La herencia del tacón rojo Capítulo 3 – El ensayo bajo el Silla #4
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Capítulo 3 – El ensayo bajo el Silla #4

En San Pedro, Mauricio vestía el traje azul que Paola había elegido para la cena con sus padres.

El nudo de la corbata estaba perfecto, los zapatos brillaban, pero su reflejo en el espejo le devolvía una cara cansada, ojerosa, como si hubiese envejecido semanas en dos días.

Paola entró, impecable en un vestido beige.

—¿Listo? —preguntó con naturalidad. —Sí —dijo él. Pero no lo estaba.

Mientras ella ajustaba un pendiente, su celular vibró. Era un mensaje de Diego:

“Hoy es la noche. Si no vienes, lo entenderé. Pero si vienes… sabrás quién eres.”

Mauricio sintió que el aire se le escapaba. Guardó el celular en el bolsillo antes de que Paola lo viera.

El restaurante de esa noche estaba en el corazón de San Pedro, con luces tenues, vino caro y madera encerada.

Los padres de Paola los recibieron con sonrisas medidas, preguntando por proveedores, viajes y planes de boda.

—¿Ya confirmaron al grupo para la recepción?

—preguntó el padre, con voz solemne. —Sí, papá.

El cuarteto de cuerdas de la Sinfónica —respondió Paola.

Mauricio asentía, pero su mente estaba en otro lado. Cada palabra de la conversación lo hundía en la sensación de estar atrapado. Los meseros servían copas de vino tinto y pan caliente, pero él solo pensaba en el humo de cigarro, en la música grave de un club donde la gente sudaba de verdad.

Paola notó su distracción y le apretó la mano bajo la mesa. —¿Estás bien? —Sí —mintió él.

Su celular vibró de nuevo. No lo sacó, pero el pulso se le aceleró. Sabía quién era. Sabía lo que decía sin leerlo.

Por la tarde, en La Candela, el ambiente era de fiesta anticipada.

El neón comenzaba a parpadear, los técnicos revisaban micrófonos, y La Vane caminaba como directora de orquesta, dando órdenes con su abanico.

—¡Quiero las luces listas, que si no brillamos más que el neón del bar de enfrente, me retiro! —gritaba.

Manu iba de un lado a otro con su laptop, revisando mezclas. —Esto es Monterrey, hijas, no Las Vegas, pero vamos a hacer que parezca.

En el camerino, Diego se sentó frente al espejo iluminado por focos amarillos.

Sobre la mesa había tubos de pegamento de pestañas, brochas manchadas de glitter, lacas para el cabello.

Los tacones rojos lo esperaban en el suelo, pacientes, como soldados que conocen la batalla.

Cerró los ojos y respiró hondo, dejando que Alma tomara el control.

Se aplicó base espesa para cubrir cada sombra del rostro, dibujó cejas arqueadas, y delineó los ojos con un trazo alargado que parecía convertirlos en armas.

Cuando puso la peluca rubia y se colocó la chaqueta con flecos, supo que la transformación estaba completa.

Ya no era Diego: era Alma, y Alma brillaba incluso antes de salir.

A las nueve, La Candela ya estaba llena.

El humo de cigarro se mezclaba con perfume barato, y el calor del público hacía vibrar las paredes.

Luces moradas bañaban el escenario. La Vane apareció con un vestido negro de lentejuelas, abrió su abanico y gritó: —¡Bienvenidas, criaturas del calor y de la noche!

¡Hoy celebramos diez años de Candela, y vamos a arder juntas hasta que amanezca!

Los aplausos estallaron. La música comenzó. Una tras otra, las reinas salieron con números preparados, cada una levantando gritos y celulares en alto. El público era un mar de voces, sudor y destellos de flash.

Detrás del escenario, Alma esperaba. Escuchaba los gritos, el retumbar de los bajos, y sentía cómo la piel le vibraba antes incluso de moverse. Tocó el abanico como si fuera una espada. Cuando escuchó su nombre, respiró hondo y dejó que Alma se hiciera cargo.

Mauricio pidió permiso en la mesa para ir al baño.

En realidad, salió del restaurante, subió al coche y condujo sin pensarlo.

El tráfico era denso, la lluvia comenzaba a caer.

Las luces rojas de los semáforos se mezclaban con el latido en su pecho.

Cada kilómetro que lo acercaba a Barrio Antiguo le parecía una confesión en movimiento.

Llegó con las manos temblorosas. El letrero de La Candela brillaba como nunca, con el neón reflejándose en los charcos de la calle empedrada. Se quedó un instante frente a la puerta, con el saco empapado y la corbata torcida. Podía regresar, podía huir, pero no lo hizo. Empujó la puerta.

El golpe de música lo envolvió de inmediato. El aire estaba cargado de humo, sudor y perfume dulce. El público gritaba, reía, bailaba. El calor era tan intenso que parecía tener cuerpo propio.

Y entonces, en medio del humo, la vio: Alma, avanzando por el escenario, los flecos brillando como relámpagos, los tacones marcando cada paso como un tambor de guerra. Su abanico cortaba el aire como un látigo. La multitud rugía, pero para Mauricio el mundo se redujo a ella.

Alma giró con una fuerza que hizo volar los flecos, levantó la mirada, y por un segundo lo vio. No fue una casualidad: lo vio. Y en esa mirada había todo: desafío, ternura, fuego.

Mauricio sintió que el mundo se partía en dos: el que había dejado en San Pedro y el que ardía frente a él. Y supo, con una certeza que lo asustó y lo liberó al mismo tiempo, que ya no había regreso.