La herencia del tacón rojo Capítulo 5 – La casa drag #2
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Capítulo 5 – La casa drag #2

—A ver, hijas, esta semana tenemos tres shows confirmados.

Una en La Candela, otra en un antro de San Nicolás, y la tercera es una sorpresa que no les puedo decir hasta que me confirmen.

Quiero disciplina, quiero puntualidad, y sobre todo, quiero respeto entre nosotras.

Si una se cae, las demás la levantan. ¿Entendido?

Todas respondieron en coro: “¡Sí, madre!”

Mauricio observaba fascinado. Era un ritual, pero no de misa ni de oficina: era una misa pagana donde las reglas se repetían con devoción. Y en el centro estaba La Vane, firme pero amorosa.

Una draga levantó la mano. —Madre, yo no tengo para las pestañas nuevas. ¿Me puedes prestar? La Vane suspiró y abrió un cajón lleno de billetes arrugados. —Toma. Pero más te vale que el sábado hagas que valgan cada peso. Aquí no regalamos, invertimos en arte.

Todas aplaudieron, y la aludida sonrió con gratitud.

Otra intervino desde el rincón. —Madre, necesito que alguien me cubra el jueves, tengo examen en la uni.

—¿Examen de qué? —preguntó La Vane. —De contabilidad.

—¡Pues que te cuenten las pestañas, hija!

—dijo otra, y todas rieron. La Vane sonrió, pero luego respondió seria.

—Está bien. Aquí se apoya, pero no quiero flojeras.

El que estudia, estudia; el que performa, performa. Ambas cosas son trabajo.

Mauricio se sorprendió de la mezcla: era shade, era risa, pero también disciplina. Había en ese caos una estructura sólida, un código de honor.

En la tarde, mientras las demás practicaban, Alma apareció con un vestido inacabado.

Era rojo, con lentejuelas apenas cosidas, que brillaban a medias.

Se lo probó frente al espejo, y las demás corrieron a opinar.

—Mana, te ves como virgen en llamas. —No, como demonio de quince años.

—Ay, cállense —dijo Alma, riendo—. No está terminado.

Una de las veteranas se acercó y tocó la tela. —Si ajustas la cintura, te vas a ver letal. Este vestido no pide permiso, exige respeto. Otra añadió: —Pero ponle abertura en la pierna, si no, no vas a poder ni caminar.

Mauricio se quedó viéndola. Era Diego y era Alma al mismo tiempo, vulnerable y feroz, inacabado pero radiante. Sintió una punzada en el pecho: aquí la veía completa, sin máscaras de sociedad ni de perfección. Solo ella, Alma, en construcción.

Alma se giró hacia él. —¿Y tú qué dices, ingeniero? ¿Me veo ridícula? Mauricio tragó saliva. —Te ves… como si el rojo fuera tuyo. Hubo un silencio breve, seguido de un “¡ay, qué cursi!” colectivo. Todas aplaudieron, y Alma sonrió con un gesto que mezclaba orgullo y ternura.

Al caer la noche, Mauricio salió al balcón del departamento.

Desde ahí veía la avenida, con sus camiones, cláxones y puestos de tacos.

No era la vista limpia de San Pedro, con jardines recortados y casas silenciosas.

Pero esa bulla le resultaba extrañamente tranquila.

Detrás de él, escuchaba las carcajadas, las discusiones por un vestido, las bromas pesadas.

Pensó que estaba, quizás por primera vez en mucho tiempo, en un hogar.

El viento le trajo olor a carne asada de un puesto cercano, mezclado con gasolina y maíz. Pensó en las cenas de San Pedro, con carnes servidas en vajillas impecables y conversaciones medidas. Aquí, en cambio, todo era exceso, ruido, vida. Y lo prefería.

Cuando volvió adentro, La Vane lo interceptó.

—Ingeniero, quiero que entiendas algo. Esta casa no es un hotel.

El que entra, entra porque se queda. Si vienes nomás a curiosear, mejor no vengas.

Mauricio tragó saliva. —No quiero curiosear.

Solo… quiero estar. —Pues aprende entonces —respondió ella, dándole un manotazo en el hombro—.

Aquí no se viene a medias. Aquí todas somos completas, aunque el mundo nos quiera rotas.

Mauricio asintió. Y esa noche, cuando Alma lo miró desde el espejo con los labios aún a medio pintar, supo que esa verdad ya lo estaba alcanzando.

La tarde cayó sobre el centro con un calor que pegaba como mano abierta.

En la casa drag ya no había risa de desayuno, sino prisa de camerino.

La Vane caminaba de un lado a otro con una libreta llena de horarios, el abanico marcando el compás.

—A ver, hijas, en San Nicolás nos quieren a las nueve.

Son cuarenta minutos de traslado si no se nos atraviesa media ciudad.

Kika, tú abres con cumbia. Alma, vas tercera, ¿entendido?

Manu, checa el audio antes de que empiece el desmadre.

Y, ingeniero —miró a Mauricio—, tú me vaporizas estos vestidos y les pegas pedrería a estos guantes, ¿ok?

No me vayas a decir que no sabes, porque aquí todas sabemos de todo.

Mauricio tomó el vaporizador como si fuera un instrumento delicado.

El vapor subió blanquecino y dejó las telas más dóciles.

Sobre la mesa había pegamento, piedras acrílicas, tijeras, alfileres, cinta gris, una libreta con croquis.

Alma pasó a su lado con el vestido rojo todavía en proceso: la abertura de la pierna ya estaba hecha, la cintura ajustada a mano con una puntada que recordaba al trabajo de Lupita.

—¿Listo para ganarte una ampolla de honor? —bromeó Alma, señalando el pegamento. —Lo que necesites —contestó él, y lo dijo en serio.

Kika iba y venía con medias color carne, riéndose a carcajadas.

—Madre, ¿me ayudas con el “padding”? Me quedaron las caderas como trailer con reversa.

—Trae acá —dijo La Vane—. Y no grites “padding” como si fuera pecado.

Aquí el pecado es no aprender. Manu, ven y pásame cinta.

No, esa no, la que pega y no arranca el alma.

El departamento se convirtió en un taller colectivo.

Una cosía a máquina con el pie descalzo, otra planchaba plumas con paciencia quirúrgica, otra practicaba gestos frente al espejo: el levantar de ceja, el guiño, el trago de aire antes del lipsync.

Mauricio descubrió que la pedrería no se pega, se negocia: hay que esperar el punto exacto de viscosidad para que no escurra ni se despegue con el sudor.

Se sorprendió concentrado, feliz con la tarea mínima, como si cada piedra fuera una decisión posible.

El celular vibró. “Amor, el chef propone cambiar el postre por panacota”, escribió Paola.

“¿Te late?” Mauricio miró la pantalla unos segundos, luego la puso boca abajo.

—¿Problemas, ingeniero? —preguntó Manu, sin levantar la vista del ecualizador portátil.

—Nada que no se arregle con una piedra más —dijo Mauricio, tratando de sonar ligero.

—Así se habla —rió Manu—. La vida es puro hotfix.

A las ocho y cuarto, bajaron cargados de maletas, bolsas con pelucas, cajas con tacones.

La camioneta de una amiga esperaba en la banqueta con la puerta corrediza abierta.

La Vane hizo un conteo con los dedos. —Pelucas: check.

Pistas: check. Tacones: check. Abanicos: check. Dignidad: check sobrada. Vámonos.

El trayecto a San Nicolás fue una coreografía improvisada de chistes, chismecito y silencios.

Por las ventanas pasaban loncherías, talleres, bolerías abiertas de noche, un puesto de elotes con fila.

Al cruzar un semáforo, un grupo de chavitos señaló la camioneta y se rió sin mala leche.

Kika sacó la lengua y todas se carcajearon.

Mauricio, apretado entre maletas, sintió el temblor conocido del miedo y la emoción mezclados: el vértigo de estar en el lugar correcto y, a la vez, en el lugar prohibido.

El antro de San Nicolás tenía techo bajo, ventiladores enfurecidos y una pista marcada por derrames antiguos.

El dueño, un señor con camisa negra y sonrisa tensa, los recibió contando mesas.

—No se me vayan a pasar de tiempo —advirtió—.

Tres canciones cada una. Si se cae el audio, ustedes sigan.

Si se cae la luz, pues improvisen. Y sin pleitos, ¿estamos?

La Vane sonrió con dientes perfectos. —Amor, si el audio se cae lo levanto a puras pestañas, tú confía.

Manu conectó cables como quien afina un corazón. Probó micrófonos, mandó una pista de cumbia, otra de pop. —Falta agudos en la salida izquierda —dijo—. Y bájale al humo, o me ahogas a la virgencita de la barra. El dueño se rió por fin. —Eso sí no, esa virgencita me trae clientes.

En el camerino, que era en realidad un cuarto con un espejo medio roto y una mesa de plástico, se armó el ritual.

Pegamento, glitter, sombras. Kika se plantó frente al espejo con nervio de principiante.

—Madre, si me equivoco, ¿me vas a gritar?

—Poquito —respondió La Vane—. Pero te voy a aplaudir más.

Y si te caes, te levantas como si el piso fuera tuyo.

¿Entendido? Kika asintió con un gesto serio, como si hubiera firmado un contrato con el escenario.

Mauricio sostuvo la cola del vestido rojo de Alma para que no rozara el piso pegajoso. Sentía cada hebra como una misión. —Respira —murmuró—. Tú ya sabes. —El escenario sabe más que yo —respondió ella—. Nomás me dejo.

Abrió el show la presentadora de la casa con un “buenas noches, criaturas del calor” que arrancó chiflidos.

Kika entró con una cumbia sabrosa y una sonrisa aferrada con alfileres.

Tuvo un amague de tropezón en el tacón, pero lo convirtió en un giro improvisado.

La Vane aplaudió desde la orilla del escenario: dos palmadas secas que sonaban a “sí se puede”.

El público respondió con billetes sudados en el escote de Kika.

—¡Eso, mija! —gritó Manu desde la consola—. ¡Que el tacón te obedezca!