La herencia del tacón rojo Capítulo 5 – La casa drag #5
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Capítulo 5 – La casa drag #5

La puerta se abrió de nuevo. Asomó La Vane, sin pestañas, camiseta que decía “Diva en descanso”, cigarro al borde de la boca y un vaso con hielos.

—¿Qué hacen aquí, criaturas? ¿Conspirando contra el sueño?

—Contando estrellas —dijo Alma. —Pues apúrense, que están caras —dijo La Vane, dejándose caer en la silla coja—.

A ver, mis hijas: les voy a decir lo que me dijo mi madre drag.

Aquí el amor es fuego. Calienta, sí, pero también quema.

Y no todas las pieles cicatrizan igual. Si se van a quemar, que sea con gusto y con agua a la mano. ¿Me expliqué?

Mauricio abrió la boca, pero no halló su voz.

Alma saludó con un abanico invisible. —Otra cosa —siguió La Vane—: el escenario no perdona distracciones.

Si van a quererse, que sea fuera del turno.

Y si van a cuidarse, que sea todo el tiempo.

—¿Nosotras? —bromeó Alma. —Todas —respondió La Vane, y el plural sonó a bendición—.

No prohíbo amores, pero cobro incendios.

—Aplastó el cigarro en la baranda, dejó el vaso en el suelo—.

Tomen agua. La noche engaña, y el calor de Monterrey cobra recibo. —Guiñó un ojo y bajó.

Quedaron solos. Alma bebió y le ofreció el vaso; el hielo les tocó los dientes con un golpe limpio.

—A veces pienso que lo único que me sostiene es el tacón —dijo—.

Que sin él me desarmo, que soy un edificio en dos columnas.

—No son ridículas —dijo él—. Son rojas. —Rojas como alarma —sonrió—. Rojas como “cuidado”.

Se inclinó apenas hacia el vacío. Mauricio pensó en sujetarla, pero contuvo el impulso. No quería domesticar su altura; prefirió acompañarla con la mirada.

—¿Cuánto de Alma es Diego? —preguntó. —Diego paga la luz —dijo—. Alma hace que valga la pena tenerla prendida. A veces no sé. Solo sé que cuando me pongo esto —tocó la correa—, el cuerpo se ordena. No la vida, pero el cuerpo, sí. Y con eso me alcanza para cantar mentiras que se sienten verdaderas.

Mauricio miró sus manos de oficinista. Pensó en el traje de novio colgado en el closet, armadura de cartón.

Sintió que un camino sin alfombra lo esperaba, y aun así quería poner el pie.

El celular vibró. Lo miró un segundo y lo apagó.

La pantalla se volvió espejo negro donde vio la silueta de Alma recortada contra la ciudad.

Lo guardó con calma, como quien termina un trámite que por fin acepta.

—¿Y si no nos sale? —preguntó, sin nombrar qué. —Entonces se cose de nuevo —dijo Alma—. La tela nunca queda igual. Las cicatrices hacen dibujo.

Bajó de la cuerda una media y la dejó como bufanda sobre la silla. Un perro ladró abajo, un camión cambió de marcha, y una fiesta remota dejó escapar reguetón suave. El barrio, como ellos, no dormía.

Alma se puso de pie y dio dos pasos sobre el borde con seguridad de acróbata.

Se plantó frente al Cerro de la Silla como quien saluda a un juez.

Los tacones rojos brillaron con terquedad.

La bata se movió con el viento y dejó ver el mapa de moretones en sus piernas, constelaciones privadas.

—No me pidas promesas —dijo, sin melodrama—.

Solo acompáñame mientras haya música. Cuando se acabe, vemos.

Mauricio asintió. Entendió el contrato: sin anillos ni testigos, una ciudad caliente y dos personas en una azotea que se sabían en fuego.

—Voy a aprender —dijo él—. A subir el tacón sin romperme. A bajar sin caerme. —Y a aplaudir cuando yo me caiga —agregó Alma—. Las reinas no caemos solas. —Nunca —aseguró él, y la palabra le salió firme.

Se miraron sin acercarse. No hubo besos.

Hubo una distancia exacta, donde todo parecía posible y nada urgente.

Alma cerró los ojos unos segundos; al abrirlos, su mirada tenía un brillo quieto.

—Baja primero —pidió—. Si nos ven juntas, empiezan las novelas.

—¿Novelas? —sonrió él. —La gente escribe historias cuando no entiende la verdad. Démosles capítulos a nuestro ritmo.

Mauricio obedeció. Bajó con el corazón en la boca. En el pasillo, las luces navideñas parpadearon con su feria triste. Kika se movió en sueños. La casa olía a maquillaje dormido y frijoles fríos. Cerró los ojos y, por primera vez en días, el sueño le cayó encima como sábana limpia.

Alma se quedó un instante más, mirando el perfil oscuro del cerro.

Le habló sin voz: “Cuídame al ingeniero”.

El cerro, como siempre, no respondió, pero su silencio pareció promesa.

Se quitó por fin los tacones y los sostuvo en la mano, pesados y fieles; no hicieron ruido, como brasas que aún guardan calor.

Bajó descalza. Antes de cerrar la puerta de la azotea, miró la ciudad una última vez y pensó que, aunque el mundo cambiara de opinión mañana, esa noche había sido verdad.

Y la verdad, cuando se pronuncia con la boca y con los pies, dura más que las mentiras, aunque arda.

En el balcón quedaron la silla coja, el vaso con hielo vencido y un abanico olvidado, prueba de que el amor, en la casa drag, se practica en voz baja, con la misma disciplina con que se ajusta un corsé.

Abajo, el ventilador siguió su zumbido. Y el Cerro de la Silla, paciente, miró de reojo dos destinos que empezaban a aprender cómo quemarse sin desaparecer.