Capítulo 6 – Fundidora, domingo
“Aunque apaguen los hornos, el calor de Monterrey nunca se va.”
El domingo amaneció con un sol blanquecino que parecía encender cada esquina de Monterrey.
La ciudad, después de la resaca de sábado, olía a tortillas recién hechas y a gasolina, a misa tempranera y a puestos de barbacoa en las avenidas.
Mauricio salió del departamento de la casa drag con la camisa arrugada y el cabello desordenado.
Paola le había escrito un mensaje insistente la noche anterior: “No faltes a misa, mis papás quieren vernos.” No contestó.
Guardó el celular en el bolsillo, sintiendo que cada vibración era un eco de un mundo que no quería enfrentar todavía.
Diego lo esperaba abajo, sin maquillaje, en shorts y camiseta.
A su lado, Kika llevaba unas gafas enormes que parecían comerse su cara.
Manu, cargando una mochila con cables, iba silbando.
La Vane, siempre dueña de la escena, apareció con sombrero de ala ancha, abanico en mano y vestido veraniego lleno de girasoles.
—¿Listos, hijas? Hoy Fundidora nos espera. —Levantó el abanico como si fuera estandarte—. Domingo de parque, domingo de vida.
Caminaron hasta el metro. La gente los miraba de reojo: no eran invisibles, pero tampoco parecían importar demasiado en la multitud dominical.
Mauricio sentía las miradas clavadas en ellos como alfileres.
Sin embargo, algo dentro de él también se llenaba de orgullo por estar ahí, caminando con ellos.
El parque Fundidora se abrió frente a ellos como un teatro sin techo.
Torres oxidadas, chimeneas inmensas, corredores de concreto reconvertidos en paseos.
Las familias ocupaban el pasto con manteles de cuadros, los niños corrían detrás de pelotas, los ciclistas se abrían paso con timbres insistentes.
El calor comenzaba a ser pegajoso, pero la sombra de los árboles nuevos ofrecía respiro.
—Aquí parece que todo se olvida —dijo Kika, mirando a su alrededor—. Como si no hubiera lunes, ni cuentas, ni broncas. Solo sol, cheve y el cerro mirando. —Pues disfrútalo, mana —respondió Manu—. El lunes llega aunque no lo invites.
Mauricio se quedó observando una de las chimeneas que sobresalía contra el cielo.
Recordó haber venido de niño, en excursiones escolares, con la maestra contando la historia de la fábrica.
En ese entonces, Fundidora era para él un lugar aburrido, ruinas oxidadas.
Ahora lo veía distinto: una herida convertida en parque, una cicatriz transformada en memoria.
Pensó en lo parecido que era a la casa drag: un sitio construido de restos, pero lleno de vida nueva.
Se instalaron en el pasto, cerca de un árbol.
La Vane extendió una manta estampada con flores enormes, sacó de su bolsa refrescos, pan dulce y una bocina.
Pronto la música llenó el aire, mezclándose con el bullicio de familias alrededor.
Kika comenzó a bailar, exagerando movimientos, atrayendo miradas curiosas.
Algunos niños rieron y aplaudieron. Un par de señoras se acercaron a preguntar si habría show.
—Siempre hay show, mi amor —dijo La Vane, abanicándose—. Solo que aquí se cobra con sonrisas.
Diego, sin transformarse en Alma, improvisó unos pasos.
No necesitaba maquillaje para ser magnético.
La gente miraba, algunos con simpatía, otros con desconcierto.
Mauricio se sintió parte de algo que desbordaba los límites del club y del escenario.
Ahí, en medio del parque, eran visibles y libres.
Por un instante, el “qué dirán” pareció derretirse bajo el sol.
Mauricio se apartó un poco, caminando hacia el canal artificial que recorría el parque.
El agua reflejaba el cielo como un espejo roto.
Sacó el celular. Otro mensaje de Paola: “Estoy en misa, ¿vienes después a la comida?” Lo leyó varias veces, sin contestar.
Sintió la incomodidad de estar en dos mundos.
Uno exigía silencio, respeto, obediencia; el otro le ofrecía risa, desorden y una sensación peligrosa de verdad.
—¿Escapando? —preguntó Diego, apareciendo a su lado. Llevaba una botella de agua y el cabello revuelto por el viento. —Pensando —dijo Mauricio. —Eso es peor que escapar —rió Diego—. Mejor quédate aquí. Allá todo es igual; acá, al menos, cambia la música.
Mauricio guardó el celular. Caminó junto a Diego de regreso al árbol.
Las dragas habían formado un círculo improvisado.
Una cantaba con la bocina de fondo, otra hacía muecas, otra levantaba risas imitando a las familias “respetables” que pasaban con caras de incomodidad.
Era irreverente y festivo, como si el parque entero fuera escenario.
Al caer la tarde, cuando el calor bajó un poco, se recostaron en la manta.
La Vane contaba historias de su juventud: noches en antros de la Macroplaza, amores fugaces, pleitos con dueños que no pagaban.
Las demás escuchaban con fascinación, como si fueran leyendas de un tiempo mítico.
Mauricio se dejó arrullar por las voces, el canto de los pájaros y el zumbido de la ciudad alrededor.
Miró a Diego, que estaba a su lado, recostado sobre un brazo.
Por un instante, en esa postura sencilla, no era Alma ni Diego: era alguien completo, respirando en paz.
Mauricio quiso tocarle la mano, pero se contuvo.
No era el lugar ni el momento. Y sin embargo, el deseo lo atravesó como un relámpago.
Antes de irse, caminaron hasta las chimeneas.
El sol se escondía detrás del cerro y la silueta de la fábrica se teñía de naranja y violeta.
Los niños corrían todavía, las parejas tomaban fotos, las bicicletas seguían su ruta.
Mauricio se detuvo, mirando el humo inexistente de las torres.
Sintió que esa imagen decía algo que aún no podía poner en palabras: lo que alguna vez fue ruina podía transformarse en escenario.
—¿En qué piensas? —preguntó Alma, que se había acercado sin que él lo notara. Había vuelto a ponerse los lentes de sol de Diego, pero la sonrisa era de Alma. —En que este lugar es como ustedes —respondió Mauricio—. De algo que parecía acabado, hacen otra cosa. Y la hacen brillar.
Alma sonrió, con un gesto breve. —Pues aprende, ingeniero. La vida es puro reciclaje. Nomás que nosotras lo hacemos con lentejuela.
Caminaron de regreso, la ciudad encendiéndose a su alrededor.
Mauricio guardó el silencio, pero en su pecho ardía la certeza de que ese domingo, lejos de misa y protocolos, había cruzado una línea invisible.
Fundidora, con su mezcla de ruina y celebración, se convirtió en el escenario donde entendió que su vida estaba cambiando, aunque todavía no supiera cómo sostenerlo.
El sol de la tarde caía en ángulo recto sobre el pasto de Fundidora.
La bocina que había sacado La Vane seguía escupiendo reguetón entrecortado, y alrededor de la manta ya se había formado un pequeño círculo de curiosos.
Algunos niños se habían sentado en el césped, mirando como si esperaran que empezara un espectáculo oficial.
Kika fue la primera en ceder a la tentación: se puso de pie, se acomodó las gafas y comenzó a improvisar un lipsync con gestos exagerados.
Se llevaba la mano al pecho, rodaba por el suelo, señalaba a señoras que pasaban con cara de susto.
El público infantil aplaudió encantado; las señoras se alejaron con paso rápido.
—Ya salió la matiné —anunció Manu desde la manta, como si fuera maestro de ceremonias—. ¡Denle un aplauso a Kika, la reina del parque!
Kika hizo una reverencia tan profunda que casi se le zafaron las gafas. El círculo estalló en risas. La Vane se levantó entonces, abanico en alto, y declaró: —Que se prepare la siguiente. Aquí no hay escenario chico, solo ganas grandes.
Diego dudó un momento, pero los gritos de “¡Alma, Alma!” —lanzados por Kika y Manu— lo empujaron.
Se quitó los lentes de sol, dejó la botella de agua en el suelo y, sin un gramo de maquillaje, caminó al centro del círculo.
La bocina cambió de pista a una balada pop.
Los primeros acordes lo hicieron sonreír: era una canción que Alma solía usar en el club, una de esas que transformaba en puro veneno elegante.
Mauricio sintió un vuelco en el estómago.
Nunca había visto a Diego actuar como Alma sin los símbolos de siempre: pestañas, tacones, vestido.
Y sin embargo, bastó que alzara la ceja y abriera los brazos para que Alma apareciera, nítida, indiscutible.
El público se silenció. Los niños miraban con los ojos abiertos, como si asistieran a un truco de magia.
—Mírala —susurró La Vane, a su lado—. No necesita nada más.
Alma interpretó la letra con la cara, con las manos, con un vaivén contenido.
Cada gesto era cálculo y entrega. Hacía girar el aire como si el parque entero se hubiera convertido en camerino.
Una pareja joven sacó el celular y empezó a grabar.
Un hombre mayor frunció el ceño y se cruzó de brazos.
Una señora murmuró un “Dios nos ampare” y jaló a su nieto del brazo.
Pero la mayoría no se movió. Miraban. Algunos incluso aplaudieron cuando Alma cerró el primer verso con un abanico invisible y una media sonrisa letal.
La Vane aprovechó el silencio para ponerse al centro, interrumpiendo la pista con un chasquido. —A ver, mis cielas. Aquí no estamos cobrando cover, pero sí vamos a cobrar su atención. Lo que van a ver no es blasfemia, es talento. Y el talento, hasta en domingo, se respeta.
Algunas risas nerviosas brotaron entre el público. La Vane giró el abanico y, con un gesto teatral, presentó: —Con ustedes, la mujer que convierte hasta el sol regio en reflectores, la que no necesita pestañas para clavarles la mirada... ¡Alma!