Capítulo 4 – Comida en San Pedro #2
Paola regresó contenta. —El sacristán puede el sábado. Mamá dice lirios y velas finas. ¿Te gusta?
—Me gusta —dijo, guardando el teléfono, caliente.
—Hijo —añadió la madre—, traes cara cansada. ¿No estarás saliendo de fiesta? Antes de la boda hay que cuidarse.
—No —dijo, y le raspó la lengua—. No salí.
Paola lo defendió. —Está trabajando mucho, mamá.
De vuelta en la casa, el cielo tenía un azul metálico.
El cerro se veía más cerca, nítido. Mauricio se encerró en el baño y se mojó la cara.
Oyó un audio de Manu: “Mana, tu huracán favorita está checando vestuario como si fuera contrato. La corona de anoche ya es suya; tú nomás no te me caigas. Si te vas a caer, que sea en piso con aceite, no en la mentira.”
Estoy en San Pedro, tecleó.
“Si se te cae el mundo, aquí traemos diurex.”
Salió. Paola lo esperaba con una carpeta. —Faltan invitaciones. ¿Ves estas?
Se sentaron. Opciones minimalistas y barrocas desfilaban. Paola estaba ilusionada de verdad, y eso lo conmovió. Ella no era culpable. Un destello de luz en la cartulina le recordó el fleco mojado en Fundidora.
—Paola… —dijo—. ¿Te puedo decir algo?
—Siempre.
—No sé si estoy siendo justo contigo. Me siento… cansado. Como si nada me alcanzara.
Paola sostuvo su mano. —Para eso nos casamos: para acompañarnos. Si hay que mover la fecha, la movemos. Si hay que bajar expectativas, las bajamos. No quiero que te sientas solo.
La generosidad le dolió. Asintió. —Gracias. Eres… buena.
—No soy buena —corrigió—. Soy práctica. Y te amo.
Vibró el teléfono. Esta vez no lo tomó. Paola lo notó; no preguntó.
Al anochecer, los padres se despidieron. —La próxima semana, ensayo del cuarteto aquí —dijo la madre—. Quiero escuchar el repertorio.
En la puerta, el padre apretó la mano de Mauricio. —La estabilidad, ¿eh?
—Sí —dijo, oyéndose desde lejos.
Camino al coche, Paola se detuvo. —Oye. Si algo te pesa, dímelo. No tenemos que ser perfectos para casarnos. Solo honestos.
Era la salida concreta, y la puerta a una caída libre. —Te lo diré —prometió. No supo si mentía o si acababa de dar el primer paso hacia la verdad.
Esa noche, en su departamento, apagó la mayoría de las luces. Se sentó en el piso, espalda contra la cama, teléfono en la mano. Sigo vivo, escribió.
—Lo sospeché. Si no, habría temblado la ciudad. Luego: “Mira el cerro. Si está quieto, duerme. Si respira, baila.”
Mauricio corrió la cortina. El Cerro de la Silla era una sombra enorme y tranquila. No supo si respiraba, pero lo vio ahí, inevitable. Por primera vez, el silencio no fue enemigo, sino compás previo. Contó: uno, dos, tres, cuatro.
Está quieto, respondió. —Descansa. Mañana seguimos.
Dejó el teléfono. El cansancio que llegó no era hueco: se parecía al de un ensayo largo.
No había decidido, aún. O quizá ya. Cerró los ojos con un pensamiento simple: si el cerro veía, él ya no podía fingir que no.
Afuera, Monterrey seguía caliente. Adentro, por fin, bajó un poco la temperatura. Y durmió.
El lunes amaneció con un calor que parecía más pesado que de costumbre.
Mauricio llegó temprano a la oficina en San Pedro.
El edificio de vidrio reflejaba un cielo limpio, pero por dentro se sentía como un acuario donde todos se movían con trajes impecables y voces medidas.
Se sentó frente a su computadora, abrió hojas de cálculo y reportes, pero las cifras le parecían irrelevantes.
Cada número era un ruido blanco que apenas lograba tapar el eco de la noche anterior: el mensaje de Alma, la mirada en la parroquia, la promesa de Paola en el coche.
Uno de sus colegas se asomó por el cubículo. —Mauricio, ¿el informe de auditoría? —En un momento —respondió, sin levantar la vista.
Pasó la mañana en reuniones, asentando con la cabeza a presentaciones que no escuchaba.
En la pantalla, gráficas de barras y líneas ascendentes, pero en su mente, destellos de lentejuelas y un abanico rompiendo el aire.
Al salir a la terraza del piso doce, buscó aire.
Desde allí se veía el Cerro de la Silla, inmóvil, vigilante. Sacó el teléfono. Dudó. Luego escribió:
“¿Ensayo hoy?”
La respuesta llegó pronto:
“Obvio, niña. La Candela no se ensaya sola. Vente si te atreves.”
Sonrió, y por primera vez en días sintió algo parecido a alivio.
En Escobedo, Diego planchaba con cuidado el body plateado. Lupita cosía en silencio a un lado, arreglando una costura que se había soltado con la lluvia del sábado. La televisión estaba encendida con el volumen bajo: un noticiero hablaba de tráfico y del calor extremo.
—¿No trabajas hoy en la cafetería? —preguntó Lupita sin apartar la vista de la tela. —Pedí el día —respondió Diego—. La Vane quiere que todos lleguemos temprano al ensayo. —Mucha dedicación —comentó ella—. Nada más no te olvides de comer.
Diego rió. —Esa es la verdadera disciplina.
Se acercó a darle un beso en la frente. Ella sonrió sin mirarlo. —Nomás no vayas a dejar que el escenario te quite lo que eres aquí. —¿Y qué soy aquí? —preguntó él, curioso. —Mi hijo —dijo, con firmeza suave.
Diego recordó cuando era niño y jugaba con los retazos que su madre guardaba. Los convertía en capas, coronas, túneles para muñecos. La tela siempre le había parecido un lenguaje propio, una forma de imaginar. Ahora, esos mismos retazos eran vestidos que brillaban en escenarios.
—Siempre fuiste creativo —añadió Lupita, mordiendo el hilo—. Yo cosía para dar de comer, tú coses para que te miren. Es distinto, pero igual de serio.
La Candela estaba medio vacía en la tarde. El olor a cerveza vieja y humo se mezclaba con el del limpiador de pisos. La Vane supervisaba con su abanico en la mano, mientras Manu instalaba cables.
—Quiero el intro perfecto, hijas —dijo La Vane—. El aniversario fue un éxito, pero el fuego hay que alimentarlo o se apaga.
Un par de dragas practicaban pasos frente al espejo del camerino, repetían líneas de lipsync con exageración cómica. Las risas explotaban, y La Vane respondía con un “menos kiki, más disciplina”.
Diego se cambió en el camerino improvisado. Alma emergió con tacones negros esta vez, más sobrios, pero igual de filosos. Un vestido ajustado con lentejuelas azules le daba un aire de océano eléctrico. Frente al espejo, practicó un par de giros con el abanico.
—Mana, hoy te quiero lenta y venenosa —pidió La Vane—. El público se tiene que retorcer esperando que explotes. Alma asintió. —Lo que quieras, madre.
A las ocho, Mauricio entró. Había inventado otra excusa en la oficina, como quien se roba minutos de su propia vida. El club estaba medio lleno, solo técnicos y un par de dragas ajustando vestuario. Vio a Alma en el escenario, y el tiempo se le comprimió en el pecho.
Ella lo notó, aunque no lo miró de inmediato.
Caminó con seguridad hasta el centro del escenario, levantó el abanico y empezó a bailar con una lentitud hipnótica.
Los movimientos eran casi mínimos: una cadera apenas insinuada, un brazo extendido con precisión quirúrgica.
El vestido azul captaba cada luz y la devolvía como un mar de escamas.
Mauricio se sentó en una mesa al fondo. La Vane lo vio y chasqueó la lengua. —Ingeniero, ya de plano te vamos a cobrar cover de ensayo.
Él sonrió con timidez. —Solo un rato. —Un rato es suficiente para que se queme uno —respondió ella, abanicándose con fuerza.
Después del número, Alma bajó del escenario. Se acercó a la barra donde había botellas alineadas como soldados. Mauricio se levantó y caminó hacia ella.
—No puedo dejar de venir —dijo él, casi en un susurro. —Nadie te obliga —contestó Alma, bebiendo agua—. Pero aquí estás.
El silencio entre ambos estaba cargado. Mauricio quiso decir más, pero La Vane apareció detrás de ellos. —Si van a coquetear, háganlo después del ensayo. Aquí se trabaja.
Alma soltó una risa breve. Mauricio bajó la mirada.
El ensayo continuó con canciones rápidas. Manu ajustaba las mezclas desde su laptop, y cada vez que algo fallaba gritaba: —Otra vez, otra vez, que la pista no es Dios, pero sí manda.
Las luces probaban colores: verdes, rojos, violetas que pintaban las paredes húmedas. Una de las dragas tropezó con un tacón y todas soltaron carcajadas. —Eso no es shade, eso es gravedad, mana —comentó Manu, haciendo que todas aplaudieran.
La Vane golpeó con su abanico para recuperar el orden. —Ya, ya. Quiero seriedad. Que el público se ría cuando ustedes quieran, no cuando tropiecen.
Alma retomó su número con precisión quirúrgica. Cada paso era firme, cada giro parecía ensayado mil veces. Mauricio observaba, cada vez más atrapado. Veía en Alma algo que no encontraba en ningún otro lugar: un poder que lo desarmaba y lo reconstruía a la vez.
Al terminar, todos quedaron sudorosos y exhaustos. La Vane dio por concluida la jornada con un aplauso. —Bien. Si mañana llegan tarde, les arranco las pestañas.
La mayoría se rió. Alma recogió sus cosas. Mauricio se acercó.
—¿Puedo llevarte a casa? —preguntó, inseguro. Ella lo miró con calma. —No soy de las que se van fácil en el coche de un hombre. —No te pido eso —aclaró—. Solo quiero estar cerca.
Alma guardó silencio unos segundos. Luego sonrió, ladeando la cabeza. —Entonces camina conmigo.
Salieron juntos a la calle empedrada de Barrio Antiguo.
La noche estaba tibia, con música que escapaba de otros bares.
La ciudad parecía observarlos desde las ventanas, como cómplice o juez.
Pasaron frente a un mural descolorido, grafitis que mezclaban santos con coronas improvisadas.
El aire olía a cerveza, a maíz de esquites, a gasolina.
Mauricio respiró hondo. —No sé cómo sostener esto. Alma lo miró de reojo. —Pues no lo sostengas. Vívelo.
Se quedaron quietos bajo una farola. El silencio se alargó. No hubo besos, pero la proximidad ardía más que cualquier contacto. El cerro, recortado en la distancia, parecía inclinarse un poco más cerca, como un testigo silencioso.