era público: era un coro vivo que acompañaba cada golpe de tacón, cada giro.

La Vane había presentado el último número del ensayo con la energía de quien anuncia el apocalipsis en tono de fiesta.

Y Alma, bajo la luz roja y el humo bajo, salió por tercera vez como si fuera la primera: mentón alto, abanico en mano, sonrisa de veneno dulce.

El remix era más rápido, un pulso cercano al reguetón, pero con destellos de bolero que entraban como cuchilladas breves.

Alma se movió con hambre medida: los tacones dibujaban un compás seco, el abanico marcaba diagonales como un sable.

La pista obedecía. El público —medio embriagado ya, medio en trance— respondía con un grito en cada pose.

Había celulares grabando, vasos alzados, risas y jadeos.

Algunos imitaban las poses desde las mesas, otros levantaban abanicos en solidaridad, como si fueran parte del ejército improvisado de Alma.

El club era un organismo con un solo latido.