La herencia del tacón rojo Capítulo 6 – Fundidora, domingo #4
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Capítulo 6 – Fundidora, domingo #4

Kika chilló: —¡Mil vistas y subiendo! —Virales o no, cabeza fría —advirtió La Vane—.

La calle no es el club. Visibilidad sí, ingenuidad no.

En otros parques ya han molestado. Nombramos cuidadora en cada salida.

Si algo se pone feo, recogemos y nos vamos.

Sin heroísmos. —Yo jalo —dijo Manu. —Yo también —añadió Kika—.

Tengo buen brazo para aventar comentarios.

La música de prueba sonó un instante: latidos de batería. La Vane se puso de pie. —Ensayo relámpago. Quiero ver a Alma caminar sin maquillaje, con luz cruda. Eso fue hoy el parque.

Alma tomó los tacones, los miró y no se los puso.

Subió descalza al escenario. —Luz blanca, porfa —pidió La Vane.

La claridad cayó como un balde. Alma caminó de un lado a otro, marcando tiempos con las manos.

De pronto alzó la ceja: Alma apareció nítida, feroz, en camisa vieja.

—Basta —dijo La Vane, emocionada—. Ahí está.

El maquillaje se lava; esa presencia no.

Mauricio sintió una corriente de orgullo y miedo. Sacó el celular por inercia: Paola — 7 mensajes. Papá de Paola — 1 llamada. Lo guardó, como quien cierra un cajón.

—Ven —le dijo Alma desde el escenario, tendiéndole la mano. Subió. El club vacío parecía enorme: mesas oscuras, espejos, la barra brillando como pequeñas catedrales. —Camina conmigo. Sin coreografía.

A la tercera pasada, Alma tomó un tacón y se lo dio. —Pésalo. Así camina una reina. —Es un arma —dijo él. —Y un altar —añadió ella. —Y un secreto —sumó él. —Todo eso —sonrió—, y combina con cualquier pecado.

El técnico apagó el loop. Desde la calle entró un acordeón lejano. Era domingo, pero ya parecía lunes.

—Listo por hoy —carraspeó La Vane—. Mañana vestuario a las doce, Alma. Redes a las once, Kika y Manu. Ingeniero, si va a seguir viniendo, aprende a cargar luces sin quebrarlas. Aquí no hay espectadores fijos. —Aprendo —dijo Mauricio. —Eso pensé. Recen a su modo. La noche protege, pero no es eterna.

La casa drag empezó a levantarse en pares. “Márcame cuando llegues”, “te llevas el traje”, “no olvides la peluca”. Cada frase era un hilo que las unía. Mauricio apagó lámparas en la barra. —¿Te vas con nosotras? —preguntó Alma, tacones en mano. —Hasta la esquina. Mañana temprano tengo junta.

Abrieron la puerta: la noche de Barrio Antiguo entró de golpe. Calor tibio, olor a pastor, cumbia de azotea. —Hoy fue un buen domingo —dijo Alma. —Y yo duré un minuto más de mí mismo —respondió él. —¿Eso qué? —Que hoy fui yo más tiempo del que suelo ser. Y me gustó.

Caminaron por la banqueta. Pasaron frente a un bar con vitrales que imitaban iglesia; el neón se reflejaba como agua. En un balcón, luces navideñas fuera de temporada. Un “¡viva!” lejano. Mauricio pensó en Fundidora, en el humo que ya no es, en los domingos que parecen promesa.

En la esquina, Alma le acomodó el cuello de la camisa.

—Vete con cuidado, ingeniero. Y no te pelees con tus fantasmas en el taxi.

Esos siempre quieren ganar. —Los dejo en visto —bromeó él.

El celular vibró. No miró. —Mañana te van a preguntar cosas —dijo Alma—.

Responde lo que puedas. Lo que no, cállalo.

El silencio también responde. —¿Y tú? —Ensayar.

Poner curitas. Soñar un poco con el parque.

—Guiñó—. Y con quien se subió al escenario sin tacones.

No hubo beso. Hubo un abrazo breve, justo lo necesario para que la ciudad pasara sin detenerse. Alma se alejó con la casa drag, los tacones rojos colgando como campanas. Mauricio miró hasta que las luces los tragaron.

Pidió un taxi. El conductor traía noticias que no decían su nombre. Mauricio apoyó la frente en la ventana. La ciudad corrió en rachas de neón. Paola: “¿Podemos hablar mañana?” Escribió: “Sí, mañana.” Envió. No añadió disculpas ni explicaciones: verdad a plazos.

El taxi dobló hacia Constitución. A la distancia, el Cerro de la Silla era una sombra precisa, sello en el cielo.

Mauricio imaginó la azotea de anoche, la cuerda con medias como banderas, el vaso con hielos rindiéndose, y supo que no estaba solo.

En algún lugar, Alma guardaba fuego, y él aprendía a no temerle.

En su departamento, dejó las llaves en un platito.

La camisa olía a parque y a neón. Se miró en el espejo: ojeras, polvo, la marca roja del tubo del metro en la palma.

Sonrió. Puso el celular a cargar boca abajo.

Antes de apagar la luz, decidió algo pequeño: mañana iría a la casa drag con esparadrapos y agua oxigenada.

No era declaración, era gesto. A veces los gestos sostienen el edificio mientras llegan las palabras.

Se metió a la cama. En el borde del sueño, el domingo cantó su lección: lo que parece ruina a veces espera público; lo que parece pecado a veces solo pide pista; lo que parece miedo a veces es ensayo.

Con esa música bajita, se dejó ir, sabiendo que el lunes vendría con su lista, pero que algo en él, aunque no hiciera ruido, ya estaba encendido.