La herencia del tacón rojo Capítulo 4 – Comida en San Pedro
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Capítulo 4 – Comida en San Pedro

“En mesa de manteles largos, las verdades se sirven frías.”

El domingo, el aire en Monterrey se sentía más espeso que nunca.

El cielo, aunque despejado, tenía esa claridad hiriente que acentúa el calor en cada esquina.

Mauricio se levantó temprano, con la mente aturdida después de lo ocurrido en La Candela.

El recuerdo de Alma brillando bajo las luces lo perseguía como un secreto que ya no podía borrar.

Sin embargo, el día estaba marcado por otro compromiso: la comida en casa de los padres de Paola.

Se duchó largo, como intentando borrar de su piel el humo y el perfume del club, pero el agua no lograba arrastrar esa mezcla de música y respiraciones que aún sentía pegadas en la memoria.

Se vistió con un pantalón caqui impecable y una camisa blanca que Paola había planchado con meticulosidad.

Frente al espejo, el reflejo le devolvía un hombre correcto, ajustado a la norma, pero detrás de los ojos seguía vibrando la música del club.

Paola apareció en el umbral, radiante en un vestido color durazno. —¿Listo? —preguntó con tono ligero. —Sí —respondió él, fingiendo calma.

Mientras conducían hacia San Pedro, Paola hablaba de detalles de la boda: el número de mesas, el menú, la lista de invitados.

Mauricio asentía en silencio, pero cada tanto la imagen de Alma aparecía como una interferencia.

El abanico cortando el aire, los flecos plateados brillando, la sensación de haber sido mirado directamente desde el escenario.

La casa de los padres de Paola era un palacete moderno, con muros blancos y ventanales enormes que dejaban entrar la luz de mediodía.

El jardín estaba adornado con bugambilias perfectamente podadas y esculturas de mármol que parecían decorados más que obras vivas.

Una fuente al centro del patio dejaba caer agua en un murmullo constante, refrescando el ambiente de manera artificial.

Al entrar, un aire fresco los envolvió gracias al sistema de climatización, que contrastaba con el calor exterior. Mauricio sintió de inmediato esa diferencia: un mundo donde el calor de Monterrey se mantenía siempre a raya, como un intruso que había que domar.

—Mauricio, hijo, qué gusto verte —dijo la madre de Paola, acercándose con dos besos. El padre, en cambio, estrechó su mano con firmeza. —Siempre tan puntual —comentó, como si fuera una virtud indispensable.

La mesa estaba dispuesta con vajilla de porcelana y copas de cristal. Un arreglo floral al centro parecía competir con la perfección del resto. Mientras todos se acomodaban, Paola tomó asiento junto a Mauricio y entrelazó discretamente sus dedos bajo la mesa.

El padre abrió la conversación con voz grave: —Estamos a pocas semanas de la boda. Espero que todo vaya según lo planeado.

—Sí, papá —respondió Paola—. Solo faltan algunos detalles de proveedores, pero todo está en orden.

Mauricio sonrió, aunque sentía un peso en el pecho. —Todo avanza bien —dijo, con un tono que sonó más mecánico que convincente.

La madre añadió: —Será un evento del que se hablará en todo San Pedro. Es importante dar la imagen correcta.

La palabra “imagen” retumbó en la cabeza de Mauricio como un eco. Mientras los demás hablaban de banquetes y música en vivo, él recordaba el contraste con La Candela: el sudor, el grito espontáneo, la risa que no pedía permiso.

Durante el primer plato, el padre lo interrogó sobre su trabajo. —¿Y cómo va la planta? —preguntó, sirviéndose vino. —Bien, con auditorías y ajustes de rutina —contestó Mauricio, repitiendo frases aprendidas. —Eso es lo que necesitamos: estabilidad. La estabilidad abre puertas, cierra dudas.

Paola sonrió con orgullo. —Mauricio ha trabajado mucho para estar donde está, papá. Y siempre cumple.

Mauricio bajó la mirada al plato. “Cumplir”, pensó, como si su vida fuera una lista interminable de tareas. En ese momento recordó a Alma sonriendo con veneno, diciendo “Una cosa es mirar, otra es entrar”. Él ya había entrado, aunque no pudiera confesarlo.

La comida avanzaba entre comentarios de negocios y recuerdos familiares. La madre hablaba de viajes a Europa, de cenas de gala. Paola describía los tonos de las flores para la recepción. Todo sonaba armonioso, perfecto, pero a Mauricio le parecía una escenografía rígida.

—Y dime, Mauricio —preguntó la madre con interés—, ¿qué piensas del anillo que eligieron? Tiene un corte elegante, muy clásico. —Es… hermoso —respondió, aunque no recordaba haberlo observado con detenimiento.

Paola lo miró de reojo, con una mezcla de ternura y sospecha. —Claro que lo vimos juntos, ¿recuerdas? —Sí, sí, lo recuerdo —mintió.

Mientras las conversaciones seguían, en la mente de Mauricio se colaban imágenes: el escenario iluminado, el público gritando, Alma girando con el abanico en alto. Sintió que sudaba a pesar del aire acondicionado, como si el calor de Barrio Antiguo hubiera viajado con él.

Cuando llegó el turno del brindis, el padre levantó la copa. —Por Paola y Mauricio, por su unión y por el futuro que representan.

Todos repitieron “salud”. Mauricio llevó la copa a los labios, pero el vino le supo extraño, metálico. Miró a Paola, que sonreía feliz, y sintió una punzada de culpa. Quiso creer en esa imagen, pero lo único que veía era a Alma levantando los brazos en Fundidora, haciéndose dueña del cielo.

Un silencio breve lo sacó de sus pensamientos. Se dio cuenta de que la madre lo estaba mirando con atención. —Mauricio, ¿estás bien? —Sí, claro —respondió él rápido. —Solo pensé en el trabajo.

La mujer asintió, pero su mirada quedó flotando, como si hubiera leído otra cosa en sus ojos.

Al terminar el postre, Paola y su madre se levantaron para revisar unas flores en el jardín.

Mauricio se quedó a solas con el padre. El hombre tomó otro sorbo de vino antes de hablar: —Eres un buen muchacho, Mauricio.

Serás un buen esposo. Pero no olvides que aquí no solo te casas con Paola.

Te casas con nuestra familia, con nuestro apellido.

Las palabras pesaron más que el calor exterior. Mauricio asintió, sin saber qué más hacer. Dentro de sí, escuchaba otra voz: la de La Vane, diciéndole que Alma era fuego y que Diego era carne.

Cuando Paola regresó, él le sonrió con ternura automática. Ella le devolvió el gesto con seguridad. La escena quedó completa, perfecta para cualquier espectador. Pero Mauricio supo que estaba interpretando un papel que ya no podía sostener demasiado tiempo.

El café de la sobremesa olía a vainilla y porcelana. En el comedor de San Pedro, las copas quedaban medio vacías y el clima frío domesticaba el calor del mediodía. Mauricio sonreía con educación, sentado recto, pero la rodilla le rebotaba como si llevara un beat interior que nadie más escuchaba.

—Vamos a la terraza —propuso la madre de Paola, levantando una charola con trufas—. El jardín está precioso con esta luz.

Las bugambilias formaban un arco recortado. Un vitral moderno con una virgen filtraba el sol y lo convertía en fragmentos de color sobre la cantera. Mauricio miró el vitral y pensó en el neón de La Candela: luces que no bendicen ni condenan, solo exponen.

El padre encendió un puro. —Nos gustaría que la ceremonia civil sea aquí —dijo—. Íntima, elegante. La iglesia será en la parroquia; ya hablé con el padre Julián.

Paola brilló. —Va a quedar precioso, papá. ¿Verdad, amor?

—Precioso —repitió Mauricio, como un eco. En el vidrio vio su corbata perfecta y, detrás, un desorden que nadie más notaba.

La madre acercó la charola. —Come, hijo. Te estás quedando en los huesos.

El teléfono vibró. Paola lo vio. —Si es del trabajo, contesta.

En la pantalla: “¿Respires?” y “Estoy cosiendo el fleco. Sobrevivimos anoche.” No contestó.

—¿Todo bien? —preguntó el padre.

—De la planta —mintió—. Piden un reporte.

—La planta no debe gobernarte —sentenció—. Un ingeniero dirige. Y un esposo, más.

La palabra “esposo” cayó como un ladrillo.

Paola abrió el iPad. —Miren el seating chart: clásico, moderno o garden —dijo. Círculos perfectos, nombres en dorado, afectos ordenados para que nadie molestara a nadie. Mauricio admiró la logística de Paola, y pensó en lo imposible de acomodar su vida en mesas redondas.

—¿Y el ramo? —preguntó la madre—. Orquídeas blancas. Nada estridente.

“Estridente.” Le volvió a la cabeza el abanico de Alma rompiendo el aire. Rozó su copa hasta hacer un timbre débil.

—Voy por más café —se excusó.

En la cocina impecable, abrió el teléfono: “Respirando. ¿Tú?”

—Viva. La Vane dice histórico. Manu jura que el fleco fue milagro. ¿Estás bien?

No sé. Estoy con los papás de Paola.

—Respira, niño bonito. No te me vayas a desmayar en vitral. Si ocupas, mando abanico.

Guardó el teléfono, volvió con las tazas.

—Gracias, amor —dijo Paola—. Los primos van en esta mesa, con vista al jardín.

—Fresco —repitió Mauricio, pensando que la única frescura real era dejar de mentirse.

El padre lo llevó aparte. —Hablaré claro —dijo—. A Paola se le ve feliz. No quiero sorpresas. En esta ciudad, el qué dirán pesa. No me falles.

—No le voy a fallar —respondió. Sintió que una parte de sí se volvía piedra.

Regresaron. La madre propuso pasar por la parroquia para ver flores con el sacristán. Paola aplaudió. —Y luego recogemos el pastel de prueba.

—Claro —dijo él, tensándose por dentro.

La parroquia estaba a diez minutos. Fría y ocre, con un vitral del Sagrado Corazón que pintaba de rojo el barniz nuevo de las bancas. Paola y su madre se adelantaron a la sacristía. Mauricio se sentó atrás, con el teléfono sin abrir.

El silencio aquí exigía; el de La Candela se ganaba. Por la puerta entreabierta entró una ráfaga caliente con olor a asfalto. Neón contra vitrales, pensó: dos fidelidades distintas.

Vibró el teléfono. —¿Sigues vivo?

En una iglesia.

—Ay, mijo. Que los vitrales no te hagan olvidar los neones. Si te da calor, abanico.

Mauricio sonrió sin ruido. Anoche te vi. No fue un sueño.

—No fue un sueño. Fue una decisión.

Leyó dos veces. La palabra “decisión” le movió el metrónomo interno unos clicks hacia la verdad.