Capítulo 8 – Reventón en Barrio Antiguo #3
Mauricio apoyó la espalda en el muro lateral, sintiendo el ladrillo tibio a través de la camisa.
Se obligó a escuchar: los bajos golpeando grave; el tintineo de hielo en vasos; un par de tacones ensayando conteos detrás de la cortina; el clic del dimmer que Manu bajaba un grado; la respiración de Alma que entraba y salía como metrónomo íntimo.
Pensó en San Pedro y su silencio de jardín recién regado, en Escobedo y sus patios con sillas de plástico al fresco, en Fundidora y su eco de acero.
Todo eso estaba aquí, comprimido en un cuarto con neón: clases, culpas, chistes, plegarias.
El mundo se había reducido a una consigna humilde: no estorbar la luz y sostener lo que se cae.
Se miró las manos. Las había sentido torpes tantas veces.
Ahora tenían oficio: cinta, stands, niebla, lista de señales.
No era un héroe; era un ayudante. Y ese título, tan simple, lo llenó como un vaso de agua fría en junio.
Se imaginó a Lupita cosiendo, a Manu contando, a La Vane domando el público con ojos y cejas, a Kika abriendo camino entre risas.
Detrás de cada brillo había una red. Él, por primera vez, estaba en ella.
El telón se abrió con un golpe seco de luces. La pista subió como ola: beats graves, destellos púrpura, humo blanco que se dispersaba como incienso moderno. La Vane salió al centro, micrófono en mano, con capa corta de lentejuela negra y plumas rojas en los hombros. El público rugió.
—¡Candela lovers! —tronó su voz—. ¡Esta noche coronamos corazones, coronamos culpas y coronamos a quien se atreva a bailar hasta que amanezca!
Las mesas estallaron en aplausos, vasos en alto. Una fila de turistas gritó “¡México!” y recibió de inmediato un “¡calla, honey, aquí estamos en Monterrey!” de Kika, que ya esperaba entre bastidores. La risa se mezcló con la música.
Kika abrió la ronda con un body dorado y capa naranja que flameaba como incendio lento.
Bailó sobre “Dame otro tequila” con labios pintados de fucsia eléctrico.
A cada giro, el abanico hacía chasquidos como latigazos.
El público coreó y aplaudió. Una señora en primera fila le lanzó un billete doblado; Kika lo recogió con dramatismo y lo guardó en el escote, sacudiendo hombros como quien guarda un secreto.
—¡Kika es mi patrona! —gritó alguien desde el fondo. —Soy tu SAT, mi amor —respondió ella sin perder el compás—. Vengo a cobrarte con intereses.
Risas. El club entero se soltó. Una cámara desde la mesa tres enfocó la escena; flashes destellaron. Kika posó un segundo y siguió como si hubiera coreografiado hasta la foto.
Tessa siguió con un vestido rojo de tela líquida que se pegaba como sangre brillante.
Su número era más lento, sensual. Caminó por el borde del escenario, bajó un escalón y se sentó en el regazo de un chico tímido de la mesa cinco.
Le acarició la barbilla, cantando playback con intensidad.
El muchacho no sabía dónde mirar, hasta que ella lo liberó con un beso en la frente.
Las amigas del grupo gritaron de emoción, golpeando la mesa como tambor.
Tessa regresó con paso felino, dejando al chico sudando entre risas de sus amigos.
La Vane volvió a tomar el micrófono: —Y ahora, criaturas, silencio de iglesia porque llega el fuego disfrazado de reina. Con ustedes… ¡Alma!
El haz de luz cayó como espada sobre el centro.
Alma apareció desde el humo con los tacones rojos.
El body negro de terciopelo con pedrería encendió destellos carmesí que parecían brasa viva.
El maquillaje, afilado: ojos de cat-eye como cuchillas, labios color vino oscuro, pómulos brillando con iluminador dorado.
El cabello, recogido en coleta alta con extensión lacia que caía hasta la espalda.
Avanzó con calma felina, midiendo cada paso como sentencia.
El público exhaló un “oooh” colectivo, seguido de chiflidos y aplausos.
Una joven gritó “¡Reina!” y lanzó una flor artificial que cayó justo a los pies de Alma.
Ella la recogió, la olió teatralmente y la dejó en el borde del escenario como ofrenda.
Dos chicas comenzaron a corear “¡Alma, Alma!” y pronto varias mesas se unieron, creando un canto que rebotaba en las paredes como eco de iglesia invertida.
Mauricio, desde el lateral, sintió que el pecho le ardía.
Sus manos apretaban la consola de luces como si sostuvieran el mundo.
Manu le indicó con gestos: subir humo, enfocar en rojo, cortar azul.
Obedeció con dedos temblorosos. A cada ajuste, Alma brillaba distinto: primero figura de sombra, luego escultura de fuego, después silueta recortada contra la niebla.
—Respira, ingeniero —le susurró Manu al oído—. Es solo luz. Pero Mauricio sabía que no era solo luz. Era revelación. Cada movimiento de Alma parecía dirigido a él, aunque el público la aclamara.
La canción cambió a un pop balada poderosa.
Alma extendió brazos, giró, bajó de rodillas y se levantó de un salto.
El público enloqueció. Una fila de chicas agitaba abanicos al compás.
Un señor de bigote aplaudía como si estuviera en estadio.
Las señoras de la mesa uno chocaban copas entre sí, brindando a cada pose.
Una pareja en el fondo se besaba al ritmo del playback, grabándose mutuamente con el celular como si quisieran guardar prueba de la bendición.
De pronto, un grito aislado: —¡Eso es puro circo!
¡Ridículas! El silencio se tensó un segundo.
La Vane reaccionó al instante desde un costado: —¡Circo, mana!
Pues súbete, que ocupamos payaso gratis.
Las mesas estallaron en carcajadas. El intruso, avergonzado, se hundió en la silla.
Dos chicas con glitter le dieron la espalda y siguieron aplaudiendo. El show continuó sin fractura.
Mauricio miró la escena con un nudo. Comprendió que el espectáculo era también defensa: respuesta ingeniosa, comunidad que protege, arte como escudo. No había fragilidad allí, sino estrategia brillante.
Mientras tanto, Alma ejecutaba un remate: se inclinó hacia atrás, brazo extendido, tacones firmes.
El público gritó como un coro afinado. Mauricio, en cambio, tragó saliva: entre las luces alcanzó a distinguir una silueta conocida en la mesa tres.
Paola. ¿Era Paola? ¿O alguien parecido? La mente le jugó la imagen cruel: el perfil, el cabello recogido, la blusa blanca.
El corazón le golpeó en las costillas. Bajó la mirada para no confirmarlo.
El beat subió de golpe. Alma avanzó al borde del escenario, señalando con el abanico al azar, dominando la sala. Mauricio apenas pudo verla. Su mente estaba dividida: un lado deseaba perderse en el espectáculo; el otro temía el juicio de unos ojos familiares.
—¿Qué pasa? —preguntó Manu, notando su rigidez. —Nada… nada —mintió. Pero sudaba frío. Le temblaban los dedos sobre la consola. Imaginó que si levantaba la vista, Paola estaría grabando con el celular, lista para mostrarle su doble vida a medio Monterrey.
La canción cambió a puente instrumental.
Alma se movió con furia contenida: giro rápido, manos al aire, caída al suelo, levantada felina.
El sudor le brillaba en la frente bajo los reflectores, pero no se notaba como cansancio sino como entrega.
Era como verla arder sin consumirse. El público se levantó de varias mesas, aplaudiendo de pie.
“¡Reina!”, “¡Más!”, “¡Candela!”, coreaban.
Algunos agitaban celulares con linternas encendidas, como si fuera un concierto en estadio.
Mauricio no podía apartar los ojos. Sintió que cada luz de celular era una vela encendida para ella.
Y él, en medio del humo técnico, era acólito torpe sosteniendo cables.
Pero esa posición, servil y verdadera, lo llenaba de orgullo.
Pensó en Lupita cosiendo el listón rojo, en su propia renuncia a una cena formal: todo lo había traído a ese instante.
Y aunque lo descubrieran, aunque Paola realmente estuviera ahí, no se arrepentiría.
El número de Alma alcanzó clímax. Playback perfecto, labios marcando cada palabra con rabia y dulzura.
Giró sobre un pie, cayó en split limpio, se levantó como resorte y apuntó con mano abierta al techo.
Las luces rojas explotaron, la niebla se disparó.
El público rugió en aplausos, vasos golpeando mesas, celulares levantados.
Gritos de “¡Reina!” y “¡Alma!” llenaron el aire.
Varias coronas de plástico terminaron en el escenario como ofrendas improvisadas.
Mauricio la vio detenerse en pose final, pecho erguido, respiración agitada.
No era solo una drag queen brillando: era un ejército en un solo cuerpo.
En ese instante supo que no había regreso.
Estaba ligado a esa escena, a esa gente, a esa reina.
Aunque lo vieran, aunque lo juzgaran, aunque Paola realmente estuviera ahí: ese lugar también era suyo.
El telón cayó un segundo para el cambio de número. El público seguía gritando, golpeando el suelo con pies y manos. Mauricio apoyó la frente en el borde frío de la consola. Sus dedos aún temblaban, pero no de miedo: de certeza. Había cruzado. Y, al otro lado, todo ardía en rojo candela.
El rugido del público aún vibraba cuando el telón bajó y el humo comenzó a disiparse.
La pista pasó a un beat más suave, preludio de la siguiente reina.
Alma salió tras bambalinas con respiración agitada.
El maquillaje seguía impecable, pero el sudor brillaba en su cuello como joya añadida.
Se quitó el abanico de la mano y lo dejó caer en la mesa de maquillaje.
Las otras queens la rodearon con exclamaciones.
—¡Mamona, lo hiciste pedazos! —gritó Kika, dándole un abrazo que casi le descuadra la peluca. —No me lo recuerdes, ya siento que tengo glitter en los pulmones —respondió Alma, riendo.