Capítulo 11 – Ensayo general
“Si el tacón no se rompió en el ensayo, prepárate: se rompe en el show.”
La Candela olía a maquillaje viejo, a cerveza seca y a humo guardado en las paredes desde hacía años.
Con las luces de neón apagadas, el lugar parecía un teatro en ruinas.
Las mesas estaban apiladas en un rincón, cubiertas con manteles a medio doblar; en el suelo había manchas que ni mil trapeadores habían logrado borrar.
El eco de las pruebas de sonido llenaba el aire: un micrófono que repetía “uno, dos, probando”, un golpe de batería aislado, un acorde perdido de teclado.
Los técnicos se movían como hormigas con cables enredados en los brazos, subiendo y bajando escaleras, probando enchufes que chisporroteaban con un olor a metal quemado.
El club, sin público, era un cuerpo a medio vestir: vulnerable, con cicatrices a la vista.
Diego entró con su maleta negra, esa que cargaba como un cofre secreto.
Dentro estaban los instrumentos con los que se convertía en Alma: pestañas que parecían alas de mariposa, sombras en tonos imposibles, un corset que apenas dejaba respirar, y los tacones rojos que eran al mismo tiempo martirio y salvación.
Al pasar, saludó a dos drags que fumaban en la puerta trasera, riéndose de un chisme con carcajadas graves.
Otra más practicaba lipsync frente a su celular, ensayando cada gesto como si la cámara fuera público.
El camerino lo recibió con su caos habitual.
Vestidos colgaban de ganchos torcidos como fantasmas esperando cuerpo; lentejuelas que atrapaban la luz mínima; pelucas sobre cabezas de unicel, algunas despeinadas, otras listas para el escenario.
Un espejo grande, rodeado de bombillas, tenía manchas de polvo, huellas de labial, recordatorios de todas las batallas que ahí se habían librado.
Diego dejó la maleta sobre una silla y respiró hondo.
El silencio en su pecho era distinto al del club: aquí se oía la preparación, la anticipación.
Cada ensayo tenía ese aire de reto, como si el escenario desconfiara de todos y exigiera ser conquistado de nuevo.
—Llegas tarde, mamona —tronó La Vane desde la puerta, agitando un abanico enorme que usaba como cetro.
El golpe seco resonó como látigo. Llevaba un kimono brillante de satín rojo, y el cabello recogido en un chongo alto, sólido como casco de guerra.
Su risa llenó el camerino, pero en los ojos traía filo.
—Perdón, madre —respondió Diego con una media sonrisa.
—Perdón mis tacones, cabrona. —La Vane entró y le dio un golpecito en la cabeza con el abanico—. Hoy no es para medias tintas. ¿Me oíste? Aquí no quiero ni cara de muerto ni show a medias.
—Sí, madre. Lo sé.
—Pues más te vale. —Se inclinó y lo miró directo al espejo—.
Hoy va a estar gente de prensa y unos empresarios que quieren meter lana.
Si la noche sale bien, La Candela se levanta como cohete.
Y tú, Alma, vas a prender la mecha. —Le guiñó un ojo y sonrió apenas—.
No me dejes con el brasier colgado, mana.
Diego tragó saliva. La Vane siempre lo cubría, pero también sabía apretarlo donde más dolía. La presión la disfrazaba de chiste, pero en sus palabras había un peso real.
Se sentó frente al espejo. Encendió las bombillas, que parpadearon antes de estabilizarse.
El reflejo lo golpeó con crudeza: el rostro cansado de un barista común, ojeras de jornadas dobles, labios resecos.
Sacó la base de maquillaje, humedeció la esponja y comenzó a cubrir.
Cada brochazo era una borradura, una capa que enterraba la piel conocida para dar paso a otra.
Luego vino el contorno: sombras que esculpían un rostro más afilado, pómulos que parecían armas.
El delineador fue un filo negro que le agrandó la mirada, y las sombras plateadas encendieron una chispa ajena.
El camerino vibraba. Un chico trans ajustaba luces desde el fondo: Manu, siempre con una gorra de visera y un destornillador en la mano.
—Prueba azul, súbele dos puntos. Baja el rojo, que quema —decía al técnico desde el celular.
Diego le sonrió por el espejo. Manu levantó el pulgar y añadió, medio en broma: —Si te caes de esos tacones, yo no cargo. Hazme el favor, ¿eh?
Diego rió nervioso. Esa complicidad lo sostenía más de lo que decía.
El tiempo corría. Media cara estaba lista: un ojo era Diego, cansado; el otro, Alma, feroz.
Esa intersección lo estremeció. Tocó con los dedos la línea del delineado y pensó que era un puente: cada noche lo cruzaba, dejando atrás al hijo de Lupita y entrando en la piel de Alma.
Un ritual de ida, sin garantías de regreso.
En la mesa del camerino estaban los tacones.
Los miró largo rato. El cuero rojo brillaba como si respirara, con cicatrices en la suela que eran historia.
Se los puso con cuidado, ajustando la correa al tobillo.
El peso lo arrastró hacia abajo y lo levantó al mismo tiempo.
El dolor en las plantas era un aguijón, pero también un recordatorio de poder.
Cada paso era una victoria sobre la gravedad.
Se incorporó y dio dos pasos en el camerino.
El eco de los tacones sobre el mosaico fue su primera nota de la noche.
Se miró en el espejo: medio Diego, medio Alma.
Supo que no era un ensayo cualquiera. Esa mezcla le dolía y lo iluminaba al mismo tiempo.
Lo sentía en el pecho, en el estómago, en las manos que temblaban levemente.
Más que una prueba de luces, era una prueba de fuego.
La Vane apareció otra vez en la puerta, con el abanico cerrado como espada. —Órale, niñas, al escenario. Esto no es misa pero vamos a ensayar como si hubiera santos en las primeras filas. Quiero ver sudor, no flojera. Y tú, Alma… —lo señaló con el abanico—. Hoy no me fallas.
Diego asintió. Se levantó, los tacones resonando como tambores. Los demás siguieron. En el pasillo estrecho que conducía al escenario, el eco de los pasos se mezclaba con risas nerviosas y frases sueltas: “mana, pásame el pegamento”, “no olvides el playback”, “esa peluca se te ve divina”.
El telón estaba entreabierto, dejando ver la sala aún vacía, con sillas apiladas y mesas sin mantel. Diego respiró hondo. En segundos, el ensayo empezaría, pero para él ya había comenzado la verdadera prueba: demostrar que podía habitar el fuego de Alma sin quemarse.
El escenario se encendió a medias, con un azul frío que hacía brillar el polvo en el aire. La Vane, desde la primera mesa, golpeó el abanico contra la madera como quien marca compás. —¡Corre pista! —gritó hacia la cabina.
Manu levantó el pulgar. Las primeras bases del remix comenzaron a vibrar en las bocinas: una batería apretada, un bajo elástico y, por debajo, un bolero antiguo flotando como un recuerdo.
Diego dio un paso y el tacón rojo hizo un clic seco que rebotó en las paredes.
Al segundo paso ya no era Diego. El cuerpo se acomodó a otro centro de gravedad, la cintura encontró un ritmo que le era propio. Alma entró.
—Dame todo, niña —lanzó La Vane—. Ensayo no es juego: se entrena la ferocidad.
Alma alzó la barbilla y abrió el abanico con un golpe que sonó más fuerte que la música por un instante.
El gesto le enderezó la espalda. Siguió el beat con la cadera, marcando ochos lentos, y apuntó con la mirada al punto exacto donde, de noche, se llenaría la pista.
El escenario respondió. A veces parecía una criatura viva: cuando Alma pisaba con firmeza, las tablas guardaban silencio; cuando dudaba, crujían.
—Luz principal baja, frío a 40 —ordenó Manu—. Y dame un acento en rojo cuando gire.
Alma caminó hasta el centro, tacón, tacón, tacón, sin prisa.
Extiende brazo, abanico a media altura, mentón alto.
El bolero del remix se coló entre el bajo y la percusión, y con él llegó esa melancolía Dominguera que Alma sabía usar para atrapar miradas.
Se inclinó apenas, insinuó una sonrisa venenosa; el gesto era un anzuelo.
Si hubiera público, alguien ya habría soltado un grito.
—Mana, dame más cuello —pidió La Vane desde abajo—. Ese perfil te vende cara y te compra aplauso. Ándale, no me regatees.
Alma alargó el cuello y la luz roja acentuó el contorno.
Sintió el peso del corset ajustando el aire, el tirón leve de las medias en los muslos, la peluca firme sujetada con horquillas.
Había dolor en todo eso, pero era un dolor que brillaba.
Cada milímetro de incomodidad tenía sentido cuando el cuerpo se volvía un instrumento.
La pista subió y Alma dio el primer giro.
Manu le tiró el acento en rojo: un fogonazo breve que le encendió los tacones.
El eco del tacón contra madera parecía una batería auxiliar, una pista secreta.
Alma sonrió sin querer. En el espejo del fondo —un panel viejo al que se le habían ido algunas láminas— vio la sombra de su propia figura: plumas, brillo, y ese hilo de veneno en los ojos que solo aparecía cuando la música mandaba.
—Stop —cortó La Vane con un golpe de abanico—. Retrocede tres compases. El giro está bonito, pero no te lo crees. Entrégalo con hambre. Si no lo sientes, el público te ve la mentira. Otra vez.
Alma regresó de espaldas, tacones medidos, y respiró como quien carga una piedra pesada con elegancia.
Volvió a la marca. Esta vez esperó una fracción extra, dejó que el bolero respirara, que el bajo le subiera por las pantorrillas, y giró con un latigazo que hizo vibrar las cuentas del escote.
El rojo estalló a tiempo. Manu levantó la voz: —¡Eso!
Ahí fue. Márquenme ese rojo en la planilla.