La herencia del tacón rojo Capítulo 8 – Reventón en Barrio Antiguo #4
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Capítulo 8 – Reventón en Barrio Antiguo #4

Tessa le ofreció agua en vaso de plástico. La Vane, más contenida, le palmeó el hombro con serenidad maternal. —Cumpliste, hija. Hoy encendiste la sala. —Y añadió en voz baja—. Y no solo la sala.

Mauricio entró en ese momento, aún temblando por la intensidad.

Manu lo recibió con palmada en la espalda.

—Bien, ingeniero. No tronaste nada. Para ser tu primera noche, luces como si llevaras diez.

—No sé ni cómo respiré —contestó Mauricio, medio riendo.

—Pues respira otra vez, porque apenas empieza el segundo acto —dijo Manu, ya volviendo a la consola.

En el camerino, Alma se dejó caer en la silla frente al espejo.

Se aflojó una de las correas del body y respiró hondo.

Se quitó los tacones con gesto ceremonioso, como si estuviera devolviendo una ofrenda al altar.

Mauricio, casi por instinto, se agachó y los recibió en las manos.

Pesaban más de lo que esperaba. Los sostuvo como si fueran reliquias.

—Son más duros de lo que parecen —dijo, sorprendido. —Y más tercos. —Alma lo miró desde el reflejo del espejo—. A veces me sostienen ellos a mí, no al revés.

Hubo un silencio denso. Mauricio seguía con los tacones en las manos, como quien sostiene un secreto.

Finalmente se atrevió a hablar. —Creo que vi a Paola en el público.

O alguien parecido. Estaba en la mesa tres.

No pude ni mirar bien. Alma giró despacio hacia él.

No se alarmó. No se rió. Solo apoyó una mano en su brazo.

—Si estaba, ya vio lo que soy. Y si no estaba…

igual lo sabes tú. Mauricio bajó la cabeza.

Esa frase le sonó a sentencia y salvación.

El show continuaba afuera, pero el backstage tenía un respiro de penumbra.

La Vane se asomó para avisarles que en media hora saldrían todas juntas para la foto final.

Alma asintió sin moverse. Mauricio todavía sujetaba los tacones.

—¿Quieres guardarlos? —preguntó ella. —No, quiero recordarlos así —respondió él—, calientes todavía.

Como prueba. —¿Prueba de qué? —De que estuve aquí. De que crucé.

Alma sonrió con cansancio dulce. Se levantó, le quitó uno de los tacones y lo sostuvo en alto. —Entonces guarda el otro. Que quede par incompleto. Así, si regresas, se completan.

Mauricio asintió. Guardó el tacón izquierdo en su mochila, con un cuidado reverencial.

El camerino volvió a llenarse de bullicio.

Kika se desmaquillaba a medias, dejando ríos de glitter en la toalla.

Tessa bromeaba con Manu sobre abrir un “sindicato de tacones lastimados”.

La Vane contaba chismes con voz grave, imitando a un político local, y todas soltaron carcajadas cansadas.

Entre bromas y sprays, el aire se volvió más ligero, como si el peso del show se hubiera convertido en humo compartido.

Mauricio observaba en silencio, sorprendido de sentirse cómodo en un cuarto donde cada quien dejaba caer la máscara sin pudor.

La madrugada fue avanzando. El show llegó a su fin entre risas y aplausos.

El público se fue dispersando hacia las calles de Barrio Antiguo.

Afuera, vendedores de tacos gritaban promociones: “¡Dos por veinte, joven!”, “¡Con todo menos miedo!”.

La banqueta estaba salpicada de vasos de plástico y colillas.

El aire olía a cerveza caliente, trompo recién cortado y perfume barato evaporándose.

Desde un bar vecino aún se escuchaba un reguetón tardío; más allá, un saxofón solitario improvisaba desde una ventana.

Era Monterrey insomne, latiendo en ritmo irregular.

El grupo salió en bola, tal como había ordenado La Vane.

Manu cargaba un par de cables y un strober bajo el brazo.

Kika aún llevaba la corona torcida, con glitter pegado al cuello.

Tessa fumaba con la peluca en mano, sin importarle el maquillaje corrido.

La Vane caminaba al frente como generala después de batalla.

Saludó a un taquero que le guiñó el ojo y le guardó una orden “para las criaturas divinas”.

Alma y Mauricio quedaron unos pasos atrás, separados del ruido.

Ella llevaba los tacones restantes colgando de dos dedos, como si fueran trofeos vencidos.

Él caminaba a su lado, sin atreverse a romper el silencio.

Pasaron junto a una pareja que discutía en voz baja, junto a un grafiti que decía “AMOR ES RESISTENCIA” pintado con aerosol fosforescente.

—¿Sabes qué es lo peor de la madrugada? —preguntó Alma de pronto. —¿Qué? —Que siempre parece final. Pero en realidad es inicio. Solo que con cara cansada.

Mauricio pensó en lo cierto de esas palabras. Miró el pavimento brillando por la humedad y recordó todas las veces que había terminado noches en silencio incómodo, en cenas formales, en salas llenas de juicios. Esta madrugada era distinta: cansada, sí, pero también abierta.

—¿Y si era Paola? —se atrevió a decir al fin.

Alma se encogió de hombros. —Pues ya lo sabe.

No soy delito, soy escenario. Y tú estabas aquí, conmigo.

Eso es todo. —Lo miró con firmeza—. Lo demás son excusas.

Mauricio tragó saliva. El miedo seguía allí, pero cada palabra de Alma lo iba talando poco a poco.

Ella se detuvo en una esquina. Levantó los tacones y los dejó colgar a la altura de su pecho. —Esto apenas comienza —dijo.

Mauricio la miró, con miedo todavía, pero también con un tipo nuevo de fe. Una fe que no tenía altar ni doctrina, solo pasos de baile y luces de neón.

La Vane los llamó desde adelante: —¡Vámonos, criaturas! El sol no espera y el Uber cobra más después de las cinco!

Alma se rió, caminando de nuevo. Mauricio guardó silencio, pero algo dentro de él ya estaba nombrado. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que la noche lo reconocía. Y en ese reconocimiento, encontró un lugar.

La ciudad amanecía despacio. El Cerro de la Silla asomaba oscuro contra el cielo violeta.

Los primeros pájaros empezaban a cantar sobre los cables eléctricos.

El grupo dobló la esquina y se perdió en la penumbra.

Mauricio se quedó un segundo mirando el horizonte, con el tacón rojo oculto en su mochila.

Lo acarició con los dedos como quien toca un talismán.

Supo que no era solo un recuerdo: era un pacto.

El aire frío le erizó la piel. Cerró los ojos un instante y escuchó la mezcla: un gallo en la distancia, risas arrastradas por la calle, el zumbido de un tráiler en la avenida, y el eco aún fresco de los aplausos.

Todo convivía como capas de una misma melodía.

Pensó que, si alguien le preguntaba en el futuro cuándo había empezado a vivir de verdad, señalaría esa madrugada.

Y entonces siguió caminando. La madrugada, como había dicho Alma, era inicio disfrazado de final.