Capítulo 5 – La casa drag
“Aquí no hay herencia de sangre, pero sí de peluca, sombra y abanico.”
La casa drag no era casa en el sentido estricto: era un departamento amplio en el centro de Monterrey, con paredes descascaradas y un pasillo eterno que llevaba a tres recámaras improvisadas.
Las ventanas daban a una avenida ruidosa, y aun así, adentro parecía otro planeta.
Había espejos pegados con cinta en las paredes, maniquíes sin brazos cubiertos de telas, pelucas de todos los colores colgando de clavos, y un olor permanente a fijador de cabello, cigarro y perfume barato.
Los sillones estaban hundidos, cubiertos con mantas floreadas que habían pasado por demasiadas fiestas.
El piso estaba rayado por tacones que habían ensayado pasarelas improvisadas una y otra vez.
Luces navideñas colgaban en los muros, parpadeando en colores, y en una esquina una vela de la Virgen de Guadalupe convivía con una figura de plástico de RuPaul.
Diego llegó cargando una maleta. Venía directo de Escobedo, aún con el eco del “hijo” que le había dicho Lupita esa mañana. Tocó dos veces, y fue recibido por un grito: —¡Pásale, mana, la casa es tuya!
Era Vane, con bata de satén fucsia, abanico en mano, que lo abrazó con fuerza. —Hoy duermes aquí, aunque sea en el sillón. No quiero excusas.
El salón estaba lleno de dragas: una pegándose pestañas con la precisión de un cirujano, otra cosiendo un body brillante en la máquina de coser, dos más discutiendo sobre canciones.
Todo era ruido, pero un ruido amoroso, caótico, vital.
Una de las más jóvenes lo saludó: —¿Tú eres Alma, verdad?
Mija, te vi en el aniversario. Te aventaste como si la vida fuera tuya.
Diego sonrió tímido, aunque en sus ojos ya estaba Alma despertando. Sacó los tacones de la maleta, los rojos, y las demás soltaron un grito en coro. —¡Eso, perra, esos son tus armas! —dijo una. —¡Cuídalos, porque si los pierdes, pierdes corona! —agregó otra.
La Vane se abanicó fuerte. —Aquí todas somos hermanas, pero los tacones son territorio sagrado. A ver si entiendes, ingeniero.
Todas rieron. Diego también, aunque no sabía si la broma era para él o para otro. En la casa drag, el shade nunca iba dirigido a una sola persona: era un baile colectivo de ironías que acababan siendo cariño.
Mientras tanto, Mauricio terminaba su jornada en San Pedro.
Salió de la oficina con el saco en la mano, aflojándose la corbata.
Había inventado que tenía una cena con colegas.
En realidad, tomó un taxi hacia el centro.
Cada semáforo era una duda: ¿qué estaba haciendo ahí?
¿Qué derecho tenía de entrar a ese mundo?
Cuando tocó el timbre del departamento, escuchó las carcajadas desde dentro. Diego abrió la puerta y lo vio con sorpresa. Alma aún no estaba del todo puesta, pero en sus ojos brillaba la misma chispa del escenario.
—No sabía que venías. —Yo tampoco —respondió Mauricio.
La Vane apareció detrás, con su abanico como cetro. —Mira nada más quién se nos perdió en San Pedro. Pase usted, joven. Aquí nadie juzga, pero todas miramos.
Mauricio entró con torpeza. El piso estaba lleno de lentejuelas caídas, tijeras, botellas vacías.
En una esquina, dos dragas practicaban lipsync frente al espejo, sin música, solo moviendo la boca con intensidad.
Otra pintaba cejas en un cartón para perfeccionar su técnica.
Una olla con frijoles burbujeaba en la estufa, mezclando su aroma con el de laca y perfume.
—Bienvenido a la casa drag —dijo La Vane, como si hiciera un brindis invisible.
Mauricio se sentó en el sillón mientras todas seguían trabajando.
Nadie parecía detenerse por su presencia.
Una de ellas le preguntó de golpe: —¿Tú de dónde eres?
—De San Pedro —respondió, inseguro. Las demás soltaron un “¡uuuuh!” largo, burlón pero juguetón.
—Mira la fresita, vino a la selva —rió una.
—Pues que se acueste en el piso, para que se le quite lo delicado —agregó otra.
Mauricio se sonrojó, pero notó que las risas no eran crueles. Había en ese shade un calor distinto, una bienvenida torcida. Se relajó un poco. Miró a Diego, que ya se transformaba frente al espejo, Alma tomando forma en los gestos, en el delineador negro que se volvía máscara.
Se acercó sin hablar. Diego aplicaba base con paciencia, luego iluminador, después delineaba los labios hasta que parecían armas.
Colocó pestañas pesadas, brillantes, que casi cerraban sus ojos, y al abrirlos, la mirada era otra.
Cada gesto era preciso, ritualístico. Mauricio sintió que era testigo de una metamorfosis que no entendía del todo, pero que lo atrapaba.
La Vane se sentó junto a él. —Escucha, ingeniero. Aquí nadie pregunta de más. Si vienes, vienes completo. No a medias. ¿Entendido? Mauricio asintió, con un nudo en la garganta.
Cuando el maquillaje estuvo listo, Alma se levantó y giró frente al espejo, ya no Diego, sino un ser nuevo, feroz. Las demás aplaudieron con exageración. —¡Diosa! —gritó una. —¡Qué bárbara, te ves mamona! —dijo otra. Alma rió, disfrutando el reconocimiento.
Mauricio la miraba fascinado. No era el mismo club, no había escenario ni público, pero el magnetismo era idéntico. Sentía que estaba presenciando algo íntimo, más real que cualquier ensayo en La Candela.
Esa noche, el departamento se volvió un hervidero.
La música salía de una bocina vieja, todos cantaban a gritos, se probaban vestidos, se corregían unas a otras.
Una de las dragas le contó a Mauricio cómo había llegado: —Mi familia me corrió a los dieciséis.
Aquí encontré techo, rímel y comida. Otra levantó la mano, con humor ácido: —Yo llegué por un ex que me dejó, pero me quedé porque aquí al menos me aplauden.
Una tercera, que cosía un vestido con manos rápidas, dijo sin levantar la vista: —Yo vine porque en mi casa me decían que era pecado. Aquí, el único pecado es no brillar.
Todas rieron, aplaudieron y chiflaron. La confesión era shade, pero también verdad.
Mauricio escuchaba, asombrado, pensando en lo distinta que era esa mesa de confidencias a las cenas en San Pedro.
Allá, los silencios eran un uniforme, los temas prohibidos se escondían bajo servilletas de lino.
Aquí, en cambio, el dolor se gritaba y se convertía en risa, en brillo, en vestido nuevo.
Cuando Alma apareció ya completa —vestido azul eléctrico, tacones rojos, abanico en la mano—, las demás aplaudieron como si estuvieran en un show. Mauricio sintió que el aire cambiaba. No estaba en La Candela, pero el poder de Alma llenaba cada rincón.
La Vane levantó la copa de plástico que sostenía. —Por nosotras, por la casa, y porque ni el cerro nos quite lo que nos pertenece.
Todas brindaron. Mauricio bebió también, con la sensación de que estaba entrando a un pacto que todavía no entendía del todo.
La mañana siguiente en la casa drag no fue silenciosa como en las casas de San Pedro.
Aquí el amanecer llegaba con risas, con ollas en la estufa, con dragas caminando descalzas mientras aún llevaban media ceja pintada.
El sol entraba por las ventanas sin cortinas, golpeando el desorden de vestidos y pelucas con una crudeza casi teatral.
Mauricio despertó en el sillón, con una manta llena de lentejuelas encima.
Le costó recordar dónde estaba. En la cocina, alguien freía chilaquiles, y el olor a salsa verde lo hizo levantarse.
El humo picante se mezclaba con el perfume barato y el aroma a cigarro que nunca abandonaba el departamento.
La Vane lo recibió como si siempre hubiera estado ahí.
—Buenos días, ingeniero. Aquí no servimos café de máquina, aquí es de olla.
Le puso una taza en la mano antes de que pudiera responder.
Mauricio probó el café: era fuerte, dulce, casi espeso.
Nada que ver con el americano perfecto de San Pedro.
Lo bebió en silencio, observando el movimiento de todas alrededor.
Una draga se cepillaba la peluca mientras hablaba por teléfono, otra bailaba en la sala todavía en pijama, moviendo la cadera como si el día ya empezara en show.
Una de las más jóvenes, llamada Kika, se sentó junto a él con un plato de chilaquiles en la mano.
—Oye, ¿y tú qué haces aquí? —preguntó con curiosidad más que con burla.
Mauricio dudó. —Vine a ver a una amiga. —Ajá —respondió ella, masticando—.
Pues quédate, la casa aguanta. Aquí todos llegamos por alguien y nos quedamos por nosotras.
Diego apareció después, despeinado, en pants y camiseta.
No era Alma, no todavía. Parecía más joven, más vulnerable.
Saludó a todas con un beso en la mejilla, como si fueran familia de toda la vida.
Se sentó junto a Mauricio y le robó un bocado de su desayuno.
—¿Ya ves lo que es desayunar aquí? —dijo sonriendo. —En tu San Pedro no saben de esto.
Mauricio se rió, aunque la mención de San Pedro le recordó la cena con los padres de Paola.
El contraste era demasiado grande. Aquí, el mantel era de plástico con flores, los platos eran distintos entre sí, la música era reguetón bajito en una bocina rota.
Y sin embargo, todo le parecía más vivo, más verdadero.
—¿Siempre están todas aquí? —preguntó. —Depende —respondió Diego—. Algunas trabajan en boutiques, otras en bares. Pero de noche todas regresan. Esta es la casa, el refugio.
A media mañana, La Vane organizó lo que ella llamaba “el consejo”. Todas se reunieron en la sala, sentadas en el piso o en sillones. Era una especie de junta improvisada, donde se discutían presentaciones, deudas, hasta chismes. La Vane presidía con su abanico, como si fuera juez y madre a la vez.