La herencia del tacón rojo Capítulo 6 – Fundidora, domingo #2
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Capítulo 6 – Fundidora, domingo #2

El público aplaudió, quizá más por nervio que por convicción.

Alma retomó el lipsync con más fuerza. El viento agitó su camiseta común y corriente, pero en ella parecía vestido de gala.

Una niña le lanzó una flor que había arrancado del pasto.

Alma la atrapó con gracia, la colocó en su oreja y continuó. El círculo estalló en aplausos.

Mauricio sintió orgullo y miedo al mismo tiempo.

Orgullo porque estaba viendo a alguien convertir la nada en espectáculo.

Miedo porque esa visibilidad era peligrosa: en un parque, a plena luz del día, sin luces que amparen ni seguridad que proteja.

Sus ojos se clavaron en los de Alma, como si con su mirada pudiera sostenerla, protegerla del mundo.

Cuando terminó la canción, el círculo aplaudió. Un niño se acercó corriendo y le preguntó: —¿Eres actor de tele? Alma rió, se agachó y le dijo: —Soy actriz de la vida, mi amor. Eso paga menos, pero se siente más.

El niño rió y volvió con su familia. Algunos se quedaron con sonrisas, otros con ceños arrugados. Alma volvió a la manta, con el rostro sudado y los ojos brillantes. Se dejó caer junto a Mauricio, que todavía no recuperaba el aire.

—¿Viste? —dijo ella, como si no hubiera sido nada. —Sí —respondió él, y su voz salió ronca—. Nunca había visto tanto.

El improvisado show siguió con chistes de Manu, imitaciones de La Vane y un concurso de poses inventado por Kika.

El círculo de curiosos creció, se deshizo, se volvió a formar.

Un señor gritó desde lejos: —¡Váyanse a un antro!

La Vane le contestó al vuelo: —Amor, aquí el antro es gratis. Quédate si quieres luz.

El público más cercano se rió. Algunas familias se alejaban murmurando, pero otras se quedaban hasta el final.

Un par de jóvenes pidieron selfies con Alma, que aceptó con una sonrisa cansada.

Un adolescente, con su celular en mano, grababa como si hubiera encontrado oro.

“Para TikTok”, murmuró. Alma le guiñó un ojo.

Mauricio ayudaba a pasar botellas de agua, recogía mochilas, sostenía abanicos.

De pronto se dio cuenta de que no estaba escondiéndose: estaba en medio del círculo, visible como los demás.

Nadie lo aplaudía, pero él también estaba expuesto.

Sintió el vértigo de lo prohibido, y al mismo tiempo, la alegría feroz de pertenecer.

Pensó en la misa que Paola esperaba que atendiera: bancos de madera, cantos solemnes, miradas calculadas.

Aquí, en cambio, había polvo, sol y un público improvisado.

La diferencia lo atravesó como una bofetada dulce.

El sol bajaba y pintaba de naranja las torres oxidadas de la antigua fábrica.

El aire olía a algodón de azúcar, a elote asado, a sudor colectivo.

La música de la bocina se mezclaba con pregones de vendedores y risas de niños.

En medio de todo, Alma seguía interpretando, a ratos seria, a ratos burlona, como si quisiera dejar claro que podía existir también fuera del club.

Mauricio la miraba con un nudo en la garganta.

Nunca le había parecido tan valiente, ni tan vulnerable.

Era como ver una llama en pleno viento: hermosa, pero expuesta.

Paola volvió a escribir. Esta vez: “¿Dónde estás? Mis papás preguntan por ti.” Mauricio leyó el mensaje, sintió la presión en el pecho y apagó el teléfono. No podía responder. No quería. No ahora.

Alma lo notó. Se acercó, jadeante por el baile, y preguntó en voz baja: —¿Todo bien, ingeniero? —Sí —dijo él, tragando saliva—. Todo. Mejor que nunca.

Ella lo miró con un gesto que parecía duda y ternura al mismo tiempo. Después regresó al círculo y siguió bailando, levantando el polvo del pasto con cada giro. Mauricio supo que ese domingo no iba a olvidarlo nunca.

El parque Fundidora se había convertido en un escenario improvisado, y él había visto a Alma brillar sin luces, sin vestuario, sin red. Brillar con el simple hecho de existir.

Las torres oxidadas, recortadas contra el cielo violeta, parecían aplaudir en silencio. Y en ese aplauso imaginario, Mauricio comprendió que estaba cruzando, otra vez, una frontera de la que ya no habría regreso.

El sol comenzaba a declinar sobre Fundidora y el parque adquiría esa tonalidad de feria en pausa: el cielo teñido de naranja y violeta, los árboles proyectando sombras largas, los niños bostezando mientras sus padres recogían manteles de cuadros y botellas vacías.

El bullicio del mediodía cedía paso a un murmullo cansado, a un ritmo lento que invitaba a la despedida.

Los globos en forma de caricaturas se desinflaban poco a poco, los vendedores guardaban bolsas de frituras que ya no venderían, y los timbres de bicicletas sonaban más lejanos.

La casa drag aún reía. La Vane doblaba la manta estampada, Kika bailaba un último reguetón para un grupo de adolescentes que no querían irse, y Manu discutía con un vendedor de elotes que se negaba a ponerle demasiada mantequilla.

Entre la multitud que se dispersaba, Mauricio se sentía dentro de una burbuja cálida.

Sin embargo, sus ojos buscaban solo a Alma.

Ella se había apartado un poco, caminando en dirección a una de las chimeneas oxidadas que se elevaban contra el cielo. El sol, en ese ángulo, la iluminaba como a una estatua antigua, desgastada y luminosa a la vez. Mauricio la siguió, dejando atrás el ruido del grupo.

Caminaron en silencio por el sendero de concreto.

El aire se había vuelto más fresco y el olor del pasto húmedo comenzaba a mezclarse con el de la grasa de los puestos de comida.

Al llegar a la base de la chimenea, se sentaron en un borde ancho de cemento.

La estructura enorme los cubría como un paraguas sin techo, proyectando sombra sobre ellos.

—Siempre me impresiona —dijo Alma, mirando hacia arriba—. Esta torre escupía humo en mis recuerdos de niña. Lo veía desde la ventana de mi casa y pensaba que el mundo era enorme. Ahora ya no saca nada. Ni humo ni ruido. Solo está aquí, como un fantasma.

Mauricio apoyó los codos en las rodillas, siguiendo la línea de ladrillos hacia lo alto.

—No es un fantasma. Es memoria. Todo Monterrey está hecho de ruinas que aprendieron a vivir de otra forma.

Mira esto: lo que fue fuego, ahora es parque.

Lo que fue trabajo duro, ahora es paseo de domingo.

—Se detuvo—. Supongo que ustedes también hacen eso.

Alma lo miró de reojo, con una sonrisa lenta. —Nosotras también somos ruinas que se pintan bonito. Y el público aplaude como si no se diera cuenta.

Mauricio negó con la cabeza. —No es disfraz. Es… es como aquí. Tú lo transformas todo. No porque lo tapes, sino porque lo haces nuevo.

Se quedaron callados un momento. El ruido del parque llegaba como un eco distante: pelotas rebotando, vendedores pregonando “¡elotes, paletas, refrescos!”, familias llamando a los niños.

Allí, bajo la chimenea, el tiempo parecía más lento.

Mauricio sintió la urgencia de decir algo que llevaba dentro desde la mañana.

—Hoy apagué el teléfono —confesó de golpe—. Paola me escribió varias veces. Tenía que estar en misa, luego en la comida. No fui. No pude. —Respiró hondo—. Y en lugar de culpa, lo que siento es alivio. Como si por fin me hubiera quitado un traje que no me queda.

Alma lo escuchó en silencio. No había sorpresa en su cara, solo una atención honda.

—Es difícil bajarse del escenario donde todos te quieren aplaudir, aunque no sea tuyo —dijo ella al fin—.

Pero mira: el día de hoy fue tuyo. Nadie te aplaudió, pero estabas aquí, con nosotras, y no te escondiste. Eso es más que muchos pasos.

Mauricio bajó la mirada. —Tengo miedo. No de ustedes, ni de mí. Sino de lo que viene cuando ya no pueda mentir más.

—El miedo siempre va primero —respondió Alma—. Después llega la costumbre. Una aprende a vivir con los ojos encima. Hoy lo hiciste, ¿lo sentiste? Todos miraban y tú seguiste de pie.

—Lo sentí como un vértigo —dijo él—. Como si me hubieran quitado una red invisible. Y sin embargo, también sentí algo parecido a… paz.

Alma asintió despacio. —La paz rara que da la verdad, aunque dure un minuto.

Un balón rodó hasta sus pies. Un niño corrió tras él, lo recogió y se fue sin mirarlos dos veces. Ese gesto cotidiano rompió la intensidad del momento, devolviéndolos al mundo real. Mauricio sonrió con torpeza. Alma también, como si agradeciera la interrupción.

—¿Te das cuenta? —preguntó ella—. Para el niño somos parte del parque, nada más. Ni raro, ni especial. Solo otra banca. Quizá eso es lo que quiero: ser parte de lo normal.

Mauricio la miró de frente. —Para mí no eres normal. Para mí eres… —se interrumpió, buscando palabra—. Como esta torre: inamovible, imposible de ignorar.

Alma bajó la vista, divertida y conmovida al mismo tiempo.

Se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en el cemento.

El hombro le rozó con el de Mauricio. No se apartaron.

Se quedaron así, hombro contra hombro, compartiendo calor en el crepúsculo.

El contacto era mínimo, pero en ese roce había más verdad que en mil discursos.

El cielo se oscureció poco a poco. Las luces del parque comenzaron a encenderse, puntitos eléctricos que reemplazaban al sol. La chimenea ya no escupía humo, pero parecía vibrar con la memoria de lo que había sido. Alma exhaló despacio, como si imitara al gigante dormido.

—Me gusta pensar que todavía tiene fuego dentro —murmuró—. Que aunque ya no se vea, sigue ardiendo.

Mauricio asintió, con un nudo en la garganta. —Como tú. —Se arrepintió apenas lo dijo, pero no lo corrigió.

Ella giró el rostro hacia él. La luz anaranjada de los focos le delineaba los pómulos.

No había maquillaje, ni lentejuelas, ni pestañas.

Y aun así, en ese momento, era Alma por completo.

Un silencio largo se estiró entre ellos.

No hubo beso, pero tampoco distancia. Solo la certeza de algo creciendo.