La herencia del tacón rojo Capítulo 2 – Después de la foto #3
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Capítulo 2 – Después de la foto #3

Diego cerró los ojos. Esa frase le caló hondo.

Porque siempre había temido que alguien quisiera solo a Alma y no a Diego, o solo a Diego y no a Alma.

Tal vez ahí estaba la diferencia: la posibilidad de ser completo frente a alguien más.

Se miró en el espejo del café al cerrar, con las luces apagándose, y por un momento creyó ver a ambos, Diego y Alma, sonriéndose al mismo tiempo.

Cerca de la medianoche, Mauricio llegó a su departamento.

Paola ya dormía, el silencio de San Pedro era aplastante.

Se sirvió un whisky y lo bebió mirando por la ventana.

Desde ahí podía ver parte del cerro, recortado contra el cielo oscuro.

Pensó en Diego, en Alma, en los tacones rojos golpeando el piso de La Candela.

Guardó el celular en el cajón, pero sabía que no podría guardarse a sí mismo.

Ya estaba dividido en dos mundos, y ninguno quería soltarlo.

El vaso quedó vacío sobre el buró. Mauricio apagó la luz, pero en la penumbra aún sentía el eco de esa frase: “Sí. Quiero ver a los dos.” Esa respuesta lo acompañó hasta quedarse dormido, como un mantra peligroso pero irresistible.

El martes amaneció húmedo en Monterrey, con un calor que parecía venir desde dentro de la tierra.

Mauricio salió temprano hacia el trabajo, pero en la carretera su mente vagaba.

El tráfico lo envolvía con cláxones y camiones pesados, pero lo único que veía en la pantalla de su celular eran las palabras de Diego: “¿De verdad quieres ver a Diego?” y su propia respuesta: “Sí. Quiero ver a los dos.”

La pregunta se le repetía como un eco. ¿Realmente quería verlos a los dos?

En San Pedro, los hombres como él no tenían derecho a dividirse.

Debían ser lineales, previsibles, construidos de la misma materia que los edificios de oficinas.

Sin embargo, algo se estaba rompiendo en él, como una viga que se quiebra por dentro antes de que todos lo noten.

En Escobedo, Diego se preparaba para un día largo.

Había acordado un ensayo doble con Manu y La Vane.

El show del fin de semana prometía ser especial: aniversario del club.

Eso significaba público exigente y muchas oportunidades para fallar.

Lupita lo vio salir con los tacones colgando de la mochila y le lanzó una bendición discreta: —Cuida los pies, hijo. Y la cabeza, más que nada.

Diego sonrió. —La cabeza es lo que más pesa, mamá.

Caminó rumbo al club. En la parada del camión, un niño lo miró con curiosidad al ver los tacones sobresaliendo de la mochila. Diego sostuvo la mirada con calma. Esa era su vida: cargar siempre con Alma, aun en los trayectos más cotidianos.

La Candela estaba en penumbra cuando llegó. Las mesas aún apiladas, las luces apagadas. Solo Manu estaba en la cabina, probando sonidos. —Mana, hoy sí te me vas a deshacer —anunció—. La Vane trae plan de tortura.

Diego dejó la mochila en el camerino y se puso los tacones.

El escenario crujió bajo su peso, como si reconociera el inicio de una batalla.

La Vane apareció con una carpeta de notas.

—Hoy no quiero caras bonitas, quiero verdad.

Si no me haces llorar en un ensayo, no vas a hacer llorar a nadie en un show.

Comenzaron con música lenta, un bolero. Diego movía los brazos con suavidad, pero La Vane lo detuvo. —Más, más. Quiero que me enseñes la herida.

Diego cerró los ojos. Imaginó a Mauricio en la oficina, escondiendo el celular. Imaginó a Paola hojeando revistas de bodas. Sintió el peso de ser mirado desde dos mundos distintos. De pronto, la música dejó de ser bolero: era confesión. Movió el cuerpo con rabia y ternura a la vez.

La Vane aplaudió. —Eso. Ahora sí me creí que sangras por dentro.

Diego giró con más fuerza. El sudor le escurría por la frente, le empapaba la camiseta. Los tacones golpeaban la madera como martillazos. Manu lo animaba desde la cabina: —¡Eso, mana! Si te vas a romper, que sea en grande.

El ensayo se volvió un torbellino. La Vane lo empujaba más allá de sus límites. —La gente viene a ver que sobrevivimos, no que flotamos. ¡Hazme creer que cada paso te cuesta la vida!

Diego obedecía, aunque los músculos ardían. Cada giro era dolor y gloria. Sabía que en el aniversario no bastaría con brillar: debía dejar al público con la sensación de que había compartido una herida.

En San Pedro, Paola organizaba los preparativos con obsesiva precisión. Mandaba mensajes a proveedores, hablaba con su madre, llenaba hojas de cálculo con presupuestos. Mauricio, en cambio, respondía con monosílabos. Cuando ella le mostró un esquema de mesas, él asintió sin mirar.

—¿Podemos hablar en serio? —dijo Paola, cansada. —Claro —respondió él, pero sin soltar el celular.

Paola lo observó en silencio. Había algo nuevo en sus ojos, un brillo que ella no alcanzaba a descifrar. No insistió. Guardó las hojas, pero dentro de sí crecía la sospecha: Mauricio estaba en otra parte, y no precisamente en el trabajo.

Al caer la tarde, Mauricio condujo sin rumbo hasta el Barrio Antiguo.

Se estacionó cerca de la iglesia antigua y caminó por las calles empedradas.

Las luces de neón empezaban a encenderse.

El calor del asfalto subía como vapor. Pasó frente a La Candela, pero no entró.

Se quedó afuera, viendo cómo un grupo de jóvenes reía al tomarse selfies bajo el letrero brillante.

Se preguntó cómo sería aparecer en una de esas fotos, no como espectador incómodo, sino como parte del cuadro. Le temblaron las manos solo de imaginarlo.

Sacó el celular y escribió un mensaje:

“¿Nos vemos?”

Diego respondió minutos después:

“Ensayo largo. Si quieres ver, entra.”

Mauricio tragó saliva. El letrero de neón lo desafiaba como un guardián. Finalmente empujó la puerta.

Adentro, La Candela era un cuerpo distinto. No había público, solo los ecos de la música y las órdenes de La Vane. Diego giraba en el escenario, con el rostro sudado y los labios pintados a medias para la práctica. Mauricio se quedó en la penumbra, observando.

—Llegaste —dijo Diego, apenas deteniéndose. Su voz sonaba entrecortada, pero firme. —No sabía si podía —respondió Mauricio.

La Vane los vio de lejos y chasqueó la lengua. —Ay, carajo. Ya llegó la distracción con corbata. Bueno, pues si vino, que aprenda. Ven, papito, agarra un abanico.

Mauricio dudó, pero Manu le puso uno en la mano. —Ábrelo y ciérralo con estilo, si no te lo arrebato, ¿eh?

El ingeniero lo intentó. El abanico se abrió torpemente, sin gracia. Los tres rieron, incluso Diego, que por un momento olvidó el cansancio.

—Poco a poco —dijo Alma, brillando detrás de los ojos de Diego. —Ya entraste. Ahora baila.

Mauricio sostuvo el abanico con torpeza, pero en su interior algo se alineaba. Por primera vez no estaba solo mirando: estaba participando. Aunque fuera un gesto mínimo, el salto entre su mundo y aquel era enorme.

La Vane se acercó y le quitó el abanico de las manos con un chasquido experto. —Mira, niño bonito, aquí no se trata de hacerlo perfecto, se trata de hacerlo con el corazón. Si vas a entrar, no entres a medias.

Mauricio la miró en silencio, y ella sonrió con un gesto casi maternal. —No lo asustes, Vane —dijo Diego, intentando suavizar. —Al contrario —respondió ella—. Estoy viendo si tiene tripas para quedarse.

La noche cayó sobre Monterrey como un telón pesado.

Afuera, el Cerro de la Silla se dibujaba contra un cielo rojizo.

Adentro, La Candela era un taller de fuego.

Diego siguió ensayando hasta que los pies le dolieron, hasta que el sudor le empapó la camisa.

Mauricio permaneció allí, sentado, mirando en silencio, conteniendo las ganas de acercarse demasiado.

Cuando el ensayo terminó, La Vane apagó las luces con un gesto dramático. —Se acabó, mis hijas. Vámonos a descansar, que el fin de semana va a estar bravo.

Mauricio se levantó. Diego recogió sus cosas. Se cruzaron en la salida. Un roce mínimo de hombros fue suficiente para encenderles la piel.

—Nos vemos pronto —susurró Diego. Mauricio asintió. —Sí.

Al salir, la calle estaba húmeda por el riego nocturno.

El aire olía a cerveza y a pan recién horneado de una panadería cercana.

Mauricio respiró hondo. Había algo en ese mundo que lo hacía sentirse vivo, aunque supiera que al volver a San Pedro lo esperaba el silencio pesado.

Condujo de regreso con las manos temblorosas en el volante, repitiendo para sí mismo:

“Ya entraste. No hay salida.”

El miércoles amaneció con un aire más fresco, pero en Mauricio la sensación era la misma: un calor interno que no lo dejaba tranquilo.

Llegó a la oficina con el saco al hombro, pero lo colgó de inmediato en la silla.

Encendió la computadora, abrió documentos, pero lo único que veía eran notificaciones nuevas en su celular.

Mensajes de clientes, de Paola, y entre ellos uno que lo desarmó:

“Hoy ensayo otra vez. Vente, si te atreves.”

Era de Diego. Corto, seco, como un reto.

Mauricio leyó la frase varias veces. Sabía que cada decisión que tomara lo alejaba más de la imagen impecable que su familia y Paola esperaban. Sin embargo, la atracción era más fuerte. No respondió al instante. Lo dejó ahí, como una semilla ardiendo en el bolsillo.