Capítulo 11 – Ensayo general #2
Alma siguió. El número nuevo tenía retadora una sección de “paseo de reina” con gesto de desprecio dulce.
Debía caminar como si la pista fuera su pasarela privada, detenerse en seco, mirar al punto de fuga y lanzar una cosquillita de risa que no podía escucharse pero debía verse.
Practicó: tres pasos largos, torso estable, la risa apenas en la comisura.
—Me sirve —dijo La Vane—. Pero hazme el favor y piensa en alguien que te deba dinero. Eso te da la mirada.
Una carcajada general alivió el aire. Alguien gritó “¡mi ex!” desde el camerino y el eco trajo de vuelta la informalidad del kiki. Alma aprovechó ese calor. La ferocidad no salía de la nada: necesitaba humor, necesita juego, necesita deseo.
—Pruébame el puente —pidió Manu—. Voy a meter humo bajo y dos cañones en diagonal.
Los cañones soltaron una neblina que se pegó al piso. El humo le dio textura al azul, como si la escena flotara sobre agua. Alma dibujó con los brazos una ola lenta, luego quebró la cadera hacia un lado y clavó el tacón con intención. El sonido seco cortó la bruma.
—Otra vez el tacón, pero súbeme ese brazo dos centímetros —indicó Manu—. Quiero que la sombra te quede a la altura del pómulo.
—No lo hagas técnica —advirtió La Vane—. Hazlo hambre.
Alma probó la mezcla: técnica y hambre. Sentía la planta de los pies punzar, pero el dolor era un metrónomo, un recordatorio de que estaba en el eje.
El corset le marcaba el ritmo de la respiración: cuatro tiempos para tomar aire, cuatro para soltarlo en pose.
Los músculos de la espalda ardieron. En cada giro se sostuvo en el abdomen, en cada pose le habló al vacío como si ya estuviera lleno.
La puerta principal se entreabrió con un chirrido.
Un haz de luz de la calle cortó la penumbra.
Alguien se quedó un segundo en el umbral, dudando, como si el club supiera escoger a quién dejaba entrar incluso a ensayo.
Nadie se volteó de inmediato: la secuencia estaba en plena marca.
Alma, sin embargo, sintió ese hilo invisible que a veces le atravesaba el pecho.
No miró, pero supo que había ojos siguiéndola.
—Focus, Alma —la llamó La Vane—. Si entraste, te quedas.
Alma obedeció. La música cambió de sección y el remix dejó salir la voz del bolero más clara, como si una memoria antigua se hubiera asomado a la pista moderna.
Alma bajó la barbilla, cerró ligeramente los párpados y dejó que la nostalgia le levantara el esternón.
Una mano al pecho, la otra extendida hacia un público inexistente.
No cantaba, pero su boca formó las palabras como si fueran un secreto compartido con alguien que aún no sabía escucharla.
—Luz cálida al 20, side izquierdo —pidió Manu, más bajo. La escena se llenó de un dorado suave que, por un momento, borró lo áspero del club. Parecía un templo.
El haz de la puerta se cerró con cuidado.
Pasos discretos se acercaron a la barra.
El recién llegado se quedó de pie, a distancia, con las manos en los bolsillos como quien intenta no estorbar.
Alma no miró. Solo dejó que su cadera respondiera al bolero y que la comisura de su boca se curvara con veneno dulce.
Si esos ojos eran los que imaginaba, la pose tenía que quedarse en la retina.
—Paramos —anunció La Vane—. Respiren, tomen agua. Y vuelvo a pedirles: hambre. Aquí nadie vino a pasar lista.
Alma buscó su botella y bebió a sorbos cortos para no arruinar el labial en proceso.
Manu se acercó por el borde del escenario, con su libreta de cues llena de garabatos.
—Bien ahí —dijo—. El rojo te abraza. Nomás cuida una cosa: cuando giras, tu hombro derecho se quiere subir. Déjalo abajo y te queda fino.
—¿Fino como tu peinado, comadre? —Alma le guiñó un ojo, y Manu soltó una carcajada. —Más fino, mana. Mi peinado es concepto, no logro.
Volvieron a posiciones. Al fondo, el recién llegado se había sentado en una mesa, de perfil, como si el anonimato dependiera de mirar de lado.
El barman, que limpiaba vasos por inercia, lo reconoció con una ceja levantada y luego volvió a su pulso.
La tarde caía afuera; adentro, la penumbra tenía hora propia.
—Desde el inicio —ordenó La Vane—. Quiero la narrativa completa. Si se caen, se levantan bailando. Y si se rompen una uña, la tiran como confeti. ¿Estamos? —¡Estamos! —respondieron varias voces.
La pista arrancó otra vez. Alma encontró el ancla en el tacón.
Uno, dos, tres: caminó el centro con la precisión de una arquitecta de gestos.
Abrió abanico, inclinó apenas el cuello, y cuando el bolero subió, dejó que la melancolía le redondeara la mirada.
La luz roja la abrazó en espiral. No era solo técnica: era un relato.
Había una mujer que volvía después de perder algo, una reina que se sabía reina sin corona literal, un veneno con sabor a caramelo.
El momento de riesgo llegó con el puente: un giro doble sostenido en punta y un quiebre al final.
Alma clavó la vista en un punto de la pared para no marearse; contó los tiempos en silencio, sintió el corset morder y los muslos responder.
Giró una vez, dos, y al final cayó en un ángulo preciso, brazo extendido, abanico al frente como si fuera abanico-escudo.
El silencio de un segundo fue perfecto. Hasta el barman dejó de secar el vaso.
—¡Eso! —La Vane golpeó la mesa—. ¡Ahí está la reina!
El azul bajó, el dorado subió apenas. Alma sostuvo la pose una fracción larga, suficiente para que la imagen se quedara.
Entonces el remix cortó y quedó solo el latido del bajo.
Ella se enderezó, caminó al proscenio y paró justo en la orilla, mirando el vacío como si saludara a un público invisible.
Sin querer, sus ojos se desviaron un milímetro hacia la mesa de perfil.
El recién llegado bajó la mirada, pero en ese gesto hubo un reconocimiento que no necesitó palabras.
—Break de cinco —avisó Manu—. Voy por cinta gaffer, el cable de la izquierda se quiere tropezar. No quiero muertas hoy.
Alma salió por el lateral y volvió al camerino.
El espejo devolvió un rostro a medio camino: delineado firme, sombra aún sin pestaña.
Abrió su estuche y tomó las pestañas más largas.
Con las pinzas, las colocó con pulso de cirujana.
El mundo se volvió un poco más borroso y, al mismo tiempo, más nítido: ese es el truco de las pestañas largas, pensó, desenfocar el ruido y enfocar la intención.
La Vane asomó la cabeza. —Estás sirviendo, animalita.
—Le acomodó con dos dedos el nacimiento de la peluca—.
Nomás acuérdate: si tú no te crees reina, nadie te pone corona.
—Luego bajó la voz—. Y respira. No te me mueras en el intento.
—Sí, madre. —Alma sonrió con una mezcla de respeto y picardía—.
Hoy me la como. —Que no sea al público, por favor.
—La Vane rodó los ojos—. Sugiere, mana. Sugiere. Tú sabes.
Las dos rieron. Había un código tácito en La Candela: se podía rozar el deseo, bailar alrededor de la insinuación, pero el resto quedaba a la imaginación del que miraba. Ese límite hacía más fuerte el hechizo.
Volvieron al escenario para una pasada completa. Alma notó que el recién llegado ya no estaba de perfil. Se había acercado una mesa más, todavía discreto, pero más cerca. No alcanzó a pensar más: Manu contó tres, dos, uno con la mano, y la pista volvió a rugir.
Esta vez, Alma no tuvo que recordar nada.
El cuerpo condujo. Los tacones marcaban un compás metálico, las luces cortaban su silueta como bisturíes de color, el humo en el piso se movía al ritmo de su falda.
Cuando llegó la risa invisible, no la forzó: le nació sola, un latido en la comisura que sabía a venganza dulce.
Redondeó el giro doble sin pensar en el hombro, porque lo llevaba obediente.
Cayó en la pose como quien escribe su firma.
El silencio de un latido volvió. Alma mantuvo la mirada en el punto de fuga un segundo más y luego, solo entonces, la desvió hacia la mesa.
Sus ojos y los del recién llegado se encontraron.
Fue una chispa breve, pero suficiente. No necesitó nombre.
Le bastó ese golpe de certeza: alguien la estaba viendo de verdad.
—¡Cerramos! —anunció La Vane—. Y con eso nos vamos al show. A maquillarse completitas, y recuerden: la noche es suya si ustedes la toman. Si la sueltan, se les va como agua.
Alma respiró y soltó los hombros. Mientras bajaba del escenario, el tacón hizo un último clic contra la madera y el sonido le supo a promesa.
En el espejo del fondo, la sombra ya no estaba partida.
Alma había tomado el volante. Diego, desde algún lugar detrás de los pómulos y los tacones, sonrió sin mostrarse.
El camerino parecía un huracán atrapado entre espejos.
Vestidos a medio colgar, pestañas en cajas abiertas, zapatos regados por el suelo.
El olor era un cóctel de laca, perfume barato, sudor y base en crema.
Cada drag buscaba un rincón para terminar su armadura: una ajustaba el corset con ayuda de otra, alguien pegaba lentejuelas con silicón caliente, otra gritaba que le pasaran las tijeras porque la falda se atoraba.
Las risas eran fuertes, los insultos cariñosos, y los abanicos abrían y cerraban como alas nerviosas de pájaros encerrados.
Diego, ya medio Alma, repasaba los labios con delineador. El reloj lo mordía: cada minuto se hacía más corto. Afuera, la música de prueba se había detenido, pero la vibración seguía en el pecho. Cada tic era recordatorio de que la noche se acercaba y que el ensayo ya no era ensayo: era preludio.
—Mana, ¿me pasas el pegamento de pestañas? —preguntó una voz a su lado. —Ahí está, junto al abanico —respondió Diego sin mirar.