Capítulo 5 – La casa drag #4
Mauricio escuchaba y reía también. No necesitaba hablar mucho; lo aceptaban con su silencio. Le sirvieron más frijoles, le ofrecieron tortillas calientes. El mantel de plástico tenía manchas antiguas, pero en esa mesa había más calor que en cualquier comedor elegante.
Paola escribió un mensaje:
“Cariño, ¿nos vemos en la tarde? Mis papás quieren que vayamos a misa juntos.” Mauricio miró la pantalla y no respondió. Guardó el teléfono en el bolsillo, como si el aparato fuera una piedra que le pesaba.
Al medio día, mientras algunas dormían siesta y otras cosían, Alma se quedó en el balcón.
Mauricio salió a acompañarla. Ella fumaba un cigarro, el humo se mezclaba con el calor.
—Siempre me pasa lo mismo —dijo Alma, mirando la calle—.
Brillo en el escenario, pero al día siguiente me siento como tela rota.
—No estás rota —dijo Mauricio. —Solo cansada.
—¿Y tú cómo sabes? —ella sonrió amarga—.
A lo mejor sí estoy rota. Nomás que me pongo lentejuelas encima.
Mauricio quiso responder, pero se quedó callado.
Ella continuó: —¿Sabes qué recuerdo? Que cuando era niño me escondía detrás de la máquina de coser de mi mamá.
Tenía miedo de que me vieran jugar con los retazos.
Yo los cortaba y me hacía coronas de princesa.
Y mi mamá, sin decir nada, me pasaba más retazos, como si cosiera conmigo en secreto.
—Dio una calada profunda al cigarro—. A veces pienso que sigo siendo ese niño, pero ya no hay máquina que me esconda.
Mauricio la miró en silencio. Quiso decirle que también él se sentía dividido, que con Paola era uno y aquí era otro.
No encontró palabras. Le ofreció la botella de agua que llevaba en la mano.
Ella bebió y le devolvió el envase, rozando sus dedos.
Fue un contacto mínimo, pero le ardió como un secreto.
Por la tarde, La Vane reunió a todas otra vez.
No era consejo formal, más bien charla de familia.
Les recordó que el dinero de la noche alcanzaba para pagar la luz y comprar pestañas nuevas.
También habló del cuidado entre ellas. —Aquí todas nos cuidamos, porque allá afuera nadie lo hace.
No se olviden: la casa es refugio, pero también es trinchera. Si una falta, todas cojeamos.
Una levantó la mano: —Madre, ¿y si nos corren del antro de San Nicolás por el borracho? —Nos corremos nosotras mismas a otra pista. El show no se acaba porque un señor se crea dueño de la mesa. Donde haya piso y luz, ahí cabemos.
Entonces La Vane bajó el abanico y habló más seria: —¿Quieren que les diga algo?
Cuando yo empecé, hace veinte años, no había casa drag, no había luces, ni respeto.
Te subías al escenario y la mitad del público quería que te cayeras.
Una vez me aventaron una botella. Y me bajé, sí, pero con la cabeza arriba.
Y esa noche juré que ninguna de ustedes se volvería a sentir sola en un escenario.
Así que si alguna duda, acuérdense: aquí no se camina solas. Nunca.
El silencio que siguió fue respetuoso. Incluso Kika, que siempre hacía bromas, bajó la mirada.
Mauricio sintió que esas palabras también lo incluían, como si La Vane lo hubiera nombrado parte de la familia sin decirlo.
Su celular vibró otra vez, pero lo apagó sin abrir el mensaje. Por primera vez, eligió no leer.
Cuando cayó la noche, la casa drag volvió a llenarse de música baja y risas.
Mauricio ayudó a barrer lentejuelas del piso, recogió vasos y dobló mantas.
No parecía tarea ajena; era como si hubiera aprendido rápido el lenguaje doméstico del lugar.
Alma lo observaba desde el sillón, con una mirada que mezclaba cansancio y ternura.
Antes de dormir, se quedaron los dos en el balcón otra vez.
Monterrey brillaba al fondo, y el Cerro de la Silla se dibujaba en la penumbra.
Alma dijo en voz baja: —No sé cuánto dure esto.
Los shows, la casa, nosotras mismas. Pero mientras dure, quiero que valga la pena. Mauricio respondió: —Ya vale la pena.
No hubo más palabras. Solo el ruido de la ciudad, el humo del cigarro y la certeza de que el secreto que compartían crecía, como una hoguera que todavía no sabían si los iba a calentar o a quemar.
El viento traía olor a asfalto y a carne asada, recordándoles que la ciudad seguía viva mientras ellos se escondían en ese balcón diminuto.
Y bajo la sombra del cerro, los dos comprendieron que el peligro de ser completos empezaba a sentirse irresistible, como un incendio pequeño que nadie se atrevía a apagar.
La casa drag, de noche, tenía otro tipo de silencio: no el cansado de la mañana, sino el que palpita.
Las luces navideñas titilaban con desgano sobre un suelo con lentejuelas que nadie barrió.
El ventilador zumbaba como un insecto testarudo.
La mayoría ya dormía; el maquillaje descansaba en toallas húmedas y los tacones, por un rato, habían dejado de ser armas.
Mauricio no lograba dormir. Tendido en el sillón, sintió vibrar el celular bajo la almohada.
No lo sacó. Sabía que serían Paola o sus padres; recordatorios de misa, de cena, de algo.
Pensó que su vida se había vuelto eso: peticiones de respuesta.
Se levantó con cuidado, fue a la cocina por agua y, al volver, vio en el umbral del balcón una figura en bata.
Era Alma. Bata de algodón con cerezas; en los pies, la contradicción: tacones rojos.
Los llevaba como quien no suelta la espada ni al dormir.
Cabello recogido con pinza, rostro limpio, la sombra fantasmal del delineador aún en los párpados.
Miraba la avenida como si pudiera traducir el ruido de los camiones.
—No puedo dormir —dijo Mauricio. —Yo tampoco —respondió ella—. A veces el cuerpo descansa y la cabeza se queda haciendo show.
Él se apoyó en el marco, cuidando no pisar un abanico tirado. —¿Por qué sigues con los tacones puestos? Alma alzó la pierna, mostrando la correa roja. —Porque si me los quito, me caigo. Los pies ya se acostumbraron a sentirse altos. Si los bajo de golpe, me mareo.
—Pareces broma y eres teoría —dijo Mauricio. —El drag es pura teoría en tacones —respondió Alma, y por fin lo miró con una claridad nueva—. ¿Subimos a la azotea? Aquí se fuman cigarros; arriba se piensan cosas.
Las escaleras eran estrechas, con pelusas de polvo.
La puerta de la azotea se abrió con un chirrido.
Arriba, la noche era tibia. Monterrey se extendía en luces, el Cerro de la Silla vigilaba inmóvil.
Había macetas secas, una silla blanca coja y una cuerda con medias lavadas convertidas por el viento en banderas.
Alma se sentó en el pretil, tacones colgando al vacío.
Mauricio, a su lado, apoyó las manos en el cemento.
—¿Tú le tienes miedo a algo? —preguntó él.
—A que un día me bajen del escenario, a que no me cierre el corsé, a que me pidan una canción y no la sienta.
Y a que un día ya no haya casa —dijo—. ¿Y tú?
—A que me encuentren —admitió—. No sé si me asusta que me encuentren aquí o que me encuentre yo.
—Encontrarse es caro —dijo Alma—. Cuesta lo que valen tus mentiras.
No te lo digo para regañarte. Yo también miento.
Pero en el escenario no puedo; ahí solo exagero.
El viento movió las medias de la cuerda; chocaron entre sí como un aplauso tímido. Desde la calle llegó un pregón tardío: “tacos, tacos”.
—Conmigo no tienes que actuar —se atrevió Mauricio—. A veces siento que contigo soy yo. —Qué raro —rió ella—, porque yo solo existo actuando. —Lo miró largo—. Pero me gusta que digas eso.