Capítulo 9 – Costuras #4
El vecindario despertaba: un portón, un perro, una escoba. Las manos de Diego ya no temblaban. El estuche pesaba casi nada, pero tenía otra gravedad: la de lo que se decide sin palabras.
—Mamá —dijo—, yo… no sé cómo va a ser lo que viene. —Nadie sabe —respondió ella—. Solo se cose con lo que se tiene.
La imagen del club volvió: luces rojas, gritos, Alma en pose final, la posibilidad de Paola, el rostro de Mauricio en la penumbra técnica. Cuántos pedazos distintos y, a la vez, uno solo. Lupita le pasó un algodón con agua por los nudillos, quitando el brillo. No dijo nada.
—¿Te acuerdas de las rodilleras de mezclilla? —preguntó Diego. —Claro. Te las acababas cada semana. —Me daba pena. —Y yo te dije que traías rodilleras de guerra. Las cicatrices hablan de lo que uno camina, no de lo que uno presume.
—¿Y si un día ya no se puede coser? —preguntó él. —Entonces se descansa. Y se pide ayuda. No hay prenda que aguante sola.
Diego pensó en Mauricio, en sus manos volviéndose seguras, en ese lugar que quizá empezaba a ocupar en su vida.
Lupita sirvió café con lo último de la olla. —No sabe rico, pero calienta. —Así está bien. —Diego tomó un sorbo y sonrió por la mueca amarga.
El sol alcanzó las fotos en la repisa: toga de secundaria, pastorcito, la boda de la prima.
Tres vidas en marcos distintos. A Diego le dieron ganas de tomar una foto nueva: esta mesa, el estuche, la aguja apagada, su madre de frente.
No lo hizo. Hay escenas que se cosen mejor al recuerdo que a un cristal.
—Mira —dijo Lupita. Sacó de un cajón un alfiler imperdible y una medallita vieja de la Virgen—.
Esto ya no lo uso. Úsalo o guárdalo. O tíralo.
Diego recibió las piezas. El metal estaba frío.
Las guardó en el estuche y cerró el broche.
No sonó; solo se sintió el peso mínimo de algo que encuentra sitio.
—Gracias —dijo. —No me des las gracias. Si se rompe, aquí hay hilo. —Lupita señaló la máquina con la barbilla.
Se levantaron casi al mismo tiempo. Lupita le acomodó el cuello de la camisa como si fuera un niño en domingo y le besó la frente. El beso fue seco, práctico, pero dejó un calor limpio. Diego supo que ese beso era una puntada que no se desharía.
—Ve a dormir un rato —dijo ella—. La tarde me agarra con pedidos. —Te ayudo después. —Sí. Pero primero duérmete. Andas con la mirada hecha hilachas.
Diego rió bajito. Guardó el estuche en la mochila, al lado del tacón, acomodándolos para que no se rasparan: dos secretos que debían aprender a convivir. El peso conjunto ya no le pareció duro; se equilibraba. Cerró la mochila y la levantó por la asa.
Antes de irse, se asomó a la ventana. El Cerro de la Silla era una sombra firme contra el cielo naranja.
Los cables brillaban con rocío y un pájaro se aventó a un trino completo.
Diego respiró hondo. Tenía sueño, miedo y un raro entusiasmo.
También ganas de ver a Alma en el espejo y a Mauricio junto a las luces.
Pero no hoy. Hoy bastaba con esta luz mansa y el rumor doméstico de su madre apagando el enchufe.
—Mamá —dijo desde la puerta—. Gracias por… por todo. —No des las gracias —sonrió ella—. Nomás avisa si llegas tarde y si ocupas hilo, me dices.
Diego asintió. Regresó a su cuarto. Esta vez, cuando dejó la mochila en el suelo, no sintió que lo vigilara: parecía descansar.
Sacó el estuche, miró el alfiler y la medalla un segundo, y lo volvió a cerrar.
Lo colocó junto al tacón, como piezas del mismo rompecabezas.
Se dejó caer en la cama. El sueño lo capturó como una tela gruesa.
Pensó que quizá el mundo no pedía elegir, sino aprender a coser.
Lupita, sola en el comedor, guardó la máquina en su funda.
Pasó un trapo y dejó todo listo para la tarde.
Miró la puerta por la que se había ido Diego e hizo un gesto antiguo: trazó una cruz en el aire, como quien marca una costura invisible para que no se abra.
Se acercó a la ventana y se dejó llenar por el sol naciente.
Pensó en “bendecir”: decir bien. Ella nunca fue de palabras, pero sabía coser.
Coser también era una manera de decir bien.
Antes de retirarse, tomó de la repisa una foto vieja: ella y Diego en la graduación de secundaria.
Al contraluz, el vidrio devolvió un brillo leve, como si el pasado y la noche estuvieran hechos del mismo material.
Devolvió la foto a su sitio. Apagó la luz.
La casa quedó en silencio, pero no vacío: sonaba como suenan las cosas recién cosidas.
Diego, ya dormido, exhaló un suspiro profundo.
En la mochila, el tacón y el estuche esperaban la tarde, la próxima función, el siguiente miedo y la siguiente alegría.
La costura estaba hecha por hoy. No perfecta, no definitiva, pero firme: suficiente para sostener el peso de un nombre nuevo y el amor de siempre.
El Cerro de la Silla, testigo sin prisa, guardó la escena. Afuera, el barrio se encendió del todo. Adentro, la casa descansó. Y entre ambos, como un hilo de ventana a ventana, quedó la promesa de volver a coser mañana lo que se deshilache.