Capítulo 10 – Los Garza
“En San Pedro hasta los silencios traen apellido.”
El silencio de San Pedro era distinto al de Escobedo.
No estaba lleno de perros ladrando ni de camiones madrugadores, sino de un orden casi artificial, como si alguien hubiera cosido el aire para que no se deshilachara con ruidos.
Mauricio empujó la reja de la entrada y entró a la casa de sus padres.
La puerta automática reconoció la llave con un pitido discreto.
El jardín, recién podado, olía a pasto húmedo y a bugambilias recién regadas.
Ni una hoja fuera de lugar. Incluso la fuente de piedra al centro caía con un chorro exacto, medido.
La casa lo recibió con su solemnidad habitual: pisos de mármol blanco, muros color marfil, un espejo enorme frente a la entrada y, en la sala, sillones que parecían más de exhibición que de descanso.
Las luces indirectas permanecían encendidas toda la noche, como velas eléctricas que cuidaban el prestigio.
En la pared principal, un cuadro familiar de tamaño casi sagrado: su padre con traje oscuro, su madre de vestido azul, Mauricio con apenas diez años, con el mismo gesto serio que aún hoy le perseguía.
Se quitó los zapatos en la entrada. No por costumbre, sino porque el silencio de la casa le pedía ese respeto.
Cada paso parecía un sacrilegio. Avanzó hacia la cocina, donde el acero inoxidable relucía incluso de madrugada.
El refrigerador tenía imanes de viajes: París, Londres, Buenos Aires.
Todos los sitios a los que sus padres habían ido en congresos y vacaciones, y a los que él había acompañado a veces, como parte de esa coreografía de familia impecable.
En el comedor auxiliar, un centro de mesa con frutas falsas brillaba bajo la luz de un candelabro.
Nada parecía pensado para usarse; todo era para mostrarse.
Subió las escaleras de mármol con cuidado de no hacer crujir la baranda.
A mitad del trayecto, se detuvo frente a una vitrina con diplomas enmarcados: títulos universitarios, reconocimientos empresariales, fotografías con políticos.
El apellido Garza brillaba en letras doradas.
Allí estaba la vida de sus padres resumida en pergaminos.
Mauricio sintió que cada uno de esos marcos lo miraba con expectativa.
Recordó las cenas largas en el comedor principal, con la mesa extendida hasta el límite, copas alineadas y su padre en la cabecera como si presidiera un consejo.
Recordó las frases repetidas, casi proverbiales: “Un Garza no se dobla”, “La reputación vale más que el dinero”, “Lo que se hace en privado, se borra; lo que se muestra en público, se graba.” Creció con esas máximas como quien crece bajo una sombra.
Al llegar al pasillo, vio las puertas cerradas de las habitaciones.
La de sus padres, con una luz tenue encendida por debajo, le recordó que estaban allí, despiertos quizá, atentos a su regreso aunque no dijeran nada.
Ellos no preguntaban directamente: su padre con miradas que pesaban más que cualquier sermón, su madre con silencios largos que doblaban la voluntad.
Mauricio caminó hasta su cuarto. El contraste era fuerte: aunque tenía lo necesario —cama grande, escritorio de madera, librero con ediciones de lujo—, se sentía frío, poco habitado.
Las cortinas eran gruesas, el aire acondicionado estaba programado, las sábanas impecables.
Nada en ese cuarto hablaba de él, salvo un par de libros que había comprado por su cuenta y una libreta escondida en el cajón del buró.
Dejó el celular sobre la mesa de noche. La pantalla se encendió con una notificación: un mensaje de Paola.
“¿Llegaste bien? Avísame en la mañana.” El corazón le dio un salto.
No era un reclamo, pero lo sintió como una soga.
Paola formaba parte del guion que esta casa había escrito para él: noviazgo correcto, boda en la iglesia grande, foto familiar enmarcada junto a los diplomas.
Y, sin embargo, lo único que ardía en su pecho era otra imagen.
Se dejó caer en la cama sin encender la luz.
Cerró los ojos y de inmediato volvió a verla: Alma, sobre el escenario, con tacones rojos brillando bajo el neón.
Recordó el instante exacto en que ella giró el abanico con un gesto venenoso, y cómo la multitud respondió con gritos.
El eco seguía dentro de él. Y ahora, en ese cuarto que olía a suavizante caro y madera encerada, ese recuerdo parecía un fuego prohibido.
Se cubrió el rostro con las manos. El contraste lo asfixiaba.
Afuera, la perfección de San Pedro; adentro, la imagen de Alma y el deseo de volver a verla.
Paola, con su voz dulce pero firme, representaba lo que esta casa esperaba de él: continuidad, apellido limpio, fotografía perfecta en la vitrina.
Alma, en cambio, representaba lo que podía romper esa vitrina en mil pedazos.
Se levantó y abrió la ventana. El aire fresco de la madrugada entró con un aroma leve de bugambilias.
Desde allí se veía la silueta del Cerro de la Silla, oscuro contra el cielo que empezaba a clarear.
Mauricio apoyó los codos en el alféizar y respiró hondo.
Le pareció que esa montaña, que también podía ver desde otros rincones de la ciudad, era un testigo común.
En algún lugar, pensó, Diego también la estaría mirando.
Tal vez a esa misma hora, desde otro cuarto mucho más modesto, con otros olores, con otro peso sobre los hombros. La idea lo desarmó.
Recordó las veces que había subido al Obispado con Paola, fingiendo entusiasmo por las vistas.
Y cómo, incluso allí, se sentía encerrado por las expectativas.
Ahora, en cambio, con solo mirar el contorno de la montaña, sintió una libertad extraña: como si Alma hubiera dejado en él una semilla que no cabía en esos muros de mármol.
Se quedó largo rato en esa posición, con los ojos clavados en la silueta de la montaña.
Sintió que entre él y Alma había un hilo invisible, tenso, que atravesaba toda la ciudad.
Un hilo frágil, sí, pero tan real como los diplomas en la vitrina o los retratos enmarcados.
Ese hilo, pensó, era lo único suyo en medio de una casa que lo nombraba sin dejarle ser.
Cuando cerró la ventana y regresó a la cama, supo que no dormiría.
Se acostó boca arriba, con los brazos abiertos, mirando el techo.
El silencio lo envolvió de nuevo. No era un silencio amable como el de la cocina de Lupita, lleno de aromas y calor doméstico, sino un silencio que pesaba como una obligación.
Ese silencio era el verdadero legado de los Garza.
Y Mauricio, tendido en su cama, entendió que tarde o temprano tendría que escoger si seguir siendo parte de esa costura rígida o buscar su propio hilo, aunque se deshilachara en el intento.
El olor a café recién colado llegó a la habitación antes que la luz.
Mauricio abrió los ojos con esfuerzo. No había dormido más de una hora, pero el murmullo de la casa lo despertó: pasos discretos en el pasillo, el golpe leve de una vajilla sobre la mesa larga del comedor, el crujido de una puerta que se cerraba sin aspavientos.
En San Pedro, incluso los sonidos de la mañana parecían ensayados.
Se levantó, se enjuagó la cara y se vistió con la misma rapidez con la que se ponía un traje para ir a la oficina.
No había margen para aparecer descompuesto en el comedor familiar.
Bajó las escaleras de mármol, con el corazón latiendo aún con el eco de la noche anterior.
En el fondo de sus ojos seguían bailando luces de neón.
El comedor principal lo esperaba como un escenario de ópera.
La mesa, de madera oscura y brillante, estaba extendida hasta su tamaño máximo.
Encima, un mantel blanco inmaculado, copas altas, platos de porcelana y cubiertos que brillaban como recién pulidos.
En el centro, un arreglo floral con lirios y azucenas.
A cada lado, los asientos fijos de siempre: su padre a la cabecera, su madre a la derecha, y él frente a ellos. Ni un lugar más, ni uno menos.
Sobre la mesa descansaban también los periódicos del día, doblados con precisión, y un juego de servilletas bordadas con las iniciales de la familia.
Las sillas, tapizadas en terciopelo, parecían más tronos que asientos.
El aire acondicionado mantenía la habitación fresca, casi demasiado, como si el clima también obedeciera a los Garza.
Su madre ya estaba allí, impecable en un vestido claro, el cabello perfectamente peinado aun en la mañana. Leía el periódico con la delicadeza de quien hojea un misal. Su padre, de traje gris, tomaba un sorbo de café con la seriedad de un juez. Ninguno de los dos levantó la voz al verlo entrar.
—Buenos días, hijo —dijo su madre, apenas alzando la mirada del periódico. —Buenos días —respondió él, intentando sonar fresco. —Dormiste bien —afirmó su padre. No preguntaba: constataba.
Mauricio sonrió débilmente y tomó asiento. Frente a él, un plato de frutas perfectamente cortadas, una jarra de jugo de naranja y un panecillo en un plato pequeño. Todo dispuesto con la exactitud de un banquete, aunque solo fueran tres.
—Hoy tenemos reunión con los López, ¿recuerdas? —dijo su madre, con tono práctico. —Tu tía ya confirmó la cena de mañana. Y el sábado, la misa en el club. Mauricio asintió. Cada palabra era como una puntada más en el tejido del guion familiar.
—También debemos hablar con los padres de Paola —añadió ella, girando una página—. Están interesados en fijar una fecha tentativa para la pedida formal. Quieren asegurarse de que todos estemos alineados.