La herencia del tacón rojo Capítulo 4 – Comida en San Pedro #4
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Capítulo 4 – Comida en San Pedro #4

Diego pasó el día con Lupita en Escobedo. Ella cosía un vestido de novia para una clienta del barrio, puntada tras puntada, mientras él la observaba desde la mesa de la cocina. El olor a caldo de res llenaba la casa. El ventilador daba vueltas lentas, moviendo papeles y cintas métricas.

—¿Cómo sabes qué puntada usar? —preguntó Diego, curioso. —Es cuestión de mirar la tela, hijo —respondió ella—. Hay telas que no aguantan presión; hay otras que necesitan doble costura. La costura tiene que ser invisible, pero fuerte. Si se ve, es error.

Diego jugaba con un carrete de hilo entre los dedos. —¿Y si la costura truena? —Entonces se vuelve a coser. Pero la tela nunca queda igual. Siempre guarda la cicatriz.

Él se quedó pensando. Alma nunca había sido invisible. No estaba hecha para puntadas ocultas. Si se rompía, lo hacía frente a todos, con glitter y luces.

Lupita lo observó de reojo. —¿Y tú qué coses, hijo? —Vestidos —respondió con ironía. —No. Me refiero en tu vida. ¿Coses para ocultar, o coses para enseñar?

Diego sonrió, cansado. —Depende de qué lado me mires. —Pues decide —dijo ella, clavando la aguja con fuerza—. Porque las telas que se cosen a medias siempre se deshacen.

El silencio se llenó con el zumbido del ventilador y el eco de esas palabras. Diego recordó cuando era niño y jugaba con retazos en el piso, inventando capas y coronas. Su madre lo veía con ternura, aunque sabía que el mundo no siempre lo vería igual.

Por la tarde, Mauricio aceptó la invitación de Paola. Cenarían con sus padres otra vez. Al llegar, la casa estaba iluminada con lámparas cálidas y música de fondo. En la mesa había carne asada, guacamole y tortillas hechas a mano. El aroma llenaba el comedor como un ritual de pertenencia.

—Mauricio, hijo, siéntate —dijo la madre de Paola—. Servimos la carne en su punto, como te gusta.

Él sonrió con rigidez. La conversación fluyó entre brindis y anécdotas.

El padre contaba historias de negocios, la madre hablaba de viajes a Europa, Paola corregía detalles de la boda con eficacia meticulosa.

Mauricio escuchaba a medias, con la sensación de estar viendo una obra de teatro demasiado ensayada.

—¿Y la lista de invitados? —preguntó la madre de Paola. —Casi lista —respondió Paola—. Solo faltan algunos confirmados. —Perfecto. Nada puede salir mal —añadió el padre—. En esta ciudad, todo se sabe.

Mauricio sintió un sudor frío en la nuca. El eco de esa frase —“todo se sabe”— lo persiguió durante la cena. Levantó la copa, brindó mecánicamente, mientras pensaba en Alma bajo las luces rojas de La Candela.

—Mauricio —dijo el padre, con voz grave—, tu trabajo es fundamental para nuestra familia. La estabilidad es lo más importante. La estabilidad lo es todo. —Y la imagen —añadió la madre—. Una boda habla de quiénes somos. No se trata solo de amor, sino de mostrar.

Paola lo miró con una mezcla de orgullo y expectativa. Mauricio bajó la vista al plato. El guacamole sabía a polvo en su boca.

Después de la cena, Paola lo llevó aparte, al jardín. Las bugambilias estaban iluminadas por luces pequeñas, y el césped recién regado olía a tierra húmeda. El contraste con el calor de la tarde era casi violento.

—Mauricio —dijo en voz baja—. Te siento raro. Desde hace días. —Estoy cansado —respondió. —No es solo cansancio. Es como si tuvieras la cabeza en otro lado.

Él bajó la mirada. Paola lo sostuvo con firmeza. —No me mientas. No lo merezco. Si hay algo, prefiero la verdad que una mentira bonita.

Mauricio abrió la boca, pero no salió nada. Quiso decirlo todo: Alma, La Candela, los mensajes, el cerro respirando en la noche. Pero se contuvo. Paola acarició su mano con ternura. —Si hay algo, dímelo a tiempo. No quiero enterarme por otros.

Él asintió, incapaz de responder. Paola lo abrazó, y el gesto sincero lo atravesó de culpa. Durante unos segundos, pensó en rendirse ahí mismo, en confesar todo. Pero no pudo. El abrazo le pesó como un manto, cálido y sincero, que lo ataba tanto como lo salvaba.

Esa noche, ya en su departamento, se quitó la corbata y dejó que el aire caliente de Monterrey lo envolviera. Se sirvió un vaso de agua, se sentó en la cama y miró el celular. Un nuevo mensaje de Alma lo esperaba:

“No ensayé. Pero caminé. El neón también descansa, ¿sabes? Mañana te quiero aquí. Completo.”

Mauricio leyó la frase varias veces. “Completo.” Esa palabra lo perforó. En San Pedro era un hombre a medias, cumpliendo un guion; en La Candela, era otro, atrapado en una luz que lo quemaba. ¿Podía ser completo en algún lado? ¿O tendría que romperse para encontrarse?

Se levantó y corrió la cortina. Desde su ventana, Monterrey seguía vivo: autos bajando por avenidas, bocinas lejanas, el zumbido de los aires acondicionados. El Cerro de la Silla, recortado contra un cielo oscuro, parecía observarlo como un juez paciente.

Pensó en la palabra “decisión”. Paola le pedía honestidad, Alma le pedía entrega. En medio, él, dividido. Afuera, la ciudad hervía; adentro, el silencio lo obligaba a escucharse.

Se dejó caer en la cama. Afuera, la ciudad no dormía. Adentro, el silencio pesaba como nunca. Cerró los ojos y supo que el viernes sería definitivo, aunque no sabía aún qué significaba eso. Y el cerro, allá a lo lejos, seguía quieto, como si esperara la confesión que él todavía no podía dar.