Capítulo 3 – El ensayo bajo el Silla #3
Lupita entró con una cajita de costura. —Ese fleco está a punto de zafarse —dijo, tomando la prenda con manos firmes—. Si se te cae a media canción vas a decir que es arte, pero yo voy a saber que fue flojera.
Diego rió y se dejó ajustar el fleco. —Gracias, ma.
Ella ensartó la aguja sin mirar. —Hoy prendo una veladora. No para que ganes, para que no te falte el aire. —Sonrió—. Y para que tu corazón no se confunda.
Diego quiso preguntar qué corazón, el suyo o el de Mauricio, pero solo asintió. Lupita besó el borde de la prenda como si fuera un escapulario.
Manu mandó un mensaje al grupo: “Run-through afuera, Fundidora, 7 pm. Quiero sudor y viento. Traigan agua. La Vane lleva el altavoz.” La Vane respondió con un sticker de corona en llamas. Diego guardó los tacones en la mochila y salió con el sol encima.
En San Pedro, Mauricio inventó una junta para salir temprano.
En el elevador, el espejo le devolvió la imagen de un hombre que intentaba ordenarse la corbata y, al mismo tiempo, desordenarlo todo.
Paola escribió: “Hoy cena con mis papás. 8:30. No faltes.” Él contestó: “Podría retrasarme. Auditoría sorpresa.” “Ok”, respondió ella. La brevedad le pesó más que un reclamo.
Fundidora parecía un horno en reposo. Las estructuras de acero oxidado brillaban como huesos al sol y el Horno3 se alzaba con solemnidad de catedral industrial.
Corredores y familias paseaban; las bicicletas sonaban con campanitas.
Manu delineó un cuadrado imaginario con el cerro de la Silla recortado al fondo.
—Aquí, hijas —dijo—. Este será el escenario. Hagan que el aire las escuche.
La Vane llegó con el altavoz y un abanico enorme. —Hoy ensayo con público involuntario. Si un niño te mira, le bailas. Si una señora frunce el ceño, le sonríes. Si un señor te graba, que salga encuadrado. El shade se guarda, el carisma se saca.
Diego se cambió detrás de una estructura, usando una tela negra como biombo. Cuando Alma salió, los flecos chispearon como si tuvieran luz propia. La brisa movía la peluca rubia y el body ajustado marcaba cada respiración. Los tacones rojos parecían dos antorchas.
—Ay, mana —dijo Manu—, si no coronas con ese look, nos cambiamos de giro.
—Calla y dale play —respondió Alma, con media sonrisa venenosa.
La pista empezó con un beat de corazón acelerado. Alma avanzó por la explanada: abanico arriba, giro, caída de hombro, mirada que atravesaba. Los corredores disminuyeron la velocidad; una niña jaló a su mamá; un par de aplausos tímidos. La Candela se había extendido al aire abierto.
—Más grande —gritó La Vane—. Este cielo es alto, ¡levántame los brazos como si lo fueras a bajar!
Alma obedeció. Los flecos trazaron arcos de luz.
Diego sentía el piso irregular bajo el tacón, el sudor bajando por la espalda, la tela raspando en la clavícula.
Dolor con belleza cosida encima. Y entonces, mientras daba la media vuelta, lo vio: Mauricio, caminando desde el sendero con el saco al hombro, la mirada fija en ella.
Falló un paso; nadie lo notó salvo Manu, que murmuró desde la bocina: —Concentra, mana. Luego te lo ligas, ahorita me das show.
Alma recuperó el ritmo. Bailó para todos y, sin embargo, una línea invisible conectaba sus ojos con los de Mauricio. El cerro al fondo parecía inclinarse, curioso.
Tras la primera ronda, el grupo se quedó jadeando a la sombra de una estructura. La Vane abaniqueaba. —Bien —dictaminó—. Ahora, la parte lenta. Quiero drama fino, no lágrimas de telenovela barata. Si alguien va a llorar, que sea por dentro.
Manu cambió la pista a un bolero con cuerdas, intervenido con un beat mínimo. Alma se movió como si el aire fuera gelatina. A unos metros, Mauricio veía sin pestañear. Un señor mayor comentó: —Qué valentía. —Mauricio asintió. El comentario le cayó como agua limpia.
Al terminar, los aplausos espontáneos retumbaron. Un niño pidió una foto; Alma posó con el abanico. La Vane sonrió satisfecha: era el ensayo que quería, el parque hecho escenario.
—Break de agua —anunció Manu—. Cinco minutos, y corremos de nuevo.
Diego caminó a un borde donde el pasto crecía entre grietas. Mauricio lo siguió, cuidando de no pisar los tacones. De cerca, el maquillaje mostraba el mapa de los poros, el esfuerzo verdadero detrás del brillo.
—Te vi —dijo Mauricio—. Te veo.
Diego señaló el cerro. —Aquí no hay sombras. Él nos mira.
—Déjalo mirar —respondió Mauricio—. Yo ya me cansé de esconderme.
Se quedaron en silencio. El sol bañaba de naranja los bordes del Horno3. Un viento breve acercó la chaqueta de Alma al saco de Mauricio. No hicieron nada más que estar allí, respirando a la vez. El resto se quedó insinuado en ese borde.
—¡Ya! —cortó La Vane—. Si van a suspirar, que sea con coreografía. A trabajar.
Mauricio retrocedió y Diego volvió al cuadro marcado. La pista cambió a cumbia con electropop. Una señora que paseaba a su perro dio dos pasos; un chavo hizo un paso torpe y Alma lo incluyó con un gesto.
El cielo se enturbió; un trueno lejano. Manu miró el radar. —Nos da para una pasada más. Luego nos vamos.
Paola llamó. El nombre apareció y el timbre lo heló. La Vane alcanzó a escuchar. Mauricio dudó, contestó.
—¿Dónde estás? —preguntó Paola.
—En la planta —mintió—. Se complicó la auditoría, voy tarde.
—Entiendo —dijo ella. Colgó.
La Vane se acercó. —La planta, ¿eh? —se abanicó—. Pues esta también saca humo, papito. Nomás que aquí te entra por el pecho.
—No sé cómo hacer esto —admitió él.
—Con verdad —respondió—. La mentira se corre con el sudor. Y tú ya estás sudando.
Diego los miró a lo lejos. En los ojos de Mauricio había el cansancio de quien carga verdad y mentira a la vez.
—Última —gritó Manu—. Y la quiero limpia. Si el cielo se cae, que nos agarre en ocho.
La música estalló. Alma salió con todo: abanico alto, sonrisa peligrosa, tacón firme aunque el piso estaba resbaloso por el viento. Un fleco rozó el tacón; Alma corrigió con una media vuelta que La Vane festejó con un silbido. —¡Error convertido en joya!
Los aplausos se sintieron más cercanos. Por un instante, el parque fue escenario y audiencia sin fronteras.
Cerraron la última pose y la primera gota cayó como un sello. La Vane desenchufó el altavoz. —Se acabó. A guardar todo.
Diego se protegió bajo la estructura; Mauricio se acercó con su saco abierto. La lluvia fina los bautizó sin permiso. El maquillaje resistía; los flecos, mojados, pesaban y se pegaban a la piel.
—Mañana es el aniversario —dijo Mauricio.
—Mañana —repitió Diego.
La Vane repartió bolsas de plástico para zapatos y pelucas. —Pónganle funda al amor, mínimo —bromeó—. Y tú, ingeniero, si vas a faltar a la cena, que sea para aprender a aplaudir a tiempo.
—Estoy aprendiendo —dijo Mauricio.
—Se ve —respondió ella.
La lluvia arreció y luego se volvió caricia. El parque olía a tierra fresca y metal mojado. Manu cargó el altavoz como un tesoro. —Nos vemos mañana en el club —anunció—. Si el cerro nos vio hoy, mañana que nos escuche.
El grupo se dispersó. Diego se quedó un momento más, frente al contorno del Silla. Mauricio, a su lado, respiró con él. No hicieron promesas. Solo dejaron que la ciudad, con su lluvia y su cerro, les diera permiso de seguir.
—¿Te vas conmigo? —preguntó Mauricio, apenas.
Diego miró los flecos mojados, los tacones envueltos en plástico, la sombra del Horno3. —Hoy no. —Se acercó lo suficiente para que la lluvia tapara cualquier otra cosa—. Pero no te vayas lejos.
Desde el estacionamiento, La Vane gritó: —¡Órale! ¡Que no los agarre el aguacero pensando! Mañana se llora en maquillaje, hoy se duerme.
Sonrieron. Caminaron en direcciones paralelas, como dos rieles que aún no se tocan pero ya no se separan. Arriba, el cerro no bendijo ni condenó: solo miró, enorme, inevitable.
El sábado amaneció cargado de electricidad, como si la ciudad entera supiera que esa noche habría un pulso distinto.
El calor estaba más denso, y el cielo tenía un tono metálico que hacía presagiar tormenta.
Diego se despertó temprano, pese al cansancio, y pasó buena parte de la mañana revisando vestuarios, acomodando pelucas, probando maquillajes frente al espejo.
Cada trazo en su rostro era un recordatorio de lo que estaba en juego: el aniversario de La Candela, diez años de resistencia.
Lupita lo miraba desde la puerta. —Nunca te había visto tan callado, hijo. —Estoy concentrado —respondió él, delineándose los labios. —O preocupado. Diego sonrió apenas. —Tal vez las dos.
Ella entró y acomodó algunas cosas en silencio. Luego tomó una de las pelucas y la acarició con cuidado, como si fuera un objeto sagrado. —Cuando eras niño jugabas con los retazos que yo dejaba. Decías que eran capas de superhéroe. Hoy me doy cuenta de que siempre supiste qué capa era la tuya.
Diego la miró desde el espejo, con los labios a medio pintar. —Gracias, ma. Lupita le devolvió una sonrisa suave. —Nomás recuerda: los superhéroes también se cansan. Y a veces, hasta ellos necesitan que alguien los espere en casa.
En el barrio, las vecinas comentaban en voz baja al verlo salir cargando las bolsas.
Algunas lo saludaban con simpatía; otras bajaban la mirada.
Diego estaba acostumbrado: sabía que su andar en tacones encendía juicios y admiraciones por igual, pero esa mañana sintió que nada podía derrumbarlo.
Cada paso era hacia Alma, y Alma nunca se escondía.