La herencia del tacón rojo Capítulo 4 – Comida en San Pedro #3
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Capítulo 4 – Comida en San Pedro #3

En ese instante, Mauricio entendió que la ciudad no necesitaba de su permiso para ser cómplice. Monterrey, con todo su calor, guardaba los secretos de todos.

El martes amaneció con un cielo plomizo que no dejaba pasar el sol completo, pero tampoco traía alivio.

Mauricio despertó con la sensación de que había dormido en dos mundos: en el departamento pulcro de San Pedro, con la agenda de boda pegada al refrigerador, y en las calles húmedas de Barrio Antiguo, donde Alma le había dicho “vívelo”.

En la oficina, la rutina era un reloj implacable.

Correos, juntas, llamadas. Paola le escribió a media mañana: “Hoy en la tarde quiero que vayamos a ver al fotógrafo. Te recojo a las 6.” Mauricio contestó “Perfecto”, aunque sintió que la palabra pesaba como hierro.

Cerró el chat, abrió un archivo de Excel, pero lo único que veía era el reflejo de sí mismo en la pantalla negra al minimizarlo.

Diego, por su parte, estaba en La Candela desde temprano.

La Vane había pedido un ensayo especial para probar nuevos vestuarios.

Los camerinos eran un desfile de telas, lentejuelas, plumas y botellas de fijador de cabello.

El ambiente era ligero y nervioso a la vez: chistes, shade, gritos de “mana, pásame el pegamento de pestañas”, seguidos de carcajadas.

Manu, siempre con su laptop, grababa y anotaba tiempos de cada performance.

—Hoy quiero precisión —gritó La Vane—. Nada de improvisar a lo tonto. El público puede perdonar una ceja corrida, pero no un número mal hecho.

Diego se acomodó los tacones negros que ya le habían hecho un callo en el talón.

Al mirarse al espejo, Alma lo observó de regreso: labios delineados con rabia, ojos ahumados de un azul que parecía eléctrico.

El vestido de esa tarde tenía un corte más sobrio, con pedrería oscura que brillaba solo bajo la luz correcta.

—Mana, ese vestido está pidiendo tragedia —comentó una de las dragas. —Tragedia o milagro —respondió Alma con sorna—, depende de quién me mire.

Todas rieron. La Vane aplaudió una vez para callarlas. —¡Concentración! Que esto no es kermés.

A las seis, Paola pasó por Mauricio en su coche blanco.

El camino hasta el estudio del fotógrafo fue una sucesión de avenidas amplias, árboles recortados con precisión y letreros de tiendas exclusivas.

Paola hablaba de encuadres, poses, paletas de color.

Mauricio asentía, mirando por la ventana.

La ciudad se le antojaba un escenario demasiado iluminado, sin sombras para esconderse.

El fotógrafo los recibió en un estudio amplio, con paredes de ladrillo pintado de blanco. Colocó luces, les pidió que se tomaran de la mano, que se miraran, que sonrieran. Mauricio obedeció, pero cada disparo de la cámara le parecía un flash de interrogatorio.

—Más cercanía —indicó el fotógrafo—. Eso, perfecto. Ahora, una sonrisa más amplia.

Paola obedecía con naturalidad. Mauricio sentía que su cuerpo era de cartón. El flash lo cegaba, y detrás de cada destello veía la silueta de Alma, no la de Paola.

En un descanso, Paola lo abrazó con cariño sincero. —Sé que estás cansado —le dijo—. Solo un esfuerzo más y terminamos.

Él intentó sonreír, pero lo único que pudo pensar fue en la risa venenosa de Alma después del ensayo.

Esa noche, ya en su departamento, Mauricio abrió el celular en secreto. Un mensaje lo esperaba: “Mañana ensayo otra vez. Vente. O qué, ¿te va a ganar el fotógrafo?” Él escribió: “Voy.” Y al enviar, sintió el vértigo de quien salta sin red.

El miércoles, Alma salió del camerino con un atuendo rojo intenso.

Era un vestido de tela brillante, ceñido hasta las rodillas, con un escote en forma de corazón.

Los tacones rojos hacían juego, los mismos que siempre parecían hablar por ella.

En la pista de ensayo, cada paso sonaba como una campanada.

Mauricio llegó tarde, con la corbata floja y el saco sobre el hombro. La Vane lo vio y bufó. —Ingeniero, ya ni disimulas. Esto no es Starbucks para que vengas cuando quieras.

Alma giró sobre sí misma, dejó que el vestido encendiera el aire y, al verlo en la entrada, sostuvo la mirada solo un segundo más de lo necesario.

El ensayo fue largo, extenuante. Hubo risas, tropiezos, un tacón que se atoró en una grieta del escenario. Manu hacía comentarios ácidos desde la consola: —Mana, si te vas a caer, mínimo que sea con estilo, porque el piso no te va a perdonar.

La Vane se abanicaba como si ahuyentara fantasmas. —Otra vez, pero con intención, hijas. Si van a sufrir, que se note hasta en la uña postiza.

Mauricio observaba todo con devoción casi religiosa. Cada movimiento de Alma le parecía un evangelio improvisado.

Cuando terminó, Alma bajó agotada. Se sentó en una silla y se quitó los tacones, frotándose los pies enrojecidos. Mauricio se acercó con una botella de agua. —No sé cómo aguantas. —Porque no es opción —respondió ella, entre risas cortas—. El dolor es parte del maquillaje.

La frase lo golpeó más que cualquier reproche.

Esa misma noche, Paola llamó. —Amor, ¿puedes venir mañana a cenar?

Mis papás quieren que revisemos la lista final de invitados.

Mauricio dudó, mirando a Alma guardando su vestuario en silencio.

—Mañana… tengo cierre de auditoría. Pero te veo el viernes.

—Está bien —respondió Paola, aunque en su voz había una grieta.

Caminaron juntos hacia la salida. Barrio Antiguo estaba húmedo por la lluvia reciente.

El aire olía a tierra mojada, cerveza y humo de tacos al carbón.

Mauricio y Alma caminaron en paralelo, sin hablar al inicio.

Las luces de los bares parpadeaban como faros cómplices.

Una banda norteña sonaba a lo lejos, mezclada con reguetón que escapaba de otro antro.

—¿No tienes miedo? —preguntó él. —Siempre —respondió ella—. Pero el miedo no me detiene. ¿A ti sí?

Mauricio no contestó. Miró hacia arriba: el Cerro de la Silla estaba cubierto por nubes bajas, como si también observara desde detrás de un velo.

—No sé si puedo —dijo al fin. —Entonces no lo digas —replicó Alma—. Hazlo o no. Aquí no hay ensayo general. Cada noche es estreno.

Pasaron frente a un puesto de elotes; el olor dulce de la mantequilla se mezcló con el humo de los asadores. Mauricio pensó en lo absurdo de ese contraste: el hambre sencilla de la calle y el hambre invisible que lo consumía a él.

Se miraron bajo una lámpara amarilla. No hubo beso. Pero la cercanía cargó el aire con más electricidad que cualquier tormenta. La respiración de ambos se sincronizó unos segundos, como si fueran parte de una misma coreografía.

En su departamento, Mauricio dejó el saco en el sillón y se quedó mirando la ciudad desde la ventana. Los autos bajaban por la avenida como ríos de luz. En el celular, un mensaje breve lo esperaba: “Si vienes, ven completo. No a medias.”

Se recostó, con el corazón latiendo demasiado rápido. Afuera, Monterrey seguía encendido. Adentro, su vida se partía en dos. Y esta vez, no había vuelta atrás.

El jueves amaneció con un sol despiadado.

Las noticias hablaban de temperaturas récord; Monterrey hervía como un horno abierto.

Mauricio se vistió con lentitud, con el saco en la mano y la corbata mal anudada.

Cada movimiento le pesaba como si cargara con dos ciudades distintas: la de San Pedro, pulcra y severa, y la de Barrio Antiguo, húmeda y eléctrica.

En la oficina, el aire acondicionado funcionaba a tope, pero él sudaba igual.

Contestaba correos, revisaba informes, pero no lograba concentrarse.

Un compañero se asomó al cubículo: —Mauricio, ¿me ayudas con esta proyección?

Él tomó el papel y asintió, pero sus ojos estaban en el celular, que vibraba una y otra vez.

Los mensajes de Paola llegaban como una lluvia constante: “Hablé con la florista, dice que necesitamos confirmar las rosas blancas”, “Mamá insiste en que contratemos al cuarteto de cuerdas”, “¿Te parece si agregamos a los primos de Guadalajara?”.

Mauricio respondía con monosílabos. “Ok”, “Sí”, “Perfecto”.

Cada respuesta era un ladrillo en una pared que ya no sabía si quería construir.

En paralelo, un mensaje de Alma: “Hoy no ensayo. Hoy respiro. Vente si quieres.” Mauricio lo leyó varias veces.

Sintió un alivio extraño, como si la invitación no fuera solo a un espacio físico, sino a una tregua, a un rincón donde no tenía que sostener papeles ni sonrisas.

Guardó el teléfono, sin responder de inmediato.

El jefe apareció detrás de su silla. —Mauricio, necesito tu reporte a las tres. No quiero excusas. —Claro —respondió, aunque no sabía ni por dónde empezar.

Durante la reunión del mediodía, todos discutían sobre cifras, contratos, clientes. Mauricio asentía en silencio, sintiendo que las voces eran un zumbido lejano. En su libreta, en lugar de apuntes, dibujó sin darse cuenta un abanico abierto. Cuando lo notó, cerró el cuaderno con brusquedad.