La herencia del tacón rojo Capítulo 7 – Las puertas del templo
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Capítulo 7 – Las puertas del templo

“El padre dice amén, y yo digo ‘amen-zi’ con glitter.”

El domingo siguiente amaneció distinto para Mauricio.

El calor pegajoso de agosto entraba por las rendijas de la persiana y, aun así, sintió frío en el estómago.

La noche anterior se había dormido con la sensación de que Fundidora seguía latiendo en su cuerpo: el polvo del pasto, las risas, el hombro de Alma rozando el suyo.

Pero ahora el celular vibraba con insistencia: Paola:

Miró el mensaje largo rato. No contestó.

Se bañó con movimientos mecánicos, se puso una camisa blanca planchada y un pantalón gris que le quedaba estrecho en la cintura.

El reflejo del espejo no parecía el mismo hombre que había acompañado a una casa drag en un show al aire libre.

Parecía más bien un hijo obediente, un novio correcto, un ingeniero dispuesto a encajar en la foto familiar.

Y sin embargo, bajo la tela aún palpitaba la memoria de la semana pasada.

El templo de San Jorge estaba lleno. El aire acondicionado no alcanzaba a refrescar la multitud de familias que se apretaban en los bancos.

Mujeres con vestidos discretos, hombres de camisa impecable, niños con gel en el cabello.

El murmullo de saludos y abanicos cesaba cuando el sacerdote subía al altar.

Los vitrales proyectaban colores fríos sobre las caras, como si todos estuvieran bañados de un mismo molde.

Paola lo recibió con un abrazo corto en la entrada. Llevaba un vestido azul marino hasta la rodilla, el cabello recogido, un rosario colgando del bolso. —Pensé que no ibas a venir —le susurró, con un tono que mezclaba alivio y reproche. —Aquí estoy —dijo él, sin explicar nada.

Los papás de Paola los saludaron con sonrisas tensas. El padre, bigote canoso, le dio una palmada en el hombro. —Qué gusto verte, Mauricio. Ya te extrañábamos en casa. La madre, con peinado rígido y manos juntas, añadió: —Ojalá que después podamos comer todos juntos. Como antes.

Mauricio sonrió con cortesía. Se sentaron en la tercera fila, frente al altar. El coro entonaba un canto suave. El incienso flotaba en nubes que se pegaban al techo. Mauricio sintió que el humo lo encerraba.

La misa avanzó con ritmo conocido: lecturas, homilía, oraciones memorizadas.

Pero cada palabra le sonaba hueca, como un eco en una casa vacía.

El sacerdote hablaba de tentaciones, de mantener la rectitud, de no dejarse engañar por los disfraces del mundo.

La gente asentía, algunos cerraban los ojos, otros repetían “Amén”.

Mauricio bajó la mirada. El eco de Alma en el parque, sin pestañas ni maquillaje, le atravesó la mente.

Esa presencia desnuda y verdadera contrastaba con las frases solemnes que escuchaba ahora.

Recordó la niña que le había lanzado una flor a Alma.

Recordó el peso de los tacones en su mano.

Recordó el silencio compartido bajo la chimenea.

Todo eso le parecía más sagrado que el sermón.

Se descubrió a sí mismo con las manos juntas, pero no rezaba: estaba sosteniendo esas imágenes como quien guarda un relicario secreto.

Paola lo miró de reojo y notó su distracción. Le apretó la mano con firmeza, como para traerlo de vuelta. Él correspondió el gesto, pero con desgana. La presión de sus dedos le recordó cadenas más que cariño.

Después de la comunión, los feligreses salieron en fila ordenada. En la explanada, el sol caía con violencia. Los puestos de tacos y nieves competían con el bullicio de saludos y comentarios. Los papás de Paola lo llevaron aparte.

—Mauricio —dijo el padre—, queremos invitarte a cenar la próxima semana. Ya es tiempo de hablar de planes, de estabilidad. Tú y Paola llevan años. La familia tiene expectativas.

Paola lo miraba con una sonrisa nerviosa. La madre añadió: —Lo que se espera es claridad, hijo. Compromiso. Estos tiempos son difíciles, hay que dar certezas.

Mauricio sintió un mareo. Miró alrededor: niños comiendo raspados, jóvenes en grupo tomando fotos, ancianas con sombrillas.

Y de pronto, en medio de todo ese orden, le vino a la mente el desorden alegre de la casa drag.

Las medias colgadas en la azotea, la bocina en el pasto, las carcajadas en el vagón del metro.

Ese caos lo hacía sentir más vivo que esta coreografía de domingo.

—Claro —dijo con voz apagada—. Lo hablamos.

Caminaron juntos hacia el estacionamiento. Paola lo sujetaba del brazo con delicadeza, como si temiera que se escapara. —Me alegra que vinieras —dijo ella—. Mis papás estaban perdiendo la paciencia. No entienden por qué últimamente te ausentas tanto. Ni yo.

Mauricio tragó saliva. Quiso explicarle, pero las palabras no le salieron. ¿Cómo decirle que se sentía más él mismo entre pelucas y pestañas que en la misa de cada domingo? ¿Cómo poner en frases simples la revolución silenciosa que llevaba en el pecho? Optó por callar.

Paola lo interpretó como distancia. —¿Me estás escondiendo algo? —preguntó de golpe. Sus ojos buscaban los suyos con ansiedad. —No —mintió él—. Solo estoy cansado.

Ella suspiró, sin convencerse. —Te necesito aquí, Mauricio. No solo en cuerpo, también en alma. ¿Me entiendes?

Él pensó en Alma. Y supo que no podía responder.

Subieron al carro de Paola. El trayecto fue breve, pero pesado.

Las calles del centro se llamaban con nombres de santos, pero a Mauricio le parecían laberintos.

El aire acondicionado soplaba frío. En el estéreo sonaba un canto religioso.

Paola tarareaba bajito. Mauricio miraba por la ventana, contando segundos para bajarse.

En cada esquina veía contrastes: un vendedor de discos pirata, un grafiti con alas pintadas, un travesti pidiendo monedas junto a un crucifijo de yeso.

Todo le hablaba de un Monterrey dividido, pero vivo.

Cuando llegaron al edificio donde lo dejaría, Paola detuvo el carro y lo miró seria. —No quiero perderte, Mauricio. Dime que no te voy a perder.

Él la miró con un cansancio que no podía esconder. Se inclinó apenas y besó su mejilla. —No sé qué decirte hoy —susurró.

Paola frunció el ceño. —Entonces piénsalo. Porque no podemos seguir a medias.

Mauricio bajó del carro. La vio alejarse, el azul marino del vestido desvaneciéndose entre otros autos.

Se quedó en la acera, con la camisa blanca pegajosa por el sudor.

Pensó en las palabras del sacerdote, en las de los padres de Paola, en las de la misma Paola.

Y luego pensó en el silencio de Alma, en el roce de un hombro, en el peso de un tacón rojo.

Supo dónde estaba su verdad. Y que tarde o temprano tendría que abrir esa puerta, aunque fuera la más difícil de todas.

Mauricio abrió la puerta de su departamento sin encender las luces.

Dejó las llaves en el platito de siempre y se recargó en la pared, con los ojos cerrados.

La camisa blanca seguía pegajosa, marcada en la espalda por el sudor de la misa.

El aire adentro estaba denso, silencioso.

Quitarse los zapatos fue lo primero: los dejó tirados a medio pasillo y se miró en el espejo del recibidor.

Ahí estaba el ingeniero correcto: el pelo peinado, la camisa bien fajada, el cinturón pulcro.

Y sin embargo, los ojos le pertenecían a otro hombre, cansado de sostener un disfraz que nadie reconocía como tal.

Se aflojó la corbata, se desabotonó el cuello.

Sintió como si respirara por primera vez en horas.

En su cabeza seguía sonando la voz del sacerdote: “No se dejen engañar por los disfraces del mundo”.

El eco lo hizo sonreír con amargura. ¿Qué sabía ese hombre de los disfraces, de los cuerpos que son y no son, de las vidas que sobreviven en tacones y pelucas?

Encendió la lámpara de la sala y el departamento se reveló con su modestia habitual: sofá gris, una planta a medio morir, una mesa con papeles de trabajo apilados.

Todo ordenado, todo correcto. Y sin embargo, cada objeto le parecía extraño, como si la misa lo hubiera devuelto a un set que ya no le pertenecía.

Recordó el círculo improvisado en Fundidora, la niña lanzando una flor, el peso del tacón rojo en su mano.

Ese desorden alegre le parecía más suyo que este orden prestado.

Se dejó caer en el sillón, hundiéndose en el respaldo. El celular vibró sobre la mesa. Al verlo, su estómago se tensó: esperaba otro mensaje de Paola. Pero no. Era Alma.

“¿Ya confesaste tus pecados, ingeniero?”

El texto iba acompañado de un emoji de diablito con cuernos. Mauricio rió solo, como quien abre una ventana y recibe aire fresco. Tecleó despacio:

“No alcancé. La fila estaba larga.”

A los segundos, entró un audio de voz. La voz de Alma, sin filtro, sin micrófono: —Ay, pues claro, mana, seguro había cola hasta afuera.

La iglesia es el antro más lleno los domingos.

Pero mira, yo también recé hoy: recé porque las pestañas no se me despegaran con el sudor en el ensayo. Y sí, Diosito escuchó. Aleluya.

Mauricio soltó una carcajada. Se dejó caer de espaldas en el sillón, escuchando el eco de esa voz. Le respondió con otro audio, tímido: —No sé si Dios escucha, pero tú sí me haces caso. Eso ya me alcanza.

El teléfono sonó de nuevo, esta vez con llamada.

Dudó, luego deslizó para contestar. —¿Qué onda, ingeniero?

—la voz de Alma llenó el cuarto—. Te escuchas como si hubieras salido de un velorio.

—Casi —respondió él, sonriendo—. O peor: de misa.

—¡Jesucristo superestrella! —exclamó ella, exagerada—.

Y sobreviviste. Mira, te voy a dar tu medalla de oro.

—No estoy seguro de querer otra medalla —confesó él. —Entonces vente para acá. Estamos ensayando en La Candela. Traigo a Kika con la peluca al revés y a Manu peleándose con la bocina. Haz paro, necesitamos público.