La herencia del tacón rojo Capítulo 7 – Las puertas del templo #2
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Capítulo 7 – Las puertas del templo #2

Mauricio cerró los ojos. La tentación era fuerte.

Podía decir que sí, tomar el carro y llegar en veinte minutos.

Pero la imagen de Paola en el estacionamiento, pidiéndole compromiso, le mordía los talones.

—Hoy no —dijo, bajando la voz—. Estoy… cansado.

—Mmm… cansado suena a “me dio miedo” —replicó Alma, con ironía suave—. Pero bueno, tú sabes.

Hubo un silencio breve. No incómodo, pero sí pesado.

Como si ambos supieran que detrás de cada palabra había un río más hondo.

—Alma —dijo él de pronto—. Cuando el padre habló de disfraces, solo podía pensar en ti.

—¿En mí? —ella rió—. Ay, pues qué cumplido.

—Lo decía como algo malo. Pero yo… yo pensé que no hay nada más honesto que tu disfraz.

Al otro lado de la línea no hubo respuesta inmediata.

Luego Alma habló, con voz más baja: —Gracias, ingeniero. Eso no me lo dicen ni mis espejos.

La llamada se alargó. Hablaron del ensayo, de cómo La Vane había regañado a todas por no marcar los tiempos, de cómo Kika se había tropezado con un cable.

Alma imitaba las voces, se burlaba de los dramas, exageraba los gestos como si él pudiera verlos.

Mauricio reía, imaginando la escena. Pero entre broma y broma, se colaban pausas que decían más que las palabras.

—El próximo sábado es grande —dijo ella, de pronto seria—.

“La noche de las coronas”. Ahí nos vamos a jugar todo.

Quiero que vengas. Aunque sea de staff. Nadie se muere de cargar luces.

Bueno, a menos que se te caiga encima. —Lo pienso —dijo él, con la voz más baja de lo que esperaba.

—Piénsalo rápido. La fe sin obras es muerta —bromeó ella.

Colgaron después de varios intentos de despedida, como si ninguno quisiera ser el primero en cortar. Cuando el silencio volvió al departamento, ya no era el mismo. Ahora estaba perfumado con la voz de Alma, con esa mezcla de burla y ternura que desarmaba a Mauricio.

Fue a la cocina, sirvió un vaso de agua y se apoyó en la ventana.

Desde allí veía el Cerro de la Silla, enorme y oscuro contra el cielo violeta.

Las luces de la ciudad parpadeaban como brasas a sus pies.

Pensó en la homilía de la mañana, en las palabras del sacerdote, en los rostros alineados repitiendo “Amén”.

Pensó también en el parque de Fundidora, en la niña con su flor, en el peso del tacón en su mano.

Dos templos distintos: uno con vitrales, otro con neón.

Uno con silencio solemne, otro con risas descaradas.

¿Cuál lo había hecho sentir más cerca de algo verdadero? .

Apoyó la frente en el vidrio. El frío le despejó la mente.

Se preguntó qué pasaría si dejara de entrar a los templos que no eran suyos y empezara a entrar, de lleno, al que sí lo reconocía.

Imaginó cruzar las puertas de La Candela no como visitante, sino como alguien que pertenece.

Y esa idea, tan sencilla, le dio un alivio que ninguna misa le había dado jamás.

Se quitó la camisa y la dejó colgada en la silla.

Su piel aún guardaba la marca de las manos que lo habían saludado en la iglesia, las palmaditas de compromiso.

Pero también guardaba el recuerdo del roce mínimo de Alma, hombro contra hombro en Fundidora.

Se miró en el espejo del comedor. Imaginó que detrás de él, en lugar de vitrales, hubiera luces de neón.

Que en vez de cantos solemnes, hubiera shade y carcajadas.

Sonrió, por primera vez en el día, sin disculparse.

El celular vibró en la mesa. Era Paola otra vez. No contestó. Lo puso en silencio, boca abajo. Caminó hasta la habitación, se dejó caer en la cama sin desvestirse del todo. Cerró los ojos. En su mente resonaba la voz de Alma, ligera y burlona:

“La fe sin obras es muerta.” Y pensó que quizá esa era la única homilía que quería seguir.

El lunes amaneció con un cielo grisáceo sobre Monterrey.

Mauricio llegó temprano a la oficina, aunque su ánimo era de domingo atrasado.

El edificio corporativo estaba lleno del zumbido de aires acondicionados y pantallas encendidas.

En la entrada, saludó con un gesto breve al guardia y subió por el elevador.

En el espejo del ascensor se vio a sí mismo con traje azul, corbata bien ajustada, portafolio en la mano.

La imagen era impecable, pero le pareció un disfraz más cómodo que verdadero.

La planta de ingeniería estaba llena de conversaciones triviales.

Sus compañeros hablaban de los goles del fin de semana, de los rumores de recortes, de la política local.

Las palabras volaban rápidas sobre escritorios con tazas de café.

Mauricio se sentó en su cubículo, encendió la computadora y fingió revisar correos.

En realidad, todavía llevaba en la cabeza el eco de la misa y la voz de Alma riendo por teléfono.

—Oye, Mauricio —dijo su colega Rodrigo, asomándose por encima del panel—, ¿fuiste a la misa del domingo? El padre se aventó un sermón contra “las modas raras”. Bien atinado, ¿no?

Mauricio levantó la vista. Rodrigo sonreía con camaradería, como si esperara aprobación. Él se limitó a encoger los hombros. —No sé. Cada quien con lo suyo.

—Pues sí, pero hay cosas que ya son demasiado —añadió otro, desde el escritorio de al lado—. Uno ve cada cosa en la calle… hombres vestidos de mujer, besos en las plazas… ¿Dónde quedó el respeto?

Las risas de los demás llenaron el pasillo. Mauricio apretó los dientes. Recordó el niño en Fundidora que había aplaudido a Alma. Recordó la flor lanzada como bendición. Se preguntó qué era más respetuoso: esa inocencia espontánea o las palabras duras repetidas sin pensar.

No dijo nada. Se hundió en la pantalla del correo, pero por dentro hervía. Apretaba el mouse como si fuera un rosario moderno, clic tras clic sin sentido.

La mañana avanzó lenta. Presentaciones de PowerPoint, gráficos en verde y rojo, cifras que tenían que cuadrar.

En medio de todo, Mauricio recordó el escenario improvisado de La Candela, los tacones golpeando madera, el eco de risas.

El contraste lo mareaba. Aquí todo estaba encerrado en cuadros y celdas; allá, todo se desbordaba como un río.

En un momento, Rodrigo volvió a asomarse. —Mauricio, ¿y tú cuándo piensas ya casarte? Tu novia es seria, ¿no? Dicen que su papá tiene buenas conexiones.

Mauricio lo miró con fastidio disfrazado de sonrisa. —Algún día —contestó. —Pues apúrate —rió otro—. No te vayan a ganar el mandado.

El coro de carcajadas retumbó. Mauricio sintió que se le erizaba la piel. Pensó en Alma, caminando erguida en el parque, con los tacones invisibles marcando paso. Ese recuerdo le sirvió como escudo. No contestó.

A la hora de la comida, los ingenieros se reunieron en la cafetería.

Hablaron de candidatos, de futbolistas, de esposas y novias.

Uno comentó que su hija adolescente había salido “con ideas raras” de la universidad.

Otro se quejó de las marchas que bloqueaban avenidas. Todos asintieron con frases cortas:

“Se está perdiendo el rumbo”, “la juventud está confundida”, “ya nada es como antes”.

Mauricio los escuchaba con una mezcla de cansancio y rabia. En su cabeza veía a Alma con el pelo revuelto, a Manu lanzando bromas, a Kika bailando con descaro. Esa juventud “confundida” era la única que le había mostrado claridad en mucho tiempo.

Terminó su comida en silencio, observando cómo los demás hablaban con la seguridad de quien cree tener respuestas. Él sentía más preguntas que nunca, pero al mismo tiempo una certeza nueva: no quería parecerse a esas voces.

Al mediodía, Paola lo llamó. Mauricio atendió desde la sala de juntas vacía. Su voz sonaba limpia en el altavoz. —¿Entonces? —preguntó ella sin rodeos—. ¿Confirmamos la cena con mis papás para el sábado?

Él tragó saliva. El sábado, Alma lo había invitado al ensayo general para “La noche de las coronas”. El contraste lo golpeó como bofetada: de un lado, la cena familiar con anillos y planes; del otro, un escenario con luces y risas. Dos mesas diferentes, dos templos distintos.

—No estoy seguro de poder —dijo. —¿Cómo que no? —Paola alzó la voz—. Mis papás necesitan claridad, Mauricio. Yo también. —Lo sé. Déjame pensarlo. —Fue todo lo que pudo decir.

Hubo un silencio que se sintió como muro. Finalmente, ella suspiró. —Piensa rápido. Porque yo no voy a esperar siempre. —Colgó sin despedirse.

Se quedó con el celular en la mano, sintiendo el peso del silencio. Lo guardó en el bolsillo como quien esconde una piedra. Recordó el abrazo breve en la esquina con Alma, los tacones colgando como campanas. La comparación lo hizo estremecerse.

La tarde se hizo interminable. Revisó planos, corrigió cifras, pero cada línea de Excel le parecía un rezo vacío.

Sus colegas pasaban por su lugar con chistes, invitaciones a café, comentarios de la jornada.

Él asentía sin escuchar. En la pantalla veía números; en su mente, veía un escenario iluminado y un par de tacones rojos brillando en la penumbra.

Antes de salir, revisó su teléfono. Alma no había escrito. Por un instante sintió un vacío extraño, como si dependiera de esas palabras ligeras para respirar. Se guardó el aparato en el saco y salió con paso lento.

Subió a la azotea del edificio. Era un espacio solitario, con barandales oxidados y antenas que zumbaban con el viento. Monterrey se desplegaba abajo con su ruido constante: cláxones, motores, música de camiones, un vendedor voceando lotería. Mauricio respiró hondo.

Se apoyó en el barandal y dejó que el aire le pegara en la cara.

Cerró los ojos. En su mente, se abrieron dos puertas: una con vitrales, incienso y bancas en fila; otra con luces de neón, tacones rojos y carcajadas.

Sabía que no podía entrar en ambas al mismo tiempo.

La elección no era inmediata, pero ya estaba escrita en su cuerpo.