La herencia del tacón rojo Capítulo 10 – Los Garza #2
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Capítulo 10 – Los Garza #2

El corazón de Mauricio se apretó. Tomó el tenedor, partió una rebanada de melón y la masticó sin sabor.

Paola otra vez. Paola como horizonte, Paola como mandato.

La vio en su mente, sonriente, perfecta, lista para encajar en la foto de familia.

Y al mismo tiempo, la imagen de Alma con tacones rojos irrumpió en su memoria, feroz y luminosa.

Su padre dejó la taza en el platillo con un golpe suave pero firme.

—Llegaste tarde anoche. —Lo dijo sin levantar la voz, pero el peso cayó sobre la mesa como un ladrillo.

—Estaba con unos amigos, papá —respondió Mauricio, evitando mirarlo.

—Espero que fueran los correctos —dijo él, y tomó otra cucharada de café.

El silencio volvió, roto solo por el sonido de los cubiertos. Mauricio sintió que se ahogaba. Cada sorbo de café era frío en comparación con el ardor que todavía llevaba en la piel. Recordó el calor de la multitud, los gritos, el humo artificial. Y se sintió un intruso en su propia casa.

Su madre volvió a hablar: —Paola te envió un mensaje temprano. Me escribió también, agradeciendo la invitación a la cena del domingo. Está muy contenta. —Hizo una pausa calculada—. Se nota que es una muchacha de familia.

Mauricio tragó saliva. No respondió. Sabía que cualquier palabra de más lo delataría. Paola era la confirmación de que todo seguía en orden. Y él era la grieta que lo amenazaba.

Su padre lo miró por fin, directo a los ojos. —Recuerda algo, hijo: un Garza siempre sabe dónde está parado. La frase retumbó en su pecho como una sentencia.

La empleada entró con una bandeja de huevos al gusto.

Los colocó frente a él con un gesto discreto y salió sin hacer ruido.

Mauricio clavó el tenedor, pero no tenía hambre.

Cada bocado se le volvía pesado, como si la comida estuviera hecha de mármol igual que las escaleras.

Levantó la vista una vez más y vio el retrato de familia enmarcado al fondo del comedor.

Se reconoció en la cara seria del niño que fue, y sintió que ese gesto seguía cautivo, congelado en la pared.

Su madre, como si no bastara, añadió: —Paola es una joven con valores. Te acompaña, te respeta. No olvides que la vida se construye con aliados que refuercen la casa, no que la debiliten.

Mauricio apretó el tenedor con fuerza. No respondió. El nombre de Alma retumbaba como un relámpago dentro de él, imposible de acallar.

Se obligó a sonreír a sus padres. La sonrisa le dolió en la cara. —Claro, papá. Claro, mamá. —Las palabras salieron automáticas, como quien firma un contrato.

Por dentro, sin embargo, la imagen de Alma seguía brillando.

El recuerdo del abanico abriéndose como un relámpago, los gritos del público, la vibración del escenario.

Sentía todavía el calor de esas luces, la adrenalina en los hombros.

Miró su plato de frutas, tan perfectamente cortado, y lo odió.

Era demasiado exacto, demasiado predecible.

En La Candela nada era perfecto: los vasos se derramaban, las luces fallaban, la pista pegajosa se pegaba a los zapatos.

Y, aun así, allí había sentido vida. Aquí, todo olía a control.

Terminó su café de un trago. El líquido le supo amargo, metálico. Miró otra vez el retrato, las flores, los cubiertos brillantes. Y supo que, por mucho que intentara encajar, una parte de él ya estaba fuera de ese marco.

—Un Garza siempre sabe dónde está parado —repitió en silencio.

Y pensó:

yo también lo sé, papá. Anoche estuve parado frente a Alma. Y ese lugar no lo borraré de mi cuerpo.

El eco de esa certeza lo acompañó incluso después de levantarse de la mesa. Caminó por el pasillo largo como si llevara grilletes en los pies. Pero dentro de él, un hilo rojo palpitaba todavía, tenso, vivo, imposible de cortar.

Mauricio cerró la puerta de su habitación con un movimiento lento, como si al hacerlo pudiera amortiguar el peso de la mañana.

El eco de las palabras de su padre seguía rebotando en su cabeza: “Un Garza siempre sabe dónde está parado.” Había sido dicha con voz tranquila, casi afectuosa, pero llevaba la contundencia de una cadena.

Mauricio se dejó caer en la silla del escritorio y respiró hondo.

El silencio lo envolvió, esta vez más denso que el del comedor.

Frente a él, en la puerta del armario, se erguía un espejo de cuerpo completo.

Mauricio se acercó y se contempló. La imagen que le devolvía era impecable: cabello peinado, camisa perfectamente alineada, el porte de un joven profesional.

Todo en orden, todo exacto. Pero en sus ojos había algo que escapaba a la perfección: la chispa de la noche anterior, el reflejo de luces rojas y violetas que no pertenecían a esa casa.

Vio a Alma ahí, proyectada como una sombra brillante en la pupila.

Apoyó las manos contra el borde del espejo.

Sintió el frío del cristal, sólido, inmutable.

Se preguntó qué pasaría si lo golpeaba, si dejaba que se rompiera y que su reflejo quedara hecho trizas.

¿Se liberaría con cada fragmento o se perdería del todo?

Se inclinó más y notó que el espejo tenía manchas casi invisibles, pequeñas huellas que los años no habían borrado.

Pensó que quizá su vida era igual: un reflejo brillante a simple vista, pero con fallas escondidas que solo se veían de cerca.

Cerró los ojos un instante y recordó a Alma girando el abanico, el tacón golpeando firme el escenario, el público gritando un nombre que no era el suyo.

Allí, él había sentido que el suelo lo sostenía de verdad.

Aquí, frente al espejo, el suelo parecía de cristal: bastaba un error para que se quebrara.

Se sentó en la cama, con los codos en las rodillas.

Su vida entera parecía un guion: Paola en el papel de novia ejemplar, las cenas con los socios de su padre, los domingos en misa con la familia en la primera banca.

Todo encajaba como un rompecabezas, pero era un rompecabezas en el que él nunca había elegido la imagen final.

Y en medio de esa estructura rígida, la noche anterior irrumpía como una pieza extraña, deslumbrante, que no podía forzar en el marco sin romperlo.

Pensó en Paola. En su risa medida, en su manera de tomarlo de la mano en público, en cómo sabía exactamente cuándo hablar y cuándo callar. Paola era todo lo que la familia consideraba adecuado. Y sin embargo, compararla con Alma era como comparar una estatua con un relámpago.

Abrió el cajón de su buró y sacó una libreta de tapas negras.

Dentro, entre hojas llenas de anotaciones de trabajo y esquemas de proyectos, había un papel arrugado.

Lo desplegó con cuidado: era un boleto viejo, de un carnaval universitario al que había ido en secreto con amigos.

En el reverso, con tinta corrida, había un número de teléfono escrito apresuradamente.

Nunca llamó, nunca supo si todavía funcionaba.

Pero lo guardó, no sabía bien por qué. Ese papel era como una costura floja en la tela de su vida, una grieta mínima que revelaba que podía haber otros caminos.

Lo sostuvo largo rato entre los dedos. Recordó el calor de esa noche, la música sin protocolo, las risas de desconocidos que lo abrazaban sin preguntar apellidos.

Había luces improvisadas, confeti pegado en el sudor, canciones gritadas a destiempo.

Él había bailado hasta perder la noción de la hora, y por una sola vez, se había sentido invisible y libre al mismo tiempo.

Era la última vez que sintió algo parecido a libertad antes de La Candela.

Se levantó y volvió al espejo. Puso el boleto contra el cristal, justo a la altura de su pecho.

La imagen de sí mismo, con la camisa planchada, contrastaba con ese pedazo de papel arrugado.

Era como si dos Mauricios coexistieran allí: el heredero de los Garza y el muchacho que aún buscaba un lugar donde reír sin miedo.

Imaginó por un instante a Paola entrando en ese cuarto.

La vería tomar el boleto con sus manos finas, arrugar la frente y decir con suavidad: “No te conviene guardar basura, Mauricio.” Él supo que sonreiría, que intentaría convencerlo de que el futuro estaba limpio, sin manchas, y que ese futuro lo compartían.

Pero en su mente, él no respondía. En su mente, se limitaba a apretar el boleto contra el pecho y callar.

—¿Dónde estoy parado ahora? —susurró, repitiendo las palabras de su padre. La pregunta rebotó en el cuarto vacío. No había respuesta. Solo el eco de su propia voz.

Cerró el cajón y apagó la luz principal, dejando encendida solo la lámpara del buró.

La penumbra suavizó las formas de la habitación, y por un instante, el cuarto dejó de parecer un escenario de museo.

Se recostó en la cama, con el boleto todavía en la mano.

Cerró los ojos. En la oscuridad, la imagen de Alma volvió a aparecer con más fuerza: el vestido brillando, la voz en playback convertida en verdad, el público rugiendo.

Sintió que la sangre le hervía de nuevo, como si todavía estuviera allí.

En su imaginación, Alma se giraba hacia él, directamente hacia él, como si supiera que estaba escondido en la penumbra de una cabina técnica.

Lo miraba con descaro, como diciéndole: “Aquí estoy, ¿y tú?” Ese desafío lo atravesó otra vez.

¿Podría él, algún día, responder a esa pregunta con algo más que silencio?

Se giró hacia la ventana. A lo lejos, el Cerro de la Silla comenzaba a dibujarse en el cielo claro.

Mauricio pensó en Diego. En que quizá, al otro lado de la ciudad, también estaba mirando esa misma montaña.

Sintió que un hilo invisible los unía, un hilo que no aparecía en los retratos familiares ni en los diplomas dorados, pero que era más real que todo lo que lo rodeaba.

Ese hilo era rojo, del color de un tacón brillando bajo las luces.