La herencia del tacón rojo Capítulo 2 – Después de la foto #4
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Capítulo 2 – Después de la foto #4

En Escobedo, Diego terminaba de maquillarse para una sesión de fotos improvisada.

No era un show, pero Manu le había conseguido a un fotógrafo amigo para promocionar el aniversario del club.

Alma surgió frente al espejo con un vestido corto color vino, sombras intensas y labios oscuros.

El fotógrafo ajustaba luces y pedía poses: —Gira la cara, eso, ahora mirada directa, como si fueras a devorar la cámara.

El flash iluminaba la habitación con destellos blancos que rebotaban en las paredes. Diego respondía con precisión. Cada chasquido del obturador era un latido. La tela del vestido brillaba con el movimiento, los tacones marcaban un ritmo seco contra el suelo.

—Estás cabrona —dijo Manu, mirando las fotos en la pantalla de la cámara—. El cartel se va a vender solo con tu cara.

Alma sonrió con ese gesto venenoso que a Diego siempre lo sorprendía. Era como si una parte de él disfrutara del riesgo, de saber que alguien como Mauricio podía ver esas fotos y reconocer lo que se estaba perdiendo en su vida de apariencias.

Por la tarde, Paola llamó a Mauricio. —¿Me acompañas a ver el salón esta noche? Podemos decidir ya lo del menú.

Mauricio se quedó en silencio. —Hoy tengo que quedarme más tarde en la oficina. Mañana, te lo prometo.

Paola no respondió de inmediato. El silencio de la línea se volvió pesado. —Últimamente prometes mucho y cumples poco —dijo al fin, con voz controlada.

—Lo sé —dijo él, bajando la voz—. Mañana voy contigo, sin falta.

Ella suspiró. —Está bien. Pero necesito que estés aquí, no solo de cuerpo presente.

Mauricio cerró la llamada con un nudo en el estómago. El eco de la voz de Paola lo perseguía, pero la otra voz, la de Alma, era aún más fuerte: Vente, si te atreves.

Al caer la noche, Mauricio manejó hacia el Barrio Antiguo. Las calles estaban húmedas por una lluvia ligera que había refrescado el aire. Los charcos reflejaban las luces de bares, grafitis y letreros. El neón de La Candela brillaba como un faro. Empujó la puerta y entró.

Adentro, el escenario estaba iluminado a medias. Diego, a medio maquillaje, repasaba pasos frente a un espejo portátil. El camerino improvisado tenía olor a laca, sudor y perfume barato. El abanico golpeaba el aire con un chasquido seco cada vez que lo abría y cerraba.

—Pensé que no vendrías —dijo Diego, sin dejar de mirarse al espejo.

—Yo también —respondió Mauricio, dejándose caer en una silla.

Se hizo un silencio extraño, cargado de electricidad. Diego, aún en medias y tacones, se acercó. Sus ojos pintados brillaban bajo la luz.

—Aquí no hay Paola, no hay San Pedro, no hay ingenieros de traje. Solo estás tú. ¿Estás listo para eso?

Mauricio lo miró, incapaz de responder al instante. Sentía que una frontera invisible se había roto. Por primera vez no estaba en la barra como espectador: estaba dentro, en el corazón del ensayo, siendo parte del secreto.

Manu apareció desde la cabina, rompiendo la tensión. —Ya se me están viendo muy telenovela. ¡Ándale, Diego, ponte a darle que el aniversario no se va a ensayar solo!

Diego rio, aunque sus ojos no se apartaron de Mauricio. —Te quedas a ver —ordenó.

Mauricio asintió. Y se quedó. Miró cada giro, cada quiebre de cadera, cada latigazo del abanico.

Pero más que al espectáculo, miraba al hombre detrás del maquillaje, el que sudaba, se equivocaba, volvía a empezar.

Esa visión lo golpeó más fuerte que cualquier show.

Porque ahí no estaba Alma sola: estaba Diego, sin filtros.

La Vane, que acomodaba vestuarios al fondo, intervino con ironía: —Pues mira nada más, ya tenemos fan VIP. Nomás no me lo distraigan, ¿eh? Que aquí se viene a sudar, no a suspirar.

Los tres rieron, aunque la risa dejó tras de sí un temblor distinto.

Cuando el ensayo terminó, Diego se dejó caer en una silla, agotado. —Esto es lo que soy, Mauricio. No hay más.

El ingeniero lo miró en silencio, sintiendo que las palabras eran innecesarias. Lo sabía. Lo había visto con sus propios ojos.

La Vane, recogiendo cosas al fondo, comentó con voz firme: —Pues más te vale, corbatita, que si te quedas, te quedes completo. Aquí no hay medias tintas.

Mauricio sonrió con nerviosismo. Diego, en cambio, mantuvo la mirada fija en él. Había algo entre los dos que no necesitaba explicación.

Cuando salió de La Candela, el aire nocturno de Monterrey lo golpeó de lleno.

El cielo estaba despejado y el Cerro de la Silla se recortaba como un guardián inmenso.

Mauricio caminó hasta su coche con las manos temblorosas.

Sabía que había cruzado un umbral. Ya no era solo espectador, ya no era solo el hombre de la foto.

Ahora estaba adentro, atrapado en esa doble vida que lo atraía y lo asustaba a la vez.

Encendió el motor y, antes de arrancar, miró su reflejo en el retrovisor. Por un instante creyó ver a alguien distinto: menos rígido, menos predecible, más vivo. El ruido del motor se mezcló con sus propios pensamientos.

“Esto no es un juego”, se dijo. “Esto va a cambiarlo todo.”

Y mientras la ciudad se extendía frente a él, con sus luces parpadeando como promesas y amenazas, supo que cada paso lo estaba llevando a un territorio donde no habría regreso.