Capítulo 8 – Reventón en Barrio Antiguo
“La noche en el Barrio es puro desmadre con memoria"
El sábado por la noche, Mauricio estacionó el carro a tres cuadras del Barrio Antiguo.
No quiso arriesgarse a dar vueltas cerca del club: demasiada gente, demasiado bullicio.
Caminó con paso contenido por las calles empedradas, mientras el murmullo de la ciudad se transformaba en una corriente eléctrica.
Cada esquina parecía tener su propio ritmo: un bar con reguetón, otro con rock en vivo, un mariachi improvisado en la plaza.
El aire olía a tacos de trompo y cerveza derramada.
Turistas con sombreros de charro se mezclaban con jóvenes en pantalones rotos y blusas cortas, familias enteras buscando una mesa en las terrazas.
El Barrio Antiguo se mostraba como un carnaval sin dueño: un espacio donde cada quien podía ponerse la máscara que quisiera, o quitársela.
Mauricio pensó que en ese sentido no era tan distinto a la iglesia: ambos eran escenarios.
Pero aquí, en lugar de silencios forzados, había risas y gritos que se chocaban sin pedir permiso.
El suelo empedrado lo obligaba a caminar con cuidado.
Recordó los tacones rojos de Alma y sintió un estremecimiento.
Si él, con zapatos firmes, tenía que concentrarse para no tropezar, ¿cómo lo hacía ella con esa seguridad de pantera?
El recuerdo lo hizo sonreír, aunque el corazón le palpitaba con fuerza.
Pasó frente a un mural recién pintado: alas de colores que invitaban a tomarse fotos.
Una pareja posaba entre ellas mientras un amigo tomaba la foto.
Mauricio se detuvo unos segundos. Imaginó a Alma ahí, desplegando los brazos con gesto teatral, robándole la escena a cualquiera que osara compartir la pared.
La imagen se le quedó grabada como una postal íntima: él, detrás de la cámara, ella en el centro, dueña de la calle.
Siguió caminando. Vendedores ambulantes ofrecían cervezas frías en vasos de plástico, rebanadas de pizza, pulseras artesanales. Cada voz se mezclaba en un coro desordenado. Mauricio recordó las palabras de Alma:
“El Barrio es como un antro al aire libre, mana. Aquí el pecado y la gracia te venden la misma promo.”
Sonrió solo.
A medida que avanzaba, notó la mezcla de sonidos como un rezo desordenado.
De un lado, saxofón callejero; del otro, un grupo de reguetoneros con bocina portátil.
En una terraza, una banda de rock cantaba en inglés.
Todo al mismo tiempo. Y, sin embargo, nada chocaba: era una misa polifónica, sin cura que mandara callar.
Mauricio se preguntó por qué nunca había venido antes.
La respuesta le llegó sola: miedo. Durante años había evitado esas calles por temor a ser visto, a ser confundido con algo que no estaba dispuesto a nombrar. Ahora estaba ahí, buscándolo.
El aire era cálido y cargado de perfumes mezclados: lociones dulces, desodorantes baratos, sudor joven. Mauricio respiró hondo. Sintió que, por primera vez en mucho tiempo, estaba en un lugar que no lo vigilaba, sino que lo tragaba con naturalidad.
Cuando dobló en la calle de La Candela, el ruido bajó de golpe.
Era una cuadra más angosta, con faroles viejos y paredes desconchadas.
La fachada del club no tenía letrero luminoso: solo una puerta negra, discreta, con un neón pequeño en forma de corona roja que parpadeaba.
A un lado, dos chicos fumaban y se pasaban un encendedor, riendo entre sí.
El contraste lo golpeó: afuera, un barrio de fiesta; aquí, un santuario oculto, casi clandestino.
Se detuvo frente a la puerta. El corazón le retumbaba en el pecho como si fuera a tocar una campana. Sacó el celular, abrió el chat de Alma. El último mensaje seguía ahí: “Puertas abiertas.” Tragó saliva. Esa frase no sonaba ahora como metáfora; era literal. Tenía que decidir si cruzaba o no.
Un grupo de jóvenes pasó a su lado, riendo, y empujó la puerta sin dudar.
El golpe de música y voces salió por un segundo y luego volvió a cerrarse.
Mauricio respiró hondo. No estaba listo para tanto ruido, pero tampoco para seguir afuera.
Se inclinó un poco hacia la pared, mirando el neón parpadear.
Cada destello rojo parecía marcar un segundo más de indecisión.
Recordó el domingo pasado en misa. Las puertas del templo, grandes, solemnes, abiertas para todos pero con reglas invisibles que decidían quién pertenecía y quién no.
Aquí, en cambio, la puerta era pequeña, casi anónima, y sin embargo lo llamaba con una fuerza distinta.
Pensó en lo que había dicho Lupita: que las verdaderas puertas estaban en el pecho. Se tocó el esternón sin darse cuenta.
Sacó la cartera, revisó por costumbre si llevaba efectivo, aunque sabía que no lo necesitaría. Era un gesto automático, como quien revisa estampas antes de entrar a misa. Se rió de sí mismo. Qué curioso: en la iglesia se arrodillaba antes de entrar; aquí, estaba a punto de enderezarse.
Del interior salió un humo ligero con olor a maquillaje caliente y cerveza fría.
Una drag con peluca azul salió a fumar, lo miró de arriba abajo y dijo con voz ronca: —¿Y tú qué?
¿Vienes a misa o al show? Mauricio parpadeó, sorprendido.
—Al show —contestó sin pensarlo. La drag sonrió, le dio una palmada en el hombro y soltó: —Entonces entra, hijo.
Aquí los milagros se hacen con glitter. —Y desapareció en la calle.
Mauricio se quedó un instante congelado, con la piel ardiendo por la palmada. Sintió que acababa de recibir una bendición rara, una absolución que no pedía rezos. Volvió a mirar el neón rojo. Y antes de pensarlo demasiado, empujó la puerta.
El golpe de música lo envolvió de inmediato.
Dentro, el aire estaba denso, cargado de perfumes baratos, sudor, humo de máquina y la vibración grave de los bajos.
Las mesas se acomodaban en semicírculo frente al escenario, y la gente ya llenaba la mitad del espacio.
Unas risas estallaban cerca de la barra, alguien gritó “¡shots para todos!” y una fila de copas brilló bajo las luces de colores.
Mauricio se quedó un segundo en la entrada, aturdido. Luego distinguió a Manu junto a la consola de luces. El amigo lo vio y levantó la mano como saludo discreto. Mauricio respiró y se adentró entre las mesas, sintiendo que cada paso era un cruce de frontera.
A su izquierda, una pareja de mujeres se besaba sin miedo.
A su derecha, un grupo de chicos con abanicos se abanicaba con fuerza al ritmo de la música, soltando carcajadas.
Un mesero pasó con una charola llena de cervezas que derramaban espuma.
Mauricio absorbía cada detalle como si fuera agua después de una sequía larga.
En el pasillo lateral, camino al backstage, se detuvo otra vez.
Paredes llenas de grafitis, posters de shows pasados, manchas de cerveza seca.
Era un espacio sin pretensión, pero con historia.
Puso la mano sobre un póster arrugado de “La noche de las reinas 2018”.
Pensó en toda la gente que había pasado por allí, abriendo puertas con sus propios cuerpos.
Una procesión distinta, pero no menos sagrada.
Respiró hondo, guardó el celular, y avanzó. Detrás de la puerta del camerino, ya podía oír risas, abanicos, frases en spanglish. El corazón le dio un vuelco. Sabía que estaba a punto de ver a Alma en su reino.
El pasillo al camerino estaba apenas iluminado por una tira de focos cálidos que colgaban como guirnaldas cansadas. Mauricio empujó la puerta con dos nudillos y entró en un torbellino de voces, risas y aerosol. Un espejo largo duplicaba pelucas, pestañas y telas. Alma, de espaldas, bata color vino.
—Llegaste —dijo sin voltear, como si el espejo le hubiera avisado—.
Pásale, ingeniero. Aquí nadie se nos electrocuta…
salvo Manu cuando se enoja. —Me enojo con estilo —replicó Manu desde la puerta lateral, ondeando un cable como látigo—.
¿Ves esa extensión? Si la pisas, te mando al purgatorio del rincón.
La Vane, bata negra con “La Jefa”, levantó la mirada: hoy las coronas brillan o brillamos nosotras con la cara.
Kika apareció detrás de un biombo con peluca color mango y body de lentejuela plata.
—¡Mira quién llegó! El ingeniero de confianza.
¿Trajo curitas o solo miradas? —Traje manos —dijo Mauricio, sacando cinta y gaffer de la mochila.
—Entonces pásale, mijo —ordenó La Vane—.
Amarra esos stands divorciados y revisa la trampa de la cortina. Manu te guía.
Mauricio siguió a Manu al lateral del escenario. El zumbido de la consola vibró en los dedos. Manu le explicó: altura de PAR, dimmer sin chispas, cableado fuera de talones. —Regla de la casa —remató—: ninguna reina sangra por culpa de un cable. Si alguien se cae, que sea por drama, no por mi luz.
Volvieron al camerino. Alma frente al espejo: diadema, cuenca marcada, cat-eye firme. Mauricio alcanzó toallitas, delineador; ella le apretó la mano un segundo. —Gracias por venir.
Al otro lado, Kika y Tessa se medían coronas. —Mana, esa está muy alta —advirtió Kika. —Si me rompe, me cambio el signo —rió Tessa. —Nada de sangre —cortó La Vane—. Solo filo. Y si lloran, que sea por el rímel.
Backstage de cocina antes del servicio: bodies por colores, cajas de tacones, plumas embolsadas, spray y pasadores.
Mauricio tendió cinta marcando zona segura para tacones. Manu probó un strober. Para aflojar tensión, shade: —Ingeniero —Kika asomó con labial—, ¿este rojo es pecado venial o mortal? —Mortal —contestó Mauricio—. Te absuelvo si lo difuminas. —Amén, mana —rió, dejando destellos en el aire.
Alma se puso el body: terciopelo negro con pedrería roja en patrón de copas de fuego; escote corazón; manga larga con abertura al hombro. Los tacones rojos, pulidos por Lupita, brillaban como semáforos en verde. Al incorporarse, el cuarto hizo un silencio de reconocimiento.