Capítulo 7 – Las puertas del templo #3
Abrió los ojos. El Cerro de la Silla se alzaba recortado contra el cielo oscuro, como si escuchara su dilema sin responder.
Las luces de la ciudad parecían plegarias dispersas, cada foco un “Amén”, cada claxon un “Así sea”.
Mauricio comprendió que las puertas del templo no siempre eran de piedra; a veces eran invisibles, y se abrían o se cerraban con un gesto mínimo: contestar una llamada, caminar hacia un club, quedarse callado.
Se quedó largo rato mirando. Pensó que tal vez nadie lo notaría el día que eligiera. Nadie, salvo él mismo. Y esa sería la diferencia.
Bajó de la azotea con un nudo en el pecho. Sabía que cada día lo acercaba más al momento en que tendría que elegir. Y que esa decisión, aunque invisible para el mundo, sería la más verdadera de su vida.
Diego despertó con la garganta áspera y los hombros tensos, como si hubiera dormido con el abanico abierto encima.
El espejo del baño le devolvió la cara sin pintura: ojeras suaves, una línea roja donde la pestaña postiza había quedado pegada la noche anterior, y ese brillo raro en los ojos que solo aparecía cuando el cerebro ya estaba ensayando sin permiso.
Se lavó la cara con agua fría, se puso una camiseta blanca sin estampado y metió en la mochila un estuche con sombras, pegamento, tijeritas, hilo rojo y un par de agujas gruesas.
En el fondo del clóset, los tacones rojos esperaban dentro de una bolsa de tela.
Los sacó y pasó el pulgar por la punta raspada.
“Hoy toca arreglo de corazón y de suela”, murmuró.
El celular vibró: mensaje de Mauricio —“¿Estás despierta? Hoy todo es Excel. Mándame un shade para sobrevivir.” Diego sonrió y contestó: “Sombrilla completa: si te mandan más juntas, di que ya estás reservado por la realeza. Ensayo en la tarde. ¿Te caes?” Tardó unos segundos en llegar la respuesta: “No puedo. Pero pienso en eso.” Un silencio que dejó un hueco dulce.
Pensó en Mauricio y en lo difícil de cruzar puertas a solas.
La casa de Lupita estaba limpia con ese orden que esconden las casas pequeñas: todo apretado pero sin polvo.
En el comedor, un altar mínimo: una estampita de la Virgen, otra de San Judas, una vela de vainilla ya derretida por la mitad, y un rosario con cuentas opacas.
Lupita cosía en la máquina, con los lentes resbalándole por la nariz.
Levantó la vista y sonrió. —Ay, hijo, por fin.
Si supieras las ganas que tenía de oír tu chisme.
—Es temprano para chisme, ma. —Diego dejó la mochila en la silla. —Nunca es temprano. ¿Qué pasó en el parque? Porque vi el video que subió La Kika y casi me meo de la emoción. —Se llevó la mano al pecho—. Y sin maquillaje, ¿eh? Muy valiente la niña.
Diego rió y le contó todo. Lupita escuchó sin parpadear.
—Mira —dijo ella al final, alzando la barbilla—. La gente siempre va a mirar. Una madre cuida dos cosas: pan y valor. Lo demás, que se lo lleve el viento. —Se secó una cosita en el ojo—. A ver esos tacones.
Diego sacó los rojos. Lupita los tomó como quien agarra un relicario.
Los giró a la luz. —Aquí te voy a reforzar la correa.
—Abrió la caja de alfileres—. Y voy a cambiar esta hebilla que ya te anda traicionando.
¿Cuándo los necesitas? —Hoy ensayo; sábado, show grande.
—Entonces hoy salen caminando como peregrinos.
—Sonrió—. Pero tú no te me vayas de rodillas, por favor.
Mientras cosía, Lupita habló sin dejar de mirar la puntada. —El padre de la colonia, ya ves cómo es, ayer dijo que “el mundo se disfraza para engañar”. Y yo pensé: qué estaría sin disfraz si no fuera por la costura. —Levantó la cara y guiñó—. Hasta los santos llevan su vestidito.
—Ma… —Diego se rascó la nuca—. ¿Tú crees en eso de “puertas del templo”?
Que hay que elegir. —Ay, hijo —Lupita clavó la aguja en el cuero con un golpecito—.
Las puertas del templo no nomás están en las paredes.
A veces están aquí —se tocó el pecho—. Y se abren cuando una deja de tener vergüenza.
Tú ya abriste la tuya. Que los demás se tarden, ni modo.
Diego bajó la mirada y notó el hilo rojo tensarse. Ese hilo siempre le recordaba el pulso de su madre, la forma en que la fe se puede coser para que no se desbarate.
Al mediodía, Lupita sirvió café de olla y un plato con conchas partidas a la mitad. Diego mojó un pedazo en la taza. El azúcar se pegó a los dedos. Lupita siguió cosiendo, pero ahora con voz más baja: —¿Y ese muchacho del que me dijiste? ¿El ingeniero?
Diego tardó un segundo en contestar. —Es… es buen hombre. Pero tiene su vida armada de otra forma. —Respiró—. Ayer fue a misa. Sus suegros lo apuran. Y luego me llama y me hace reír. Y luego se sube a la azotea, ya ves cómo es la gente que piensa.
—Mira —dijo Lupita, pasándole el tacón ya arreglado—. Yo no sé de ingenierías. Pero sí sé de lo que se cae cuando no está bien cosido. A lo mejor ese muchacho necesita hilo más grueso. Y tiempo. El amor no se plancha con prisa.
Diego probó la correa reforzada. Ajustó la hebilla nueva.
Encajó. Respiró como quien se quita una espina del pie.
—Gracias, ma. —Y bajito—: Gracias por rezar por mí sin regañarme.
—Se reza más bonito cuando no se anda corrigiendo a Dios —contestó Lupita, sirviéndose más café—.
Ándale, vete al ensayo. Y dile a esa Alma que no se me olvide comer.
A veces la muy reina quiere vivir de aplausos.
La tarde en La Candela llegó con calor pegado a las paredes.
El local olía a aerosol, tela planchada y cables mordidos por la electricidad.
Manu probaba luces desde la consola y Kika ajustaba una peluca color limón que gritaba verano.
La Vane, sentada en el escenario con las piernas cruzadas, repasaba una libreta con horarios.
—Llegó la peregrina —anunció Manu, viendo entrar a Diego con la mochila—. ¿Trae milagros o puras promesas? —Traigo tacones recién confirmados por la diócesis de Lupita —respondió Diego, levantando la bolsa de tela—. Y hambre.
—Comes después de marcar —cortó La Vane con cariño—. Hoy nos van a ver los vecinos. Ya me dijeron que el bar de la esquina va a abrir temprano por el fútbol. Que vean que aquí el gol es otro. —Chasqueó los dedos—. Música, maestro.
Ensayaron la obertura: entradas, abanicos, poses. Diego, sin maquillaje, sostuvo la postura de Alma.
Un vecino asomó la cabeza a preguntar por el ruido; La Vane lo invitó a mirar “sin faltas” y se fue.
Terminaron la obertura sudadas y sonrientes. La Vane cerró la libreta. —Muy bien. Ahora, pausa para agua y shade. Y alguien que me explique por qué la peluca de Kika parece piñata de fiesta infantil. —Porque la infancia, madre, es un derecho —respondió Kika, dándole un sorbo al agua.
Diego se apartó un momento hacia la barra. El celular vibró. Un mensaje de Mauricio:
“Sigo vivo. Almuerzo: dos exceles y una junta. Pensando en el sábado.”
Diego escribió sin pensar: “
Te guardo una lámpara. Y curitas. Y un lugar donde no te pidan Amén.”
Tardó, pero llegó:
“Quiero. Me da miedo, pero quiero.”
Diego leyó dos veces. Sintió que el aire pasaba más fácil por el cuerpo. Guardó el teléfono como quien guarda un billete nuevo.
Afuera, fútbol y neón. Un bar con vitrales falsos teñía la calle de rojo. Diego pensó en promesas y puertas.
Volvieron al interior para el cierre. Alma apareció en su postura. Diego se puso los tacones rojos y caminó al centro.
—Ahí está —dijo La Vane, aplaudiendo con tres golpes precisos—. Si el sábado Mauricio cruza la puerta, que la cruce viendo esto. Para que sepa a qué altar viene. Y si no la cruza, que se quede el eco en la banqueta.
Diego bajó del escenario y se sentó un segundo en el borde, los tacones colgando.
El sudor le corría por la nuca. Sacó el celular y, antes de pensarlo demasiado, escribió: “Puertas abiertas.” No puso más.
No hacía falta. Se imaginó a Mauricio en algún elevador, con traje azul y corazón en rojo, leyendo esas dos palabras.
La noche cayó. En el bar gritaron un gol; en La Candela quedó un silencio como oración. Diego miró su reflejo: sin pestañas, pero firme. Pensó en todas las puertas ya abiertas y en la que quizá se abriría el sábado. Hizo una media reverencia para nadie y bajó del escenario.
Mauricio llegó tarde al departamento. El día entero había sido una sucesión de pantallas, gráficos y voces ajenas.
Al cerrar la puerta, se quitó el saco y lo dejó colgado en la silla.
El celular vibró en el bolsillo. Lo sacó con gesto cansado y ahí estaba: el mensaje de Diego, o más bien de Alma.
Dos palabras solamente: “Puertas abiertas”.
Se sentó en el sillón con el teléfono en la mano. Repitió en voz baja las palabras, como si fueran oración. “Puertas abiertas”. Sintió que algo en el pecho se aflojaba, como si hubiera estado sosteniendo una respiración demasiado tiempo.
El silencio del departamento lo obligó a escucharse.
A su alrededor no había vitrales ni neones, solo los muebles discretos de siempre: el sofá gris, la mesa con papeles, el reloj de pared que marcaba segundos idénticos.
Y sin embargo, esas dos palabras habían convertido el cuarto en otro lugar.
Un templo distinto, invisible, donde él podía entrar sin permiso.
El celular volvió a vibrar. Esta vez era Paola.
“Confírmame lo del sábado. Mis papás insisten.” El mensaje quedó flotando en la pantalla como una lámpara encendida a destiempo.
Mauricio dejó el teléfono boca abajo sobre la mesa.
Fue a la cocina, abrió el refrigerador y tomó una botella de agua.
El frío le entumió la mano, pero no aclaró su mente.
Bebió de pie, mirando el suelo, contando los azulejos como si fueran cuentas de un rosario.