Capítulo 11 – Ensayo general #3
El abanico se abrió y cerró de golpe, como un latido inquieto.
En el espejo, Diego vio destellos de pelucas fluorescentes, labios recién pintados, y a una compañera que ensayaba un “snatch” con la boca llena de alfileres.
Había desorden, pero era un desorden fértil, como un nido de energía lista para estallar.
Un golpe discreto en la puerta cortó el ruido. Nadie lo escuchó al principio. Luego volvió, más insistente. La Vane, desde el pasillo, lanzó un grito: —¡Ábranle, niñas, que se va a cansar de llamar y luego ni tips nos deja!
Una de las drags abrió la puerta de mala gana.
El aire de afuera entró frío y, con él, una presencia extraña al camerino.
Era Mauricio. Llevaba jeans oscuros y una camisa sencilla, desabotonada en el cuello.
Nada de saco, nada de corbata. El cabello revuelto, como si hubiera pasado mucho rato dudando antes de entrar.
En los ojos, un nerviosismo que contrastaba con el olor a laca y sudor.
Algunos lo miraron un segundo con suspicacia, otros apenas lo registraron.
En La Candela, las visitas eran parte del ecosistema: novias curiosas, clientes entusiastas, desconocidos perdidos.
Pero Mauricio no parecía ninguno de esos.
Se notaba que venía de otro mundo. Sus hombros rectos trataban de sostenerlo, pero las manos en los bolsillos lo traicionaban. Parecía niño en iglesia ajena.
Diego lo vio por el espejo. No giró. Solo dejó que Alma lo mirara desde la mitad de un rostro ya casi terminado. Un ojo delineado, el otro desnudo. Una sonrisa que apenas se insinuaba en la comisura.
—¿Buscabas algo, baby? —preguntó La Vane, asomando la cabeza con su abanico en mano. Había en su tono un filo protector.
—Yo… —Mauricio tragó saliva—. Solo quería ver. El ensayo. Perdón si interrumpo.
—Aquí no hay interrupciones, hay espectáculo —dijo La Vane, arqueando la ceja—. Pero si te vas a quedar, te me acomodas atrás y cierras la boca. Que estas niñas no necesitan distracciones baratas.
Un coro de risas llenó el camerino. Mauricio sonrió incómodo y asintió. Se quedó de pie junto a la puerta, sin avanzar. Era como si la frontera entre su mundo y el de ellas estuviera marcada por ese marco de madera.
Diego tomó la brocha de rubor y la pasó lento por el pómulo.
Fingía concentración, pero cada movimiento era consciente de la mirada que sentía sobre la nuca.
El silencio de Mauricio era más fuerte que el ruido de todas las demás.
En el espejo, de reojo, alcanzó a ver cómo él jugaba con las manos en los bolsillos, cómo no sabía dónde mirar.
Los ojos le corrían del suelo al techo, como si temiera profanar algo con la vista.
—¿Qué tal estuve? —preguntó Diego, pero la voz ya era la de Alma. Grave y dulce, cargada de veneno ligero. No volteó, solo lanzó la pregunta al aire.
Mauricio parpadeó. Se aclaró la garganta. —Increíble —dijo al fin. La palabra salió torpe, como si no la hubiera usado nunca en algo tan cercano.
Alma arqueó la ceja en el espejo. —Increíble no paga la renta, mi cielo. Pero se agradece.
Varias drags soltaron carcajadas. Una gritó: “¡Esa perra ya se lo está comiendo vivo!” y el camerino estalló de risas. Mauricio bajó la mirada, rojo hasta las orejas. Para él, esas frases eran un idioma nuevo: un código donde el halago siempre llevaba cuchilla y el humor era la única defensa.
Diego se levantó, los tacones golpeando el mosaico. Caminó dos pasos hacia la mesa del centro, sin mirarlo directamente. —No sabías a lo que venías, ¿verdad? —preguntó, ya más suave.
Mauricio negó con la cabeza. —No. Pero… tenía que estar.
El murmullo del camerino continuaba, pero alrededor de ellos dos se había formado una burbuja. El espejo reflejaba a Alma casi completa, y detrás, el rostro de Mauricio, desubicado pero hipnotizado.
—Bueno, bueno —interrumpió La Vane, dando un golpe con el abanico en la mesa—. Aquí no estamos para novelas de Televisa. Cada quien a lo suyo. Y tú, guapo —dijo señalando a Mauricio—, si de verdad quieres ver, tráeme una botella de agua fría de la barra. Así sirves de algo.
Mauricio asintió, agradecido por la salida, y salió con prisa. El aire volvió a llenarse de risas y frases sueltas. Diego, en el espejo, se quedó un segundo inmóvil. El ojo desnudo y el delineado parecían dos mitades que se negaban a unirse.
Una de las drags le puso la mano en el hombro. —Ese vato viene por ti, mana. Se le nota hasta en los zapatos.
—Cállate, loca —respondió Alma, pero con una sonrisa que no pudo disimular.
Cuando Mauricio volvió con la botella, Alma ya estaba casi lista.
Pestañas puestas, labios terminados, peluca ajustada.
El espejo devolvía a la reina completa. Él se detuvo en la puerta y la miró como si fuera un cuadro imposible de tocar.
Alma tomó la botella, bebió un sorbo sin arruinar el labial y, con la voz medida, dijo: —Gracias, cariño. Ahora sí, a ver si sobrevives la noche.
Mauricio sonrió, todavía nervioso, pero algo en esa frase le supo a promesa.
En sus ojos había una mezcla de miedo y fascinación: como quien se asoma a un abismo luminoso y no decide si retroceder o lanzarse.
El camerino volvió a rugir con risas y abanicos, pero entre el humo de laca y los destellos de lentejuelas, los ojos de Alma y los de Mauricio se buscaron en silencio.
En ese cruce, el camerino se volvió tan intenso como el escenario. Y quizá, más peligroso.
El reloj del camerino marcó un salto invisible y, de pronto, el zumbido cambió de tono.
Desde el pasillo llegó el murmullo de una fila que se formaba afuera: risas, pasos apurados, chirridos de tacones ajenos.
La puerta principal abrió y cerró varias veces.
El club, que hacía una hora parecía un teatro en ruinas, empezó a encenderse por dentro como una caja eléctrica: luces probadas, barras brillando, el hielo agitándose en cubetas de metal.
—¡Abrimos puertas! —gritó alguien desde la barra. El eco viajaba como una ola corta y nerviosa.
La Candela se llenó de pronto de historias en ropa de viernes: parejas tomadas de la mano, grupitos con glitter propio, amigas que posaban en la entrada para el selfie de rigor, señores de camisa entallada que intentaban disimular su curiosidad con un vaso alto.
La seguridad pintaba sellos en las muñecas; el olor a cerveza fresca se mezcló con perfume dulce y humo de cigarro en la terraza.
El neón volvió a prenderse, tímido al principio, y enseguida dueño del aire.
En el camerino, el caos se ordenó por arte de miedo. La Vane caminó de espejo en espejo con su abanico como metrónomo. —Niñas, en cinco la primera salida. Alma, tú abres el puente. Quiero el público respirando por tu mano —dijo, y chasqueó los dedos.
Diego —o más bien Alma— se puso los guantes.
Eran de malla fina, hasta el codo, salpicados de aplicaciones plateadas que atrapaban la luz.
El corset negro, ceñido a más no poder, llevaba un costillar de varillas que le dibujaba una silueta imposible.
La falda caía en ondas de satín vino, abierta en un costado para dejar ver una media de red y la promesa de un muslo.
Los tacones rojos, pulidos, parecían recién pintados.
No lo estaban: eran cicatrices embellecidas.
Alma ajustó la peluca: ondas profundas, color vino oscuro con destellos. Un prendedor con forma de corona mínima sostenía un mechón a la altura de la sien. Sobre el tocador, un abanico rojo esperaba como arma. Alma lo tomó, lo midió en la mano. Era parte de su esqueleto.
—¿Lista, reina? —preguntó Manu, asomándose con la libreta de cues y un rollo de gaffer en el brazo—.
Ya está el humo bajo, los cañones alineados y el rojo de tu giro mapeado.
Dame una señal si te ahogas y te saco con excusa técnica.
—Ay, mi héroe —dijo Alma, y le dio un beso al aire—.
Si me muero, me muero de pie. —De tacón, más bien —contestó Manu, y se fue riendo.
En la sala, Mauricio avanzó con torpeza calculada.
Había llegado temprano, pero la marea humana lo había empujado del fondo a una mesa junto a la barra.
No conocía los códigos de ese mar: no sabía cuándo pararse, cuándo quedarse quieto, dónde dejar las manos.
A su alrededor, la vida se movía con una naturalidad que le resultaba ajena y magnética.
Vio a dos chicas corretear hacia el baño sosteniendo sus faldas con la risa a punto de desbordarse; a un chico con glitter en la barba tomarse fotos con una drag altísima; a una pareja de señoras que discutían si la canción del DJ tenía suficiente “punch”.
Pidió un agua mineral, como si así pudiera pasar desapercibido.
El barman lo midió con ojo clínico —tanta camisa lisita en ese lugar era un acento—, pero le sirvió con una sonrisa amable.
Sobre la barra, los hielos sonaron como cuentas de rosario agitadas.
Mauricio miró el escenario: todavía a medio penumbra, con un telón que dejaba ver la piel de madera.
Recordó el ensayo. Recordó el golpe seco del tacón.
Sintió el corazón apretar un compás conocido.
El DJ subió el volumen, probó un par de crossfades, y en la esquina cercana a la cabina un grupo empezó un mini kiki improvisado: abanicos, estocadas de pose, carcajadas.
Mauricio sonrió, nervioso y hechizado. En su teléfono, un mensaje de Paola dormía sin abrirse.
Lo miró un segundo y lo volvió a guardar. Esta noche no sabía hablar ese idioma.
—¡En tres! —avisó Manu desde el pasillo de backstage, la voz proyectada como campanada. La Vane contestó con su abanico: pam. —¡En dos!* —Pam. —¡En uno!
El club bajó de intensidad una respiración.
Las luces de sala cayeron un punto; el murmullo subió otro.
Un presentimiento corrió por la pista: algo estaba por ocurrir.
La Vane salió a medio cuerpo desde la boca de escena, micrófono en mano, y la recibió un aplauso que parecía conocerla de toda la vida.