La herencia del tacón rojo Capítulo 10 – Los Garza #4
57%

Capítulo 10 – Los Garza #4

—No lo olvido —respondió él, con voz baja pero firme.

Su padre respiró hondo, como quien decide si rompe o no un objeto frágil.

Finalmente, cerró la puerta sin decir más.

El golpe del marco retumbó en el pecho de Mauricio.

Era la primera vez que pronunciaba una negativa con tanto peso.

Y aunque la culpa lo mordía, debajo había una sensación extraña de alivio.

Se levantó y abrió el clóset. La ropa colgada era un catálogo de obediencia: camisas blancas, trajes oscuros, pantalones planchados al milímetro.

Buscó entre ellos hasta dar con una camisa azul marino, de tela ligera, que nunca usaba porque su madre decía que le restaba seriedad.

Se la puso despacio, abotonando cada ojal como si fueran decisiones nuevas.

En el espejo, el cambio era mínimo, pero él lo sintió radical: menos Garza, más Mauricio.

En el puño izquierdo, aún quedaba un rastro del glitter que Paola no había podido borrar. Se acercó al espejo y lo observó. Podía frotar hasta desaparecerlo. Podía ocultarlo bajo un saco. En cambio, dejó que brillara. Esa mota era como un secreto, una contraseña. Alma estaba allí, pegada a su piel.

Guardó el celular, tomó las llaves y salió del cuarto.

El pasillo estaba en penumbras. Al pasar frente a la oficina de su padre, escuchó voces: saludos telefónicos, promesas de negocios, nombres de apellidos largos.

No se detuvo. Sus pasos resonaron contra el mármol como un tambor suave pero firme.

Bajó la escalera, cruzó el vestíbulo y se detuvo un segundo frente al gran espejo de la entrada.

Se vio entero: alto, compuesto, casi idéntico al niño del retrato en el comedor, pero con una chispa distinta en los ojos. Esa chispa era lo único que no podían controlar. Y eso bastaba.

El portón eléctrico se abrió con un zumbido grave.

El aire de la tarde le golpeó el rostro, más cálido que el del aire acondicionado.

Afuera, los coches pasaban en silencio por la avenida ancha, todos relucientes, todos en fila como si siguieran un libreto.

Mauricio respiró hondo y avanzó hasta su auto.

El motor encendió con un ronroneo discreto.

Puso primera y salió de la cochera. El portón se cerró tras él como un telón.

El trayecto inicial fue recto, impecable, con calles amplias y árboles alineados.

Las casas de San Pedro se sucedían como templos: fachadas de vidrio, jardines geométricos, cámaras en cada esquina.

Todo parecía diseñado para mantener el mundo fuera.

Mauricio pensó en cuántas veces había hecho ese recorrido rumbo a cenas, misas o compromisos. Esta vez, la ruta tenía otro sentido.

A medida que se alejaba, el paisaje comenzó a cambiar.

El pavimento tenía grietas, los anuncios de espectaculares eran más coloridos, el ruido del tráfico se mezclaba con música de radio a todo volumen.

Mauricio bajó un poco la ventana. El aire olía a fritanga, a humo, a vida en movimiento.

Esa mezcla lo mareó y lo reconfortó al mismo tiempo.

El celular vibró en el asiento del copiloto.

Era otro mensaje de Manu: “Trae mente abierta. Hoy puede ser grande.” Mauricio sonrió con nerviosismo.

Le sudaban las manos en el volante. Cada semáforo era un aviso: aún podía dar la vuelta, aún podía regresar a la casa y sentarse junto a su padre frente a los Rodríguez.

Pero cada luz verde era también una invitación a seguir.

Pasó por Fundidora. Las chimeneas viejas se recortaban contra el cielo como huesos de acero. El sol ya caía, tiñendo de cobre las estructuras. Mauricio pensó en la ciudad como un telar: hilos de metal, de concreto, de voces que se cruzaban. Y él, apenas un hilo más, tratando de salirse del patrón.

Condujo por avenidas cada vez más estrechas, hasta que los letreros de bares y restaurantes se amontonaron en las calles de Barrio Antiguo.

El bullicio lo recibió con un rugido: risas, música mezclada, motores de motocicletas, vasos que chocaban.

Mauricio estacionó el coche a un lado de una banqueta y apagó el motor.

Sus manos temblaban, pero era un temblor distinto, más cercano a la emoción que al miedo.

Se quedó unos segundos mirando por el parabrisas. El Cerro de la Silla se recortaba contra el cielo que todavía guardaba tonos naranjas y violetas. Lo observó fijo, como si buscara una señal. Y creyó verla: la montaña parecía inclinarse, como asintiendo a su decisión.

Abrió la puerta y salió. El ruido de la calle lo envolvió de inmediato: música norteña en un bar, reguetón en otro, carcajadas, tacones golpeando contra piedra.

Caminó hacia la esquina con el corazón en un ritmo nuevo.

No sabía qué le esperaba. No sabía qué iba a aprender.

Pero por primera vez, el peso de los Garza no lo hundía: lo empujaba a moverse.

Alzó la vista una vez más. La silueta del Cerro de la Silla se mantenía allí, firme, testigo de su primer paso. Y Mauricio supo que, aunque el camino fuera incierto, ya no estaba parado en el mismo lugar. Había comenzado a andar.