La herencia del tacón rojo Capítulo 6 – Fundidora, domingo #3
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Capítulo 6 – Fundidora, domingo #3

Un vendedor de algodones de azúcar pasó frente a ellos, gritando su mercancía. La nube rosa en el palo parecía flotar en la penumbra. Ambos lo siguieron con la mirada, como si el mundo necesitara recordarle a su intimidad que todavía había feria, niños y domingo.

Alma suspiró. —El día se acabó. Y mañana sigue el lunes. ¿Qué vas a hacer, ingeniero?

Mauricio respondió sin pensar: —Volver. Aquí. Contigo. —Y se sorprendió de la firmeza de su propia voz.

Alma lo observó un segundo más, luego volvió a mirar hacia arriba, hacia la torre. —Entonces que el cerro nos oiga. Y que esta fábrica apagada nos guarde el secreto.

Se levantaron al mismo tiempo. Volvieron a caminar hacia el grupo, que seguía despidiéndose con risas y abrazos.

La noche ya había caído sobre Fundidora, y las luces de la ciudad parpadeaban como brasas vivas.

Mauricio no sabía qué le esperaba después, pero sí sabía que esa tarde, bajo las chimeneas oxidadas, había cruzado otra frontera. Y que no quería volver atrás.

Las torres quedaron detrás de ellos, enormes y mudas, pero con la dignidad intacta.

El humo ya no subía al cielo, pero en sus cuerpos aún quedaba calor, como en un corazón que insiste en latir aunque nadie lo escuche.

Mauricio pensó que él también era así: alguien que todavía tenía fuego por arder.

Y que quizá, con Alma, no sería ceniza tan pronto.

Alma y Mauricio regresaron al grupo cuando el cielo ya se había vuelto violeta oscuro y las primeras luces del parque se encendían.

Kika estaba revisando su celular con emoción: —Mana, ya subieron el video.

¡Mira! —Les mostró la pantalla. En cuestión de minutos, el lipsync improvisado de Alma ya tenía decenas de reproducciones en redes.

—Pues qué rápido nos volvimos virales —dijo Manu, fingiendo sorpresa—. Apúrense a cobrar regalías. La Vane se abanicó con calma. —Virales o no, mis hijas, recuerden que la calle no es el club. Aquí la gente aplaude, pero también juzga. No se me emocionen demasiado.

Guardaron la manta, la bocina y las botellas vacías.

El parque se vaciaba de familias, que recogían juguetes, recogían basura y se despedían con abrazos.

El contraste era fuerte: los cuadros familiares plegaban manteles con orden; la casa drag recogía lentejuelas, abanicos y carcajadas.

Mauricio sintió orgullo de estar en ese bando desordenado.

La salida de Fundidora era un río humano.

Niños cargados en hombros, vendedores voceando elotes de último momento, parejas tomadas de la mano.

En medio, el grupo avanzaba como una procesión alegre.

Algunos los miraban con curiosidad, otros con desdén.

Una señora comentó en voz alta: —Qué necesidad de hacer esos espectáculos aquí.

Los niños preguntan. —Y qué bueno que pregunten, señora —respondió La Vane sin detenerse—.

Así aprenden más rápido que en catecismo.

El comentario provocó risas nerviosas entre los desconocidos. Mauricio notó cómo Alma, aunque cansada, caminaba erguida, como si el parque fuera pasarela hasta el final. Sus tacones inexistentes seguían marcando el ritmo en cada paso.

Un adolescente, al pasar, gritó: —¡Qué show, raza! —y levantó el pulgar. Alma respondió con una reverencia breve. El grupo se rio y siguió caminando, envuelto en esa mezcla de burla y aplauso que siempre los acompañaba.

El metro iba lleno. Lograron entrar a un vagón saturado de familias que regresaban a casa.

Los asientos ocupados, los pasillos estrechos, el aire denso con olor a sudor, frituras y desinfectante.

Las dragas hicieron espacio entre ellas, acomodando bolsas y mochilas.

Mauricio se quedó junto a Alma, sujetando el tubo metálico del vagón.

Cada vez que el tren frenaba, ella se apoyaba apenas en su hombro.

El gesto, simple y repetido, lo hacía sentir en secreto acompañado, como si el ruido de ruedas y voces quedara más lejano.

Un niño frente a ellos los observaba fijamente. Señaló a Alma y preguntó con ingenuidad: —¿Tú eres la del show? —La misma, amor —respondió ella, cansada pero sonriente. —Estuvo padre —dijo el niño, y volvió a abrazar a su madre, que no sabía si sonreír o apartar la vista.

Más adelante, una mujer murmuró: —Con razón el mundo está como está. Kika la escuchó y respondió en voz alta: —Está lleno de gente aburrida, por eso. El vagón estalló en algunas risas. La señora se quedó callada.

El sonido metálico del altavoz anunció la siguiente estación. Un músico callejero subió con su guitarra y comenzó a cantar rancheras desafinadas. Manu le dio unas monedas y le pidió que cambiara la letra: —Ponle “drag” en vez de “amor”, carnal.

El hombre rió y lo intentó, provocando carcajadas en el grupo.

Mauricio miró esa escena y pensó en lo imposible que sería para Paola estar allí.

Imaginó a su novia con la espalda rígida, mirando con desaprobación, deseando bajar en la primera estación.

Él, en cambio, quería quedarse, aunque el aire fuera espeso y las miradas pesadas.

El metro avanzaba como un túnel que lo llevaba más lejos de la vida que había tenido hasta ese domingo.

En un momento, Manu sacó su celular y puso música sin audífonos.

Una balada vieja, exagerada. —Ándale, ingeniero —dijo riendo—, declárale tu amor aquí, que esto parece telenovela.

Todos rieron, y Mauricio se sonrojó como adolescente.

Alma lo miró con burla cómplice. —No le hagas caso, Manu.

Él nada más quiere rating. —Le guiñó un ojo a Mauricio, que sintió que el calor del vagón se duplicaba.

El tren se sacudió, y por un instante, el contacto hombro con hombro se convirtió en roce de brazos, de manos. Nadie más pareció notarlo. El mundo entero se redujo a esa fricción mínima. Alma no apartó la mano. Tampoco él.

Cuando salieron del metro, la noche de Monterrey estaba viva.

Carros tocando claxon en Constitución, vendedores ambulantes ofreciendo tacos, el eco de música norteña desde algún bar cercano y, más allá, el murmullo de cumbia que escapaba de una fiesta en azotea.

El grupo caminó hasta Barrio Antiguo. Cada paso se sentía como regreso al refugio: de la visibilidad peligrosa del parque al anonimato iluminado por neones.

Las calles empedradas vibraban con juventud: parejas caminando con micheladas en la mano, motos rugiendo, turistas sacando fotos de grafitis.

La Candela brillaba a lo lejos, aún cerrada pero con luces encendidas en el interior.

El muro exterior estaba pintado con grafitis nuevos, flores y coronas con glitter.

La casa drag se detuvo frente a la puerta como quien llega a su templo.

—Miren nada más —dijo La Vane—. De Fundidora a aquí, seguimos siendo espectáculo. No se olviden: el domingo termina, pero la lucha no.

Mauricio se quedó un momento en la banqueta, mirando la fachada del club y luego a Alma, que lo observaba en silencio. Sintió que el día había sido un recorrido completo: de la luz expuesta del parque al resguardo de la noche. Y en ambos lugares, Alma había brillado con la misma fuerza.

El grupo entró al club entre risas y planes para el próximo show.

Mauricio los siguió, pero con el presentimiento de que lo que había ocurrido ese domingo quedaría marcado como un antes y un después.

Fundidora había sido escenario público; ahora, Barrio Antiguo volvía a ser refugio privado.

Y en esa transición, su propio corazón ardía con un fuego que no quería apagar.

Las luces de neón del bar vecino parpadearon justo cuando cerraron la puerta tras ellos. Y en ese destello, Mauricio pensó que el domingo quizá había terminado para todos, pero no para él: algo seguía encendido, algo que no sabía cómo ni cuándo apagar.

El interior de La Candela olía a desinfectante, cerveza dormida y cables calientes.

El neón estaba encendido, pero la puerta seguía cerrada; solo la casa drag entraba como si fuera su sala.

En el escenario quedaban restos de la noche anterior: plumas que resistían el escobazo, una lámina de glitter en una rendija, dos focos fundidos.

La luz de trabajo volvía todo menos mágico y, por eso mismo, más verdadero.

—Respiro y debrief —ordenó La Vane, golpeando el suelo con el tacón—. Hoy hicimos parque. Mañana haremos cuentas. Pero primero, agua; una no vive nomás de aplausos.

Se sentaron en círculo. Manu repartió vasos con agua mineral. Kika leía comentarios del video: —“Qué chulada, raza.” —“¿Y los niños?” —“Se rifaron, reinas.” —“Que Dios las perdone.” —Luego se encogió de hombros—. Internet: besitos y piedritas.

—Regla de oro —dijo La Vane—: el hate no se alimenta, se barre.

Si se van a enganchar, que sea con un vestido, no con un troll.

Subimos nosotras primero; controlamos la narrativa.

¿Me siguen? —Period, madre —contestó Kika.

—Y si mañana llega un inspector por “permisos”, me hablan —añadió Manu—. Ya me los conozco.

Alma se descalzó y puso los pies en una silla.

Tenía curitas y una marca fresca en el talón.

Los tacones rojos descansaban a un lado, golpeados en la punta.

Mauricio subió con alcohol, algodón y una cajita de costura.

Se arrodilló con cuidado. —Permiso —dijo.

—Concedido, ingeniero —respondió Alma, cerrando los ojos.

Él limpió la herida. El alcohol ardió; sopló apenas.

Tomó un tacón, lo limpió: hebilla, rayón, suela.

Pesaba más de lo que imaginaba. Los dejó alineados, como reliquias.

—Cuando me los pongo, la ciudad me ve. Y cuando me los quito, también —dijo Alma.

—Yo te veo igual —susurró Mauricio. —Qué romántico, y sin mariachi —rió ella.