La herencia del tacón rojo Capítulo 3 – El ensayo bajo el Silla #2
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Capítulo 3 – El ensayo bajo el Silla #2

Cuando la música terminó, Diego bajó del escenario y se dejó caer junto a Mauricio. El sudor le corría por la frente, pero su mirada era clara. —¿Sigues aquí? —preguntó.

—Sí —dijo Mauricio—. No podía irme.

Diego tomó aire y apoyó la cabeza en la mesa un instante. —Entonces quédate. Aunque te advierto: entre más tiempo pases aquí, más difícil será salir.

Mauricio asintió despacio. En el fondo, sabía que ya había perdido la salida.

La Vane se acercó con su abanico golpeando el aire. Lo abrió de golpe, como un latigazo frente al rostro de Mauricio. —Mira, niño bonito, aquí no venimos a hacer turismo. O entras de lleno o mejor quédate en San Pedro con tus fiestas aburridas. Diego no es souvenir.

Mauricio se tensó. —No estoy de turista. Solo… quiero entender.

—¿Entender? —La Vane rio con sorna—. Pues entiende esto: Alma es fuego, y Diego es carne y hueso. Si no sabes bailar con los dos, mejor ni te acerques.

El silencio se volvió pesado. Diego cerró los ojos, como si esas palabras le dolieran, pero no las contradijo.

Manu, para aliviar la tensión, intervino: —Ya, Vane, tampoco lo vayas a asustar tanto. Si aguanta este calor, a lo mejor aguanta más.

—Pues eso quiero ver —dijo ella, cerrando el abanico con un chasquido seco.

La música volvió a sonar, ahora un reguetón lento, cadencioso. Diego se levantó otra vez, como si no pudiera detenerse. Movió las caderas con precisión, giró el abanico, bajó la mirada y la alzó directo a Mauricio. Era un juego, un reto, una invitación peligrosa.

Mauricio tragó saliva, sintiendo que el aire se volvía más espeso. Por un momento creyó que todos lo miraban, aunque en realidad era solo Alma fijando los ojos en él.

El baile terminó con un giro y un golpe seco de tacón. Diego volvió a sentarse, respirando agitado. —¿Te incomoda? —preguntó.

—No —dijo Mauricio con firmeza—. Me… atrae.

Diego lo miró con seriedad. —Entonces cuidado. Porque una cosa es mirar, y otra es entrar.

Mauricio recordó el mensaje anterior, aquella frase que lo había perseguido días: Ver es entrar. Ya entraste. Y entendió que ya no había salida.

La Vane recogió sus notas, cerrando la libreta con fuerza. —Bueno, mis niños, hasta aquí por hoy. Mañana seguimos. Alma, descansa esa espalda, que el sábado quiero fuego, no cenizas. Y tú, ingeniero —lo miró a los ojos—, piénsalo bien antes de volver. El calor quema.

Mauricio asintió, sin poder responder. Diego recogió sus cosas. El eco de la música aún vibraba en el club vacío.

Afuera, el Cerro de la Silla seguía iluminado por el sol que se despedía, rojizo, imponente. A Mauricio le pareció que la montaña lo observaba directamente, como si supiera que estaba a punto de cruzar un límite más grande que cualquier calle entre San Pedro y Barrio Antiguo.

La mañana siguiente amaneció con un cielo claro, pero Monterrey ardía desde temprano.

Diego se levantó tarde, el cuerpo adolorido del ensayo, con las plantas de los pies enrojecidas por los tacones.

Se sirvió un café y se dejó caer en la mesa de la cocina, donde Lupita ya tenía pan dulce.

Ella lo miró en silencio antes de decir: —Hijo, soñar también cansa, ¿verdad?

Diego asintió. —Sí, pero también da vida.

Lupita le acarició la cabeza con ternura. —Nomás no te olvides de cuidarte. Uno no siempre aguanta tanto fuego.

Diego sonrió. No se atrevió a contarle todo lo que sentía, pero en su pecho sabía que el fuego del que hablaba no era solo el del escenario, sino el de la mirada de Mauricio.

—Tu papá siempre decía que los sueños son como carbones —continuó Lupita—. Si los dejas, se apagan. Si los agarras con fuerza, te queman. Encuentra la forma de soplarles aire, hijo, sin quemarte las manos.

Diego bebió un sorbo de café y guardó esas palabras como un amuleto.

Recordó las veces en que de niño jugaba con telas en la sala, y su padre, cansado, lo observaba en silencio.

Nunca lo regañó, pero tampoco lo alentó.

Lupita, en cambio, siempre estuvo ahí, cosiéndole disfraces con retazos de tela.

Ese recuerdo le ardió en el pecho como una advertencia: nada de lo que estaba viviendo era improvisado, era el resultado de años de aguantar y soñar al mismo tiempo.

En San Pedro, Mauricio desayunaba con Paola en la terraza. Ella hojeaba otra carpeta de proveedores, hablaba de flores, de músicos, de presupuestos. Él asentía de vez en cuando, pero su mente estaba en otro sitio. Cada vez que recordaba a Alma en el escenario, su corazón se aceleraba.

—¿Podrías firmar aquí? —preguntó Paola, señalando un documento.

Mauricio tomó la pluma, firmó sin leer. Paola lo observó. —Últimamente pareces distraído, Mauricio. ¿Pasa algo en el trabajo?

—Nada importante —mintió él, tomando un sorbo de café.

Paola lo miró con insistencia. —¿De verdad? Porque te siento lejos. Hasta cuando hablas de la boda, tu voz suena… apagada.

Mauricio tragó saliva. —No es eso. Es que estoy cansado.

Paola apoyó los codos en la mesa. —¿Cansado de qué? ¿De trabajar, de mí, de nosotros?

Él se quedó mudo. La mirada de Paola lo atravesaba como un reflector. Quiso hablar, pero las palabras se le quedaron atoradas. Al final bajó la vista.

—Olvídalo —dijo Paola, recogiendo los papeles con gesto brusco—. Solo espero que cuando llegue el día no estés con la cabeza en otro lado. No quiero casarme con un fantasma.

Las palabras lo golpearon fuerte, pero no respondió. Prefirió callar, porque cualquier explicación habría sido peor que el silencio.

Esa tarde, en La Candela, el ambiente era distinto. El club estaba vacío, pero la energía era densa, como si las paredes mismas supieran que el aniversario se acercaba. Manu corría de un lado a otro ajustando cables, mientras La Vane gritaba órdenes desde el escenario.

—¡Quiero precisión, hijas! Si fallan en el aniversario, nos van a despedazar en redes. Aquí no hay espacio para titubeos.

Diego respiró hondo y se colocó los tacones. Al mirarse al espejo, Alma volvió a surgir, más feroz, más segura. El vestido plateado brillaba como una armadura bajo las luces de ensayo. La tela raspaba la piel, pero esa incomodidad era parte del precio.

Cuando comenzó la música, Diego sintió que no estaba bailando solo: Mauricio estaba allí, en su mente, observando.

Cada giro, cada movimiento, era un mensaje hacia él, aunque no estuviera presente.

El sudor le escurría por la frente, los músculos de sus piernas ardían, y cada paso sobre los tacones le recordaba que la belleza también dolía.

Las luces parpadeaban en tonos violetas y verdes, reflejándose en las paredes húmedas. El aire acondicionado apenas funcionaba, y cada movimiento parecía arrancar un gramo de fuerza. Pero Alma resistía. Alma siempre resistía.

La Vane lo notó. —¡Alma! ¡Céntrate! No le bailes a fantasmas, báilale al público que paga.

Diego cerró los ojos y continuó. Pero en su interior supo que no podía separar ya la danza del deseo.

Mientras tanto, Mauricio salía del trabajo más temprano de lo normal.

Condujo sin rumbo fijo, pero sus manos lo llevaron de nuevo hacia Barrio Antiguo.

Aparcó cerca de La Candela, aunque no entró de inmediato.

Caminó por las calles, escuchando el eco de los bares, el olor a cerveza y tacos recién hechos.

Pasó frente a un grupo de jóvenes que reían, tomando fotos bajo los faroles antiguos. Él se sintió fuera de lugar, pero también más vivo que en cualquier junta de oficina. El contraste era brutal: allá, el orden; aquí, el caos luminoso.

Se detuvo frente a un puesto de elotes. El olor a mantequilla y queso se mezclaba con el humo de los carros que pasaban.

Miró a la gente reír, comer, hablar sin preocuparse de quién los miraba.

Pensó que en San Pedro nada de eso era posible: todo debía ser pulcro, medido, correcto.

Y él, por primera vez, quería ensuciarse de vida.

Alzó la vista y miró el Cerro de la Silla iluminado por el atardecer. Se preguntó si alguna vez podría confesar lo que realmente sentía. El cerro se alzaba imponente, como si lo mirara desde arriba, juzgando y protegiendo al mismo tiempo.

Finalmente, entró al club. Lo recibió la penumbra, la música, y la imagen de Alma ensayando con fuerza. Diego lo vio llegar y por un instante perdió el ritmo, pero recuperó la compostura de inmediato.

Manu notó la distracción y sonrió. —Ay, ya llegó el público selecto. Ahora sí, mana, ponle ganas que el ingeniero está pagando boleto VIP.

Todos rieron, menos Mauricio, que se sintió expuesto. Diego, en cambio, se encendió aún más. Bailó con más fuerza, como si quisiera demostrarle que no había marcha atrás.

Al terminar la canción, Diego bajó del escenario y se acercó a él. —¿Otra vez aquí? —preguntó con media sonrisa.

—No pude evitarlo —respondió Mauricio.

La Vane se acercó, abanico en mano. —Pues más te vale que sepas dónde te estás metiendo, corbatita. Aquí nadie sale ileso.

Mauricio la miró sin saber qué responder. Diego lo observaba en silencio, con el corazón latiendo fuerte. Sabía que, con cada visita, Mauricio se hundía más en ese mundo. Y él también.

Esa noche, cuando salieron, el aire de Monterrey era más fresco, pero el calor seguía adentro. Diego caminaba con los tacones en la mano, Mauricio a su lado, ambos en silencio. El Cerro de la Silla se levantaba frente a ellos, enorme, eterno, como un testigo imposible de callar.

—¿No te da miedo? —preguntó Mauricio finalmente.

Diego lo miró. —Todo el tiempo. Pero si no lo hago, me muero.

Mauricio bajó la mirada. Supo que hablaba no solo del escenario, sino de ellos. Y por primera vez se permitió imaginar que tal vez ese miedo era lo único que podía darle vida de verdad.

El viernes amaneció con nubes altas y un calor que se pegaba como tela húmeda.

En Escobedo, Diego revisaba el vestuario sobre la cama: un body negro con aplicaciones plateadas, una chaqueta corta con flecos de cristal, medias color humo, y los tacones rojos recién lustrados.

Alma, incluso desarmada, imponía respeto.