Capítulo 7 – Las puertas del templo #4
Volvió al sillón, encendió la lámpara y releyó los dos mensajes: el de Alma, el de Paola. “Puertas abiertas.” “Confírmame lo del sábado.” Dos frases, dos caminos. Podía responder uno, podía ignorar el otro, pero no podría sostener ambos a la vez por mucho tiempo.
La pantalla brillaba con insistencia muda. Mauricio la bloqueó y dejó el celular en la mesa, como quien cierra un libro que aún no entiende. Se quedó quieto, dejando que el silencio hiciera su trabajo.
Se desabotonó la camisa y la colgó en el respaldo de la silla.
En el espejo del comedor se vio con camiseta blanca, el rostro marcado por el cansancio.
Pensó en las palabras del sacerdote el domingo: “No se dejen engañar por los disfraces del mundo.” Cerró los ojos.
Alma apareció en su mente: caminando descalza en Fundidora, luego con tacones rojos en La Candela.
¿Disfraz? A él le parecía lo contrario: la única forma de estar desnuda sin miedo.
Se sirvió agua y pensó que la fe podía ser un aplauso sin permiso.
La memoria le trajo el peso concreto del tacón rojo en la palma. “Es un arma”, había dicho él. “Y un altar”, había corregido Alma. Pensó que también era una llave. Abre otra forma de andar, otro ritmo, otro mundo.
El celular vibró otra vez. Paola: un audio pidiéndole claridad para el sábado, cariño y presión mezclados.
El audio terminó con un suspiro que lo atravesó como aguja.
Mauricio pensó en todo lo que no había dicho en meses y que ahora se acumulaba en su garganta.
Abrió la conversación para escribir una respuesta.
Los dedos bailaron sobre la pantalla sin atinar a formar una frase que no fuera mentira o evasiva.
Cerró el chat. Guardó el teléfono en el cajón de la mesa, como quien esconde una tentación amarga.
Prefirió quedarse con la imagen de Alma bajo luz blanca. Sonrió a pesar del nudo en el pecho.
Se sentó en la cama y escribió en la libreta: “Puertas abiertas”. Cerró. Con eso bastaba.
Abrió el cajón de abajo y encontró la bolsita de primeros auxilios del gimnasio: gasas, esparadrapo, una pomada para ampollas.
Las puso sobre la cama. Recordó su promesa silenciosa de llevar curitas a La Candela.
Sonrió. A veces los gestos sostienen el edificio mientras llegan las palabras, se dijo de nuevo, como un mantra que no se gastaba.
Regresó a la ventana. La noche había avanzado.
Un viento tibio entraba con olor a carne al pastor.
En la esquina, un muchacho pasó vendiendo flores con un cubo de plástico.
Pensó en comprarle una, pero no bajó. Volvió a mirar el Cerro: era una silueta negra con bordes de estaño, un guardián que no juzga.
La ciudad seguía su misa nocturna: un camión viejo jadeó al arrancar, un grupo en la banqueta gritó un coro de “eh, eh, eh”, alguien cerró una cortina metálica con un estruendo que le sonó a “Amén”.
Monterrey era un templo desordenado, pensó, pero templo al fin. Y no pedía comulgatorios, pedía oído.
Tomó el celular. Escribió y borró en ambos chats. El silencio también decide.
Se echó hacia atrás y apoyó la cabeza en la cabecera. Recordó la frase de Lupita: “Las puertas del templo también están en el pecho.” Se tocó el esternón con dos dedos, como si buscara un pestillo invisible. Lo notó, leve, rendido.
La lámpara de mesa dibujaba un círculo de luz cálida.
En ese círculo, Mauricio puso las curitas, la pomada, las gasas.
Tomó una pluma y escribió en un papel: “Sábado, 7 pm, La Candela. Entrar por la puerta lateral. Preguntar por Manu.” Doblar el papel en cuatro le dio una calma rara, como si organizara la fe en viñetas. Lo guardó en la cartera.
Volvió al chat con Alma. Escribió: “Nos vemos el sábado”.
Dudó. Añadió: “Llego antes. Ayudo a lo que haga falta.” Releyó.
No era una declaración grandiosa. Era un paso.
Apoyó el pulgar sobre el botón de enviar y, por un segundo, pensó en los ojos de Paola, en las manos de su suegro, en la mesa de domingo.
Y aun así, presionó. El zumbido breve del mensaje enviado le pareció una campanada pequeña, suficiente.
Abrió el chat de Paola. Escribió: “No podré ir a la cena del sábado. Lo siento. Hablamos el domingo.” Se quedó mirando la frase como si fuera una cuerda floja. La envió.
El departamento quedó en silencio expectante. Respiró hondo; el temblor pasó.
Se levantó otra vez a la ventana, como si el vidrio fuera una página donde pudiera leer su propio futuro.
Pasó una patrulla lenta, dos adolescentes cruzaron en patines, una señora regresó del mercado con una bolsa que sonaba a botellas.
Pensó en la flor que una niña le había lanzado a Alma en Fundidora; no era grande ni perfecta, pero había llegado justo donde tenía que caer.
Quizá las decisiones eran así: pequeñas, precisas, con puntería.
No hacen ruido, pero cambian el paisaje.
Volvió a la cama y acomodó las curitas junto a la cartera.
Iba a llevarlas como se lleva una ofrenda: no para pedir milagros, sino para sostener lo que duele mientras se baila.
Se le ocurrió que eso también podía ser una definición de amor: ponerse a la altura del tacón ajeno para que el otro no tropiece. Se rio solo, cansado y contento.
El sueño llegó por fin, con un rumor de ventilador y calle. El sábado, pensó antes de quedarse dormido, abrirá una puerta. Y yo voy a estar ahí para cruzarla.
En la libreta, olvidada en el buró, quedaba escrita la frase: “Puertas abiertas”. La tinta se secó en silencio, esperando su turno. La ciudad siguió su misa nocturna, y el ingeniero se hundió en un sueño distinto, ligero, como quien al fin deja entrar aire fresco en un cuarto demasiado cerrado.