Capítulo 5 – La casa drag #3
Entre número y número, el calor subía como marea.
Mauricio corrió por botellas de agua, sujetó pelucas, ajustó un broche que se rebelaba.
Paola volvió a escribir: “¿Panacota o flan de queso?” Él pensó en escribir “flan”, que era lo que cualquiera habría dicho, y sin embargo no contestó.
Guarda el teléfono, se dijo. El mundo puede esperar diez minutos.
A Alma la anunció La Vane con exageración deliciosa: —Y ahora, con ustedes, la única, la venenosa, la que hace que el neón se ponga de rodillas…
¡Alma! Un golpe de luces rojas. La pista de pop dramático reventó.
Alma apareció con el vestido que ya parecía líquido sobre su cuerpo, tacones rojos como dos sirenas encendidas, abanico presto.
Su lipsync fue un relato con la cara: ceja que corta, sonrisa que promete y niega, mano que dicta sentencia.
Hizo del ventilador su aliado; cada giro levantaba la falda lo justo, cada pausa estiraba el tiempo hasta que el público exhalaba.
Mauricio la miraba fijo, clavado al suelo, como si la ciudad entera hubiera cabido en el escenario.
Un hombre borracho en la mesa de la esquina gritó algo que quiso ser chiste y fue malintencionado.
Alma lo vio, cerró el abanico con un chasquido y lo señaló con la mirada asesina que usa cualquier reina para poner orden.
—Mi amor —dijo con el micrófono abierto, con tono de terciopelo afilado—, si no te gusta el show, te presto mis tacones para que vengas tú.
El lugar estalló en risa y aplauso. El tipo se encogió y levantó la cerveza en señal de paz.
La Vane, desde la orilla, levantó un pulgar.
Mauricio sintió en el estómago la mezcla extraña de orgullo y susto: la belleza también es un riesgo.
Alma cerró con una reverencia filosa. Los billetes cayeron como confeti pragmático.
Un par de señoras pidieron selfie: “qué guapa, mija, casi que ni se nota”.
Alma posó con el abanico ocultando la mueca.
Luego se volvió hacia Mauricio con la respiración aún alta.
—Agua —pidió. Él ya la tenía. —Gracias, ingeniero —dijo ella, y hubo una suavidad nueva en el modo de pronunciar esa palabra.
Siguieron más números: una ranchera en tono parodia, una balada con lágrimas de glitter, un final colectivo con coreografía apretada.
Entre cada cambio, Mauricio aprendía nuevas palabras: fajar, forro, cierre invisible.
Sin explicaciones técnicas, las entendía en el cuerpo: hacer que algo se sostenga donde parece imposible.
Pensó en su propio traje de esposo futuro; le pareció, por primera vez, una prenda que no le quedaba.
En un descanso, el dueño se acercó con un sobre delgado.
—Es lo de la noche, madre —dijo a La Vane—.
Y gracias por no romperme las bocinas. La Vane contó con práctica de mercader.
—Nos debes una ronda de chelas para la próxima.
Y ventiladores nuevos, si no te voy a cobrar peluquines quemados.
El dueño se rió y prometió algo con la mano.
No era un gran pago, pero alcanzaba para las pestañas y la cena.
Detrás del bar, Mauricio ayudó a Kika a arreglar un broche.
—Se me zafó con el giro —se quejó ella. Él, concentrado, apretó con el alicate.
—Ya está. —¿Tú de veras eres de San Pedro?
—preguntó Kika, con mezcla de asombro y duda.
—De veras —dijo él—. —Pues te salió bien el barrio —respondió ella, guiñándole un ojo.
Para el fin del show, el antro era un solo sudor alegre.
La Vane subió con todas para agradecer. —Gracias, criaturas del calor.
Si no hay aire acondicionado, aquí hay abanico, que es más político.
Nos vemos el sábado, y tráiganse a la comadre.
No prometemos milagros, pero sí resurrecciones chiquitas.
El público gritó, aplaudió, chifló. El dueño, feliz, hizo sonar la caja.
En el camerino, las pelucas se quitaron con suspiros de alivio.
Las pestañas se despegaron como mariposas vencidas.
Alma se sentó frente al espejo y soltó un “uf” que era victoria y cansancio.
Mauricio se quedó de pie, sin invadir, sosteniendo una bolsa de hielo como si fuera un amuleto.
—Ponla en el tobillo —dijo—. Te vi forzar el giro.
—¿Así me viste? —Alma lo miró por el espejo—.
—Siempre —dijo él, y la palabra quedó flotando, de una honestidad torpe que nadie se atrevió a pinchar.
El regreso fue más silencioso. Algunas cabeceaban contra el vidrio, otras mandaban notas de voz con “mana, nos quedó perrísimo”.
Manu, aún con la consola en las piernas, editaba mentalmente la lista de pendientes: “bajar graves en la segunda pista”, “pedir micrófono nuevo”, “conseguir cinta que no arranque el alma”.
La Vane, al volante, tarareaba una melodía vieja de balada norteña.
Mauricio iba al lado de Alma, con las manos quietas, como si cargar aire también fuera una forma de ayudar.
Cerca de medianoche, la camioneta los dejó frente a la casa drag.
Subieron como si regresaran de una guerra suave.
En el departamento, el ventilador volvió a ser orquesta, las luces navideñas parpadearon con la costumbre de siempre.
Repartieron el efectivo en la mesa con la naturalidad de quien divide pan: “para pestañas”, “para Uber de la chavita”, “para pagar luz”.
A Mauricio le dieron un billete sin permitirle negarse.
—Por el vapor y las piedras, ingeniero —dictó La Vane—.
Aquí se cobra, y se agradece. —Yo no… —empezó él.
—Te callas y guardas —cerró ella, sonriendo.
Y él obedeció, con el corazón como tambor.
Kika, despeinada y feliz, levantó su propina. —Mañana me compro pestaña de mink falso, perras. —No, te compras agua —corrigió Manu—. Y si sobra, pestaña. —Ay, cállate, contabilidad ambulante —rió ella.
Alma se acercó a la ventana. Desde ahí, Monterrey brillaba desordenado.
El Cerro de la Silla era sombra recortada, paciente.
—Hoy me sentí completa —dijo en voz baja, para sí y para quien quisiera oír.
Mauricio, a medio paso, respondió sin pensar: —Yo también.
No sabía que se podía sentir así sin mentirle a nadie.
Ella lo miró, primero con sorpresa, luego con algo parecido a ternura que no pedía prisa.
—Entonces no mientas —susurró—. Y no corras.
No hubo besos. Hubo manos que recogieron lentejuelas del piso, risas que aflojaron la espalda, una canción bajita desde un celular viejo.
La noche, que a esa hora suele volverse amenaza, en la casa drag era cobija.
Antes de dormir, La Vane apagó las luces navideñas con un toque ceremonioso.
—Mañana se sigue —dijo, como quien reza.
Y el ventilador, generoso, marcó el compás de un descanso merecido.
La casa drag amaneció en silencio, pero no en calma.
Era el silencio espeso del cansancio después de un show, con pelucas enredadas sobre las sillas, medias tiradas en el pasillo y vasos de unicel con restos de cerveza sobre la mesa.
El ventilador giraba lento, como si también hubiera bailado toda la noche.
El eco de la música aún parecía flotar en las paredes, como si los aplausos se resistieran a apagarse del todo.
Mauricio despertó en el sillón otra vez, con la espalda molida y la boca seca.
A un lado, Kika roncaba abrazada a una almohada sin funda, con el maquillaje aún a medio borrar.
En la cocina, alguien movía ollas. El olor a frijoles refritos y tortillas recién hechas lo guió hasta allá.
Era La Vane, despeinada, sin pestañas, con camiseta vieja y shorts.
—Buenos días, ingeniero. ¿Quieres huevo con frijoles o frijoles con huevo?
Mauricio sonrió. —Lo que sea más fácil. —Aquí nada es fácil, pero todo se hace —respondió ella, batiendo los huevos con un tenedor torcido.
Poco a poco fueron despertando las demás.
Una entró arrastrando una cobija, otra buscaba su peluca perdida, otra se quejaba de los pies adoloridos.
Alma apareció tarde, en pants y camiseta, caminando despacio.
Mauricio notó cómo cojeaba, los tacones de la noche anterior le habían dejado heridas.
Sin decir nada, trajo una cubeta con agua tibia y la puso frente a ella. —Remoja los pies. Te va a aliviar.
Alma lo miró sorprendida, pero obedeció. El agua se enturbió rápido con restos de maquillaje y polvo de la calle. Ella suspiró profundo, como si ese gesto simple fuera un lujo. —Gracias —susurró, casi sin voz.
Mauricio se sentó frente a ella, en silencio. No era doctor ni enfermero, pero tomó una toalla y secó con cuidado cada pie, como si tocara algo sagrado. Alma lo observaba, y en su mirada había un agradecimiento tímido, escondido bajo capas de orgullo.
Durante el desayuno, la mesa fue un coro de recuerdos y burlas del show.
—¿Vieron la cara del borracho cuando Alma lo calló?
Parecía niño regañado. —Ese señor se va a acordar toda la semana, lo domaste, mana.
—Yo todavía traigo glitter hasta en las orejas.
Mira. —Una sacudió la cabeza y cayeron brillitos sobre los frijoles.
Todas se rieron. —Kika, casi te matas en ese giro.
—¡Casi, pero no! —respondió ella, levantando los brazos como si celebrara.
—Pues la próxima acuérdate que el tacón no es salvavidas —dijo otra, muerta de risa.
—Ay, cállense —Kika se reía también—. Si no me caigo de vez en cuando, no aprendo.
Otra intervino desde el fondo: —Yo me llevé un billete de quinientos, perras, y nadie lo vio. —Pues repártelo —gritó alguien. —Ni loca, ya me lo gasté en sueño —contestó, y la carcajada colectiva volvió a sacudir la mesa.